El Hijo de El Más Fuerte
El peso del vacío
El silencio en la morgue del Colegio Técnico de Magia de Tokio nunca había sido tan absoluto, ni tan cruel. Shoko Ieiri estaba de pie frente a una de las mesas metálicas, pero sus manos, usualmente firmes y precisas, temblaban de una forma que le resultaba ajena. Shibuya había sido un matadero. El aire todavía olía a ceniza, a sangre seca y a ese rastro amargo que dejaba la energía maldita de grado especial cuando se desataba sin control.
Se llevó una mano al vientre, un gesto que se había vuelto instintivo en las últimas semanas. Allí, en el centro de su ser, el pequeño núcleo de energía seguía latiendo con una vitalidad desafiante, ajeno al colapso del mundo exterior. Era una ironía dolorosa: mientras la vida florecía dentro de ella, el hombre que le había dado origen, el pilar que sostenía el cielo, se había desvanecido.
Satoru Gojo había sido sellado. La noticia le había llegado como un golpe físico, un vacío repentino en su percepción sensorial. Para el resto del mundo, Gojo era un arma, un dios o una molestia necesaria; para ella, Satoru era el calor en las noches de insomnio, la risa arrogante que disipaba sus sombras y el padre del secreto que ahora pesaba más que cualquier técnica maldita.
—No te atrevas a morir ahí dentro, idiota —susurró Shoko al aire frío de la sala.
La puerta de la morgue se abrió con un chirrido pesado. Shoko no necesitó girarse para saber quién era. El rastro de energía era inmenso, pero estaba controlado por una voluntad de hierro y una melancolía profunda.
—Shoko-san, debería descansar —dijo Yuta Okkotsu, acercándose con pasos silenciosos.
El joven hechicero se veía agotado. Su uniforme estaba manchado de hollín y sus ojos reflejaban el horror de lo que había presenciado en las calles de Shibuya. Sin embargo, al mirar a Shoko, su expresión se suavizó con una determinación protectora.
—¿Descansar? —Shoko soltó una risa seca, sin rastro de humor—. La mitad de los hechiceros de Tokio están en pedazos y el consejo de ancianos está aullando por sangre ahora que su "perro guardián" no está para morderlos. No hay descanso para los que nos quedamos atrás, Yuta.
—Precisamente por eso —insistió Yuta, colocándose a su lado—. Los altos mandos están aprovechando el caos. Han emitido decretos ejecutivos. Han sentenciado a muerte a Itadori otra vez, han declarado a Yaga-sensei como instigador... y están preguntando por usted.
Shoko se tensó. Sabía lo que eso significaba. Sin el Infinito de Satoru para actuar como escudo, ella era el siguiente objetivo. No solo por su valor como la mejor médico del mundo, sino por lo que representaba su vínculo con Gojo.
—¿Saben lo del embarazo? —preguntó ella, bajando la voz.
—Sospechan —respondió Yuta, apretando el agarre de su espada—. Los Seis Ojos son una herencia que temen más que a las propias maldiciones. Si confirman que usted lleva al sucesor de Gojo-sensei, intentarán "ponerla bajo custodia". En sus palabras, eso significa una celda de aislamiento hasta que el niño nazca.
—Sobre mi cadáver —sentenció Shoko, y por un momento, la indiferencia que solía proyectar fue reemplazada por un fuego gélido.
—No será necesario —dijo Yuta con firmeza—. He aceptado el papel de verdugo de Itadori para mantenerlos tranquilos, pero mi verdadera misión es otra. Satoru me pidió que cuidara de ustedes si algo salía mal. No dejaré que nadie del consejo se acerque a esta ala de la escuela. Si intentan cruzar esa puerta con malas intenciones, se enfrentarán a mí.
Shoko miró al chico. Ya no era el estudiante asustadizo que había conocido años atrás. Era un hechicero de grado especial, un hombre que cargaba con su propia maldición y un amor inmenso. En sus ojos, Shoko vio el reflejo de la lealtad que Satoru inspiraba.
—Gracias, Yuta —murmuró ella—. Pero los chicos... Itadori, Megumi, Nobara... están destrozados.
—Ellos no se van a rendir —afirmó Yuta—. Se están preparando para los Juegos del Sacrificio. Kenjaku ha convertido a Japón en un tablero de juego, pero el objetivo final sigue siendo el mismo: encontrar la forma de abrir la Prisión Confinadora. Si hay una mínima posibilidad de traer de vuelta a Gojo-sensei, ellos la encontrarán.
Shoko se sentó en un taburete, sintiendo por fin el agotamiento en sus huesos. La ausencia de Satoru era como un miembro amputado; el dolor estaba ahí, punzante y constante, recordándole todo lo que estaba en juego.
—Él siempre decía que la juventud no debería ser robada a los estudiantes —dijo Shoko, mirando sus manos—. Y ahora están arriesgando todo para salvarlo a él. Es una broma de mal gusto.
—Es lo que él sembró —replicó Yuta—. Él no solo quería ser el más fuerte; quería criar a una generación que no tuviera que estar sola en la cima. Ahora esa generación es la que va a rescatarlo.
Pasaron los días y la tensión en el Colegio de Tokio se volvió insoportable. El cielo sobre la ciudad parecía permanentemente gris, cargado de una energía maldita residual que dificultaba la respiración. Shoko pasaba las horas entre informes de bajas y chequeos médicos clandestinos que ella misma se realizaba. Su vientre empezaba a notarse, una pequeña curva que ocultaba bajo batas de laboratorio tres tallas más grandes.
Una tarde, mientras revisaba unos antiguos textos sobre técnicas de sellado con la esperanza de encontrar una debilidad en la Prisión Confinadora, Maki Zenin entró en su oficina. Maki se veía diferente; las cicatrices de las quemaduras de Jogo marcaban su piel, y su mirada era más afilada que cualquier arma de grado especial.
—Sigues encerrada aquí —dijo Maki, apoyándose en la pared—. Necesitas aire, Shoko. O al menos algo de comida de verdad.
—He estado ocupada —respondió Shoko sin levantar la vista—. ¿Cómo están los demás?
—Megumi está asumiendo el liderazgo del clan Zenin para obtener recursos. Itadori está... bueno, siendo Itadori. Está cargando con el peso del mundo sobre sus hombros, pero no se rompe. Yuta está haciendo de muro de contención contra los viejos del consejo.
Maki se acercó al escritorio y dejó una pequeña bolsa con manzanas frescas.
—Sabemos lo que está pasando, Shoko —dijo Maki con suavidad, algo inusual en ella—. No solo lo de Gojo. Lo del bebé.
Shoko finalmente levantó la vista, encontrando la mirada honesta de Maki.
—¿Tan obvio es? —preguntó con un suspiro.
—Para los que te conocemos, sí. Tienes esa mirada que tenía mi madre antes de que todo se fuera al infierno, pero con más determinación. No tienes que ocultarlo con nosotros. Somos tu familia, ¿recuerdas? Gojo nos enseñó eso, aunque fuera un idiota la mayor parte del tiempo.
Shoko sintió un nudo en la garganta que no pudo pasar. Se permitió un momento de debilidad, cerrando los ojos y dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla.
—Tengo miedo, Maki —confesó en un susurro—. No por mí. Si Satoru no regresa... si este mundo colapsa antes de que el niño nazca...
—Él va a volver —interrumpió Maki con una seguridad feroz—. No porque sea un dios, sino porque es demasiado arrogante para dejar que alguien más gane. Y mientras tanto, nosotros somos el ejército que protege su legado. Ese niño no va a nacer en un mundo de sombras. Nos encargaremos de eso.
La conversación fue interrumpida por un estruendo en el patio principal. Shoko y Maki corrieron hacia la ventana. Abajo, un grupo de hechiceros de la facción conservadora, liderados por un emisario del consejo, intentaba entrar en los dormitorios.
—¡Exigimos ver a Ieiri Shoko! —gritaba el emisario—. ¡Hay irregularidades en sus informes médicos y debe ser sometida a un examen por los facultativos del consejo!
Antes de que pudieran dar un paso más, una presión inmensa los obligó a hincar la rodilla. Yuta Okkotsu descendió desde el tejado, aterrizando con una elegancia letal entre los intrusos y el edificio. Rika, la Reina de las Maldiciones, se materializó parcialmente detrás de él, soltando un rugido que hizo vibrar los cristales.
—He sido muy claro con sus superiores —dijo Yuta, su voz tranquila pero cargada de una intención asesina que helaba la sangre—. La doctora Ieiri está bajo mi protección directa por orden del director interino. Cualquier intento de forzar su presencia será considerado un acto de traición en tiempo de guerra.
—¡Te excedes en tus funciones, Okkotsu! —chilló el emisario, temblando—. ¡El linaje de Gojo es un asunto de seguridad nacional!
—El linaje de Gojo es mi familia —replicó Yuta, desenvainando un centímetro de su katana. El destello del acero fue suficiente para que los hombres del consejo retrocedieran—. Váyanse. Ahora.
Desde la ventana, Shoko observaba la escena. Ver a Yuta defenderla con tal ferocidad le dio una extraña sensación de calma. Satoru no estaba allí físicamente, pero su voluntad vivía en cada uno de ellos. Su amor, que siempre había sido un secreto nocturno, se había convertido en el estandarte por el cual sus estudiantes estaban dispuestos a quemar el mundo.
—Son buenos chicos —murmuró Shoko.
—Son los mejores —asintió Maki—. Y están muy cabreados. Pobre del que se interponga en su camino.
Esa noche, Shoko no pudo dormir. Se quedó mirando la luna desde su balcón, sintiendo las patadas suaves de la vida que crecía en su vientre. Se imaginó a Satoru dentro de ese cubo negro, en un espacio donde el tiempo no existía. ¿Estaría pensando en ella? ¿Sabría que su hijo estaba luchando por nacer en un mundo que intentaba devorarlo?
—Sé que puedes oírme, Satoru —dijo ella, apretando el colgante que él le había regalado una vez—. No importa cuántas maldiciones ponga Kenjaku en nuestro camino. No importa cuántos Juegos del Sacrificio tengamos que ganar. Vamos a sacarte de ahí.
Se imaginó el momento de su liberación. El estallido de energía azul que rompería el sello, la sonrisa arrogante regresando a su rostro y la sorpresa en sus ojos cuando viera lo que ella había protegido durante su ausencia.
—Tienes una deuda conmigo —continuó Shoko, con una sonrisa triste—. Me debes mil noches más. Me debes ver a este niño crecer. Así que aguanta. Tu "médico amargada" no va a dejar que este sea el final.
Los Juegos del Sacrificio comenzaron poco después. La noticia de las masacres en las colonias llegaba a cuentagotas, pero junto a ellas, llegaban los informes de las victorias de Itadori, Megumi y los demás. Cada vez que recibía a un estudiante herido que regresaba de las barreras, Shoko trabajaba con una intensidad renovada. Su técnica de inversión parecía más poderosa que nunca, como si la vida dentro de ella estuviera alimentando su capacidad de curar a los demás.
Un día, Megumi regresó brevemente para abastecerse de suministros médicos. Estaba cubierto de cicatrices nuevas, pero sus ojos brillaban con una claridad que Shoko no le había visto antes.
—He encontrado una pista sobre el Ángel, Shoko-san —le dijo mientras ella le vendaba un brazo—. Si logramos que nos ayude, podremos extinguir el sello de la Prisión Confinadora. Estamos cerca.
Shoko le puso una mano en el hombro.
—Ten cuidado, Megumi. Tu padre... —Se detuvo, sabiendo que mencionar a Toji era un terreno pantanoso—. Satoru se volvería loco si supiera que te estás arriesgando tanto por él.
—Él lo haría por nosotros —respondió Megumi con sencillez—. Además, tengo un nuevo motivo para querer que regrese pronto.
Miró significativamente el vientre de Shoko, que ya era imposible de ocultar del todo.
—Necesita que alguien le enseñe a ser un padre —añadió Megumi con una pequeña sonrisa—. Y dudo que yo tenga la paciencia suficiente para hacerlo solo.
Shoko rió, una risa auténtica que iluminó su rostro cansado.
—Tienes razón. Va a ser un desastre.
Cuando Megumi se fue, Shoko regresó a su oficina. Encendió un cigarrillo, pero lo apagó de inmediato, recordando su estado. Se conformó con mirar el humo que flotaba en el aire, una sombra de sus viejos hábitos.
La angustia seguía allí, una marea baja que amenazaba con subir en cualquier momento. Pero bajo la angustia, había una base de acero. Shibuya había intentado romperlos, Kenjaku había intentado aislarlos y el consejo había intentado controlarlos. Sin embargo, lo que todos ellos habían pasado por alto era que el amor de Satoru Gojo y Shoko Ieiri no era una debilidad. Era una semilla.
Y esa semilla estaba creciendo, protegida por los hechiceros más poderosos de la nueva era, alimentada por la esperanza de un regreso que sacudiría los cimientos del mundo.
Shoko se recostó en su silla, cerrando los ojos por un momento. En la oscuridad de su mente, podía ver los Seis Ojos brillando, esperándola.
—Pronto, Satoru —susurró—. El mundo está esperando a su rey. Y yo estoy esperando al hombre que prometió nunca dejarme sola.
Afuera, el viento soplaba con fuerza, llevando consigo el eco de las batallas que se libraban en las colonias. Pero dentro de la escuela, en el santuario de la morgue, la vida seguía su curso, silenciosa y poderosa, preparándose para el día en que el infinito y la realidad volvieran a encontrarse. La pesadez en el ambiente no era solo por la tragedia; era la tensión de una cuerda que estaba a punto de romperse, liberando una fuerza que nadie podría detener. Shoko Ieiri, con su bata blanca y su corazón de guerrera, se mantuvo firme, siendo el ancla de un futuro que se negaba a morir.