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Ecos del Pasado

Lo que el Río se Lleva

La segunda semana de su compromiso oficial se sentía como un festival perpetuo. El gremio de Fairy Tail, que ya de por sí operaba en un estado de caos constante, había elevado su energía a un nivel casi insostenible. Mirajane dirigía las operaciones de la boda con la precisión de un general de cinco estrellas y la sonrisa de un ángel vengador. Las mesas estaban cubiertas de muestras de tela, bocetos de arreglos florales y listas de invitados que parecían extenderse hasta el infinito.

Natsu, por su parte, había aceptado su rol de «novio paciente» con la paciencia de un volcán a punto de entrar en erupción. Su versión de la paciencia consistía en seguir a Lisanna a todas partes, interrumpir cada conversación que ella tenía para darle un beso, y proponer cada cinco minutos una nueva y descabellada idea para «acelerar» la boda.

—¡Ya sé! —exclamó esa misma mañana, apareciendo detrás de Lisanna y rodeándola con sus brazos mientras ella intentaba ayudar a Levy a elegir el tipo de letra para las invitaciones—. Podríamos secuestrar al alcalde de Magnolia y obligarlo a casarnos mañana. ¡Sería una aventura!

—Natsu, secuestrar a un funcionario público es un delito grave —dijo Levy sin levantar la vista de sus pergaminos, completamente imperturbable.

—¡Y no es nada viril! —añadió Elfman desde la otra punta de la sala—. ¡Un hombre de verdad espera la fecha acordada, demostrando su temple y su honor!

Lisanna simplemente rió, reclinándose contra el pecho de Natsu. Este era su nuevo mundo: un torbellino de amor, caos y planes de boda absurdos. Era un sueño. Cada mañana se despertaba con una sonrisa, tocando el anillo en su dedo, la pequeña llama en su interior un recordatorio constante y cálido de que todo era real. El hombre que había amado desde que tenía memoria la amaba de vuelta. Iban a casarse. Su vida, que durante tanto tiempo se había sentido como una página arrancada de un libro, por fin volvía a tener sentido.

Pero incluso en el sueño más brillante, a veces se cuelan sombras.

Mientras Natsu era arrastrado por Gray para una pelea sin sentido, Lisanna se sentó con una taza de té, observando el bullicio. Su mirada recorrió el salón, buscando instintivamente los rostros de sus amigos. Erza, Mirajane, Levy, Juvia, Wendy… Happy, que estaba intentando robar un pescado de la barra… Faltaba alguien.

Lucy.

Frunció el ceño. Al principio no le había dado importancia. Lucy era una escritora, a veces se encerraba durante días para trabajar en su novela. Pero ya iban… ¿cuatro días? Cuatro días sin ver su sonrisa radiante, sin oír su voz sensata tratando de poner orden en el caos de Natsu y Gray, sin verla discutir amigablemente con Levy sobre libros. Su ausencia era un silencio notorio en la sinfonía del gremio.

Vio a Wendy sentada sola en una esquina, acariciando a Charle mientras mordisqueaba un bollo. Se acercó con una sonrisa amable.

—Hola, Wendy. ¿No deberías estar ayudando a Mira a decidir si los manteles deben ser a prueba de fuego? Ayer casi prende fuego a una muestra.

Wendy le devolvió la sonrisa, pero era una sonrisa pequeña y preocupada.

—Hola, Lisanna-san. Sí, supongo… Es solo que estoy un poco preocupada.

—¿Por qué? ¿Pasa algo?

Wendy dudó, mirando a su alrededor como si temiera ser escuchada.

—Es por Lucy-san —susurró—. No ha venido al gremio, y cuando fui a visitarla a su apartamento, dijo que estaba bien, que solo necesitaba tiempo para escribir. Pero…

—¿Pero? —la animó Lisanna, sentándose a su lado.

El rostro de Wendy se contrajo con una empatía que solo una niña de corazón tan puro podía mostrar.

—Pero olía a tristeza, Lisanna-san. Un olor salado, como el de las lágrimas, pero intentaba ocultarlo con el olor a té de hierbas. Y… la he seguido. Solo un poco. Con mi olfato. Va todos los días al río, al mismo lugar apartado, y se queda allí sentada durante horas. El olor a tristeza es más fuerte allí.

El corazón de Lisanna dio un vuelco doloroso. El río. El mismo río donde ella y Natsu habían aclarado sus sentimientos. El mismo río que ahora era el escenario de la tristeza de su amiga. La conexión era tan obvia y tan cruel que sintió una punzada de culpa.

—Gracias por decírmelo, Wendy —dijo, su voz más seria de lo que pretendía—. No te preocupes, iré a hablar con ella.

Se levantó, su mente ya en marcha. Ignoró la llamada de Natsu, que acababa de ganar su pelea con Gray y la buscaba para celebrar. Ignoró la pregunta de Mirajane sobre el sabor del pastel. Con una determinación silenciosa, salió del gremio.

El sol de la tarde era cálido, pero Lisanna sentía un frío en el estómago. Mientras caminaba por las calles de Magnolia hacia el río, las palabras de Wendy resonaban en su cabeza. «Olor a tristeza». Y no cualquier tristeza. La tristeza que se intenta ocultar, la que se lleva en secreto, era la más dolorosa de todas.

¿Era por ella? ¿Por su felicidad?

La pregunta era egoísta, pero inevitable. Sabía lo unida que estaba Lucy a Natsu. Había sido testigo de su vínculo durante dos años. Eran más que compañeros de equipo; eran un pilar en la vida del otro. ¿Había sido ella, Lisanna, tan ciega en su propia felicidad que no había visto el dolor de su amiga? Recordó la sonrisa de Lucy la noche del anuncio. Había parecido tan genuina, tan feliz por ellos. ¿Había sido una máscara? ¿Una actuación para no arruinarles el momento?

El pensamiento la hizo sentir miserable.

Llegó a la orilla del río y caminó sigilosamente, siguiendo el sendero familiar. El murmullo del agua era el mismo, pero hoy no sonaba tranquilizador, sino melancólico. Se detuvo detrás de un grupo de sauces, el mismo tipo de árbol que había enmarcado su beso con Natsu. Y allí, a pocos metros, la vio.

Lucy estaba sentada en la hierba, con las rodillas abrazadas contra el pecho, la mirada perdida en la corriente. Su cabello rubio caía sobre su rostro, pero Lisanna pudo ver el brillo húmedo en sus mejillas. No era un llanto desgarrador, ni sollozos ruidosos. Eran lágrimas silenciosas, las que caen sin permiso, una por una, trazando caminos de un dolor profundo y callado.

El corazón de Lisanna se rompió en un millón de pedazos. Ver a la siempre fuerte, optimista y valiente Lucy Heartfilia tan vulnerable y sola era una visión que dolía físicamente. Por un instante, Lisanna se sintió como una intrusa, como si estuviera profanando un santuario de dolor privado. Pero la necesidad de consolar a su amiga era más fuerte.

Salió de detrás de los árboles, haciendo crujir una ramita bajo sus pies a propósito.

—¿Lucy?

La cabeza de Lucy se levantó de un respingo. Se secó las lágrimas a toda prisa con el dorso de la mano, intentando componer una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—¡Lisanna! ¡Hola! ¿Qué… qué haces por aquí? —su voz era un poco ronca, forzadamente alegre.

—Podría preguntarte lo mismo —respondió Lisanna con suavidad, acercándose y sentándose a su lado, manteniendo una distancia respetuosa.

—Oh, yo… solo buscaba inspiración para mi novela —mintió Lucy, apartando la mirada—. El sonido del río ayuda a pensar. Y… creo que me entró algo en el ojo. Este polen de primavera es terrible.

La excusa era tan frágil, tan transparente. Lisanna sintió una oleada de ternura y tristeza.

—Lucy, no tienes que fingir conmigo —dijo en voz baja—. Wendy me dijo que estaba preocupada por ti. Y yo también lo estoy.

Al oír el nombre de Wendy, la fachada de Lucy se resquebrajó un poco. Sus hombros se hundieron.

—Esa niña y su nariz de Dragon Slayer… —murmuró, intentando una broma que murió en sus labios.

Se hizo un silencio, solo roto por el fluir del agua. Lisanna sabía que tenía que abordar el tema directamente, por doloroso que fuera.

—Es por Natsu, ¿verdad?

El nombre colgó en el aire entre ellas como una sentencia. Lucy se quedó completamente inmóvil. Y entonces, una nueva lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, una traidora que se negó a ser ocultada. Ya no tenía sentido negarlo.

—Soy una amiga terrible —susurró Lucy, su voz quebrada—. Debería estar feliz por vosotros. Y lo estoy, de verdad que lo estoy. Cuando lo vi arrodillarse, cuando vi lo feliz que te hacía… una parte de mí estaba eufórica. Porque él te quiere, Lisanna. Te ha querido siempre. Y tú te mereces esa felicidad.

Hizo una pausa, luchando por controlar su voz.

—Pero hay otra parte de mí… una parte egoísta y horrible… que no puede evitar sentir… esto. —Se señaló vagamente el pecho, donde residía el dolor—. Durante dos años, él ha sido… mi compañero. Mi mejor amigo. El idiota que irrumpía en mi casa, se comía mi comida y me arrastraba a las aventuras más peligrosas. Y yo… —su voz se convirtió en un hilo apenas audible—, me acostumbré. Supongo que me enamoré de ese idiota en algún punto del camino. Sin darme cuenta. O sin querer admitirlo.

Cada palabra era una confesión que le costaba un mundo pronunciar. Lisanna escuchaba, su propio corazón doliendo en sintonía con el de Lucy. No sentía rabia ni celos. Solo una profunda y abrumadora empatía. Sabía lo que era amar a Natsu desde la distancia. Sabía lo que era verlo con otra persona.

—Sabía que él te amaba a ti —continuó Lucy, mirando el anillo en el dedo de Lisanna—. Siempre lo supe, en el fondo. La forma en que hablaba de ti, las pocas veces que lo hacía. Eras como un mito, una leyenda sagrada en su vida. Cuando volviste… yo debería haberlo entendido. Pero seguí esperando, como una tonta. Pensando que quizás… quizás el tiempo había cambiado las cosas.

Lisanna no pudo soportarlo más. Acortó la distancia entre ellas y, sin decir una palabra, la rodeó con sus brazos en un abrazo firme. Al principio, Lucy se quedó rígida, sorprendida. Pero luego, se derrumbó. Apoyó la cabeza en el hombro de Lisanna y finalmente dejó que el llanto saliera, no en silencio, sino en sollozos ahogados que sacudían todo su cuerpo.

—Lo siento… —sollozaba Lucy contra su hombro—. Lo siento tanto, Lisanna… soy una egoísta…

—No, no lo eres —susurró Lisanna, meciéndola suavemente, con sus propias lágrimas empezando a caer—. No eres egoísta. Eres humana. Tienes derecho a sentirte así. El corazón no entiende de lógica ni de lo que «debería» ser. Simplemente siente.

Se separó un poco para mirar a su amiga a los ojos. Tomó el rostro de Lucy entre sus manos, igual que Natsu había hecho con ella tantas veces.

—Lo siento yo, Lucy —dijo, su voz temblando de emoción—. He estado tan feliz, tan envuelta en mi propio sueño, que no vi tu dolor. He sido yo la egoísta. Tu felicidad es tan importante como la mía. Y si mi felicidad te está causando esta tristeza… entonces no la quiero.

Lucy la miró, con los ojos enrojecidos y llenos de confusión.

—¿Qué… qué quieres decir?

Lisanna respiró hondo, tomando la decisión más difícil y a la vez más fácil de su vida.

—Quiero decir que cancelaré la boda.

El shock en el rostro de Lucy fue absoluto. Se apartó bruscamente, como si las palabras de Lisanna la hubieran quemado.

—¡No! —su voz, que había sido un susurro roto, ahora era fuerte y llena de una ira repentina—. ¡No te atrevas, Lisanna Strauss! ¡No te atrevas a decir eso!

Se puso de pie de un salto, caminando de un lado a otro como un animal enjaulado.

—¿Crees que he estado aquí, sintiéndome miserable, para que tú tires tu felicidad a la basura por mí? ¿Crees que soy tan patética? ¡Esto! —se señaló a sí misma, a sus lágrimas, a su dolor— ¡Esto es mi problema! ¡Mi capricho! ¡Mi estupidez! ¡No tiene nada que ver contigo y con Natsu!

Se detuvo y se giró para enfrentarla, sus ojos marrones ardiendo con una nueva determinación.

—Sí, estoy triste. Sí, estoy celosa. Y me odio por ello. Pero ¿sabes qué? Lo superaré. Porque soy una maga de Fairy Tail. Y porque eres mi amiga. Y ver a mis amigos felices es más importante que mi propio corazón roto. —Hizo una pausa, y una sonrisa amarga pero genuina apareció en sus labios—. En retrospectiva, me doy cuenta de lo tonta que he sido. Esto no es una competición. No es que yo haya «perdido». Es que él nunca fue mío para empezar. Su corazón siempre ha tenido tu nombre grabado en él. Y yo tengo que madurar y aceptarlo.

Se acercó de nuevo a Lisanna, que la miraba con asombro y admiración. Le tomó las manos con fuerza.

—Así que escúchame bien. Ni se te ocurra cancelar esa boda. Ni se te ocurra dejar que mi momento de debilidad arruine lo que vosotros dos tenéis. Habéis esperado demasiado. Habéis sufrido demasiado. Os merecéis esto más que nadie. Prométeme que no lo harás.

Lisanna la miró, viendo la fuerza de acero que había regresado a la mirada de su amiga. Vio la sinceridad, el sacrificio y, sobre todo, el amor. Un tipo de amor diferente, el amor de una amiga dispuesta a hacerse a un lado por la felicidad de otros. Las lágrimas volvieron a sus ojos, pero esta vez eran de gratitud.

—Lo prometo —susurró.

Lucy asintió, satisfecha. Soltó sus manos y se secó las últimas lágrimas con una resolución firme.

—Bien. Ahora, si me disculpas, voy a volver a mi apartamento, me daré una ducha, me pondré un vestido bonito y volveré al gremio a ayudar a Mirajane a elegir las flores. Y si alguien me pregunta, estuve luchando contra un bloqueo de escritor muy feroz. ¿Entendido?

Lisanna soltó una risa acuosa y asintió.

—Entendido.

Se levantó para irse, sabiendo que Lucy necesitaba un momento a solas para recomponerse. Pero cuando ya había dado unos pasos, la voz de Lucy la detuvo.

—Lisanna.

Se giró. Lucy estaba de pie, con la espalda recta, el sol de la tarde iluminando su cabello como un halo. Su rostro ya no mostraba tristeza, sino una serenidad agridulce y una fuerza inquebrantable.

—Sé la chica más feliz del mundo, Lisanna. —Su voz era una orden, una bendición y una súplica, todo en uno—. Sé tan feliz que tu felicidad ilumine el gremio entero. Hazlo por ti. Y hazlo por mí también.

Lisanna no pudo responder. Simplemente asintió, con un nudo en la garganta, y se dio la vuelta, caminando de regreso al gremio con el peso y la ligereza de esa última frase en su corazón.

Cuando entró en el salón, el caos la recibió como siempre. Natsu la vio de inmediato y corrió hacia ella, levantándola en el aire en un abrazo de oso.

—¡Ahí estás! ¡Te estaba buscando! ¡Gray y yo hemos decidido que la mejor manera de probar la tarta de bodas es tener una pelea de comida con ella! ¿Qué te parece?

Normalmente, Lisanna habría reído y le habría seguido el juego. Pero en ese momento, simplemente se aferró a él con todas sus fuerzas, enterrando su rostro en su cuello. Natsu, sorprendido por su repentina intensidad, la bajó suavemente al suelo, su expresión cambiando a una de preocupación.

—Oye, ¿estás bien? Hueles un poco… salada. Como Lucy.

Lisanna se apartó lo justo para mirarlo, sus ojos llenos de un amor tan profundo que parecía doler.

—Estoy bien, Natsu —dijo, su voz apenas un susurro—. Estoy más que bien.

Y lo besó. No fue un beso juguetón ni apasionado. Fue un beso lleno de gratitud, de promesas silenciosas y del peso de la felicidad de una amiga. Era un beso que sabía un poco a las lágrimas del río, pero también a la promesa de un futuro brillante.

Natsu, aunque confundido, le devolvió el beso, sintiendo la extraña y profunda emoción que emanaba de ella.

Cuando se separaron, Lisanna mantuvo su frente apoyada en la de él.

«Sé la chica más feliz del mundo».

La voz de Lucy resonó en su mente. Y en los brazos de Natsu, bajo la mirada curiosa de su caótica familia, Lisanna supo que cumpliría esa promesa. No solo por ella, sino por la amiga que le había enseñado el verdadero significado del amor y el sacrificio. Sería la chica más feliz del mundo. Se lo debía.