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"El amor encontrado en el infierno"

Lecciones de Pólvora y Seda

El campo de tiro privado de Jake no se encontraba en la mansión, sino en las entrañas de un almacén industrial aparentemente abandonado en las afueras de la ciudad. El contraste era brutal: de la opulencia del mármol y las sábanas de seda al olor a aceite de motor, cemento frío y pólvora quemada.

Jake caminaba delante de mí, su zancada segura y dominante. No se había puesto el traje hoy. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta negra que se ajustaba a sus hombros anchos, revelando la tensión de sus músculos. Yo, vestida con ropa deportiva que Marcello había enviado a primera hora, me sentía fuera de lugar, como un cisne arrojado a un foso de lobos.

Él se detuvo frente a una mesa metálica donde descansaban varias armas cortas, relucientes bajo la luz fluorescente.

— El miedo es una reacción biológica —dijo Jake sin mirarme, mientras desarmaba una pistola con una rapidez asombrosa—, pero el pánico es una elección. En mi mundo, el pánico te mata antes que la bala.

— No soy una asesina, Jake —respondí, cruzándome de brazos. El frío del almacén se colaba bajo mi piel.

— No te pido que seas una asesina —replicó él, girándose finalmente. Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, despojados de cualquier rastro de la vulnerabilidad que había mostrado en el jardín—. Te pido que seas capaz de apretar un gatillo si alguien intenta ponerte una mano encima. Tu padre te vendió, pero los enemigos de tu padre te ven como un punto débil. Y mis enemigos... ellos te ven como un trofeo que arrebatarme.

Tomó una Glock 19 de la mesa y me la tendió. Al principio, dudé. El metal estaba frío y pesaba mucho más de lo que imaginaba.

— Tómala —ordenó.

Cuando mis dedos rodearon la empuñadura, él se colocó detrás de mí. Sentí su pecho firme contra mi espalda y el calor de su cuerpo envolviéndome. Sus manos, grandes y callosas, cubrieron las mías, ajustando mi agarre.

— No la aprietes como si fuera un ramo de flores —susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi mejilla—. Es una herramienta. Tus pies a la anchura de los hombros. Bloquea los codos, pero no los hombros. Deja que el arma sea una extensión de tu brazo.

La cercanía era embriagadora y aterradora a la vez. Podía sentir el latido de su corazón, un ritmo constante y gélido que parecía no alterarse por nada.

— Ahora, mira hacia la diana —continuó él, bajando la voz—. Imagina que ese papel es el hombre que intentó secuestrarte ayer. O imagina que es tu padre, si eso te da más motivación.

La mención de mi padre hizo que una chispa de rabia recorriera mi columna. Apreté la mandíbula.

— Quita el seguro —instruyó Jake.

Lo hice. El clic metálico resonó en el silencio del almacén.

— Dispara.

El estruendo fue ensordecedor. El retroceso me sacudió los brazos y el hombro, obligándome a dar un paso atrás, pero Jake estaba allí, firme como una roca, sosteniéndome para que no cayera. La bala impactó en el hombro de la silueta de papel, lejos del centro.

— Nada mal para una principiante —comentó él, aunque su voz no contenía elogio, solo una observación clínica—. Otra vez. No cierres los ojos al disparar. Quieres ver el agujero que haces.

Pasamos las siguientes dos horas así. Mis brazos empezaron a temblar por el esfuerzo y el olor a pólvora se me quedó impregnado en el cabello. Jake era un instructor implacable. No permitía errores, no aceptaba quejas. Cada vez que mi puntería fallaba, me obligaba a corregir la postura, sus manos moviéndose sobre mi cuerpo con una familiaridad que borraba las fronteras de nuestro contrato.

— ¿Por qué haces esto realmente? —pregunté durante un breve descanso, mientras él recargaba los cargadores con una eficiencia mecánica—. Tienes a docenas de hombres que me siguen a todas partes. ¿Por qué enseñarme a mí?

Jake dejó de cargar y me miró. Había algo en su expresión, una sombra de un recuerdo antiguo que le amargaba el gesto.

— Porque los escoltas pueden ser comprados —dijo con amargura—. Porque los hombres mueren. Porque al final del día, la única persona en la que puedes confiar para salvar tu vida es la que ves en el espejo. Mi madre... ella confiaba en que los hombres de mi padre la protegerían.

Se detuvo bruscamente, como si hubiera dicho demasiado.

— ¿Qué le pasó? —insistí, dando un paso hacia él.

Jake apretó el cargador en su mano con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

— Mi padre la usó como escudo humano —soltó, y la frialdad de sus palabras me heló la sangre—. Durante una emboscada de los húngaros. Él sabía que no saldría vivo si no hacía algo drástico. La empujó frente a él. Ella no sabía disparar, no sabía correr, no sabía nada más que ser una esposa decorativa. Murió por su ignorancia y por la cobardía de él.

El silencio que siguió fue sepulcral. Entendí entonces que Jake no me estaba entrenando por crueldad, sino por una forma retorcida de amor, o quizás por el trauma de no querer repetir la historia. Para él, la debilidad no era una característica, era una sentencia de muerte.

— Yo no soy ella, Jake —dije en voz baja.

— No —respondió él, acercándose hasta que nuestras frentes casi se tocaron—. No lo eres. Y me aseguraré de que nunca lo seas.

De repente, el teléfono de Jake vibró en la mesa. Él lo tomó y su expresión cambió al instante, volviéndose la máscara de hierro del mafioso temido.

— Habla —dijo. Escuchó durante unos segundos antes de que su mandíbula se tensara—. ¿Dónde? Entendido. No hagan nada hasta que yo llegue.

Colgó y me miró con una urgencia contenida.

— Tenemos que irnos. Ahora.

— ¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo que el pánico que él tanto despreciaba empezaba a asomar.

— Tu padre —dijo Jake, tomándome del brazo con firmeza—. El muy imbécil ha intentado vender información sobre nuestras rutas de suministro a los rusos para pagar una deuda secundaria. Mis hombres lo tienen retenido en uno de los muelles.

— Oh, Dios... —un escalofrío me recorrió. Sabía lo que Jake hacía con los traidores.

— No invoques a Dios aquí —me cortó él mientras me guiaba hacia la salida—. Invocame a mí. Porque soy el único que va a decidir si vive o muere hoy. Y tú vas a venir conmigo.

El trayecto hacia los muelles fue un borrón de velocidad y luces de ciudad. Jake conducía su SUV blindado con una agresividad controlada, mientras hablaba por un auricular dando órdenes de despliegue. Yo miraba por la ventana, con el corazón martilleando contra mis costillas. Mi padre era un hombre despreciable, sí, pero seguía siendo mi padre.

Llegamos a un almacén de contenedores cerca del puerto. El aire olía a salitre y pescado podrido. Varios hombres de Jake, armados hasta los dientes, montaban guardia. Al vernos, se cuadraron con respeto.

Entramos en el edificio. En el centro, bajo una única bombilla que parpadeaba, mi padre estaba atado a una silla de madera. Tenía el rostro hinchado y la camisa manchada de sangre. Al vernos entrar, sus ojos se abrieron con una mezcla de esperanza y terror.

— ¡Hija! —gimió con voz ronca—. ¡Dile que se detenga! ¡Dile que fue un error, que yo no quería...!

Jake no dijo nada. Caminó hacia él con la elegancia de un depredador que no tiene prisa. Se detuvo a un metro y lo observó con un desprecio tan absoluto que mi padre se encogió en la silla.

— Lorenzo —dijo Jake, y su voz era un susurro letal—. Te di una oportunidad. Te quité las deudas de encima, te di una salida digna a través de tu hija. Y me pagas intentando venderme a los Volkov.

— ¡Necesitaba el dinero, Jake! —sollozó mi padre—. Ellos me amenazaron... dijeron que matarian a...

— No mientas —lo interrumpió Jake, sacando su arma con una parsimonia aterradora—. Los Volkov no amenazan, ellos compran. Y tú te vendiste barato.

Jake amartilló el arma y la puso contra la frente de mi padre.

— ¡No! —grité, dando un paso adelante. Uno de los hombres de Jake me puso una mano en el hombro para detenerme, pero Jake le hizo una señal para que me soltara.

— ¿Quieres salvarlo? —preguntó Jake, mirándome de reojo sin quitar el arma de la cabeza de mi padre—. Después de que te usó como moneda de cambio, después de que te entregó a un hombre que sabía que era un monstruo... ¿todavía quieres salvarlo?

— Es mi padre, Jake —dije, con las lágrimas nublando mi vista—. Por favor... no lo hagas. No así.

Jake soltó una risa seca.

— Si lo dejo vivir, enviaré el mensaje de que cualquiera puede traicionarme y salirse con la suya. En este negocio, la misericordia es una enfermedad.

— Entonces hazlo por mí —supliqué, acercándome a él, ignorando el peligro—. No por él. Hazlo porque me prometiste que me protegerías. Y si lo matas delante de mí, estarás destruyendo lo poco que queda de la mujer que viste en aquel baile. Estarás dándole la razón a tu padre: que el dolor es lo único que importa.

Jake se quedó inmóvil. El tiempo parecía haberse congelado en aquel almacén mugriento. Podía ver la lucha interna en sus ojos, la batalla entre el monstruo que lo mantenía vivo y el hombre que buscaba algo real en medio de la podredumbre.

Lentamente, Jake bajó el arma. Mi padre dejó escapar un sollozo de alivio que me resultó patético.

— No lo mataré —dijo Jake, pero su voz era tan fría que no traía consuelo—. Pero no volverá a ver la luz del sol como un hombre libre.

Se giró hacia sus hombres.

— Llévenlo a la casa de seguridad en el norte. No quiero que tenga contacto con nadie. Si intenta escapar o hablar con alguien, mátenlo y no me molesten con los detalles.

Los hombres de Jake desataron a mi padre y se lo llevaron a rastras mientras él seguía llorando y pidiendo perdón. Yo me quedé allí, temblando, sintiendo que el mundo se desmoronaba a mi alrededor.

Jake se acercó a mí. Su mano, todavía caliente por el metal del arma, se posó en mi nuca.

— Has ganado esta vez —susurró—. Pero no vuelvas a pedirme misericordia. El mundo no es como tú crees, y hoy acabas de comprarle una deuda de gratitud a un hombre que no sabe lo que es la lealtad.

— Gracias —alcancé a decir, aunque las palabras me supieron a ceniza.

— No me des las gracias —dijo él, obligándome a mirarlo—. Lo que hice hoy me debilita ante mis hombres. Me hace vulnerable. Y si yo soy vulnerable, tú también lo eres.

Me tomó de la mano y me condujo fuera del almacén. El aire de la noche se sentía más pesado que antes. Al subir al coche, Jake no arrancó de inmediato. Se quedó mirando el volante, con las manos apretadas con fuerza.

— Mañana es la gala —dijo finalmente—. Tu padre no estará allí, obviamente. Diremos que ha tenido un "retiro repentino" por motivos de salud.

— Jake... —empecé a decir, pero él me cortó.

— He roto mis propias reglas por ti —dijo, y por primera vez, hubo un rastro de miedo en su voz—. No me hagas arrepentirme de haberte dejado entrar en mi cabeza.

— No lo haré —prometí, y por un momento, la brecha entre nosotros pareció cerrarse un milímetro más.

Regresamos a la mansión en silencio. Al llegar a mi habitación, encontré sobre la cama un vestido nuevo. No era el rojo de Marcello, sino uno de seda negra, profundo como el abismo, con una máscara de encaje a juego.

Me miré al espejo y vi a una mujer que ya no reconocía. Había pólvora en mis manos y el peso de una vida salvada en mi conciencia. Jake Rossi me estaba transformando, no en una víctima, sino en algo mucho más peligroso: su cómplice.

Unas horas después, la puerta de mi habitación se abrió. Jake entró, pero esta vez no se quedó en las sombras. Se acercó y se sentó a mi lado en la cama. No dijo nada, simplemente apoyó su cabeza en mi hombro, un gesto de cansancio y entrega que me dejó sin respiración.

Le rodeé con mis brazos, sintiendo su armadura desmoronarse por un instante. Éramos dos seres rotos tratando de construir algo sólido sobre un terreno lleno de minas.

— La gala será una carnicería política —murmuró él contra mi cuello—. Mantente cerca de mí. No te separes ni un centímetro.

— Estaré allí —respondí—. No voy a dejarte solo en esto.

Jake se separó un poco para mirarme. Sus dedos trazaron el contorno de mis labios.

— Eres mi mayor tesoro —dijo, y esta vez la palabra no sonó a propiedad, sino a algo sagrado—, y mi mayor peligro.

Nos quedamos así, en el silencio de la noche, mientras la ciudad dormía bajo el yugo de un imperio de sangre. Mañana, el mundo vería a la esposa de Jake Rossi, pero esta noche, solo éramos Jake y yo, dos extraños unidos por una deuda, un beso y el aroma persistente de la pólvora.

La guerra estaba a punto de estallar, y yo finalmente había entendido que para sobrevivir al lado de un monstruo, tenía que aprender a amar la oscuridad tanto como él.