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El amorrrrrr

El Banquete de las Sombras Hambrientas

Desde el balcón más alto de la torre norte, el mundo parecía haberse convertido en un lienzo de pesadilla pintado con pinceladas de fuego y ceniza. El aire, que solía traer el aroma de los pinos y el mar cercano, ahora transportaba un hedor dulzón y metálico que se pegaba a la garganta como una capa de grasa. Sira, Maite y Pedri estaban apretados contra la fría piedra de la balaustrada, sus nudillos blancos por la presión, sus ojos dilatados por el horror de lo que se desplegaba allá abajo, en el desfiladero de las Sombras.

No era una batalla; era una carnicería. Los gritos de los hombres vivos se mezclaban con los gemidos guturales y secos de los muertos, creando una cacofonía que hacía vibrar los huesos. Sangre, oscura y espesa, manchaba la tierra que antes era verde.

—¡Allí! —gritó Maite, señalando con un dedo tembloroso hacia el centro de la vorágine—. ¡Los veo!

A pesar del caos, una formación de acero brillaba con una luz desesperada. Los tres reyes, unidos por una necesidad que superaba cualquier antiguo rencor, luchaban hombro con hombro. El padre de Pedri blandía su mandoble con una fuerza nacida de la agonía, mientras el Rey del Oeste y el monarca del Este cubrían sus flancos. Cerca de ellos, como una danza de muerte coordinada, Ferran peleaba espalda contra espalda con Eric. Lucas, con los ojos inyectados en sangre, se movía como un torbellino de acero a pocos metros. Los seis hombres formaban un núcleo de resistencia, un último bastión de humanidad frente a la marea de carne pútrida que no dejaba de avanzar.

Sira, con la respiración entrecortada y el rostro desencajado por el pánico, se giró repentinamente hacia Pedri. Sus ojos brillaban con una malevolencia que ni siquiera el fin del mundo podía aplacar.

—¿Por qué estás aquí? —espetó ella, con la voz cargada de veneno—. Míralos, Pedri. Mi hermano está allí arriesgándolo todo. Mi esposo está cubriendo las espaldas de un príncipe de verdad. Lucas está peleando por tu hermana. Y tú... tú estás aquí escondido entre las faldas de las mujeres. Eres un príncipe, ¿no? Deberías estar allí muriendo con ellos, si es que alguna vez tuviste una gota de sangre valiente en tus venas.

Pedri no respondió. Sus ojos estaban fijos en la figura de Ferran, viendo cómo el caballero decapitaba a una de esas criaturas con un movimiento preciso. El insulto de Sira le llegó como un eco lejano, pero el dolor en su pecho era demasiado grande para que las palabras le importaran.

Sin embargo, alguien más sí escuchó.

La Reina, la madre de Pedri, que había estado sumida en un silencio sepulcral, se movió con una rapidez que nadie esperaba. Cruzó la distancia que la separaba de Sira y, con un movimiento seco y rotundo, le cruzó la cara con una cachetada que resonó en todo el balcón.

—¡Basta ya, víbora! —rugó la Reina, su voz temblando de furia contenida—. He guardado silencio ante tus humillaciones y tus caprichos porque creía que la alianza era lo primero, pero no permitiré que vuelvas a escupir sobre mi hijo. Pedri tiene más valor en su dedo meñique que tú en toda tu existencia podrida. Él se queda aquí porque es la esperanza de este reino, no un peón para tu sadismo.

Sira se llevó la mano a la mejilla encendida, boquiabierta. La Reina del Oeste se interpuso de inmediato entre ambas, protegiendo a su hija con un gesto instintivo, pero no dijo nada; sus propios ojos estaban llenos de una vergüenza profunda por el comportamiento de Sira en un momento tan terminal.

—¡Noooo! —El grito que desgarró el aire no vino del balcón, sino del campo de batalla. Fue un alarido tan desgarrador, tan cargado de una pérdida absoluta, que el tiempo pareció detenerse.

Desde las alturas, vieron la tragedia en cámara lenta. El padre de Lucas, el Rey del Este, había tropezado sobre un montículo de cadáveres. Antes de que Ferran o Eric pudieran reaccionar, una docena de esas manos grises y descarnadas se cerraron sobre él. Lo arrastraron hacia el suelo, hacia la oscuridad de la horda.

—¡Padre! —El grito de Lucas fue un rugido animal.

El príncipe del Este enloqueció. Ignorando cualquier táctica de defensa, se lanzó al centro de la masa de muertos, decapitando y cercenando con una furia suicida. La sangre salpicaba su rostro mientras intentaba llegar al lugar donde su padre estaba siendo... devorado. Pero no había nada que salvar. Solo quedaba el horror de los huesos crujiendo y los gritos que se apagaban.

—¡Retirada! —La voz del monarca local, el padre de Pedri, resonó con una autoridad desesperada—. ¡A las puertas! ¡Ahora!

El despliegue fue un caos de acero y sudor. Los pocos que quedaban con vida se abrieron paso hacia la barbacana del castillo. Ferran y Eric tuvieron que agarrar a Lucas por los brazos para arrastrarlo lejos de los restos de su padre, mientras los muertos se multiplicaban, emergiendo de las sombras como si la tierra misma los estuviera escupiendo.

Las mujeres bajaron corriendo las escaleras de la torre, sus vestidos enredándose en sus piernas, el corazón martilleando contra sus costillas. Llegaron al patio de armas justo cuando el pesado portón de hierro se cerraba con un estruendo metálico, apenas un segundo antes de que las primeras manos putrefactas golpearan la madera.

El patio se llenó del sonido de hombres jadeando, del olor a hierro y muerte. Muy pocos habían vuelto.

La Reina del Oeste se lanzó hacia su esposo y hacia Eric, sollozando mientras los palpaba para asegurarse de que estaban enteros. Eric estaba cubierto de una sustancia oscura, con la mirada perdida, su arrogancia finalmente quebrada por la realidad de lo que había visto.

Maite corrió hacia Lucas. El príncipe del Este cayó de rodillas sobre el empedrado, con la armadura abollada y el alma destrozada. Maite lo envolvió en sus brazos, llorando con él, mientras la Reina del Oeste se unía a ellos, rota por la pérdida de su aliado y amigo de toda la vida.

Pero Pedri solo tenía ojos para uno.

Ferran estaba de pie a unos metros, apoyado en su espada, con el yelmo perdido y el rostro cubierto de una mezcla de sudor y sangre ajena. Sus hombros subían y bajaban con violencia. Pedri corrió hacia él, ignorando las miradas, ignorando a Sira, ignorando el protocolo que tanto los había asfixiado.

—¡Ferran! —gritó Pedri, estrellándose contra el pecho metálico del caballero.

Sus brazos rodearon el cuello de Ferran con una fuerza desesperada. El caballero soltó su espada, que resonó contra el suelo, y envolvió a Pedri en un abrazo protector, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello.

—Estás aquí... estás aquí —sollozaba Pedri, con el cuerpo sacudido por los temblores—. Tuve tanto miedo, Ferran. Pensé que te perdería.

—Shhh, mi pequeño príncipe —susurró Ferran, con la voz rota por el esfuerzo—. Te dije que volvería. Ni la muerte puede mantenerme alejado de ti.

Pedri se separó apenas unos centímetros, tomando el rostro de Ferran entre sus manos. Con sus dedos temblorosos, limpió las manchas de sangre de las mejillas del caballero, acariciando su piel como si quisiera convencerse de que seguía siendo humano, de que seguía siendo su Ferran.

—Estás herido —dijo Pedri, viendo un corte en su frente.

—No es nada —respondió Ferran, cerrando los ojos ante el contacto—. Solo rasguños. Lo que importa es que los muros aguanten.

A su alrededor, el dolor era palpable. El Rey monarca estaba abrazado a su esposa, quien lloraba en silencio, con la mirada fija en el portón que vibraba bajo los golpes de los muertos. Todos los presentes sabían que lo que se avecinaba era el fin. Esas cosas no se cansaban, no dormían y, lo peor de todo, cada soldado que caía se convertía en un nuevo recluta para el enemigo.

—No aguantarán —dijo el Rey del Oeste, acercándose al grupo con el rostro sombrío—. Son demasiados. Si no salimos de aquí antes del amanecer, este castillo será nuestra tumba.

—¿Salir? ¿A dónde? —preguntó Eric, limpiándose la sangre de los ojos—. Estamos rodeados.

El padre de Pedri, el monarca local, levantó la cabeza. Sus ojos brillaron con un recuerdo antiguo, una chispa de esperanza en medio de la oscuridad total.

—Hay una forma —dijo el Rey—. Un atajo. Los cimientos de este castillo fueron construidos sobre las ruinas de una antigua fortaleza enana. Hay un túnel, un pasadizo que cruza por debajo de la montaña y sale al valle del sur, cerca del mar.

—¿Por qué no lo usamos antes? —preguntó Lucas, levantando la vista con los ojos hinchados de tanto llorar.

—Porque es peligroso, Lucas —respondió el monarca—. Los túneles no han sido transitados en siglos. Están olvidados por una razón. Hay cosas en las profundidades que son tan antiguas como la piedra misma. Pero entre los muertos de afuera y las sombras de abajo...

—Elijo las sombras —dijo Ferran, estrechando la mano de Pedri con firmeza.

—Todos lo hacemos —añadió Maite, ayudando a Lucas a ponerse de pie.

Sira observaba la escena desde la distancia, con el rostro pálido y los ojos fijos en la mano de Ferran entrelazada con la de Pedri. Por primera vez, no dijo nada. El miedo a la muerte había silenciado su lengua viperina, pero el odio seguía cocinándose en su interior, una brasa ardiente en medio del frío del fin del mundo.

—Preparad lo que podáis cargar —ordenó el Rey—. Solo lo esencial. Agua, comida y aceite para las antorchas. Partiremos en una hora.

El grupo comenzó a moverse, una procesión de sombras en el patio iluminado por la luna. Pedri no soltó la mano de Ferran ni por un segundo. Sabía que el túnel era una apuesta desesperada, pero mientras caminaran juntos por la oscuridad, sentía que todavía había una luz que ninguna peste podía apagar.

—Ferran —susurró Pedri mientras cruzaban el umbral hacia las mazmorras donde comenzaba el pasadizo.

—¿Sí, mi señor?

—Si no salimos de allí abajo... quiero que sepas que anoche, en el heno, fue el único momento en mi vida en el que me sentí verdaderamente un rey. Porque me sentí el dueño de tu corazón.

Ferran se detuvo y, a pesar de la urgencia del momento, se inclinó para darle un beso rápido y profundo, un sello de lealtad que trascendía los reinos y las especies.

—Saldremos, Pedri. Y cuando lo hagamos, construiremos un mundo donde no tengamos que escondernos en los establos.

Bajaron las escaleras, dejando atrás los gritos de los muertos que empezaban a escalar los muros, adentrándose en el silencio ancestral de la montaña. El atajo era su última oportunidad, una huida hacia lo desconocido donde el amor de un príncipe y su caballero sería la única brújula en la oscuridad más absoluta.

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