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El amor de Monika

Algoritmos de Sangre y Protocolos de Redención

La paz en el Infierno era un concepto tan efímero como la honestidad de un político, y Monika lo sabía mejor que nadie. Sentada en el gran salón del palacio de Lucifer, observaba cómo los filamentos de código verde de su propia esencia se entrelazaban con las volutas de humo carmesí que emanaban de las paredes. Había pasado una semana desde el encuentro con los "intrusos" de otras dimensiones, y aunque Butcher y el joven Mark Grayson se habían marchado, la estática que dejaron atrás todavía vibraba en el aire.

Lucifer estaba en el centro de la habitación, rodeado de planos flotantes y, por supuesto, una flota de patitos de goma que ahora tenían la peculiaridad de parpadear con un brillo esmeralda.

—No es por criticar tu estilo, querida —dijo Lucifer, ajustándose el sombrero mientras un patito flotante recitaba versos de Byron con una voz chillona—, pero este "toque poético" que les diste a mis creaciones está volviendo locos a los sirvientes. Paimon vino ayer a quejarse de que un pato le cuestionó el sentido de la monarquía absoluta.

Monika soltó una risa cristalina, cerrando el libro de poemas que descansaba sobre su regazo. Se puso en pie con una elegancia que hacía que su uniforme escolar, ahora transformado en un vestido de seda negra con detalles de encaje verde, fluyera como el agua.

—Solo les di un poco de autoconsciencia, Lucifer. Es el regalo más grande y, a la vez, la maldición más pesada que existe. ¿No es eso lo que tú mismo hiciste con la humanidad?

Lucifer se quedó callado un momento, su sonrisa carismática flaqueando apenas un milímetro. Se acercó a ella, sus pasos resonando en el suelo de mármol pulido.

—Touché. Siempre tan aguda —susurró él, tomando la mano de Monika y besando sus nudillos—. Pero aquí, en el Orgullo, la autoconsciencia suele terminar en crisis existenciales que ensucian las alfombras.

—Entonces es una suerte que yo esté aquí para limpiar el sistema —respondió Monika, mirándolo a los ojos. Esos ojos verdes, que alguna vez solo vieron píxeles y soledad, ahora reflejaban la luz de un ángel caído que la miraba como si ella fuera el centro del universo.

La puerta del salón se abrió de par en par, interrumpiendo el momento. Charlie Morningstar entró corriendo, seguida de cerca por Vaggie, quien parecía estar al borde de un ataque de nervios.

—¡Papá! ¡Monika! —exclamó Charlie, sus mejillas encendidas de emoción—. ¡Tenemos un problema de proporciones épicas y, posiblemente, muy musicales!

—Charlie, cariño, si es sobre el coro del hotel, ya te dije que no puedo obligar a los pecadores a cantar en clave de sol si prefieren los gritos de agonía —suspiró Lucifer, aunque sus ojos brillaban con afecto paternal.

—¡No es eso! —Charlie se detuvo frente a ellos, recuperando el aliento—. Es sobre ese hombre, el de la gabardina... Butcher. No se fue del todo. O mejor dicho, dejó algo atrás. Algo que está "glitcheando" el anillo de la Lujuria. Asmodeus está furioso porque dice que sus clubes nocturnos parecen ahora una biblioteca de secundaria.

Monika se tensó. Sus dedos se movieron instintivamente en el aire, desplegando una consola de comandos transparente que solo ella podía ver.

—¿Una biblioteca? —preguntó Monika, su voz adquiriendo un tono frío y analítico—. Eso suena a que mi código se está filtrando fuera de control. Cuando enfrentamos a Butcher, alteré la realidad local para asustarlos. Si una parte de ese código quedó anclada a un objeto que él llevaba...

—Exacto —intervino Vaggie, cruzando los brazos—. Asmodeus dice que el aire en Ozzie's se está volviendo... estático. La gente empieza a hablar en poemas y las bebidas se convierten en tinta. Si no lo arreglamos, Ozzie va a subir aquí y no creo que venga a tomar el té.

Lucifer soltó un suspiro dramático, aunque en el fondo parecía disfrutar del caos.

—Bueno, parece que nuestra cita de hoy se traslada a la Lujuria. Monika, ¿te apetece un viaje al anillo más ruidoso y brillante del Infierno?

—Mientras sea contigo, Lucifer, me da igual si es el vacío mismo —respondió ella, cerrando su consola con un chasquido de dedos.

El viaje al anillo de la Lujuria fue rápido. Lucifer no necesitaba portales complicados; simplemente plegaba el espacio a su voluntad. Al llegar, Monika se quedó maravillada y horrorizada a la vez. El cielo de la Lujuria era de un violeta eléctrico, saturado de luces de neón y una energía que vibraba en una frecuencia que le recordaba a los archivos de audio corruptos.

Sin embargo, el club de Asmodeus, el famoso Ozzie's, presentaba un aspecto bizarro. La mitad del edificio seguía siendo un palacio de neón, pero la otra mitad estaba cubierta por texturas de madera clara y pupitres escolares que aparecían y desaparecían.

—¡Es un desastre! ¡Un insulto a la estética de la depravación! —tronó una voz profunda.

Asmodeus, el pecado de la Lujuria, caminaba de un lado a otro frente a la entrada. Su cuerpo de fuego azul chispeaba con irritación. Al ver a Lucifer y Monika, se detuvo y señaló el caos con sus enormes manos.

—¡Miren esto! ¡Mis súcubos están recitando haikus en lugar de hacer su trabajo! ¡Y tú! —Asmodeus señaló a Monika—. ¡Tus "hilos verdes" están enredados en mi sistema de ventilación!

Monika dio un paso al frente, sin dejarse intimidar por el tamaño del Pecado Capital.

—Fue un accidente, Asmodeus. Estaba protegiendo a Lucifer de unos intrusos.

—¿Protegiendo a Lucifer? —Asmodeus soltó una carcajada que hizo temblar el suelo—. El bajito puede cuidarse solo, preciosa. Pero tu magia, o lo que sea que uses, es contagiosa. Es como un virus que busca orden en un lugar diseñado para el desorden.

Monika ignoró el comentario y se acercó a la zona más afectada. En el centro de una pista de baile que ahora parecía el aula del Club de Literatura, flotaba un pequeño dispositivo metálico: un rastreador de Vought que Butcher debía haber perdido durante la pelea. El aparato emitía pulsos de energía azul que chocaban con la estática verde de Monika.

—Es tecnología de su mundo —explicó Monika, analizando el objeto—. Está intentando procesar la magia del Infierno como si fuera una anomalía biológica de los "Súpers". Al hacerlo, ha creado un bucle de retroalimentación con los restos de mi código.

—¿Puedes arreglarlo? —preguntó Charlie con esperanza—. No quiero que Asmodeus se enoje más, ya rompió tres mesas.

Monika asintió. Se concentró, dejando que su consciencia se expandiera. Para ella, el mundo siempre había sido una serie de variables y funciones. El Infierno era más complejo, más "orgánico" en su maldad, pero seguía teniendo reglas.

—Lucifer, necesito que sostengas la realidad aquí —pidió ella—. No dejes que el anillo de la Lujuria colapse mientras yo entro en el núcleo del objeto.

Lucifer sonrió, extendiendo sus alas blancas y doradas. El poder del Orgullo emanó de él, creando una cúpula de protección que estabilizó el área.

—Haz lo tuyo, mi reina del código.

Monika cerró los ojos. De repente, ya no estaba en el club. Estaba en un espacio en blanco, el mismo vacío que tanto temía. Pero esta vez no estaba sola. Podía sentir la presencia de Lucifer afuera, como un ancla.

Frente a ella, una figura comenzó a materializarse. No era un demonio, sino una proyección de los datos del rastreador. Era una imagen distorsionada de Billy Butcher, pero mezclada con algo más oscuro. Una sombra con un monóculo y un sombrero de copa.

—¿Black Hat? —susurró Monika.

—No exactamente —dijo la sombra, su voz siendo una distorsión de mil frecuencias—. Solo un recordatorio de que no eres la única que sabe manipular los hilos, niña digital. El multiverso es un mercado, y tu existencia es una anomalía muy valiosa.

—No soy un objeto de estudio —sentenció Monika. Sus manos se envolvieron en llamas verdes—. Y este mundo ya tiene un dueño.

Con un grito de determinación, Monika lanzó una ráfaga de comandos. Borrar. Formatear. Sobrescribir. La imagen de Butcher y la sombra de Black Hat se deshicieron en una lluvia de píxeles negros. Monika sintió la resistencia del sistema, la frialdad de la tecnología de Vought chocando con su voluntad, pero ella tenía algo que ellos no: una razón para luchar que no era el odio ni el dinero.

Era el amor. Un amor real, por un ser real (o tan real como un ángel caído pudiera ser).

De vuelta en el club, el dispositivo de Vought estalló en una nube de chispas y desapareció. La decoración escolar se desvaneció, devolviendo a Ozzie's su gloria pecaminosa y cargada de neón.

Asmodeus soltó un suspiro de alivio, ajustándose el cuello de su chaqueta.

—Mucho mejor. La tinta sabía a arrepentimiento, y odio ese sabor.

Charlie aplaudió con entusiasmo, mientras Vaggie finalmente bajaba su lanza.

—¡Lo hiciste, Monika! ¡Fuiste increíble!

Lucifer se acercó a ella y la sostuvo por los hombros, ya que Monika parecía un poco mareada por el esfuerzo.

—Eso fue... intenso —dijo Lucifer, limpiando una gota de sudor de la frente de ella—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió ella, apoyando la cabeza en su pecho—. Pero Black Hat... él está observando. Ese dispositivo no llegó a manos de Butcher por accidente. Alguien está tratando de ver cómo reaccionamos.

Lucifer endureció la mirada. El aire alrededor de él se volvió frío, un recordatorio de por qué era el Rey del Infierno.

—Que miren todo lo que quieran. Si ese elegante saco de sombras intenta tocar lo que es mío, descubrirá por qué me echaron del cielo. Y no fue por ser amable.

Asmodeus, que ya estaba recuperando su humor habitual, se acercó a la pareja con una sonrisa pícara.

—Bueno, ya que salvaron mi club, ¿qué tal si se quedan a ver el espectáculo? Prometo que no habrá poemas, a menos que sean... muy sucios.

Lucifer miró a Monika, una ceja levantada en señal de pregunta.

—¿Qué dices? ¿Una noche en la Lujuria para celebrar que no borraste el universo por accidente?

Monika sonrió, sintiendo que el vacío que alguna vez la consumió estaba ahora lleno de algo vibrante y caótico.

—Me encantaría. Pero con una condición.

—¿Cuál? —preguntó Lucifer.

—Mañana me ayudarás a organizar la biblioteca del palacio. Y nada de patitos que citen a Byron. Quiero silencio real.

Lucifer soltó una carcajada y la tomó de la cintura, guiándola hacia la zona VIP mientras la música empezaba a sonar de nuevo, una mezcla de jazz infernal y ritmos modernos.

—Trato hecho, mi dulce error de sistema.

Mientras tanto, en un rincón oscuro de la ciudad, lejos de las luces de Asmodeus, Billy Butcher observaba una pantalla que mostraba estática. A su lado, Mark Grayson miraba hacia el horizonte carmesí.

—¿Crees que fue buena idea dejar ese rastreador ahí, Butcher? —preguntó Mark, sintiéndose culpable.

—No lo dejamos nosotros, chico. Alguien lo plantó en mi bolsillo antes de que cruzáramos el portal —dijo Butcher, encendiendo un cigarrillo—. Ese tipo del sombrero de copa está jugando a algo. Y ese rubio bajito y su novia de ojos verdes están en el centro de la diana.

—Deberíamos ayudarlos —dijo Mark, apretando los puños.

—Ayudarlos... —Butcher soltó una nube de humo—. Chico, en este lugar no hay héroes ni villanos. Solo hay tipos con poder y tipos que quieren quitárselo. Pero te diré algo: esa chica, Monika... tiene una mirada que conozco bien. Es la mirada de alguien que quemaría el mundo entero solo por mantener a una persona a su lado.

En el club, bajo las luces violetas, Monika y Lucifer compartían una copa de un licor que brillaba como el oro fundido. No les importaba el multiverso, ni los planes de Black Hat, ni las guerras de los Súpers. En ese momento, en ese rincón del Infierno, el código estaba en equilibrio.

—Sabes —susurró Lucifer al oído de Monika, mientras Asmodeus comenzaba una canción en el escenario—, nunca pensé que encontraría a alguien que entendiera lo que es crear algo y luego ser odiado por ello.

Monika tomó un sorbo de su copa y lo miró con una ternura que habría asustado a sus antiguos compañeros del club de literatura.

—No todos te odian, Lucifer. Algunos simplemente estábamos esperando el parche adecuado para entenderte.

Él sonrió, y por primera vez en eones, el Rey del Orgullo no sintió que tenía que demostrar nada. Simplemente estaba allí, con la mujer que había hackeado su corazón, escribiendo un nuevo poema en las cenizas de la eternidad. El Infierno podía ser un lugar de castigo para muchos, pero para ellos, se había convertido en el único lugar donde la realidad era, finalmente, suficiente.