Volver al resumen

"El amor encontrado en el infierno"

Sombras en el Trono de Mármol

El sastre llegó al mediodía, un hombre menudo de movimientos nerviosos llamado Marcello, que traía consigo un séquito de ayudantes cargados con rollos de seda, encaje y terciopelo. La sesión fue una tortura silenciosa. Mientras Marcello rodeaba mi cintura con la cinta métrica y murmuraba sobre "proporciones perfectas" y "elegancia digna de una Rossi", yo no podía dejar de mirar hacia la puerta. Sabía que Jake estaba en algún lugar de esta inmensa casa, moviendo los hilos de un mundo que yo apenas empezaba a comprender.

— Un poco más a la derecha, signora, por favor —pidió Marcello, ajustando un alfiler en el hombro de un vestido de noche color sangre—. Il signore Rossi fue muy específico. Quiere que el vestido de la gala sea... impactante. Un mensaje para sus enemigos.

— ¿Un mensaje de qué tipo? —pregunté, observando mi reflejo en el espejo tríptico. La seda roja se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando la palidez de mis hombros.

— De propiedad —respondió una voz profunda desde el umbral.

Me tensé de inmediato. Jake estaba apoyado contra el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su pantalón de traje oscuro. No llevaba chaqueta, y las mangas de su camisa blanca estaban remangadas, revelando los tatuajes que subían por sus antebrazos: una mezcla de símbolos antiguos y marcas que parecían cicatrices de guerra.

Marcello y sus ayudantes se apresuraron a recoger sus cosas, haciendo reverencias casi cómicas antes de salir de la habitación a toda prisa. El miedo que Jake infundía en los demás era palpable, una electricidad estática que erizaba el vello de la nuca.

Cuando la puerta se cerró, Jake se acercó lentamente. Sus ojos recorrieron el vestido rojo con una intensidad que me hizo sentir más desnuda que si no llevara nada puesto.

— El color te sienta bien —dijo, deteniéndose a solo unos centímetros de mí—. Resalta el fuego que intentas esconder.

— No intento esconder nada, Jake —respondí, manteniendo la barbilla alta—. Pero me pregunto si este vestido es para mí o para que tus socios sepan cuánto te costé.

Jake extendió la mano y, con una lentitud exasperante, rozó el encaje en mi hombro. Su toque era frío, pero dejaba un rastro de calor abrasador en mi piel.

— En mi mundo, la apariencia es poder —explicó, bajando la mano hasta mi cintura, apretando lo justo para recordarme quién tenía el control—. La próxima semana se celebra la reunión del Sindicato. Vendrán los jefes de las cinco familias. Tu padre también estará allí.

El corazón me dio un vuelco al mencionar a mi padre. El hombre que me había entregado como un sacrificio para salvar su propio cuello.

— ¿Por qué lo invitas? —mi voz salió más quebrada de lo que pretendía—. Sabes que no quiero verlo.

— No viene como invitado de honor, sino como una advertencia —Jake se inclinó, su rostro a milímetros del mío—. Quiero que vea lo que ha perdido. Y quiero que tú veas que, a partir de ahora, tu protección depende exclusivamente de mí. Ni de él, ni de tus leyes, ni de Dios. Solo de mí.

— Eres un hombre muy arrogante si crees que puedes ocupar el lugar de todo eso —dije, sintiendo que la rabia empezaba a superar al miedo.

— No es arrogancia, es experiencia —su mano subió a mi nuca, sus dedos enredándose en mi cabello con una firmeza posesiva—. He sobrevivido a cosas que harían que tu padre se orinara de miedo. He construido este imperio sobre los huesos de quienes intentaron controlarme. No dejaré que nadie, ni siquiera tú, cuestione mi autoridad.

— Entonces, ¿por qué me tratas así? —pregunté, bajando la voz—. A veces me miras como si fuera un trofeo, pero anoche... anoche dijiste que querías algo real. No puedes tener ambas cosas, Jake. No puedes poseerme como a un objeto y esperar que mi alma te pertenezca.

Jake apretó la mandíbula y sus ojos oscurecieron, convirtiéndose en dos pozos de tinta. Por un momento, creí que iba a estallar en ira, pero en su lugar, soltó mi cabello y dio un paso atrás, recuperando esa máscara de frialdad absoluta.

— Prepárate para la cena. Vendrán algunos de mis capitanes. Quiero que observes y calles. Aprende quiénes son los que sonríen demasiado, porque esos son los primeros que te apuñalarán por la espalda.

Se giró para irse, pero me detuve antes de que cruzara la puerta.

— Jake.

Él se detuvo, aunque no se giró.

— ¿Qué pasó con tu madre? —la pregunta salió de mis labios antes de que pudiera procesarla. Había escuchado rumores sobre la mujer que lo trajo al mundo, historias de una tragedia que marcó el inicio de su ascenso sangriento.

Los hombros de Jake se tensaron visiblemente. El silencio que siguió fue tan pesado que casi podía oír el latido de mi propio corazón.

— Mi madre aprendió demasiado tarde que en este mundo no hay lugar para la debilidad —dijo, con una voz que sonaba como el cristal rompiéndose—. No vuelvas a mencionarla.

Salió de la habitación y escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Me dejé caer en la silla frente al tocador, temblando. Había tocado una fibra sensible, una herida abierta que Jake protegía con capas de violencia y diamantes.

La cena fue un despliegue de opulencia y tensión. El comedor estaba lleno de hombres de rostros curtidos y miradas de halcón. Me senté a la derecha de Jake, sintiendo sus ojos sobre mí cada vez que uno de sus capitanes se atrevía a dirigirme la palabra. El aire estaba cargado de humo de puros y el olor metálico del peligro.

— La nueva signora Rossi es tan hermosa como decían los informes —dijo un hombre llamado Silvio, cuya sonrisa no llegaba a sus ojos llenos de cicatrices—. Lorenzo siempre tuvo buen gusto para las joyas, aunque no supiera conservarlas.

Jake dejó los cubiertos sobre el plato con un sonido seco que hizo que toda la mesa guardara silencio.

— Silvio —dijo Jake, con una calma que resultaba más aterradora que un grito—, recuerda que estás hablando de mi esposa, no de una propiedad de Lorenzo. La próxima vez que menciones a su padre en su presencia, me aseguraré de que no vuelvas a hablar en absoluto.

Silvio palideció y asintió rápidamente, bajando la mirada hacia su plato. Yo sentí un nudo en el estómago. Jake me estaba defendiendo, pero lo hacía reclamando su dominio sobre mí. Era una protección que se sentía como una jaula.

Después de la cena, cuando los hombres se retiraron a la biblioteca para hablar de negocios, me escapé hacia el jardín. Necesitaba aire, necesitaba sentir que el cielo seguía siendo el mismo, aunque mi vida se hubiera convertido en una pesadilla de mármol.

El jardín de la mansión era un laberinto de setos perfectamente recortados y fuentes de piedra que lloraban agua cristalina. Me alejé de la casa, buscando las sombras, hasta que llegué a un pequeño cenador cubierto de hiedra. Me senté allí, abrazándome a mí misma contra el frío de la noche.

— Sabía que te encontraría aquí —la voz de Jake me sobresaltó.

Estaba de pie bajo la luz de la luna, con la camisa ligeramente desabrochada en el cuello. Parecía menos un monstruo y más un hombre cansado, aunque su presencia seguía siendo imponente.

— Solo quería un poco de paz —dije, sin mirarlo—. Tu mundo es... agotador.

— Lo es —admitió, acercándose y sentándose en el banco frente a mí—. Es una guerra constante. Si te relajas un segundo, pierdes todo lo que has construido.

— ¿Vale la pena? —le pregunté, mirándolo a los ojos—. ¿Vale la pena vivir rodeado de gente que te teme pero que te traicionaría por una moneda más?

Jake guardó silencio durante un largo rato, observando las sombras de los árboles.

— Cuando era niño —comenzó, y su voz tenía una cadencia que nunca antes había escuchado—, no tenía nada. Mi padre me encerraba en el sótano cuando perdía en el juego. Me decía que el dolor era la única lección que valía la pena aprender. Que si era lo suficientemente fuerte para aguantarlo, algún día sería yo quien lo infligiera.

Sentí una punzada de compasión que intenté reprimir. No quería sentir lástima por el hombre que me había comprado.

— Él tenía razón en una cosa —continuó Jake, volviendo su mirada hacia mí—. El dolor te hace fuerte. Pero se equivocó en lo demás. Infligir dolor no te hace poderoso. El poder es tener algo que todos quieren y saber que nadie se atreverá a tocarlo.

— Y eso es lo que soy para ti —concluí amargamente—. Algo que todos quieren y que tú posees.

Jake se levantó y se arrodilló frente a mí, colocando sus manos sobre mis rodillas. Fue un gesto de una intimidad tan inesperada que me quedé sin aliento.

— Eres la única cosa en esta casa que no está manchada de sangre —susurró, y por un momento, vi al niño que fue castigado en aquel sótano—. No te elegí solo por la deuda de tu padre. Te elegí porque cuando te vi por primera vez, hace años, en aquel baile de caridad, no bajaste la mirada. Me miraste como si pudieras ver a través de mi máscara. Y desde entonces, supe que tenías que ser mía.

— Eso es obsesión, Jake, no amor —le recordé, aunque mi corazón latía con fuerza contra mis costillas.

— No sé qué es el amor —confesó, y su mano subió hasta mi mejilla, acariciándola con una ternura que me asustó más que su frialdad—. Pero sé que si alguien intenta apartarte de mi lado, quemaré esta ciudad hasta los cimientos.

Se inclinó y me besó. No fue un beso exigente ni violento, como esperaba. Fue un beso lento, cargado de una desesperación silenciosa, como si estuviera tratando de beber de mí la paz que él no poseía. Por un instante, me olvidé de quién era él y de cómo había llegado allí. Mis manos subieron a sus hombros, aferrándose a la tela de su camisa, y le devolví el beso con una intensidad que me sorprendió a mí misma.

Cuando se separó, sus ojos brillaban con algo que no era solo posesividad. Era reconocimiento.

— Mañana —dijo, recuperando su tono autoritario pero sin soltar mi mano—, empezará tu entrenamiento.

— ¿Entrenamiento? —pregunté, confundida.

— Si vas a ser la esposa de Jake Rossi, tienes que saber defenderte —sentenció—. No siempre podré estar a tu lado, y no confío en nadie más que en mí mismo para protegerte. Aprenderás a disparar, a observar y a desconfiar.

Se levantó y me tendió la mano para ayudarme a levantarme.

— La guerra se acerca —añadió, mientras caminábamos de regreso a la mansión—. Las otras familias no están contentas con nuestra unión. Creen que me he vuelto débil por tomar una esposa. Vamos a demostrarles lo equivocados que están.

Al entrar en la casa, sentí que las paredes de mármol ya no se cerraban tanto sobre mí. Seguía siendo una prisionera, sí, pero Jake me estaba ofreciendo algo que mi padre nunca me dio: la oportunidad de luchar.

Esa noche, mientras yacía en mi cama, escuché el sonido de un disparo a lo lejos, en algún lugar de la ciudad. Sabía que era el mundo de Jake reclamando su parte. Pero mientras miraba el collar de diamantes sobre la mesilla, me di cuenta de que ya no sentía el peso de las cadenas de terciopelo de la misma manera.

Jake Rossi era un hombre de sombras, un monstruo forjado en el dolor. Pero en medio de esa oscuridad, había encendido una chispa en mí que no sabía que existía. El matrimonio arreglado era el comienzo, la deuda era el motivo, pero la guerra que se avecinaba sería la que definiría quiénes éramos realmente.

Y mientras cerraba los ojos, supe que no solo quería sobrevivir a Jake. Quería entenderlo. Quería ver qué pasaba cuando el hombre que lo tenía todo encontraba algo que no podía controlar con dinero o miedo.

La partida apenas comenzaba, y yo no pensaba ser solo un peón en su tablero.