Volver al resumen

El antiheroe inmortal

El Rugido de la Guadaña y el Destello de la Ceniza

El distrito de Hosu no se parecía en nada a los relucientes centros comerciales de Musutafu. Aquí, el aire pesaba con el olor a óxido, humedad y un abandono que se filtraba en los huesos. Las luces de neón parpadeaban con un zumbido errático, iluminando callejones donde la basura se acumulaba en montañas olvidadas. Nick Death caminaba con paso firme, su pelaje plateado destacando como un espectro bajo la luz lunar, mientras que a su lado, Katsuki Bakugo mantenía las manos hundidas en los bolsillos de su traje de héroe, con la mirada alerta y las mandíbulas apretadas.

—Este lugar apesta —masculló Bakugo, pateando una lata vacía que resonó con un eco metálico en la soledad de la calle—. ¿Dónde están los supuestos héroes de patrulla? Llevamos tres manzanas y no he visto ni una capa brillante.

—Eso es porque aquí no hay cámaras, Katsuki —respondió Nick sin detenerse—. Los héroes que buscan fama no vienen a los suburbios donde el crimen es por necesidad y no por espectáculo. Aquí la justicia es un concepto abstracto.

—Pues me pone de los nervios —gruñó el rubio, deteniéndose frente a un grafiti que insultaba directamente a la Asociación de Héroes—. Si alguien necesita ayuda, se le ayuda. Punto. No debería importar si hay un reportero grabando o no.

Nick se detuvo y giró la cabeza, sus ojos rojo carmesí brillando con una mezcla de orgullo y advertencia.

—Esa es la diferencia entre un héroe de molde y lo que tú te estás convirtiendo. Pero mantén la guardia alta. Siento una presencia... algo que no pertenece al mundo de los vivos, pero que se niega a cruzar el velo.

De repente, un grito desgarrador cortó el silencio de la noche. Venía de un callejón estrecho, apenas a unos metros de donde se encontraban. Sin mediar palabra, Bakugo se impulsó con una pequeña explosión controlada, seguido de cerca por Nick, quien se movía con una agilidad sobrenatural que no emitía sonido alguno.

Al llegar, la escena los dejó paralizados por un segundo. Tres hombres con rasgos mutantes estaban acorralando a una mujer joven que protegía a un niño pequeño. Pero lo que helaba la sangre no eran los delincuentes, sino la sombra que se cernía sobre ellos. Un Nomu, una de esas criaturas grotescas y artificiales, observaba la escena desde lo alto de un contenedor de basura, con su cerebro expuesto latiendo bajo la luz de la luna.

—¡Eh, pedazos de escoria! —gritó Bakugo, sus palmas comenzando a chisporrotear con un brillo amenazante—. ¡Aléjense de ellos si no quieren que les vuele la cara antes de que puedan parpadear!

Los delincuentes se giraron, asustados, pero el Nomu reaccionó primero. Soltó un chillido agudo y saltó hacia Bakugo con una velocidad cegadora.

—¡Katsuki, abajo! —rugió Nick.

El lobo desenfundó sus guadañas en un movimiento imperceptible. Las hojas oscuras chocaron contra las garras de la criatura, produciendo un sonido de metal contra hueso que hizo vibrar el aire. Nick empujó con su fuerza bruta, obligando al monstruo a retroceder.

—¡Encárgate de los civiles y de esos idiotas! —ordenó Nick, su voz resonando con una autoridad dominante que no aceptaba réplicas—. ¡Yo me encargo de esta aberración!

—¡No me des órdenes, lobo estúpido! —replicó Bakugo, aunque ya estaba lanzando una descarga de explosiones hacia los delincuentes para aturdirlos y crear un muro de fuego entre ellos y las víctimas—. ¡Pero no te atrevas a morir, o te mataré yo mismo!

Nick sonrió entre dientes, mostrando sus colmillos. La batalla comenzó en serio. El Nomu era fuerte, pero Nick no era un héroe convencional. Se movía como una sombra, sus guadañas trazando arcos de oscuridad que cortaban el aire. Cada vez que la criatura intentaba regenerarse, Nick utilizaba una pizca de su poder de "muerte", ralentizando las células del monstruo.

—Eres una creación contra natura —susurró Nick mientras esquivaba un golpe que habría destrozado el concreto—. No tienes alma que reclamar, pero tu cuerpo aún puede conocer el descanso eterno.

Mientras tanto, Bakugo había terminado de poner a salvo a la mujer y al niño. Se giró justo a tiempo para ver a Nick ser lanzado contra una pared por un golpe lateral del Nomu. El impacto fue brutal, dejando una grieta en el ladrillo.

—¡NICK! —el grito de Bakugo fue un rugido de pura angustia y rabia.

Sin pensarlo, el rubio cargó sus brazaletes de granada al máximo. Su rostro estaba desencajado, no por el miedo a la criatura, sino por la idea de ver a Nick herido. Se lanzó al aire, usando sus explosiones para girar como un proyectil humano.

—¡APÁRTATE DE ÉL, MALDITO SACO DE CARNE! —bramó Bakugo, liberando una explosión masiva que iluminó todo el distrito de Hosu como si fuera mediodía.

El impacto directo desintegró parte del torso del Nomu y lo envió volando hacia el fondo del callejón. Bakugo aterrizó jadeando, con los brazos temblando por el retroceso, y corrió hacia donde Nick se estaba levantando, sacudiéndose el polvo del pelaje plateado como si nada hubiera pasado.

—Estoy bien, Katsuki —dijo Nick, aunque su voz tenía un matiz de sorpresa—. Soy inmortal, ¿recuerdas?

Bakugo lo agarró por las solapas del uniforme, pegando su frente a la del lobo. Sus ojos rojos estaban empañados por una furia que Nick reconoció de inmediato como un amor desesperado.

—¡Me importa un carajo si eres inmortal! —le gritó Bakugo, con la voz quebrada—. ¡No vuelvas a dejar que te den un golpe así! ¡No puedo... no puedo simplemente quedarme mirando!

Nick suavizó su expresión, rodeando la cintura de Bakugo con sus brazos y atrayéndolo hacia él. En medio del caos, del olor a pólvora y de la presencia del monstruo derrotado, el tiempo pareció detenerse.

—Lo siento —murmuró Nick, rozando la nariz de Bakugo con la suya—. Olvidé que ahora tengo a alguien que sufre por mis cicatrices.

—Más te vale no olvidarlo —respondió Bakugo, relajando su agarre y apoyando la cabeza en el pecho del lobo por un breve segundo—. Porque si te vas a algún lado donde no pueda seguirte, iré al infierno a buscarte y te traeré de vuelta a punta de explosiones.

Nick soltó una risa baja y vibrante.

—No será necesario. El infierno no es rival para ti.

Se separaron justo cuando el Nomu, impulsado por una programación ciega, intentaba levantarse de nuevo. Pero antes de que pudiera hacerlo, una figura surgió de las sombras del tejado. Era un hombre delgado, con el rostro cubierto de vendas y una mirada de fanatismo puro.

—Interesante... —dijo el recién llegado, observándolos—. Un héroe que lucha con la furia de un demonio y un ser que emana el aroma de la tumba. Ustedes no son como los falsos ídolos que infestan esta ciudad.

Nick se puso en guardia instantáneamente, colocando a Bakugo ligeramente detrás de él.

—Stain, el Asesino de Héroes —sentenció Nick—. He oído hablar de ti. Buscas "limpiar" la sociedad, pero solo dejas un rastro de sangre a tu paso.

Stain bajó del tejado con una gracia letal, desenvainando su katana mellada.

—Busco la verdad. Busco héroes reales, como All Might. El chico de las explosiones... tiene el fuego. Y tú, criatura... tú tienes la justicia de la muerte en tus ojos. No los mataré hoy. Pero observaré. Si se corrompen por la fama y el dinero como los demás, yo mismo segaré sus vidas.

Con un movimiento rápido, Stain lanzó una daga hacia el Nomu, clavándola en su cerebro expuesto y terminando el trabajo que los jóvenes habían empezado. Antes de que Bakugo pudiera lanzar un ataque, el asesino desapareció entre las sombras de los edificios.

—¡Maldito cobarde! ¡Vuelve aquí! —gritó Bakugo, pero Nick le puso una mano en el hombro.

—Déjalo. No es nuestro objetivo hoy. Además, tiene razón en algo, aunque sus métodos sean atroces. Esta sociedad necesita un cambio, Katsuki. Pero no uno basado en el asesinato, sino en la comprensión de lo que significa proteger a los que no tienen nada.

Bakugo suspiró, dejando que el calor de sus palmas se disipara. Miró a su alrededor; la mujer y el niño habían desaparecido, probablemente huyendo por miedo a ser interrogados por la policía o por el mismo Stain.

—Hicimos lo correcto, ¿verdad? —preguntó Bakugo en voz baja—. Nadie vendrá a darnos una medalla por esto. Mañana los periódicos dirán que fue una pelea de bandas o algo así.

—Hicimos justicia real —respondió Nick, guardando sus guadañas—. Y eso es mucho más valioso que cualquier ranking.

Caminaron de regreso hacia su alojamiento temporal, compartiendo un silencio cómodo que hablaba más que mil palabras. Al llegar a la pequeña habitación que compartían, el cansancio finalmente hizo mella en ellos. Bakugo se quitó los brazaletes y se dejó caer en la cama, mirando al techo.

—Nick... lo que dijiste antes —comenzó Bakugo, sin mirarlo—. Sobre que los villanos son creados por el sistema. Hoy lo vi. Esos tipos que atacaron a la mujer... no parecían villanos de liga mayor. Parecían personas desesperadas y hambrientas.

Nick se sentó a su lado, quitándose la capucha y dejando que sus orejas de lobo se relajaran.

—Lo son. Y mientras los héroes sigan enfocados en los grandes villanos para salir en las noticias, la base de la sociedad seguirá pudriéndose. Por eso no quiero ser un héroe, Katsuki. Quiero ser el que detenga la podredumbre antes de que se convierta en infección.

Bakugo se giró de lado, quedando frente a frente con Nick. Extendió una mano y acarició el pelaje plateado de su mejilla, maravillado por la suavidad que contrastaba con la fuerza bruta del lobo.

—Entonces seremos dos —sentenció Bakugo—. Yo seré el símbolo que todos miren, el que les recuerde que no pueden ser débiles. Y tú serás la sombra que los recoja cuando caigan. Juntos... nadie podrá detenernos.

Nick cerró los ojos ante el contacto, sintiendo una paz que su inmortalidad nunca le había otorgado.

—Te amo, Katsuki Bakugo —dijo Nick, su voz siendo un susurro profundo que llenó la habitación—. Y juro por mi propia inmortalidad que protegeré tu fuego hasta que el universo se apague.

Bakugo sintió un nudo en la garganta. No era dado a las palabras sentimentales, pero con Nick, todo se sentía natural, como si sus almas hubieran sido diseñadas para encajar entre el caos y la destrucción.

—Y yo a ti, lobo estúpido —respondió Bakugo, acercándose para sellar la promesa con un beso que sabía a ceniza, a victoria y a un futuro que ellos mismos estaban construyendo—. Ahora duérmete, que mañana tenemos que seguir salvando este mundo de mierda.

Mientras se acomodaban para dormir, Nick sintió una última presencia en la habitación. Una sombra gélida que se disolvía cerca de la ventana. Su padre, La Muerte, lo observaba desde la distancia. Ya no había advertencias de debilidad. Solo un silencio sepulcral que, por primera vez, parecía llevar consigo una pizca de respeto.

La justicia real no se escribía en los libros de historia, se escribía en los corazones de aquellos que se atrevían a amar en un mundo diseñado para odiar. Y en esa pequeña habitación de Hosu, el lobo y el guerrero habían encontrado su propia verdad, una que ni la muerte ni la sociedad podrían arrebatarles jamás.

El sol comenzó a asomarse por el horizonte, tiñendo el cielo de un rojo que recordaba a los ojos de ambos. Un nuevo día comenzaba en la UA, pero para Nick y Bakugo, la escuela ya no era el límite. Su campo de batalla era el mundo entero, y su motor era un amor que ardía con la fuerza de mil supernovas.

—Oye, Nick —murmuró Bakugo antes de quedarse profundamente dormido.

—¿Dime?

—La próxima vez... yo llevo las guadañas. Quiero ver qué se siente ser la muerte por un rato.

Nick soltó una carcajada suave, abrazando al rubio contra su pecho.

—Duerme, Katsuki. Ya eres la muerte de mi soledad, y eso es más que suficiente.