El Hijo de El Más Fuerte
El Legado del Infinito
La sala de reuniones del Colegio Técnico de Magia de Tokio nunca había albergado una tensión tan asfixiante. No era la presión de una energía maldita hostil, sino el peso sofocante de la burocracia y el miedo. Satoru Gojo permanecía de pie en el centro de la estancia, con las manos en los bolsillos y una sonrisa que no presagiaba nada bueno. Frente a él, las pantallas que ocultaban los rostros de los altos mandos emitían un resplandor frío y parpadeante.
—Es una aberración estadística —la voz de uno de los ancianos, distorsionada por el filtro de la pantalla, resonó con una sequedad metálica—. Un descendiente nacido de la unión entre los Seis Ojos y la portadora más avanzada de la Técnica de Inversión no es un niño, Gojo Satoru. Es una anomalía que pone en riesgo el equilibrio del mundo.
—¿Una anomalía? —Satoru soltó una carcajada breve, desprovista de su habitual jovialidad—. Qué falta de tacto tienen. Yo prefiero llamarlo "talento heredado". Pero entiendo su miedo. Después de todo, ustedes siempre han temido lo que no pueden controlar con sus pergaminos y sus leyes obsoletas.
—¡No juegues con nosotros! —exclamó otra voz, esta vez más aguda—. Los registros históricos dictan que los portadores de los Seis Ojos deben ser criados bajo la tutela estricta de los clanes para asegurar su lealtad y estabilidad mental. Si a eso le sumamos el potencial de regeneración celular de Ieiri Shoko, estamos hablando de un ser que podría ser virtualmente indestructible. Exigimos que el niño sea entregado a una instalación neutral en cuanto nazca para su evaluación y formación.
Satoru dio un paso adelante. El aire en la habitación pareció contraerse, y las pantallas parpadearon violentamente. El Infinito no estaba activo, pero su sola presencia física bastaba para que los ancianos sintieran que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Escúchenme bien, porque solo lo diré una vez —dijo Satoru, bajándose ligeramente la venda para que un destello azul, gélido y letal, se filtrara hacia las cámaras—. Este niño no es una herramienta de los clanes. No es un experimento de laboratorio. Es mi hijo. Y si alguno de ustedes, o cualquiera de sus enviados, se atreve a sugerir una "cláusula" más sobre su crianza, o intenta acercarse a Shoko con intenciones que no sean puramente médicas...
Hizo una pausa, y el silencio fue tan absoluto que se podía escuchar el zumbido de los circuitos eléctricos.
—...acabaré con todos ustedes. No habrá juicios, no habrá política. Simplemente borraré este consejo de la faz de la tierra y reconstruiré el sistema desde sus cenizas. ¿Ha quedado claro, o necesito hacer una demostración?
Ninguna pantalla respondió. El silencio de los altos mandos era la confirmación de su derrota momentánea. Sabían que Gojo Satoru no estaba fanfarroneando. El hombre que sostenía el mundo sobre sus hombros finalmente tenía algo que lo vinculaba a la tierra de forma irrevocable, y eso lo hacía más peligroso que nunca.
Satoru se dio la vuelta y salió de la sala sin esperar una respuesta, la puerta se cerró de golpe tras él, impulsada por una ráfaga de viento residual.
Mientras tanto, en los jardines de la escuela, el ambiente era radicalmente distinto. Lejos de la frialdad de los despachos, la vida bullía con una mezcla de asombro y entusiasmo protector.
Shoko estaba sentada en un banco de madera bajo la sombra de un gran cerezo. Tenía una taza de té entre las manos y observaba con una mezcla de resignación y ternura el espectáculo que se desarrollaba frente a ella.
—¡Tiene que ser un niño! —exclamaba Itadori Yuji, gesticulando con entusiasmo—. ¡Imagínate, Fushiguro! ¡Un mini-Gojo corriendo por aquí con gafas de sol oscuras! ¡Le enseñaré a hacer el "Divergent Fist" en cuanto aprenda a caminar!
—Por favor, Itadori, no le enseñes tus técnicas raras —replicó Megumi Fushiguro, que estaba apoyado contra el tronco del árbol con los brazos cruzados—. Lo último que necesita este mundo es un bebé con la energía de Gojo-sensei y tu falta de sentido común.
Megumi era el único que no parecía sorprendido por la noticia. Sus sospechas se habían confirmado hacía semanas, y aunque mantenía su fachada estoica, había estado pasando más tiempo del habitual cerca de la enfermería, asegurándose de que Shoko no tuviera que cargar cajas pesadas o subir demasiadas escaleras.
—¡Yo voto por que sea niña! —intervino Nobara Kugisaki, que estaba sentada en el suelo junto a Shoko, hojeando una revista de moda infantil—. ¡Será preciosa! Tendrá el pelo de Shoko-san y los ojos de ese idiota. La vestiremos con las marcas más caras de Ginza. ¡Prácticamente seré su prima mayor y mentora de estilo!
—¿Prima? —preguntó Maki Zenin con una sonrisa ladeada mientras afilaba su lanza—. Más bien serás la tía ruidosa que la llevará a centros comerciales. Shoko, si necesitas que alguien mantenga a raya a Satoru cuando se ponga demasiado intenso con el entrenamiento, avísame. Puedo darle un par de golpes con la vara de madera.
—Te tomo la palabra, Maki —dijo Shoko, dejando escapar una risita—. Satoru ya está hablando de comprar un pequeño uniforme de hechicero a medida. A veces olvido quién es el adulto en esta relación.
—¡Salmón! —exclamó Toge Inumaki, acercándose con una caja de onigiris frescos y ofreciéndole uno a Shoko con un gesto amable.
—Gracias, Toge —respondió ella, aceptando el aperitivo—. Al menos tú te preocupas de que coma algo que no sea café.
Panda, que estaba sentado al otro lado de Shoko, extendió una de sus enormes patas peludas y la colocó con cuidado sobre el hombro de la doctora.
—Si el bebé sale con mucho pelo, no te preocupes —dijo Panda con su voz profunda—. Puedo darle consejos sobre cómo cuidar el pelaje. Shoko, estamos aquí para lo que necesites. Nadie entrará en la enfermería si tú no quieres.
La calidez del grupo era palpable. Para los estudiantes, Shoko siempre había sido la figura serena y constante, la que curaba sus heridas tras las batallas más sangrientas. Saber que ahora ella llevaba una vida propia en su interior había despertado un instinto protector colectivo. Incluso los de segundo año se turnaban para hacer "guardias" informales cerca de sus aposentos.
De repente, una figura alta y conocida apareció al final del sendero, caminando con una maleta de viaje y su uniforme oscuro impecable.
—¿Yuta? —Shoko se sorprendió al verlo.
Yuta Okkotsu se acercó con una sonrisa tímida pero cálida. Había regresado del extranjero en cuanto recibió la noticia, ignorando las misiones pendientes en África.
—Hola, Shoko-san —dijo Yuta, haciendo una pequeña reverencia—. Satoru me envió un mensaje... bueno, en realidad me envió cien mensajes seguidos diciendo que iba a ser padre. No podía quedarme lejos.
—Ese hombre no sabe guardar un secreto incluso cuando su vida depende de ello —suspiró Shoko, aunque sus ojos brillaban de alegría al ver al joven hechicero—. Me alegra que estés de vuelta, Yuta.
—He traído algunos amuletos de protección de las tribus locales —comentó Yuta, rascándose la nuca—. Dicen que ayudan a estabilizar la energía de los recién nacidos con grandes reservas. Pensé que podrían ser útiles, dado que... bueno, es un Gojo.
—¡Yuta! —Itadori saltó sobre él, rodeándole el cuello con el brazo—. ¡Llegas justo a tiempo! Estamos decidiendo quién será el padrino. ¡Obviamente soy yo!
—¡Ni hablar! —gritó Nobara—. ¡El padrino tiene que ser alguien con dinero y buen gusto, no un comedor de dedos!
—Chicos, cálmense —pidió Megumi, aunque una pequeña sonrisa asomó a sus labios—. Shoko-san necesita tranquilidad, no un debate sobre quién comprará los mejores pañales.
En ese momento, Satoru Gojo aterrizó en medio del grupo, apareciendo de la nada con su habitual teatralidad.
—¡Ya llegó papá! —exclamó, extendiendo los brazos—. ¿De qué me he perdido? Oh, Yuta, ¡sabía que no podrías resistirte a conocer a tu futuro sucesor!
Satoru se acercó a Shoko y, sin importarle la presencia de los alumnos, se inclinó para darle un beso rápido en la frente antes de sentarse en el suelo a sus pies, apoyando la espalda contra el banco.
—¿Cómo fue la reunión con los fósiles? —preguntó Shoko en voz baja, pasando sus dedos por el cabello blanco de Satoru.
—Oh, lo de siempre —respondió él, relajándose bajo su toque—. Intentaron ponerse difíciles, hablaron de leyes y protocolos... les dije que si seguían molestando, los enviaría a todos a una jubilación anticipada en otra dimensión. Creo que captaron el mensaje.
Shoko suspiró, pero no discutió. Conocía a Satoru lo suficiente como para saber que esa era su forma de decir que los protegería a toda costa.
—Satoru-sensei —dijo Itadori, acercándose con curiosidad—, ¿ya pensaste nombres? ¡Si es niño, debería llamarse algo increíble como "Gojo Justice"!
—¡Eso suena horrible! —exclamó Nobara—. Shoko-san, por favor, no dejes que Itadori nombre al bebé.
—No se preocupen —dijo Satoru, mirando hacia el cielo despejado a través de su venda—. Tenemos tiempo. Por ahora, solo quiero disfrutar de este momento.
El grupo se quedó allí, compartiendo historias y risas bajo el sol de la tarde. Por un instante, la guerra contra las maldiciones, los planes de Kenjaku y las conspiraciones de los altos mandos parecían pertenecer a otro mundo. En ese rincón de la escuela, rodeados de sus estudiantes, Satoru y Shoko encontraron la paz que tanto habían buscado en sus noches secretas.
Shoko observó a sus alumnos: Itadori y Nobara peleando por un onigiri, Megumi tratando de ignorarlos mientras Yuta le contaba sus viajes, y Maki practicando movimientos con Panda mientras Inumaki los animaba. Se llevó una mano al vientre y sintió un pequeño movimiento, casi imperceptible, pero cargado de una fuerza vital arrolladora.
—¿Lo sentiste? —susurró Satoru, que no le quitaba la vista de encima.
—Sí —respondió ella con una sonrisa suave—. Parece que ya tiene ganas de salir a poner orden en este lugar.
—Tendrá mucho trabajo —rio Satoru, tomando la mano de Shoko y apretándola con fuerza—. Pero tendrá a los mejores maestros. Y a la madre más increíble del mundo.
—Y al padre más molesto —añadió ella.
—Eso viene incluido en el paquete de los Seis Ojos, cariño.
La tarde avanzó y las sombras se alargaron, pero el calor en el jardín no disminuyó. El secreto que una vez ocultaron entre las sábanas del apartamento de Satoru se había transformado en un faro de esperanza para todos ellos. El futuro era incierto y el camino estaría lleno de batallas, pero mientras estuvieran juntos, el linaje del infinito no sería una carga, sino el comienzo de una nueva era donde el amor era la técnica más poderosa de todas.
Al final del día, cuando los estudiantes se retiraron a sus dormitorios y el silencio regresó a la escuela, Satoru y Shoko caminaron de la mano hacia su hogar. El mundo de la hechicería podía temblar ante la idea de su hijo, pero para ellos, no era más que el latido de una promesa cumplida: la certeza de que, incluso en la oscuridad más profunda, siempre habría una luz esperando nacer.