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El Hijo de El Más Fuerte

El eco del silencio blanco

El Colegio Técnico de Magia de Tokio siempre había sido un lugar de secretos, pero Shoko Ieiri estaba descubriendo que algunos secretos pesaban más que las maldiciones de grado especial. Caminaba por los pasillos de madera con su habitual paso lánguido, pero cada paso se sentía como si estuviera arrastrando cadenas invisibles. La bata blanca, que siempre había sido su armadura, ahora le apretaba de una forma que solo ella podía notar.

—Ieiri.

La voz era profunda, autoritaria y cargada de una gravedad que la hizo detenerse en seco. Masamichi Yaga estaba de pie al final del pasillo, con sus gafas de sol oscuras y su imponente presencia. No era un hombre dado a las charlas triviales, y mucho menos a merodear fuera de su oficina sin una razón de peso.

—Director —respondió Shoko, forzando una neutralidad que le costó un esfuerzo sobrehumano—. ¿Necesita algo? Tengo un informe pendiente sobre los restos que trajo Nanami.

Yaga no se movió. La observó con esa intensidad silenciosa de quien ha visto pasar a generaciones de hechiceros hacia la tumba.

—Te he visto evitar el comedor tres días seguidos —dijo Yaga, dando un paso hacia ella—. Y Geto solía decir que eras la única persona capaz de sobrevivir a base de café y nicotina, pero incluso tú pareces haber renunciado a eso. Estás pálida, Shoko. Más de lo normal.

Shoko soltó una risa seca, desviando la mirada hacia un punto indeterminado en la pared.

—Es el estrés, Director. Entre los alumnos heridos y las autopsias, apenas tengo tiempo para respirar. No es nada que una buena noche de sueño no pueda arreglar.

—Sabes que no puedes mentirme —insistió Yaga—. Eres el activo más valioso de esta escuela. Si tu salud flaquea, el equilibrio se rompe.

En ese preciso instante, el aroma del incienso que quemaban en una de las aulas cercanas —un olor dulce, denso y floral— golpeó las fosas nasales de Shoko como un mazo de hierro. El mundo dio una vuelta violenta. El estómago de la doctora se contrajo de una forma tan dolorosa que tuvo que doblarse sobre sí misma.

—¿Shoko? —La voz de Yaga perdió su autoridad para llenarse de alarma.

Ella no respondió. No pudo. Se tapó la boca con la mano y, haciendo gala de una agilidad que sorprendió incluso al director, salió corriendo hacia el baño más cercano. El sonido metálico de la puerta cerrándose y el eco inconfundible de sus arcadas llenaron el pasillo vacío.

Yaga se quedó fuera, inmóvil. Sus manos, expertas en crear vida en forma de cadáveres malditos, temblaron ligeramente. Como director, conocía los registros, las misiones y los movimientos de su personal. Recordó las visitas nocturnas de Satoru al área médica, las sonrisas compartidas que pensaban que nadie veía, y la forma en que el "Más Fuerte" siempre parecía relajarse solo en presencia de ella.

Cuando Shoko salió del cubículo minutos después, lavándose la cara con agua helada para recuperar algo de color, se encontró a Yaga esperándola justo al lado de los lavabos. El hombre no dijo nada al principio, simplemente le tendió un pañuelo de papel limpio.

—¿Cuánto tiempo tienes? —preguntó él, con una voz que era apenas un susurro.

Shoko se congeló, con el agua goteando de su barbilla. Se miraron a través del espejo. No hubo necesidad de negaciones. En los ojos de Yaga no había juicio, solo una inmensa y pesada preocupación.

—Casi dos meses —respondió ella, enderezándose y recuperando su máscara de indiferencia, aunque sus manos temblaban—. No planeaba que nadie se enterara todavía.

—Satoru es un idiota, pero no es ciego —dijo Yaga, cruzándose de brazos—. ¿Él... lo sabe?

—No. Y no puede saberlo. No todavía —Shoko se giró hacia él, su mirada castaña volviéndose afilada como un bisturí—. Si el alto mando se entera, Satoru arrasará con todo para protegernos, y eso es exactamente lo que los ancianos quieren: una excusa para declararlo una amenaza incontrolable. O peor, usarán al niño como un rehén político antes de que aprenda a caminar.

Yaga suspiró, un sonido que pareció cargar con todo el peso de la escuela.

—Entiendo tu posición, Shoko. Pero ocultarle esto a Satoru es como intentar ocultar el sol con un dedo. Especialmente con sus Seis Ojos.

—Por ahora, Utahime me está ayudando a enmascarar mi rastro de energía con sus amuletos —explicó ella—. Pero necesito que usted guarde silencio, Director. Por el bien de la paz que nos queda.

Yaga asintió lentamente.

—Te daré cobertura. Diré que tienes una anemia severa por agotamiento y te asignaré menos horas de campo. Pero ten cuidado, Shoko. Satoru no es el único que observa.

***

A kilómetros de allí, en un claro de un bosque denso en las afueras de Kanagawa, el aire vibraba con la energía residual de una técnica de vacío. Satoru Gojo aterrizó suavemente sobre la hierba chamuscada, sacudiéndose una mota de polvo inexistente de su abrigo negro. A su alrededor, los restos de una maldición de grado uno se disolvían en cenizas purpúreas.

—Eso fue demasiado fácil, ¿verdad, Megumi-chan? —preguntó Satoru, girándose hacia su alumno con una sonrisa radiante que no llegaba a sus ojos.

Megumi Fushiguro, que estaba limpiando su propia sangre de un corte en la mejilla, lo miró con una expresión de profundo fastidio.

—Lleva diciendo eso toda la misión, Gojo-sensei. Y ha destruido tres árboles que no eran necesarios para el exorcismo. Está distraído.

—¿Yo? ¡Para nada! —Satoru se llevó las manos a la nuca, caminando con una despreocupación exagerada—. Estoy en la cima de mi juego. El gran Satoru Gojo nunca se distrae.

—Se puso la venda al revés esta mañana —señaló Megumi con voz monótona—. Y ha preguntado tres veces si ya es hora de volver a Tokio, cuando apenas llevamos dos horas aquí.

Satoru se detuvo. Bajo la venda, sus ojos escaneaban el horizonte, pero su mente estaba atrapada en la imagen de Shoko cerrándole la puerta de su oficina el día anterior. Había algo en su olor, algo en la forma en que su energía maldita parecía estar "enrollada" sobre sí misma, que lo mantenía en un estado de alerta constante. Como si sus Seis Ojos le estuvieran gritando una verdad que su cerebro se negaba a procesar por puro miedo a la esperanza.

—Es que... tengo antojo de algo específico —mintió Satoru, aunque su tono perdió parte de su jovialidad—. Algo que solo venden cerca de la escuela.

Megumi dio un paso adelante, quedando frente a su tutor. El joven hechicero había crecido bajo la sombra y la protección de Satoru desde que tenía seis años. Conocía sus tics, sus silencios y esa arrogancia que usaba para ocultar cuando algo le dolía de verdad.

—Es por Ieiri-san, ¿verdad? —soltó Megumi sin rodeos.

Satoru se tensó imperceptiblemente. El Infinito entre ellos pareció vibrar por un segundo.

—¿Qué quieres decir con eso, Megumi? —preguntó Satoru, su voz bajando un octavo, volviéndose peligrosamente tranquila.

—No soy tonto —respondió el chico, cruzándose de brazos—. Ustedes dos creen que son discretos, pero los he visto. He visto cómo la mira cuando ella no se da cuenta. Y he visto cómo ella es la única persona que puede hacer que usted se calle sin necesidad de usar una técnica maldita. Algo le pasa a ella, y usted lo sabe, pero tiene miedo de preguntar porque sabe que la respuesta cambiará las cosas.

Satoru soltó una carcajada corta y seca, una que carecía de cualquier rastro de humor. Se quitó la venda por un momento, dejando que el azul infinito de sus ojos brillara bajo la luz filtrada del bosque. Miró a Megumi, no como a un alumno, sino como al niño que había rescatado del destino del clan Zenin.

—Eres demasiado observador para tu propio bien —dijo Satoru, su expresión volviéndose inusualmente seria—. Shoko me está evitando. Me dice que está cansada, que tiene trabajo... pero hay algo más. Siento que hay un muro entre nosotros que ni siquiera yo puedo atravesar.

—Tal vez no es un muro —sugirió Megumi, suavizando un poco su tono—. Tal vez es un secreto que ella necesita procesar antes de compartirlo con alguien tan... ruidoso como usted.

Satoru suspiró, mirando hacia el cielo azul.

—Ruidoso, ¿eh? Supongo que tienes razón. Pero me preocupa, Megumi. En este mundo, cuando alguien como ella empieza a ocultar cosas, suele ser porque el final está cerca. Y no estoy listo para perder a nadie más.

Megumi guardó silencio. Sabía que Satoru hablaba de Geto, de la soledad que conllevaba ser el más fuerte. Pero también sabía que Shoko Ieiri era la mujer más fuerte que conocía, de una manera que no tenía nada que ver con la fuerza bruta.

—Vuelva a la escuela, Gojo-sensei —dijo Megumi, dándose la vuelta para caminar hacia el transporte que los esperaba—. Yo me encargaré del informe de la misión. Vaya a verla. Pero esta vez... intente escuchar en lugar de hablar.

Satoru sonrió de verdad por primera vez en todo el día. Se colocó la venda de nuevo con un gesto rápido.

—Vaya, Megumi-chan, ¡te estás convirtiendo en todo un romántico! ¿Es por esa chica, Kugisaki?

—Cállese o le pediré a Shoko-san que le prohíba la entrada a la enfermería permanentemente —amenazó Megumi, aunque sus orejas se pusieron ligeramente rojas.

***

El regreso a Tokio fue un borrón de velocidad. Satoru no utilizó el coche de la escuela; simplemente se teletransportó a las afueras del recinto, su corazón latiendo con una urgencia que no sentía desde sus días de estudiante.

Caminó directamente hacia la morgue, ignorando los saludos de los otros profesores. Cuando llegó a la puerta de Shoko, se detuvo. Sus Seis Ojos percibieron algo diferente. Dentro de la habitación, la energía de Shoko estaba allí, pero estaba entrelazada con una frecuencia nueva, una pulsación rítmica y débil que no pertenecía a ninguna maldición. Era un latido. Un segundo latido.

Satoru sintió que el mundo se detenía. El Infinito que siempre lo rodeaba pareció colapsar hacia adentro. Entró sin llamar.

Shoko estaba sentada en su escritorio, con la cabeza apoyada en sus manos. No había ningún cadáver sobre la mesa, solo una taza de té humeante y un sobre de resultados médicos que Yaga le había ayudado a obtener de forma privada. Al escuchar la puerta, ella se sobresaltó, tratando de ocultar el papel bajo unos informes de autopsia.

—Satoru, te dije que no vinieras hoy —dijo ella, su voz temblando ligeramente por primera vez en años.

Él no respondió con una broma. No hizo ninguna pirueta ni gritó su nombre. Se acercó lentamente, sus pasos resonando en el suelo de baldosas. Se detuvo a un metro de ella y se quitó la venda, dejando que sus ojos azules se clavaran en los de ella con una intensidad devastadora.

—Shoko —susurró él, y su voz estaba cargada de una vulnerabilidad que la dejó sin aliento—. ¿Por qué no me lo dijiste?

Ella apretó los labios, sus ojos castaños llenándose de una mezcla de desafío y miedo.

—¿Decirte qué? No sé de qué hablas.

Satoru se arrodilló frente a su silla, quedando a su altura. Extendió una mano, dudando por un segundo antes de colocarla con una delicadeza extrema sobre el vientre de la doctora. Shoko se tensó, pero no se apartó.

—Puedo verlo —dijo él, y sus ojos brillaron con una lágrima que se negó a caer—. No es solo energía, Shoko. Es... es vida. Nuestra vida.

El silencio que siguió fue absoluto. Shoko cerró los ojos, dejando que una sola lágrima rodara por su mejilla. La máscara de indiferencia se rompió finalmente, dejando ver a la mujer que amaba al hombre más peligroso del mundo y temía por el futuro de lo que ambos habían creado.

—Tenía miedo, Satoru —confesó ella en un susurro roto—. Si ellos lo saben... si el mundo lo sabe...

Satoru tomó su otra mano y la besó con una devoción casi religiosa. Se puso de pie, atrayéndola hacia sus brazos y envolviéndola en un abrazo que prometía protección contra el cielo y la tierra.

—Que lo intenten —dijo Satoru, y por primera vez, su arrogancia no era para presumir, sino una declaración de guerra—. Soy el más fuerte, Shoko. Y juro por mi vida que nadie, ni humano ni maldición, tocará lo que es nuestro.

Shoko se hundió en su pecho, aspirando el olor a cielo y poder que siempre emanaba de él. Por una noche, el secreto había dejado de ser una carga para convertirse en una promesa. El mundo exterior seguía siendo peligroso, los ancianos seguían conspirando y las maldiciones seguían acechando, pero en la penumbra de la morgue, el cielo y la tierra finalmente se habían encontrado para proteger un pequeño latido que cambiaría el destino de todo.

—Vas a ser un padre terrible, Satoru —murmuró ella contra su abrigo, permitiéndose sonreír.

—Probablemente —rio él, besando su frente—. Pero seré el padre más poderoso que este mundo haya visto jamás.

Fuera, en las sombras del pasillo, Megumi Fushiguro observaba la escena desde lejos antes de retirarse en silencio. Sabía que los problemas apenas comenzaban, pero por primera vez en mucho tiempo, el futuro no parecía tan oscuro. El secreto de la noche ya no era solo pasión; era el inicio de una nueva era.