El amorrrrrr
El Silencio de las Rosas Marchitas
El aire en los pasillos del palacio se había vuelto gélido, no por el invierno que acechaba a las puertas del reino, sino por el peso de los secretos que se arrastraban entre las sombras. Tras la puerta entornada de la biblioteca, Sira había permanecido petrificada. Sus ojos, acostumbrados a obtener todo lo que deseaban, habían presenciado lo imposible: el roce de los labios de Pedri con los de su guardia, una unión cargada de una devoción que ella jamás podría inspirar.
La princesa del Oeste no gritó. No irrumpió en la sala exigiendo cabezas. En su lugar, retrocedió con la lentitud de un espectro, refugiándose en sus aposentos. Durante dos días, el ala oeste del castillo permaneció en un silencio sepulcral. Sira no probó bocado, rechazando a las doncellas y sumiendo a su hermano Eric en una confusión colérica. Pero tras ese encierro, la mujer que emergió no era la misma joven caprichosa; era una estratega herida con el veneno de la humillación corriendo por sus venas.
Ferran, ajeno al hecho de que su mundo estaba a punto de desmoronarse, mantenía su guardia con una renovada determinación. Cada mirada fugaz con Pedri era un bálsamo, pero el peligro seguía latente. La llamada llegó al amanecer del tercer día. Un mensaje privado, sellado con el emblema de la casa del Oeste.
—El caballero Ferran debe presentarse en el jardín de las dalias —leyó en voz baja.
Cuando Ferran llegó al lugar, Sira lo esperaba de espaldas, observando una rosa roja que empezaba a marchitarse por la escarcha.
—Es curioso cómo las cosas más bellas son también las más frágiles, ¿no creéis, caballero? —dijo ella sin girarse. Su voz era como el filo de una daga de seda.
—Princesa Sira —respondió Ferran, manteniendo la distancia y la mano en el pomo de su espada por puro instinto—. Me han informado que deseabais verme.
Sira se giró lentamente. Sus ojos estaban enrojecidos, pero su expresión era de una frialdad absoluta.
—Vi el beso, Ferran. En la biblioteca. Vi cómo el "puro" príncipe Pedri se entregaba a los brazos de un simple soldado.
El mundo de Ferran se detuvo. El metal de su armadura pareció encogerse, asfixiándolo. Por un segundo, el impulso de desenvainar y silenciar la amenaza cruzó su mente, pero el rostro de Pedri, su sonrisa dulce y su vulnerabilidad, lo detuvieron. Si él caía, Pedri caería con él. La ejecución por sodomía y traición no sería solo para el guardia; el príncipe sería despojado de su honor, exiliado o algo peor.
—Si vais a decírselo al Rey, hacedlo ya —gruñó Ferran, dando un paso al frente, tratando de ocultar el temblor de sus manos—. Pero dejadlo a él fuera de esto. Fui yo quien lo incitó. Matadme a mí si es necesario.
Sira soltó una carcajada seca, carente de alegría.
—¿Matarte? No, Ferran. Eso sería demasiado misericordioso. Quiero que Pedri sufra. Quiero que vea cómo lo que más ama le pertenece a otra. Quiero que cada vez que me mire, recuerde que yo gané y él perdió.
Ferran frunció el ceño, confundido por la dirección de sus palabras.
—¿Qué es lo que queréis?
—Te casarás conmigo —sentenció ella, acercándose hasta que el perfume de jazmín de su ropa inundó los sentidos del caballero—. Pedirás mi mano formalmente ante los dos reyes esta misma tarde. Dirás que te has enamorado perdidamente de mi belleza y mi linaje durante estos días.
—¡Eso es una locura! —exclamó Ferran, su voz resonando en el jardín—. Soy un guardia, un general de bajo linaje comparado con vos. Vuestro hermano jamás lo permitiría.
—Mi hermano quiere la alianza, y yo le he convencido de que tú eres la clave para controlar este reino desde dentro —replicó ella con una sonrisa maliciosa—. Si aceptas, el secreto morirá conmigo. Pedri seguirá siendo el príncipe heredero, a salvo en su palacio de cristal. Si te niegas... mañana mismo vuestro romance será el tema de conversación en cada taberna y en cada tribunal de la inquisición. ¿Qué crees que le hará tu Rey a su hijo predilecto para "limpiar" el nombre de la familia?
Ferran cerró los ojos con fuerza. Podía ver el cadalso, podía ver el dolor en los ojos de Pedri al ser humillado públicamente. Su complejo de protector, esa necesidad visceral de proveer seguridad al hombre que amaba, se retorció en su pecho. Para salvar a Pedri, tenía que destruirlo.
—Acepto —susurró Ferran, y cada letra se sintió como si tragara cristales rotos—. Pero juro que si le sucede algo a él, no habrá corona que te proteja de mi ira.
—Trato hecho, mi futuro esposo —dijo Sira, pasando una mano por el hombro de la armadura de Ferran con posesividad.
La noticia cayó sobre el palacio como una tormenta repentina. El anuncio oficial se hizo en el gran salón esa misma tarde. El Rey, aunque sorprendido por la petición de un general hacia una princesa extranjera, vio en Ferran al candidato perfecto para asegurar la lealtad del Oeste sin entregar a su propio hijo. Eric, tras una tensa charla privada con su hermana, aceptó a regañadientes, entendiendo que tener al mejor guerrero del reino aliado bajo su yugo era una ventaja estratégica innegable.
Pedri estaba en su habitación, preparándose para la cena, cuando escuchó los gritos de júbilo y las trompetas anunciando el compromiso. Corrió hacia el salón, con el corazón en la garganta, esperando que fuera un error, una broma de mal gusto.
Pero allí estaba Ferran, de pie junto a Sira, con el rostro pálido y la mirada fija en el suelo, mientras el Rey bendecía la unión.
—¿Ferran? —susurró Pedri al llegar al umbral.
El caballero levantó la vista. Por un breve instante, la máscara de frialdad se rompió y Pedri pudo ver el abismo de agonía en los ojos de Ferran. Pero fue solo un segundo. Ferran volvió a endurecer las facciones y asintió con una rigidez militar.
—Príncipe Pedri —dijo Ferran, su voz sonando extraña, vacía—. Espero contar con vuestra bendición para mi matrimonio con la Princesa Sira.
Pedri sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No hubo palabras, no hubo explicaciones. Solo el sonido de su propio corazón rompiéndose en mil pedazos. Sin decir nada, dio media vuelta y corrió por los pasillos, ignorando las llamadas de su padre, hasta encerrarse en sus aposentos.
Las semanas siguientes fueron un borrón de preparativos nupciales que se sintieron como un funeral prolongado. Pedri no salía de su habitación. La luz de sus ojos se había apagado, dejando solo una cáscara de lo que alguna vez fue el príncipe más cálido del reino.
La noche antes de la boda, la puerta de su habitación se abrió suavemente. Pedri esperaba que fuera un sirviente con la cena que no pensaba tocar, pero fue una figura familiar la que entró: su hermana mayor, la princesa heredera. Ella, que también vivía un amor prohibido con el caballero del Este, se acercó a la cama donde Pedri estaba ovillado.
—Vete, por favor —pidió Pedri con la voz quebrada por el llanto.
—No me voy a ir, pequeño —dijo ella, sentándose a su lado y acariciándole el cabello—. Sé lo que está pasando. O al menos, sé que esto no es lo que parece.
Pedri se incorporó, con los ojos hinchados y el rostro demacrado.
—Él me lo prometió, hermana. Me dijo que era mi escudo, que me amaba... y ahora se casa con ella. Con esa mujer que lo mira como si fuera un trofeo de guerra.
—Pedri, mírame —dijo ella con firmeza—. Conozco a Ferran. Ese hombre daría su vida por ti. Si está haciendo esto, si está aceptando este matrimonio que claramente lo está matando por dentro, es por una razón. Ferran es un hombre de honor, pero su mayor honor eres tú.
—Me ha abandonado —sollozó Pedri, escondiendo el rostro en el hombro de su hermana—. Me ha dejado solo en este nido de víboras.
—No te ha dejado, Pedri. Se ha sacrificado —susurró ella, abrazándolo con fuerza—. He visto cómo mira a Sira; no hay amor, hay miedo. Miedo por ti. Ella debe tener algo contra vosotros.
Pedri se quedó en silencio, procesando las palabras de su hermana. El dolor seguía ahí, punzante y voraz, pero una pequeña chispa de comprensión empezó a brillar. Recordó la mirada de Ferran en el salón, esa súplica silenciosa de perdón.
La boda se celebró en la catedral metropolitana. Fue un evento fastuoso, lleno de flores blancas que para Pedri olían a muerte. Ferran vestía sus mejores galas, pero su porte ya no era el de un guerrero orgulloso, sino el de un prisionero caminando hacia el patíbulo. Sira, por el contrario, resplandecía con una belleza triunfal, sosteniendo el brazo de Ferran con una fuerza innecesaria.
Pedri tuvo que estar presente, sentado en la primera fila, viendo cómo el hombre al que le había entregado su primer beso juraba proteger y honrar a otra mujer. Cuando llegó el momento de los votos, Ferran vaciló. Sus ojos buscaron a Pedri entre la multitud por última vez. Fue un contacto visual que duró apenas un suspiro, pero en él, Ferran le entregó toda la verdad que no podía decir en voz alta.
"Lo hago por ti. Siempre por ti".
—Sí, quiero —pronunció Ferran, y el sonido fue como el golpe de un martillo cerrando un ataúd.
Tras la ceremonia, el banquete fue una tortura de risas falsas y brindis por una felicidad inexistente. Pedri no aguantó más y se escabulló hacia el balcón de la torre norte, el lugar donde solía esconderse de niño. El aire nocturno le golpeó el rostro, refrescando sus mejillas ardientes.
—No deberíais estar aquí solo, mi señor.
Pedri se sobresaltó. Ferran estaba allí, en las sombras, habiendo escapado de su propia fiesta de bodas por unos minutos. Ya no llevaba la capa ceremonial, solo su túnica y la espada que siempre lo acompañaba.
—¿Qué haces aquí, Ferran? —preguntó Pedri, tratando de sonar frío, aunque su voz lo traicionó con un temblor—. Ve con tu esposa. Ella te espera para comenzar vuestra vida juntos.
Ferran se acercó, pero se detuvo a dos metros de distancia, respetando una frontera invisible que ahora era infranqueable.
—Ella nunca será mi esposa en el corazón, Pedri. Sabes por qué he hecho esto.
—¡No lo sé! —estalló Pedri, girándose con furia—. ¡Me dejaste! Me viste destrozado y no dijiste nada. Me obligaste a verte besarla frente al altar.
—¡Ella nos vio! —rugió Ferran, perdiendo por fin su compostura—. Nos vio en la biblioteca, Pedri. Me amenazó con destruirte, con contarle al Rey lo nuestro. Iba a llevarte al calabozo, a quitarte tu derecho de nacimiento, a humillarte ante todo el continente. No podía permitirlo. Preferiría pasar el resto de mi vida en el infierno al lado de esa mujer que ver cómo te tocan un solo cabello para hacerte daño.
Pedri se quedó sin aliento. El aire pareció abandonar sus pulmones mientras la realidad de la situación lo golpeaba. Ferran no lo había traicionado; lo había comprado. Había vendido su libertad y su alma para que Pedri pudiera seguir caminando por el palacio con la cabeza alta.
—Ferran... —Pedri dio un paso hacia él, con las lágrimas brotando de nuevo, pero esta vez de pura agonía compartida.
—No te acerques —suplicó Ferran, retrocediendo—. Si nos ven ahora, todo el sacrificio no habrá servido de nada. Sira nos vigila. Ella disfruta con esto.
—¿Cómo vas a vivir así? —preguntó Pedri en un susurro—. ¿Cómo vamos a vivir los dos sabiendo que estás en la habitación de al lado con ella?
Ferran apretó los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—Viviré protegiéndote desde las sombras, como siempre he hecho. Seré tu general, tu guardia, y cuando nadie mire, seguiré siendo el hombre que te ama más que a su propia salvación. Pero ante el mundo, soy el esposo de la Princesa del Oeste.
—Es una prisión —dijo Pedri, sintiendo el peso de la corona más pesado que nunca.
—Es mi deber —respondió Ferran con una solemnidad que le desgarró el alma a Pedri—. Ahora, por favor, vuelve al salón. Sonríe. Hazle creer a ella que no te importa. Es la única forma de que nos deje en paz.
Pedri asintió lentamente, comprendiendo por fin la magnitud del amor de Ferran. Un amor que no buscaba la posesión, sino la supervivencia del otro. Se acercó lo suficiente para que sus dedos rozaran la mano de Ferran por un instante, un contacto eléctrico y fugaz que tuvo que servirles para los años de soledad que vendrían.
—Te esperaré, Ferran —susurró Pedri—. No me importa si pasan décadas. Algún día, este reino será mío, y cuando ese día llegue, no habrá princesa ni rey que pueda separarnos.
Ferran le dedicó una sonrisa triste, una que no llegaba a sus ojos pero que guardaba toda la fuerza de su promesa.
—Hasta entonces, mi pequeño príncipe, seré vuestro escudo. Incluso contra mi propio destino.
Pedri regresó al banquete con la cabeza alta y una máscara de indiferencia tallada en mármol. Sira lo observó desde la mesa presidencial, buscando una señal de derrumbe, pero solo encontró la mirada gélida de un hombre que acababa de madurar a través del dolor.
La princesa del Oeste creía haber ganado una guerra, pero no sabía que al encadenar al caballero, solo había logrado que el amor entre el príncipe y su guardia se convirtiera en algo indestructible, una llama alimentada por el secreto y el sacrificio que ardería en la oscuridad, esperando el momento exacto para consumir todo lo que se interpusiera en su camino.
Esa noche, mientras las celebraciones continuaban, dos hombres en diferentes alas del castillo miraban la misma luna, unidos por un hilo de dolor y devoción que ninguna ley humana podría romper jamás. La tragedia había comenzado, pero la historia de Fedri estaba lejos de terminar; apenas se estaba forjando en el fuego de la adversidad.