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El amorrrrrr

El Amanecer de las Coronas y el Hierro

El aire salino golpeaba el rostro de Pedri con una fuerza renovada, un contraste brutal con el hedor a putrefacción que habían dejado atrás. El gran galeón "La Esperanza de Oro" cortaba las olas del Mar del Este con una urgencia febril. A bordo, el silencio no era de paz, sino de agotamiento absoluto. Los restos de tres familias reales y sus guardias más leales se amontonaban en la cubierta y los camarotes, unidos por el trauma de haber visto el fin del mundo y haber escapado por un túnel de sombras.

Sira estaba sentada en la popa, envuelta en una manta de lana basta. Sus ojos, antes afilados como dagas, estaban fijos en la estela de espuma que dejaba el barco. No había gritado, no había conspirado, ni siquiera había buscado a Ferran para reclamar su lugar como esposa. Estaba, sencillamente, vacía. La visión de su padre llorando y de su hermano Eric temblando de puro terror había roto algo en su interior. La furia se había evaporado, dejando paso a una fatiga existencial que la mantenía cerca de su familia, buscando el calor de los suyos en lugar del poder.

En la proa, Pedri sentía la presencia de Ferran detrás de él, una constante cálida y sólida. El caballero ya no guardaba la distancia de dos pasos reglamentaria. Sus hombros se rozaban. El Rey, el padre de Pedri, los observaba desde el puente de mando. Había visto el beso en las catacumbas, había visto cómo Ferran cargaba a Pedri cuando el aire se agotaba en los túneles, y había visto la mirada de adoración pura en los ojos de su hijo. Pero no dijo nada. El mundo se había vuelto demasiado pequeño para las leyes de la sangre y el protocolo. Si el acero de Ferran era lo que mantenía a Pedri con vida, el Rey estaba dispuesto a ignorar el resto.

—¿Crees que estarán allí? —preguntó Pedri en un susurro, mirando hacia el horizonte donde la costa del Reino del Este empezaba a dibujarse.

—Llegaremos antes que ellos —respondió Ferran, colocando una mano sobre la de Pedri en la borda—. Los muertos no pueden cruzar el mar, pero rodearán la costa. Tenemos el tiempo justo para preparar el último bastión.

Cuando el barco atracó en el puerto real del Este, no hubo fanfarrias. Los soldados que los esperaban en el muelle tenían los rostros curtidos por la preocupación. Al bajar la pasarela, el dolor se hizo carne. La Reina del Este, ahora viuda, se fundió en un abrazo con Lucas y Maite. El llanto de la mujer era un sonido que desgarraba el alma de los presentes.

Sin perder un segundo, se dirigieron al Castillo de Cristal. El protocolo se aceleró por necesidad. En una ceremonia sobria, marcada por el luto negro y el brillo del acero, Lucas y Maite fueron coronados como Reyes del Este. No hubo banquetes, solo un juramento de sangre ante un pueblo que necesitaba líderes.

Esa misma tarde, la Gran Mesa Redonda se llenó de mapas y estrategias. Pero algo había cambiado. Ya no eran solo los hombres los que hablaban.

—Si bloqueamos el paso de las Rocas Altas con fuego griego, los obligaremos a entrar en el valle de las marismas —dijo Maite, señalando un punto en el mapa con una precisión que sorprendió a su padre—. Allí, el terreno es inestable. Los muertos son pesados y torpes; se hundirán antes de llegar a las murallas.

—Y si colocamos a los arqueros en las torres de los molinos —añadió Sira, con voz ronca pero decidida—, tendremos un ángulo de tiro cruzado. Podremos quemar las filas traseras mientras la vanguardia se hunde en el barro. Mi padre tiene los suministros de aceite necesarios en los almacenes del puerto.

El Rey del Oeste miró a su hija con un orgullo nuevo, una chispa de respeto que nunca le había mostrado. El padre de Pedri, por su parte, asentía ante las sugerencias de las princesas. El machismo de la corte había muerto en las fauces de los zombis; ahora solo importaba quién tenía la mejor idea para sobrevivir.

Durante esa semana de preparativos frenéticos, el castillo se convirtió en un refugio de una extraña libertad. Pedri y Ferran ya no buscaban los rincones más oscuros de los establos. Aunque evitaban los besos frente a los reyes por un resto de respeto a la tradición, caminaban juntos por los pasillos, Ferran con la mano posesiva en la cintura de Pedri, y el príncipe apoyando la cabeza en el hombro del caballero mientras revisaban los inventarios de armas.

—Ya no tienen miedo de nosotros —comentó Pedri una noche, mientras descansaban en un pequeño balcón que daba al patio de armas.

—Tienen cosas más terribles a las que temer —respondió Ferran, atrayéndolo hacia su pecho—. Y creo que, en el fondo, ver algo que aún es hermoso y real les da una razón para pelear mañana.

—¿Tienes miedo, Ferran?

—Solo de no poder ver tu sonrisa cuando el sol salga tras la batalla —el caballero le tomó el mentón y lo besó con una ternura que hizo que a Pedri se le olvidara el ejército de monstruos que se acercaba.

El día señalado llegó con una niebla espesa que subía desde el mar. El vigía de la torre más alta hizo sonar el cuerno. Tres toques largos. Los muertos habían llegado.

La estrategia de Maite y Sira funcionó con una eficacia aterradora. Las marismas se convirtieron en una trampa de lodo y fuego. Pero eran miles. La marea gris empezó a trepar sobre los cuerpos de sus propios compañeros, formando rampas de carne para alcanzar las murallas.

—¡A las armas! —rugó Lucas desde el centro de la muralla.

Ferran lideró la carga de caballería que salió por la puerta lateral. Pedri, que se había negado a quedarse en las habitaciones interiores, estaba en la segunda línea, armado con una ballesta ligera y rodeado de la guardia personal.

La batalla fue un caos de gritos, fuego y el sonido de las espadas cortando carne podrida. Ferran se movía como un dios de la guerra, su capa roja manchada de negro, su espada abriendo camino hacia el líder de la horda, una criatura de ojos violáceos que parecía dirigir el ataque.

Pedri vio cómo Ferran era rodeado. El pánico le atenazó el corazón, pero en lugar de retroceder, el príncipe apuntó su ballesta.

—¡Por Ferran! —gritó con una voz que no parecía la suya.

El perno voló, atravesando la cabeza del zombi que estaba a punto de morder el cuello del caballero. Ferran aprovechó el segundo de distracción para girar y clavar su acero en el corazón de la criatura líder.

Un alarido inhumano recorrió el valle. Con la caída del líder, la magia oscura que mantenía a los muertos en pie pareció flaquear. Los zombis empezaron a caer, convirtiéndose en montones de carne inerte, perdiendo la voluntad de luchar.

El sol empezó a romper la niebla, iluminando un campo de batalla sembrado de restos, pero donde los estandartes de los tres reinos seguían ondeando.

—¡Hemos ganado! —el grito empezó en las murallas y se extendió por todo el valle.

Pedri corrió hacia el campo, tropezando con los escombros, hasta que encontró a Ferran. El caballero estaba de rodillas, apoyado en su espada, respirando con dificultad. Cuando vio a Pedri, soltó el arma y abrió los brazos.

El príncipe se lanzó contra él, sollozando de alegría. Ferran lo levantó en vilo, haciéndolo girar mientras la luz del amanecer bañaba sus rostros manchados de hollín.

—Lo logramos, Pedri —susurró Ferran contra su oído—. Estamos vivos.

A lo lejos, vieron a Lucas y Maite abrazados, a Sira ayudando a los herederos de su padre, y a los dos reyes sobrevivientes estrechándose las manos. El mundo era un lugar herido, lleno de cicatrices y tumbas frescas, pero el bien había triunfado.

—Ferran —dijo Pedri, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Ya no quiero ser solo un príncipe que se esconde.

—Ya no tienes que hacerlo —respondió el caballero, tomando su mano y entrelazando sus dedos frente a todos los soldados que empezaban a rodearlos—. Eres el príncipe que salvó a su caballero. Y yo soy el hombre que te amará hasta que la última estrella se apague.

Bajo el sol del Reino del Este, en medio de las ruinas de una guerra imposible, Pedri y Ferran se besaron. No fue un beso furtivo en un establo, sino una declaración de victoria. Y esta vez, nadie apartó la mirada.

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