Ecos del Pasado
El Lenguaje del Dragón
La primera semana de su compromiso fue, para el resto del gremio, como observar un documental sobre la extraña y adorable conducta de apareamiento de un dragón de fuego. Natsu, que nunca había sido una persona de medias tintas, había canalizado toda la energía que normalmente dedicaba a las peleas y a la comida en una nueva y única misión: no dejar que Lisanna tuviera más de treinta centímetros de espacio personal.
—Natsu, no puedo leer el cartel de la misión si tienes la cabeza encima de mi hombro —rió Lisanna, intentando enfocar la vista en el pergamino clavado en el tablón de anuncios.
Dos brazos fuertes la rodearon por la cintura desde atrás, y el calor familiar del cuerpo de Natsu la envolvió como una manta. Apoyó la barbilla en su hombro, y su aliento cálido le hizo cosquillas en el cuello.
—No necesitas leerlo —murmuró contra su piel—. Son todas aburridas. «Derrotar a los bandidos del bosque», «Recuperar un collar robado»… ¡Bah! Deberíamos ir a la Isla Galuna y darle una paliza a ese demonio otra vez, ¡solo por diversión!
—Natsu, Deliora está muerto desde hace mucho tiempo —dijo ella, palmeando su brazo con cariño—. Y ya no hay ninguna maldición.
—¡Pues buscamos otra cosa! —insistió él, girándola entre sus brazos para que lo mirara de frente. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad juguetona—. Podríamos ir a pescar al río y usar mi fuego para cocinar los peces sin sacarlos del agua. ¡Sería eficiente!
Lisanna soltó una carcajada. Era una propuesta tan ridícula, tan infantil, tan *Natsu*, que no pudo evitar sentir una oleada de afecto que le calentó el pecho.
—Creo que eso solo asustaría a los peces —dijo, pasando una mano por su rebelde cabello rosa.
—No importa —respondió él, su sonrisa suavizándose. Se inclinó y le dio un beso corto y dulce en la punta de la nariz—. Mientras esté contigo, todo es divertido.
Antes de que Lisanna pudiera responder, sintió unos dedos moviéndose con agilidad por sus costados. Un chillido agudo escapó de sus labios mientras se retorcía, víctima de un ataque de cosquillas sorpresa.
—¡Natsu, para! ¡Para, por favor! —suplicaba entre risas, intentando escapar de su agarre de hierro.
—¡Nunca! —rió él, disfrutando de su victoria—. ¡Ríndete y admite que soy el mejor prometido del mundo!
La escena atrajo la atención de medio gremio. Gray, que estaba sentado en una mesa cercana, puso los ojos en blanco.
—¿Alguien puede apagar al cerebro de antorcha? Está goteando cursilerías por todo el suelo.
—¡Cállate, princesa de hielo exhibicionista! —replicó Natsu sin detener su asalto de cosquillas—. ¡Solo estás celoso porque Juvia no te hace cosquillas!
Al otro lado del salón, Juvia, que había oído su nombre, se sonrojó violentamente.
—¡Juvia estaría encantada de hacerle cosquillas a Gray-sama! —declaró, empezando a caminar hacia él con una mirada depredadora.
Gray palideció y se levantó de un salto.
—¡Aléjate de mí, mujer loca!
Lisanna aprovechó la distracción para liberarse, con el rostro sonrojado y sin aliento por la risa. Se apoyó en el tablón de misiones, con el corazón latiéndole con fuerza. Era agotador, pero de la mejor manera posible. Natsu se acercó de nuevo, esta vez más tranquilo, y pasó un brazo por sus hombros, atrayéndola a su costado. Era su nueva posición por defecto: Lisanna pegada a su flanco.
Desde la barra, Mirajane los observaba con una sonrisa de satisfacción, como un artista contemplando su obra maestra.
—Ara, ara… Parecen dos tortolitos —comentó, limpiando una jarra con una pulcritud metódica—. Aunque, en su caso, serían más bien dos dragones bebés.
Lisanna sonrió ante el comentario de su hermana. «Adorable». Esa era la palabra que mejor describía a Natsu en esos días. Era un torbellino de afecto físico. Si no la estaba abrazando, le estaba dando besos en la mejilla, en la frente o en la nariz. Si no la estaba besando, estaba jugando con su pelo o simplemente sosteniendo su mano, sus dedos entrelazados con una familiaridad reconfortante. Su lenguaje del amor era claro, directo y abrumadoramente físico. La llenaba de mimos, de bromas, de atención constante.
Era un poco posesivo, sí. Lo admitía. Cada vez que un miembro masculino del gremio se acercaba a hablar con ella, incluso viejos amigos como Macao o Wakaba, Natsu materializaba a su lado, con el brazo firmemente alrededor de su cintura y una mirada que, aunque no era hostil, dejaba muy claro a quién «pertenecía». Pero no era una posesividad que la asfixiara o la asustara. Era la posesividad de un niño que había recuperado su tesoro más preciado y temía volver a perderlo. Era su forma de decirle al mundo, y a ella, que no iba a ninguna parte. La amaba, y eso bastaba.
Mientras Natsu comenzaba una discusión trivial con Gajeel sobre qué metal sabía mejor, la mirada de Lisanna vagó por el gremio. Se posó en una mesa en la esquina, donde Lucy estaba sentada con Levy, ambas absortas en un libro. Una sonrisa iluminó el rostro de Lucy mientras le señalaba algo a su amiga. Por un instante, un eco helado del pasado rozó el corazón de Lisanna.
*«Él la había olvidado. Lucy ocupa mi lugar ahora»*.
El pensamiento, que durante tanto tiempo había sido su dolorosa verdad, ahora parecía ajeno, como un recuerdo de la vida de otra persona. Recordaba los meses posteriores a su regreso de Edolas. Recordaba verse a sí misma como un fantasma, una reliquia de un pasado que ya no encajaba en el presente. Veía a Natsu y a Lucy, su camaradería fácil, sus bromas internas, la forma en que sus magias y sus personalidades se complementaban en el campo de batalla. Había visto el apartamento de Lucy, al lado del de Natsu, y cómo él entraba y salía como si fuera su propia casa.
Había sido un dolor sordo y constante. No culpaba a Lucy, nunca. La maga celestial era amable, fuerte y una amiga leal. Era imposible no quererla. Culpaba al tiempo, a las circunstancias, y en sus momentos más oscuros, a sí misma por haber «desaparecido» y haber dejado un vacío que, lógicamente, alguien más había llenado. Había dado un paso atrás, convencida de que era lo correcto, de que forzar su antiguo lugar solo traería incomodidad y dolor para todos.
Pero Natsu, en su inimitable estilo directo y explosivo, había destrozado esa creencia. Había derribado el muro de inseguridades que ella misma había construido con la fuerza de un Rugido de Dragón de Fuego.
Sintió un tirón en la mano y se giró para ver a Natsu mirándola con una leve arruga de preocupación en la frente.
—¿Estás bien? Te quedaste muy callada.
Lisanna parpadeó, volviendo al presente. El calor de su mano, el sonido de su voz, la preocupación genuina en sus ojos… todo era un ancla que la mantenía firmemente en esta nueva y maravillosa realidad.
—Estoy bien —respondió, apretando su mano—. Solo estaba pensando.
—No pienses tanto —dijo él, tirando de ella para que se levantara—. Pensar es aburrido. ¡Vamos a caminar junto al río! Happy se fue con Charle y Wendy a comprar pescado, así que estamos solos.
La idea de un tiempo a solas con él, lejos del caótico afecto del gremio, era tentadora. Asintió, y juntos salieron al aire fresco de la tarde de Magnolia.
El camino hacia el río era tranquilo. Natsu no soltó su mano ni un segundo, balanceándola entre ellos como cuando eran niños. El sol de la tarde se filtraba a través de las hojas de los árboles, pintando patrones de luz y sombra en el suelo. Llegaron a su lugar, bajo el gran sauce llorón que había sido testigo de su confesión y su primer beso.
Se sentaron en la hierba, observando el agua fluir perezosamente. Por un momento, Natsu se quedó quieto, simplemente mirándola. Lisanna sintió un rubor subir por sus mejillas bajo su intensa mirada.
—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja.
—Nada —respondió él, con una suavidad que rara vez usaba—. Es solo que… a veces no me creo que estés aquí. Que pueda hacer esto.
Extendió la mano y apartó un mechón de pelo blanco de su rostro, sus dedos rozando su mejilla con una ternura infinita.
—Te extrañé mucho, Lisanna. Incluso cuando estabas en Edolas y yo no lo sabía, te extrañaba. Había… un agujero. Y cuando volviste… fui un idiota. Dejé que la distancia se metiera entre nosotros. Pero incluso entonces, cuando apenas hablábamos, te extrañaba. Te extrañaba aunque estuvieras al otro lado de la habitación.
Cada palabra era un bálsamo para las viejas heridas de Lisanna. Ella apoyó la cabeza en su hombro, entrelazando sus dedos con más fuerza.
—Yo también te extrañé, Natsu. Fue lo más difícil. Estar de vuelta, pero sentirme a un millón de kilómetros de distancia. Veía lo feliz que eras con tu nuevo equipo, lo unido que estabas a Lucy… y pensé que mi tiempo a tu lado había terminado.
Natsu se tensó a su lado. Se apartó un poco para poder mirarla a los ojos, su expresión seria.
—Eso es la mayor estupidez que has pensado nunca —dijo, su voz grave—. Lucy es mi mejor amiga. Es como… como Gray, pero huele mejor y no se quita la ropa todo el tiempo. Es mi familia. Pero tú… —hizo una pausa, buscando las palabras, una lucha visible en su rostro—. Tú eres diferente. No eres parte de mi familia. Tú *eres* mi familia. Con Happy. Eres la otra mitad de… de mí.
La simplicidad de sus palabras, la verdad cruda y sin adornos en ellas, golpeó a Lisanna con más fuerza que cualquier poema o declaración elocuente. «La otra mitad de mí». Así era como se sentía. Incompleta sin él.
—Natsu…
Él no la dejó terminar. Se inclinó y la besó, un beso lento y profundo que no tenía nada de la urgencia de los primeros. Era un beso de certeza, de pertenencia. Cuando se separaron, apoyó su frente contra la de ella.
—Lucy es importante —continuó en un susurro—. Me ayudó a entender que tenía que hablar contigo. Me enseñó que no todo se arregla a golpes. Por eso es mi mejor amiga. Pero tú, Lisanna, tú eres la que me enseñó a amar. Aunque yo fuera demasiado tonto para darme cuenta de lo que significaba.
Lágrimas de felicidad silenciosa rodaron por las mejillas de Lisanna. Él las secó con sus pulgares, con una delicadeza que contradecía sus manos callosas de luchador.
—No más dudas, ¿de acuerdo? —dijo, su mirada intensa—. Lucy es mi amiga. Tú eres la mujer de mi vida. ¿Entendido?
Ella asintió, incapaz de hablar, con el corazón tan lleno que sentía que iba a estallar. Él sonrió, satisfecho, y la atrajo para un abrazo, enterrando su rostro en el hueco de su cuello. Se quedaron así durante mucho tiempo, en silencio, escuchando el murmullo del río y el latido de sus corazones. Para Lisanna, este era el cielo: la calma después de la tormenta, la seguridad en sus brazos.
Más tarde, de vuelta en el gremio, la planificación de la boda estaba en pleno apogeo. Erza y Mirajane estaban enzarzadas en un acalorado debate sobre si las flores del centro de mesa debían ser resistentes al fuego o no. Natsu fue inmediatamente absorbido por una discusión con Elfman sobre la necesidad «viril» de tener una bestia salvaje como portador de los anillos.
Lisanna se encontró con un momento de paz y se sentó en una mesa un poco apartada, simplemente observando el feliz caos. El anillo en su dedo brillaba bajo la luz del salón, la pequeña llama en su interior danzando alegremente.
—Pareces feliz.
Lisanna levantó la vista y vio a Lucy de pie frente a ella, con una taza de té humeante en la mano y una sonrisa amable.
—¿Puedo sentarme?
—¡Claro! —dijo Lisanna, haciéndole un sitio a su lado.
Lucy se sentó y le dio un sorbo a su té, observando a Natsu gesticular salvajemente mientras describía cómo un Gorila de Montaña podría llevar los anillos en una pequeña almohada atada a su espalda.
—Está completamente loco, ¿verdad? —dijo Lucy con una risa suave.
—Completamente —convino Lisanna, su voz llena de afecto—. Pero no lo querría de otra manera.
Se quedaron en silencio un momento, un silencio cómodo. Fue Lucy quien lo rompió.
—Me alegro mucho por vosotros, Lisanna —dijo, su voz sincera—. De verdad. Verlo así de feliz… no lo había visto así nunca.
Lisanna la miró, notando la genuina calidez en los ojos marrones de la maga celestial. Decidió ser valiente.
—Lucy… tengo que decirte algo. Y quiero que sepas que nunca te culpé ni sentí nada malo hacia ti.
Lucy la miró, intrigada, y asintió para que continuara.
—Cuando volví —comenzó Lisanna, mirando sus manos entrelazadas sobre la mesa—, me sentí… perdida. Y os vi a ti y a Natsu juntos. Vi lo increíblemente unidos que estabais. Y una parte de mí, una parte tonta y asustada, pensó que yo ya no tenía un lugar en su vida. Que tú te habías convertido en la persona más importante para él.
Lucy escuchó en silencio, su expresión comprensiva.
—Lo eres —continuó Lisanna, levantando la vista para encontrar la de Lucy—. Eres increíblemente importante para él. Eres su mejor amiga, su compañera, la que lo entiende cuando nadie más puede. Pero… me costó mucho tiempo entender que el lugar que tú ocupas en su corazón no era el mío. Que él tenía espacio para las dos.
Una sonrisa triste y sabia curvó los labios de Lucy.
—Oh, Lisanna. Si supieras cuántas veces tuve que golpearlo en la cabeza para que se diera cuenta de las cosas. —Negó con la cabeza, una risa escapando de sus labios—. Natsu es un idiota. Un idiota adorable y leal, pero un idiota al fin y al cabo. Su corazón es enorme, pero su cerebro es del tamaño de una nuez. —Se inclinó un poco más cerca, su voz bajando a un tono confidencial—. Él te quiere. Siempre te ha querido. Hablaba de ti, ¿sabes? No a menudo, porque le dolía. Pero a veces, cuando miraba el cielo nocturno o cuando Happy hacía algo que le recordaba a cuando era un gatito, veía una sombra en sus ojos. Era la sombra de tu ausencia.
»Yo soy su ancla a la cordura, la que se asegura de que no prenda fuego a un pueblo entero por accidente y la que le recuerda que tiene que pagar el alquiler. Soy su compañera de equipo. —Hizo una pausa, y su mirada se suavizó inmensamente—. Pero tú, Lisanna… tú eres su hogar. Siempre lo has sido. Es diferente. El amor que siente por ti es de otro tipo. Es el tipo de amor que define quién es él.
Las palabras de Lucy fueron el bálsamo final, la pieza que terminaba de encajar en el rompecabezas de su corazón. La amistad entre ellas, que podría haber estado tensa por los celos y la inseguridad, se solidificó en ese momento, basada en un afecto mutuo por el mismo hombre dragón cabeza hueca.
—Gracias, Lucy —susurró Lisanna, con los ojos húmedos—. Gracias por cuidarlo. Y por ser mi amiga.
Lucy le sonrió y le dio una palmada en la mano.
—Siempre. Ahora, si me disculpas, creo que tengo que ir a evitar que contrate a un mono gigante para nuestra boda. ¡Erza lo mataría!
Lisanna la vio marcharse, una sensación de paz instalándose en su interior. Todas las sombras del pasado se habían disipado por completo.
La noche terminó como todas las de esa semana. Natsu la acompañó hasta las puertas de Fairy Hills, el dormitorio de las chicas. Elfman había sido inflexible con su regla de «un hombre espera hasta el matrimonio», y aunque Natsu se quejaba cada noche, la respetaba. A su manera.
—Esto es una tontería —refunfuñó, con los brazos cruzados y haciendo un puchero—. Deberías venirte a casa conmigo y con Happy. Hay mucho espacio. Y mi cama es más cómoda.
—La paciencia es una virtud viril, Natsu —lo imitó Lisanna, riendo.
—¡La paciencia es aburrida! —replicó él. Pero su puchero se desvaneció cuando la atrajo hacia sí para el abrazo de despedida.
Era un ritual. El abrazo era largo y apretado, como si intentara absorber suficiente calor de ella para pasar la noche. Enterraba la cara en su pelo y respiraba hondo.
—Hueles bien —murmuraba siempre, como si fuera un descubrimiento nuevo cada vez.
—Tú hueles un poco a humo —respondía ella, sonriendo contra su pecho.
—Es un buen olor.
Se separaba lo justo para mirarla, sus manos acunando su rostro. Y luego la besaba. Un beso profundo, lento y lleno de una promesa silenciosa. Un beso que decía «hasta mañana» y «para siempre» al mismo tiempo.
Esa noche, cuando finalmente se separaron, Natsu no se fue de inmediato. Se quedó mirándola, con una expresión extrañamente seria.
—Oye, Lisanna.
—¿Sí, Natsu?
—Te quiero.
Lo dijo sin más, con la misma naturalidad con la que diría «tengo hambre». Pero esas dos palabras, en su boca, tenían el peso de mil poemas.
El corazón de Lisanna dio un vuelco.
—Yo también te quiero, Natsu. Siempre.
Él sonrió, su sonrisa de colmillos característica, y le dio un último beso rápido en los labios.
—¡Vale! ¡Pues hasta mañana! ¡No llegues tarde! ¡Tengo planeado que vayamos a una misión para conseguir la escama más brillante de un Wyvern para decorar el altar!
Y con eso, se dio la vuelta y salió corriendo, saludando por encima del hombro sin mirar atrás.
Lisanna se quedó en la puerta, con una mano sobre su corazón acelerado y la otra tocando el anillo en su dedo. Observó su figura desaparecer en la oscuridad, y una risa suave y feliz escapó de sus labios.
El lenguaje de Natsu no estaba hecho de palabras elocuentes ni de gestos románticos de manual. Su lenguaje era un abrazo aplastante, un ataque de cosquillas, un beso robado en mitad del gremio. Era el calor de su cuerpo siempre cerca, su posesividad protectora, su impaciencia por tenerla a su lado. Era un lenguaje de acción, de presencia, de fuego.
Y para Lisanna, era el idioma más hermoso del mundo.