El Hijo de El Más Fuerte
El Latido del Secreto
La luz fluorescente de la morgue siempre había sido el entorno natural de Shoko Ieiri. El frío metálico, el olor a desinfectante y el silencio sepulcral de los que ya no tenían nada que decir eran su refugio. Pero esa mañana, el olor del café que Nanami había dejado sobre su escritorio le resultó insoportable. No era el aroma tostado que solía disfrutar; era una punzada ácida que le revolvía el estómago.
Shoko se cubrió la boca con la mano y se alejó rápidamente hacia el pequeño baño privado de su oficina. Tras unos minutos de angustia, se apoyó contra el azulejo frío, respirando agitadamente. Miró su reflejo en el espejo empañado. Las ojeras seguían allí, pero había algo diferente en la palidez de su piel, una fragilidad que no lograba ocultar ni con su habitual expresión de indiferencia.
—Maldita sea, Satoru... —susurró para sí misma, con una mezcla de ironía y terror.
Habían pasado tres semanas desde aquella noche en el apartamento del albino, y aunque ellos solían ser cuidadosos, la hechicería y el destino siempre tenían formas retorcidas de jugar con las probabilidades. Shoko era médico; conocía su cuerpo mejor que nadie. No necesitaba un test para confirmar lo que su propia energía maldita ya le estaba susurrando: un nuevo núcleo de energía, minúsculo pero vibrante, estaba empezando a formarse en su interior.
Un golpe rítmico en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¿Shoko? ¿Estás ahí? Entré porque la puerta estaba abierta, pero no te veo en la mesa de autopsias.
Era una voz femenina, aguda y cargada de una preocupación genuina que Shoko solo permitía a una persona. Utahime Iori entró en la oficina, sosteniendo unos documentos del Colegio de Kioto. Al ver a su amiga salir del baño, con el rostro húmedo y los ojos ligeramente enrojecidos, Utahime frunció el ceño.
—Te ves peor de lo habitual, y eso ya es decir mucho —dijo Utahime, acercándose—. ¿Es por el exceso de trabajo? Satoru me dijo que has estado rechazando sus invitaciones a cenar esta semana.
Shoko soltó un suspiro cansino y se sentó en su silla giratoria, encendiendo un cigarrillo por puro hábito, solo para apagarlo de inmediato al sentir otra oleada de náuseas.
—Satoru habla demasiado —respondió Shoko con voz ronca—. Y no, no es el trabajo. Al menos no el de los muertos.
Utahime dejó los papeles sobre la mesa y se cruzó de brazos, observando el cigarrillo apenas encendido y luego el rostro de su amiga. Su instinto de mujer y de hechicera se encendió.
—Shoko... tú nunca dejas un cigarrillo a medias. ¿Qué está pasando?
La médico guardó silencio durante un largo minuto. Podía mentir. Podía decir que era una infección estomacal o el agotamiento acumulado de años de servicio. Pero Utahime era la única persona en ese mundo de locos que no la miraba como a una herramienta de curación, sino como a una mujer.
—Estoy embarazada, Utahime.
El silencio que siguió fue tan denso que parecía una técnica maldita de sellado. Utahime abrió la boca, la cerró, y volvió a abrirla, procesando la información. Sus ojos se abrieron como platos mientras su mente unía los puntos que todos en la escuela preferían ignorar por conveniencia.
—Es de él... —No era una pregunta. Utahime se dejó caer en la silla frente a Shoko, frotándose las sienes—. Es de ese idiota egocéntrico, ¿verdad? Dime que no es de Gojo Satoru.
—¿De quién más podría ser? —Shoko esbozó una sonrisa lánguida, carente de su habitual sarcasmo—. No es como si tuviera tiempo para salir a citas normales, Utahime.
—¡Ese imbécil! —exclamó Utahime, poniéndose de pie de un salto, su temperamento de Kioto aflorando—. ¡Sabía que estaban pasando demasiado tiempo juntos, pero esto...! ¿Él lo sabe? Si no lo sabe, voy a ir a buscarlo ahora mismo y le voy a dar un golpe que ni su Infinito podrá detener.
—No lo sabe —interrumpió Shoko con firmeza—. Y no se lo vas a decir. Todavía no.
Utahime se detuvo en seco, mirando a su amiga con confusión.
—¿Por qué? Shoko, es el padre. Por muy insoportable que sea, tiene derecho a saberlo, y tú tienes derecho a que se haga responsable. Aunque, conociéndolo, probablemente intente comprarle un equipo de béisbol profesional al bebé antes de que nazca.
Shoko se levantó y caminó hacia la ventana, observando el patio de la escuela donde, a lo lejos, podía ver la silueta alta y desgarbada de Satoru bromeando con Itadori y Megumi. Se veía tan libre, tan ajeno a las cargas de la normalidad.
—No es tan simple —explicó Shoko, su voz apenas un murmullo—. Satoru es "El Más Fuerte". Todo el mundo espera que sea un dios, un arma, un líder. Si el mundo de la hechicería se entera de que tiene un heredero... de que tiene una debilidad real, una familia...
—Se convertirían en el blanco de todos —concluyó Utahime, bajando el tono de voz. La realidad política del mundo de los chamanes era cruel—. Los ancianos intentarían controlar al niño desde el útero. Las maldiciones buscarían matarlo para herir a Satoru.
—Exacto —asintió Shoko—. Mientras sea un secreto, están a salvo. Pero si se lo digo a Satoru, él no sabrá ser discreto. Él querrá gritarlo a los cuatro vientos, querrá protegerme de una forma tan obvia que todo el mundo se dará cuenta. Satoru no conoce el término medio, Utahime. Él es todo o nada.
Utahime se acercó y puso una mano sobre el hombro de su amiga.
—Pero no puedes ocultarlo para siempre. Tu cuerpo va a cambiar, tu energía va a cambiar. Satoru tiene los Seis Ojos, Shoko. Es cuestión de tiempo para que note que algo no cuadra en tu flujo de energía.
—Lo sé —admitió Shoko, cerrando los ojos—. Por eso te lo cuento a ti. Necesito que me ayudes a ocultarlo un poco más. Necesito tiempo para pensar en cómo decírselo sin que cause un colapso en el orden mundial.
—Cuenta conmigo —dijo Utahime con determinación—. Pero prométeme que no te descuidarás. Si ese idiota te molesta más de lo debido, dímelo y yo me encargaré de distraerlo.
Shoko soltó una pequeña risa, sintiendo por primera vez en días que el nudo en su pecho se aflojaba un poco.
—Gracias, Utahime.
La puerta de la oficina se abrió de golpe, sin previo aviso. Satoru Gojo entró con su habitual energía desbordante, la venda cubriendo sus ojos y una bolsa de dulces en la mano.
—¡Hola, hola! —exclamó con alegría—. Oh, Utahime, qué sorpresa verte por aquí. ¿Viniste a pedirle consejos de belleza a Shoko o a quejarte de mí otra vez?
Utahime se tensó visiblemente, lanzándole una mirada asesina que Satoru ignoró con una sonrisa burlona.
—Vete al cuerno, Gojo —espetó ella, tratando de mantener la compostura—. Estábamos hablando de cosas importantes, algo que tú no entenderías.
Satoru se acercó a Shoko, inclinándose hacia delante con esa familiaridad que siempre hacía que el corazón de la médico diera un vuelco, aunque ella jamás lo admitiría.
—¿Cosas importantes? —preguntó él, bajando un poco el tono de voz, volviéndolo más íntimo—. Shoko, te he notado muy callada últimamente. Incluso para tus estándares de "médico amargada". ¿Estás bien?
Shoko mantuvo la mirada fija en los documentos de su mesa, evitando el contacto directo incluso a través de la venda.
—Estoy cansada, Satoru. Hay muchos informes que terminar.
Satoru no se movió. Sus Seis Ojos estaban analizando todo. Notó que el ritmo cardíaco de Shoko era ligeramente más rápido de lo habitual. Notó que Utahime estaba inusualmente nerviosa. Pero, sobre todo, percibió una fluctuación extraña en la energía maldita de la habitación, algo que no lograba identificar del todo.
—Mientes —dijo él, y por un segundo, la máscara del bufón desapareció para dejar ver al hombre que la conocía desde los quince años—. Estás pálida. ¿Has estado comiendo bien?
—¿Desde cuándo te importa mi dieta? —replicó ella con rapidez, recuperando su tono sarcástico—. Vete a molestar a tus alumnos, Satoru. Tengo trabajo.
Satoru se enderezó, guardando las manos en los bolsillos de su pantalón negro. Por un momento, el silencio en la oficina fue tenso, cargado de todo lo que no se decían. Él sabía que algo pasaba, pero respetaba el espacio de Shoko lo suficiente como para no presionar... todavía.
—Está bien, está bien —dijo él, recuperando su tono jovial—. Me voy. Pero esta noche pasaré por tu apartamento. He comprado unos dulces de Sendai que te van a encantar.
—No vengas hoy —dijo Shoko, un poco más rápido de lo que pretendía—. Tengo turno doble.
Satoru ladeó la cabeza, su sonrisa volviéndose un poco más tenue.
—¿Turno doble? Pero si ayer terminaste con todos los cuerpos del incidente de Shibuya.
—Aparecieron más —mintió ella, sintiendo la mirada inquisidora de Utahime en su nuca—. Vete, Satoru.
—Entendido, jefa —dijo él, levantando las manos en señal de rendición—. Pero no creas que te librarás de mí tan fácilmente. Utahime, intenta no transmitirle tu mal humor a mi Shoko, ¿quieres?
—¡Vete de una vez, estúpido Gojo! —gritó Utahime, lanzándole un borrador que Satoru detuvo con su Infinito antes de salir del despacho riendo.
Cuando la puerta se cerró, Shoko se dejó caer de nuevo en su silla, exhalando un aire que no sabía que estaba reteniendo.
—Eso estuvo cerca —susurró Utahime, acercándose a la puerta para asegurarse de que Satoru se había ido realmente—. Shoko, no vas a poder mantenerlo alejado mucho tiempo. Él te busca porque te quiere, a su manera retorcida y egocéntrica, pero te quiere.
—Lo sé —dijo Shoko, mirando su vientre aún plano—. Y ese es el problema. Si me quisiera menos, esto sería mucho más fácil.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Utahime con suavidad.
Shoko se levantó y se puso su bata blanca, abrochándola con cuidado. El gesto le dio una sensación de falsa seguridad, como si la tela pudiera ocultar la vida que crecía en su interior.
—Voy a ser médico —respondió ella—. Voy a cuidar de este secreto hasta que sea lo suficientemente fuerte para sobrevivir a su padre. Y tú me vas a ayudar a falsificar mis informes médicos y a ocultar mi rastro de energía.
Utahime asintió, aunque la preocupación no abandonaba sus ojos. Sabía que estaban jugando con fuego. Engañar al hombre que podía verlo todo no era una tarea sencilla, y las consecuencias de que la verdad estallara antes de tiempo podrían cambiar el destino del mundo de la hechicería.
—Lo haré —prometió Utahime—. Pero Shoko... tarde o temprano, los Seis Ojos verán la verdad. Asegúrate de estar lista para cuando ese día llegue.
Shoko no respondió. Caminó hacia la mesa de autopsias, donde un cuerpo esperaba ser examinado. En ese mundo rodeado de muerte, ella llevaba ahora la carga de la vida más importante de todas. Y mientras el sol de la tarde se filtraba por las ventanas de la morgue, Shoko Ieiri comprendió que su noche de pasión desenfrenada con Satoru Gojo había dejado de ser un secreto compartido para convertirse en la misión más peligrosa de su carrera.
—Lo estaré —murmuró para sí misma, mientras sus manos, expertas en la ciencia de lo que termina, se posaban por un segundo sobre su vientre, protegiendo aquello que apenas comenzaba.