El Hijo de El Más Fuerte
El último juramento del Infinito
El 24 de diciembre amaneció con un cielo de un azul tan puro que resultaba insultante. No había nubes, solo una claridad gélida que cortaba la respiración. En los terrenos del Colegio Técnico de Magia de Tokio, el silencio no era de paz, sino de una expectación fúnebre. Satoru Gojo estaba de pie frente a la puerta de la enfermería, ajustándose la venda negra sobre los ojos. Por primera vez en su vida, sus manos no estaban en sus bolsillos. Estaban cerradas en puños, sintiendo el peso de cada segundo que pasaba.
La noche anterior, Satoru había hecho algo que el mundo de la hechicería consideraría una blasfemia, pero que para él fue una purificación necesaria. Había visitado la cámara de los altos mandos. No hubo gritos, ni juicios, ni negociaciones. El vacío del "Azul" y el colapso del "Rojo" habían borrado las sombras de aquellos ancianos decrépitos que durante décadas habían tratado a los hechiceros como piezas de ajedrez. Los había aniquilado a todos. Ya no habría más órdenes absurdas, ni ejecuciones injustas, ni amenazas contra el pequeño Suguru. El sistema estaba muerto; ahora solo quedaba la supervivencia.
La puerta se abrió y Shoko Ieiri salió al pasillo. No llevaba su bata blanca habitual, sino un jersey oscuro y pesado. En sus brazos, envuelto en una manta de lana, el pequeño Suguru dormía plácidamente, ajeno a que su padre estaba a punto de caminar hacia el centro de un cataclismo.
—Lo has hecho —dijo Shoko. No era una pregunta. Ella podía sentir el cambio en el aire, la ausencia de esa presión rancia que siempre emanaba de la dirección de la escuela—. Has limpiado la casa.
—Era una limpieza de primavera adelantada —respondió Satoru, intentando sonreír, aunque sus labios apenas se movieron—. Esos viejos ya habían vivido demasiado tiempo en la oscuridad. No quería que nuestro hijo creciera en un mundo donde ellos dictaran las reglas.
Shoko se acercó a él. El olor a desinfectante y nicotina que siempre la rodeaba se mezclaba ahora con el aroma dulce del bebé. Ella lo miró intensamente, tratando de memorizar cada rasgo de su rostro bajo la venda, como si sus ojos pudieran atravesar la tela y anclarse en el azul de sus pupilas.
—Satoru —dijo ella, su voz firme pero con un hilo de vulnerabilidad que solo él podía detectar—, no me importa el destino del mundo. No me importa el equilibrio de las eras. Lo único que me importa es que esa puerta se abra esta noche y seas tú quien entre por ella.
Satoru extendió una mano y acarició la mejilla de Shoko, bajando después el dedo para rozar la frente del bebé. El pequeño Suguru hizo un mohín en sueños, una réplica exacta de los gestos de Satoru cuando estaba aburrido.
—He pasado toda mi vida siendo "El Más Fuerte" —susurró Gojo—. Siempre pensé que eso significaba que no tenía nada que perder. Que estaba solo en la cima. Pero me equivoqué. Ahora entiendo que la verdadera fuerza no es el Infinito que me rodea, sino el vínculo que me atrae de vuelta a ustedes.
—Entonces úsalo —sentenció Shoko—. Úsalo para castigarlo. Úsalo para recuperar a Megumi. Pero, sobre todo, úsalo para sobrevivir. Si mueres hoy, Satoru, te juro que iré al mismísimo infierno solo para darte un puñetazo antes de que tu alma descanse.
Satoru soltó una carcajada suave, una que sonó real y cálida en el pasillo gélido.
—Eso suena como una cita encantadora. —Se inclinó y besó la frente de Shoko, y luego la de su hijo—. Los veré pronto.
***
Shinjuku era un desierto de hormigón y ceniza. El campo de batalla ya estaba preparado. Sukuna, habitando el cuerpo de Megumi Fushiguro, esperaba en lo alto de un edificio en ruinas. Su presencia era como una mancha de tinta negra sobre un lienzo blanco; una maldad tan antigua y refinada que hacía que el aire mismo vibrara con náuseas.
Satoru aterrizó frente a él, su silueta recortada contra el sol de mediodía.
—Has tardado, hechicero —dijo Sukuna a través de los labios de Megumi. Su voz era una amalgama de la juventud del chico y la crueldad del Rey de las Maldiciones—. ¿Estabas despidiéndote de tus debilidades?
Satoru no respondió de inmediato. Sus Seis Ojos escaneaban cada centímetro del cuerpo de Megumi, viendo el alma del chico atrapada en las profundidades, sumergida en un abismo de culpa. Pero también veía los hilos de energía de Sukuna, una red compleja y letal que amenazaba con devorarlo todo.
—No son debilidades, Sukuna —dijo Satoru, y su voz resonó con una autoridad que hizo que los escombros a su alrededor levitaran—. Son razones. Algo que tú, en tus mil años de soledad aburrida, nunca llegarás a comprender.
—El amor es una enfermedad para los débiles —escupió Sukuna, poniéndose en pie. El aura de su energía maldita estalló, agrietando el edificio—. Solo aquellos que descartan todo pueden alcanzar la verdadera iluminación. Te mostraré que tu "familia" es solo el grillete que te arrastrará a la tumba.
—Inténtalo —desafió Gojo.
El choque fue instantáneo. La realidad se rasgó bajo el impacto de sus fuerzas. El "Púrpura" de Gojo chocó contra el "Corte" de Sukuna, creando ondas de choque que nivelaron bloques enteros de la ciudad en segundos. Era una danza de dioses, un intercambio de golpes que se movía más rápido que la percepción humana.
Pero dentro del fragor de la batalla, la mente de Satoru estaba inusualmente clara. Cada vez que Sukuna lanzaba un ataque que ponía a prueba su Infinito, Satoru no veía solo la técnica; veía el rostro de Shoko cuando le entregó a su hijo esa mañana. Veía la esperanza de sus alumnos, que lo observaban desde la distancia, confiando en que su maestro haría el milagro.
—¿Eso es todo? —rugió Sukuna, lanzando una ráfaga de cortes que impactaron contra la barrera invisible de Gojo—. ¡El hechicero más fuerte de la actualidad parece estar conteniéndose! ¿Tienes miedo de dañar este recipiente?
Satoru esquivó un golpe directo al cuello, teletransportándose unos metros atrás.
—No me estoy conteniendo —dijo Satoru, limpiándose un rastro de sangre de la comisura de los labios—. Simplemente estoy saboreando el momento en que te saque de ese cuerpo y te devuelva al olvido de donde nunca debiste salir.
—¡Expansión de Dominio: Santuario Malévolo!
El mundo se transformó. Un templo de huesos y sangre se erigió en el centro de Shinjuku. Millones de cortes invisibles comenzaron a llover sobre Satoru, buscando cualquier grieta en su defensa. La presión era absoluta; era un ataque que garantizaba la muerte de cualquier ser vivo.
Satoru sintió que su técnica de inversión trabajaba al límite. Su piel se cortaba y se cerraba en milisegundos. El dolor era un incendio en sus nervios, pero en lugar de nublar su juicio, avivó su furia.
—¡Expansión de Dominio: Vacío Infinito!
Las dos esferas de realidad chocaron, luchando por el control del espacio. El negro absoluto del vacío de Gojo contra el rojo visceral del santuario de Sukuna. En el punto de contacto, la física dejó de existir.
—¿Crees que puedes ganarme en una lucha de dominios? —se burló Sukuna, sus ojos brillando con una locura sangrienta—. ¡Soy el Rey de las Maldiciones!
—Y yo soy el padre de un niño que merece un mundo mejor que este —rugió Satoru.
En ese momento, Gojo hizo algo que nadie esperaba. En lugar de mantener el equilibrio del dominio, colapsó su propia barrera hacia adentro, concentrando toda la información del Vacío Infinito en un solo punto, directamente sobre el alma de Sukuna. El riesgo era suicida; si fallaba, quedaría expuesto al Santuario Malévolo sin ninguna protección.
Pero Satoru no estaba pensando en el riesgo. Estaba pensando en la promesa.
—¡Abre! —gritó Gojo.
Una luz blanca, más brillante que el sol, envolvió Shinjuku. Sukuna gritó, una cacofonía de voces que resonó en las dimensiones, mientras su mente era inundada por una cantidad infinita de información. Por un microsegundo, el Rey de las Maldiciones se quedó paralizado, abrumado por la magnitud de la existencia misma.
Satoru aprovechó ese instante. Se lanzó hacia adelante, con su mano derecha cargada con una técnica combinada que nunca había mostrado: una espiral de energía pura que no era roja, ni azul, ni púrpura, sino de un color plateado que recordaba al cabello de su hijo.
—Esto es por Megumi —dijo Satoru, hundiendo su mano en el pecho de Sukuna—. Esto es por Suguru. Y esto... ¡esto es por Shoko!
El impacto fue como el nacimiento de una estrella. Una explosión de energía pura barrió Shinjuku, borrando las maldiciones y purificando el aire viciado. El Santuario Malévolo se desmoronó como un castillo de naipes bajo la lluvia.
Cuando el polvo se asentó, el silencio regresó a la ciudad.
Satoru Gojo estaba de rodillas en medio de un cráter. Su uniforme estaba destrozado y su respiración era un silbido asmático. Frente a él, el cuerpo de Megumi yacía en el suelo. La presencia de Sukuna se había desvanecido, expulsada por el choque masivo de energía, dejando tras de sí un recipiente vacío pero vivo.
Satoru intentó ponerse en pie, pero sus piernas fallaron. Sus Seis Ojos estaban sangrando bajo la venda; el esfuerzo de procesar el infinito de esa manera casi lo había dejado ciego. Pero no le importaba. Podía sentir el rastro de energía de sus alumnos acercándose, y más allá, en el horizonte, la señal de que la barrera de la escuela seguía intacta.
—Lo... lo hice —susurró, tosiendo sangre.
—¡Gojo-sensei! —La voz de Itadori Yuji rompió el silencio. El chico llegó corriendo, seguido de cerca por Yuta y Maki. Al ver a Megumi respirando, Yuji cayó de rodillas, llorando de alivio.
Yuta se acercó a Satoru, ofreciéndole su brazo para apoyarse.
—Está vivo, Sensei. Megumi está vivo. Sukuna ha sido sellado de nuevo en los restos de los dedos. Hemos ganado.
Satoru asintió débilmente, permitiendo que Yuta lo ayudara a levantarse.
—Llévenlo con Shoko —ordenó Gojo con voz ronca—. Ella sabrá qué hacer.
—¿Y usted? —preguntó Maki, observando con preocupación las heridas de Satoru—. Está en un estado lamentable.
Satoru sonrió, una sonrisa pequeña y genuina que iluminó su rostro ensangrentado.
—Yo tengo una cita que no puedo cancelar.
***
El regreso al Colegio Técnico fue un borrón de dolor y cansancio. Satoru rechazó la camilla y caminó por sus propios medios hacia el ala médica, apoyado en una pared cada pocos pasos. Cuando llegó a la puerta de la enfermería, se detuvo para limpiarse la cara con la manga de su chaqueta, no queriendo asustar al bebé con el aspecto de un cadáver.
Entró en silencio.
Shoko estaba allí, atendiendo a Megumi, que ya estaba conectado a varias máquinas de soporte vital. Al escuchar la puerta, ella se quedó inmóvil. No se giró de inmediato, como si tuviera miedo de que, al mirar, la imagen de Satoru se desvaneciera como un espejismo.
—Te dije que la puerta tenía que abrirse —dijo ella, su voz temblando por primera vez en toda la guerra.
—Soy un hombre de palabra, Shoko —respondió Satoru.
Ella se giró finalmente. Al verlo tan herido, tan humano y tan roto, Shoko dejó caer el instrumental médico que sostenía. Corrió hacia él y lo atrapó justo cuando sus piernas volvían a fallar. Se hundieron juntos en el suelo, en medio del pasillo, abrazados como si fueran los únicos dos seres vivos en el universo.
—Estás aquí —sollozó ella, escondiendo el rostro en su pecho—. Estás aquí, maldito idiota.
—Te dije que no podía perder —susurró Satoru, envolviéndola con sus brazos, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo—. Tenía demasiado que proteger.
Se quedaron así durante un tiempo indefinido, dejando que el silencio de la enfermería los envolviera. El peligro había pasado. El Rey de las Maldiciones había caído, los altos mandos eran ceniza y el futuro, aunque incierto y lleno de reconstrucción, era finalmente suyo.
—¿Dónde está? —preguntó Satoru después de un rato.
Shoko se separó un poco, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano. Señaló hacia el fondo de la sala, donde el pequeño Suguru seguía durmiendo en su moisés, protegido por una barrera de energía que Satoru reconoció de inmediato como la de Yuta.
Satoru se arrastró, literalmente, hasta llegar al lado del bebé. Miró a su hijo, que ahora representaba la paz que tanto le había costado conseguir. El niño abrió los ojos, esos ojos azules que eran el espejo de los suyos, y por primera vez, estiró los brazos hacia Satoru con un gorgoteo de alegría.
Gojo lo tomó en sus brazos, sintiendo el peso ligero y cálido de la vida.
—Hola, Suguru —dijo, y las lágrimas finalmente rodaron por sus mejillas, limpiando los restos de sangre—. El mundo es un poco más seguro hoy. Y tu padre... tu padre finalmente puede descansar.
Shoko se sentó en el suelo junto a ellos, apoyando su cabeza en el hombro de Satoru.
—No te acostumbres al descanso —advirtió ella, aunque su tono era de pura ternura—. Megumi va a necesitar meses de rehabilitación, Itadori está exigiendo una fiesta de celebración y este niño va a empezar a gatear pronto. Vas a estar muy ocupado, Satoru Gojo.
—Lo espero con ansias —respondió él, besando la coronilla del bebé—. Lo espero con todas mis fuerzas.
Esa noche, el Colegio Técnico de Magia de Tokio no fue un lugar de entrenamiento o de guerra. Fue un hogar. Mientras los estudiantes se reunían en el comedor para compartir una comida que sabía a victoria, y mientras Megumi comenzaba su largo camino de regreso desde la oscuridad, Satoru y Shoko se quedaron en la penumbra de la enfermería, observando a su hijo dormir.
El Infinito ya no era una barrera que separaba a Satoru del mundo. Ahora, era el espacio sagrado que protegía a su familia. La soledad del más fuerte había muerto en las calles de Shinjuku, reemplazada por la plenitud de un hombre que había descubierto que no hay mayor poder que el de tener un lugar al cual volver.
—Shoko —dijo Satoru antes de quedarse dormido por el agotamiento.
—¿Dime?
—Gracias por esperarme.
—Gracias por volver —respondió ella, tomando su mano y entrelazando sus dedos—. Ahora duerme. El mañana puede esperar.
Y bajo la luz de la luna de invierno, el hechicero que una vez fue un dios y la mujer que fue su ancla finalmente encontraron la paz, sabiendo que, pasara lo que pasara, nunca más tendrían que caminar solos en la oscuridad. El secreto de sus noches se había convertido en la luz de sus días, y el legado del infinito estaba asegurado en las manos de un niño que crecería sabiendo que fue amado por encima de todas las cosas.