El amorrrrrr
Bajo el Manto de la Luna y el Heno
El banquete nupcial se había convertido en un carnaval de excesos y risas forzadas que resonaban en los techos abovedados del gran salón. El vino fluía como un río carmesí, nublando los juicios y soltando las lenguas de los nobles. Sira, embriagada no solo por el alcohol sino por la embriaguez del poder y su supuesta victoria, había bebido copa tras copa. Su risa, antes afilada como un cristal, se volvió errática y pesada hasta que, finalmente, su cuerpo cedió.
El Rey del Oeste, observando con una mezcla de vergüenza y pragmatismo a su hija desplomada sobre la mesa principal, se acercó a Ferran. El caballero permanecía de pie detrás de ella, rígido, con el rostro convertido en una máscara de piedra que ocultaba un alivio inmenso.
—Mis disculpas, Ferran —dijo el monarca extranjero, haciendo una señal a las doncellas para que levantaran a la princesa—. Parece que la emoción del día ha superado la resistencia de mi hija. No esperéis mucho de ella esta noche; el vino es un amante celoso.
—No os preocupéis, Majestad —respondió Ferran, inclinando levemente la cabeza—. La salud de la princesa es lo primero. Que descanse.
Ferran observó cómo se llevaban a su "esposa" hacia las habitaciones nupciales. Por dentro, dio gracias a cada santo que conocía. El pavor que sentía ante la idea de tener que tocarla, de profanar el recuerdo de los labios de Pedri con la piel de esa mujer, se disipó momentáneamente. Estaba a salvo, al menos por unas horas.
El salón comenzó a vaciarse. Los músicos guardaron sus laúdes y las antorchas empezaron a consumirse, dejando tras de sí el olor a cera quemada y comida fría. Ferran se dispuso a retirarse a los barracones de la guardia —pues se negaba a entrar en la alcoba de Sira hasta que fuera estrictamente necesario— cuando sintió un tirón firme en su muñeca.
Se giró, listo para reprender a quien se atreviera a tocar a un caballero de su rango, pero sus palabras murieron en su garganta. Era Pedri.
El príncipe tenía las mejillas encendidas por el vino y el cabello ligeramente revuelto. Sus ojos, habitualmente dulces y tímidos, brillaban con una determinación febril y una desesperación que Ferran reconoció al instante. Pedri no dijo nada; simplemente apretó el agarre y empezó a caminar, arrastrando a Ferran hacia las sombras de los pasadizos traseros.
—Mi señor, ¿qué hacéis? —susurró Ferran, mirando a los lados con el corazón martilleando contra sus costillas—. Alguien podría vernos. Es peligroso.
—Cállate, Ferran —respondió Pedri, y su voz, aunque algo pastosa por la bebida, tenía un filo de mando que el caballero nunca había escuchado—. Sígueme. Es una orden.
Cruzaron el patio de armas en silencio, dos sombras fundiéndose con la oscuridad de la medianoche. El aire fresco de la noche pareció espabilar a Pedri, pero no disminuyó su urgencia. Llegaron a los establos reales, un lugar que a esa hora estaba sumido en la calma, interrumpida solo por el resoplido ocasional de los caballos y el aroma dulce del heno fresco.
Pedri empujó la puerta de madera pesada y guio a Ferran hacia el fondo, donde las balas de paja se apilaban creando un refugio oculto a la vista de cualquier curioso. En cuanto se detuvieron, Pedri se lanzó sobre él.
Fue un beso desesperado, casi violento, cargado de todo el dolor, la rabia y el deseo que habían estado acumulando durante esas semanas de tortura. Pedri rodeó el cuello de Ferran con sus brazos, pegando su cuerpo al metal de la armadura que el caballero aún no se había quitado del todo.
—Pedri, para... —logró decir Ferran entre jadeos, tratando de apartarlo suavemente—. Te has casado hoy... yo me he casado hoy. Si nos encuentran aquí...
—¡Me da igual! —exclamó Pedri, separándose apenas unos centímetros, con lágrimas brillando en sus ojos—. Me da igual el reino, me da igual Sira y me da igual el mundo entero. Ella cree que te tiene, Ferran. Cree que porque firmaste un papel y te puso un anillo, ahora le perteneces.
Pedri tomó las manos de Ferran y las llevó a su propio pecho, justo encima de su corazón que latía desbocado.
—Hazme tuyo —suplicó el príncipe en un susurro quebrado—. Quiero que seas tú el primero. Quiero que cuando ella intente tocarte, o cuando tú tengas que mirarla, recuerdes que mi piel fue la que reclamaste primero. Que mi alma es la única que posees. No dejes que ella gane, Ferran. Por favor.
Ferran sintió que su resolución se desmoronaba como un castillo de naipes frente a una tormenta. Ver a Pedri así, tan vulnerable y a la vez tan valiente, tan dispuesto a arriesgarlo todo por una noche de verdad en medio de tantas mentiras, fue su perdición. El complejo de protector de Ferran se transformó en algo más primitivo, más posesivo.
—Pedri... mi dulce Pedri —murmuró Ferran, rindiéndose finalmente.
Sus manos, grandes y callosas, subieron por el rostro del príncipe, acunándolo con una ternura infinita. Se olvidó del deber, se olvidó de la traición y del miedo. En ese establo, rodeados de paja y del calor de los animales, no había príncipes ni guardias. Solo había dos hombres que se amaban hasta la locura.
Ferran comenzó a despojar a Pedri de su túnica de seda con una delicadeza reverente, como si estuviera desembalando el tesoro más preciado del mundo. Pedri, a su vez, ayudó a Ferran a deshacerse de las piezas de su armadura, el metal golpeando el suelo con ruidos sordos que se perdían en el silencio de la noche.
Cuando finalmente sus pieles se encontraron, el contacto fue eléctrico. El frío del establo desapareció, reemplazado por el calor abrasador de sus cuerpos. Ferran recostó a Pedri sobre el heno, que crujió bajo ellos, y lo cubrió con su propio peso, siendo cuidadoso de no lastimarlo, pero dejando claro que en ese momento, él era su proveedor, su amante y su refugio.
—Eres lo más hermoso que mis ojos han visto jamás —susurró Ferran al oído de Pedri, recorriendo con sus labios la línea de su mandíbula—. Y juro por mi honor que nadie, nunca, podrá borrar lo que somos en este momento.
Pedri soltó un gemido bajito, una mezcla de alivio y placer, mientras enredaba sus dedos en el cabello de Ferran.
—Tómame, Ferran. Sé mi caballero una vez más. Sálvame de esta soledad.
El encuentro fue lento al principio, una danza de descubrimientos y suspiros contenidos. Ferran se movía con una devoción casi religiosa, adorando cada rincón del cuerpo de Pedri, asegurándose de que cada caricia fuera un sello de propiedad y amor. Pedri respondía con una entrega total, abriéndose a él de una manera que nunca creyó posible, sintiendo cómo el vacío que Sira había dejado en su pecho se llenaba con la presencia abrumadora de Ferran.
A medida que la pasión crecía, el ritmo se volvió más urgente, más necesitado. El heno se clavaba en sus espaldas y el olor a campo los envolvía, pero nada de eso importaba. En la penumbra del establo, bajo la luz de una luna que se filtraba por las rendijas del techo, sus sombras se entrelazaban en una sola.
Ferran se detuvo un momento, mirando a Pedri a los ojos, buscando cualquier rastro de duda. Solo encontró amor puro.
—Te amo, Pedri —dijo Ferran, con la voz ronca por la emoción—. Te amo más que a mi vida, más que a mi libertad.
—Y yo a ti, Ferran —respondió Pedri, atrayéndolo hacia abajo para un último beso antes de que el mundo se desvaneciera en una explosión de sensaciones—. Siempre serás tú.
Cuando el éxtasis finalmente los alcanzó, se quedaron abrazados, jadeantes y sudorosos, envueltos en el silencio sagrado que sigue a la entrega absoluta. Ferran envolvió a Pedri en sus brazos fuertes, protegiéndolo del frío que empezaba a colarse de nuevo en el lugar.
—¿Estás bien? —preguntó Ferran, besando la frente de Pedri.
Pedri asintió, apoyando la cabeza en el hombro del caballero. Una sonrisa pequeña y satisfecha, la primera en semanas, curvó sus labios.
—Estoy mejor que nunca. Ahora sé que, pase lo que pase mañana, tú me perteneces a mí. Ella puede tener el título, puede tener las ceremonias... pero esto, esto es nuestro. Nadie nos lo puede quitar.
Se quedaron así durante mucho tiempo, viendo cómo las estrellas se movían lentamente en el cielo. Sabían que al amanecer, Ferran tendría que volver al lado de Sira y fingir una vida que odiaba. Sabían que Pedri tendría que caminar por los pasillos del palacio como el príncipe soltero y distante. Pero esa noche, en el rincón más humilde del castillo, habían sido reyes de su propio destino.
—Debemos irnos antes de que salga el sol —dijo Ferran con pesar, empezando a vestirse.
Pedri lo observó, admirando la fuerza de sus hombros y la nobleza de su porte incluso en la penumbra. Se vistió también, sacudiéndose los restos de paja de su ropa con una risita suave.
—Mañana volveré a ser el príncipe tímido —dijo Pedri, acercándose a Ferran para ajustarle el cuello de la túnica—. Pero hoy he sido el hombre más feliz del mundo. Gracias, Ferran. Por no rendirte conmigo.
Ferran tomó su mano y la besó con una solemnidad que hizo que Pedri se estremeciera.
—Nunca me rendiré, mi señor. Eres mi norte, mi escudo y mi única verdad. Si tengo que vivir mil años al lado de una mujer que no amo para asegurarme de que tú estés a salvo, lo haré. Porque sé que al final del día, mi corazón siempre encontrará el camino de vuelta a ti.
Salieron del establo con la misma cautela con la que habían llegado. El palacio seguía sumido en el sueño, ajeno al acto de rebelión y amor que acababa de ocurrir bajo sus cimientos. Antes de separarse en la bifurcación que llevaba a sus respectivas habitaciones, Ferran le dedicó una última mirada cargada de promesa.
Pedri entró en sus aposentos y se dejó caer en la cama. El aroma de Ferran —madera, metal y esa calidez única de su piel— aún lo envolvía. Se durmió con una paz que no había sentido desde que la delegación del Oeste puso un pie en su reino.
Mientras tanto, en la habitación nupcial, Sira roncaba pesadamente, sumida en un sueño provocado por el alcohol, sin sospechar que su victoria era una cáscara vacía. Había conseguido el anillo, había conseguido el contrato, pero nunca, ni en mil vidas, conseguiría lo que Pedri y Ferran habían sellado esa noche bajo el manto de la luna y el heno: un amor que no entendía de leyes, de géneros ni de coronas, un amor que era, por encima de todo, invencible.