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El Hijo de El Más Fuerte

El jardín de los cerezos blancos

La primavera en Tokio no solo traía consigo el renacer de la naturaleza, sino una sensación de paz que, durante años, Satoru Gojo había creído inalcanzable. El aire ya no pesaba. La estática de la energía maldita residual que solía flotar sobre el Colegio Técnico de Magia se había disipado, reemplazada por el aroma dulce de las flores y el murmullo de una vida que, por fin, no estaba definida por la tragedia.

Satoru se miró en el espejo de cuerpo entero de su habitación. No vestía su uniforme oscuro de cuello alto, ni llevaba la venda que durante tanto tiempo separó su mirada del mundo. En su lugar, lucía un montsuki kimono de seda negra, impecable, con el escudo del clan Gojo bordado en hilo de plata. Sus ojos, de ese azul infinito que parecía contener el cielo entero, brillaban con una claridad nueva. Ya no eran los ojos de un arma; eran los ojos de un hombre que había encontrado su lugar en la tierra.

—Te ves ridículamente bien, Satoru. Casi pareces una persona decente —dijo una voz desde la puerta.

Satoru se giró con una sonrisa radiante. Nanami Kento estaba allí, apoyado en el marco de la puerta, vistiendo un traje formal que le sentaba con la rigidez habitual. A su lado, Shuji Tsutsumi y un Megumi Fushiguro mucho más recuperado observaban la escena.

—¡Nanami-min! —exclamó Satoru, extendiendo los brazos—. Sabía que no podrías resistirte a verme en mi momento de mayor gloria. ¿No crees que eclipsaré a la novia?

—Si lo haces, Shoko probablemente te diseccionará antes de que termine el banquete —respondió Nanami con su tono seco, aunque había un brillo de respeto en sus ojos—. Es un milagro que hayamos llegado a este día sin que destruyas la mitad de la prefectura por los nervios.

—Los nervios son para los que no tienen un plan —replicó Satoru, ajustándose las mangas del kimono—. Y mi plan es ser el hombre más feliz de Japón hoy. ¿Cómo está Megumi? ¿Listo para entregar las alianzas sin invocar a un perro de sombras por accidente?

Megumi, que aún caminaba con una ligera cojera pero con la espalda recta, asintió con una seriedad que hizo reír a Satoru.

—Haré mi trabajo, Gojo-sensei —dijo Megumi—. Solo asegúrate de no decir ninguna estupidez durante los votos. Itadori ha estado practicando su discurso de padrino y ya es suficientemente vergonzoso por los dos.

Satoru soltó una carcajada y revolvió el pelo del chico al pasar. Al salir al pasillo, se detuvo un momento frente a la ventana que daba al patio central. Allí, bajo un gran toldo de seda blanca, las sillas estaban dispuestas frente a un altar sintoísta tradicional. Vio a Utahime discutiendo con Panda sobre la disposición de las flores, y a Maki ayudando a Nobara a colocarse un tocado. Era una familia. Su familia.

Mientras tanto, en la enfermería —que hoy funcionaba como el vestidor de la novia—, el ambiente era mucho más sereno, aunque cargado de una emoción contenida.

Shoko Ieiri estaba sentada frente a un tocador antiguo. Vestía un shiromuku, el kimono de boda blanco puro que simbolizaba la disposición de la novia a ser "teñida" por los colores de su nueva familia. El contraste del blanco con su cabello castaño, recogido en un moño elegante adornado con peinetas de nácar, la hacía lucir etérea. Ya no había ojeras bajo sus ojos; solo una luz suave y una calma que solo llega tras haber sobrevivido a una tormenta eterna.

Utahime Iori entró en la habitación, sosteniendo en brazos al pequeño Suguru. El bebé, que ya tenía casi un año, vestía una versión diminuta del kimono de su padre, con el cabello blanco alborotado y esos ojos azules que seguían cada movimiento con curiosidad.

—Está listo, Shoko —dijo Utahime, con la voz algo quebrada—. Es el bebé más guapo de todo el colegio. Se parece tanto a él que asusta, pero tiene tu mirada tranquila.

Shoko se levantó y tomó a su hijo en brazos, acunándolo contra la seda blanca de su pecho. El pequeño Suguru soltó un gorjeo y agarró una de las peinetas de Shoko.

—Hoy es el día, pequeño —susurró Shoko, besando la frente del niño—. Tu padre finalmente va a dejar de ser un soltero irresponsable.

—Bueno, eso es discutible —rio Utahime, secándose una lágrima traicionera—. Pero nunca lo he visto tan centrado como desde que naciste tú. Shoko... te ves hermosa. Suguru estaría tan orgulloso de los dos.

Shoko asintió en silencio. El recuerdo de Geto ya no era una sombra dolorosa que los perseguía en la oscuridad, sino una presencia melancólica que bendecía su unión desde el otro lado. Habían nombrado a su hijo en su honor no para aferrarse al pasado, sino para llevar su memoria hacia un futuro de luz.

—Es hora —dijo Shoko, entregándole de nuevo el bebé a Utahime—. No hagamos esperar al hombre más fuerte del mundo. Sabes que se pone impaciente si no es el centro de atención.

La ceremonia comenzó cuando el sol de la tarde bañaba el jardín con un tono dorado. La música tradicional del gagaku resonaba suavemente, mezclándose con el canto de los pájaros. Satoru estaba de pie en el altar, con la mirada fija en el sendero de pétalos de cerezo.

Cuando Shoko apareció, escoltada por el Director Yaga —quien caminaba con una solemnidad paternal—, Satoru sintió que el mundo se detenía. Había visto a Shoko en mil situaciones: cansada tras una cirugía de diez horas, fumando en la penumbra de la morgue, cubierta de sangre en el campo de batalla y acunando a su hijo en el silencio de la noche. Pero verla así, caminando hacia él para unir su vida a la suya de forma oficial, fue el golpe más fuerte que sus Seis Ojos habían procesado jamás.

El Infinito, esa barrera que siempre lo separó de todo, se sintió más innecesario que nunca.

Cuando Shoko llegó al altar, Yaga le entregó la mano a Satoru con un apretón firme.

—Cuídala, Satoru —dijo el director en un susurro—. O te construiré un cuerpo de cadáver maldito para que aprendas modales.

—Lo haré, director. Con mi vida —respondió Satoru, tomando la mano de Shoko. Sus dedos se entrelazaron con una naturalidad asombrosa.

La ceremonia sintoísta avanzó con el ritual del san-san-kudo. Satoru y Shoko compartieron las copas de sake, sellando su compromiso ante los dioses y ante sus amigos. Cada sorbo era una promesa: por los días de guerra que quedaron atrás, por la paz que habían conquistado y por el futuro que construirían juntos.

Llegó el momento de los votos. Satoru aclaró su garganta, y por un momento, el hombre que podía hablar ante miles de personas sin pestañear pareció perder el habla.

—Shoko —comenzó él, y su voz, aunque clara, vibraba con una emoción profunda—. Durante mucho tiempo, creí que mi destino era estar solo en la cima del mundo. Pensé que el precio de ser el más fuerte era el vacío. Pero tú... tú siempre estuviste ahí, en las sombras, esperándome con un café frío y una verdad amarga que me devolvía a la tierra.

Hizo una pausa, mirando a los invitados. Vio a Itadori sonriendo de oreja a oreja, a Nobara llorando abiertamente y a Megumi observando con una paz que le llenó el alma.

—No me casé contigo el día que decidimos esto —continuó Satoru—. Me casé contigo cada noche que compartimos en aquel apartamento, cada vez que buscaste mi mano en la oscuridad y cada vez que protegiste a nuestro hijo mientras yo no estaba. Hoy solo le estamos contando al mundo lo que mi corazón sabe desde hace años: que no soy nada sin ti. Eres mi ancla, mi hogar y mi única debilidad. Y prometo pasar el resto de mis días asegurándome de que nunca vuelvas a sentirte sola.

Shoko apretó sus manos. Sus ojos brillaban, pero mantuvo la compostura que siempre la caracterizó.

—Satoru —dijo ella—, eres el hombre más molesto, arrogante y egocéntrico que he conocido. Pero también eres el único que ha visto mi alma sin apartar la mirada. Me diste una razón para creer que la vida es algo más que cuerpos en una mesa de autopsias. Me diste un hijo que es el milagro más grande de mi existencia. Prometo estar a tu lado, no detrás de ti, sino hombro con hombro, para recordarte quién eres cuando el mundo intente convertirte en un dios de nuevo. Te amo, Satoru. Aunque sigas dejando tus calcetines en el sofá.

Una risa colectiva recorrió el jardín, rompiendo la solemnidad con la calidez de la camaradería.

—¡Los anillos! —anunció Yaga.

Megumi se acercó con un cojín de seda. Satoru tomó el anillo de Shoko, una banda de platino con un pequeño diamante azul que recordaba a sus propios ojos. Se lo deslizó en el dedo anular con una mano inusualmente firme. Shoko hizo lo mismo con él, colocando una banda de oro blanco sencilla pero robusta en su mano.

—Por el poder que me confiere este cargo y la bendición de los presentes —dijo Yaga—, los declaro marido y mujer. Satoru, puedes besar a la novia.

Satoru no esperó ni un segundo. Rodeó la cintura de Shoko con sus brazos y la atrajo hacia él en un beso que contenía años de deseos reprimidos, de miedos superados y de un amor que había sobrevivido al fin del mundo. Los aplausos estallaron. Itadori lanzó un puñado de pétalos al aire, gritando de alegría, mientras Nobara y Maki se abrazaban.

La celebración que siguió fue algo que el Colegio Técnico recordaría por décadas. No hubo ataques de maldiciones, ni misiones urgentes, ni sombras de traición. Fue una tarde de comida abundante, sake fluyendo libremente y risas que resonaban hasta las montañas.

Satoru caminaba entre las mesas con el pequeño Suguru sobre sus hombros. El bebé tiraba de sus cabellos blancos mientras Satoru presumía ante todos de lo rápido que el niño estaba aprendiendo a reconocer la energía maldita.

—¡Mira eso, Itadori! —decía Satoru—. ¡Ha intentado hacer un pequeño "Azul" con su puré de zanahoria! Es un genio, te lo digo.

—¡Seguro que sí, Sensei! —reía Yuji, chocando su copa con la de Satoru—. ¡Pero no le enseñes a destruir la cocina todavía, o Shoko-san nos matará a los dos!

En un rincón más tranquilo, Shoko observaba la escena sentada junto a Nanami e Utahime. Se había quitado el pesado tocado de novia y disfrutaba de una copa de vino.

—¿Cómo se siente, Shoko? —preguntó Nanami, con una rara sonrisa relajada—. Finalmente es oficial.

—Se siente... correcto —respondió ella, mirando hacia donde Satoru jugaba con el bebé—. Durante mucho tiempo sentí que estábamos viviendo en un tiempo prestado. Pero hoy, por primera vez, siento que el tiempo nos pertenece. Que podemos planear el mañana sin miedo a que el mundo se acabe esta noche.

—Te lo mereces —dijo Utahime, brindando con ella—. Ambos se lo merecen. Después de lo de Geto... después de Shibuya... verlos así es la prueba de que ganamos. No solo la guerra, sino el derecho a ser felices.

La noche cayó sobre Tokio, pero la fiesta continuó bajo la luz de los farolillos de papel. Satoru se acercó a Shoko y le ofreció la mano.

—¿Me concedes este baile, señora Gojo? —preguntó con una reverencia exagerada.

—Solo si prometes no usar el Infinito para flotar sobre la pista —replicó ella, aceptando su mano.

Se movieron lentamente al ritmo de una melodía suave que sonaba de fondo. El mundo a su alrededor se volvió borroso; solo existían el calor del cuerpo del otro y el latido rítmico de sus corazones. Satoru apoyó su frente contra la de Shoko.

—¿Estás feliz? —susurró él.

—Estoy en paz, Satoru. Y contigo, eso es más que suficiente —respondió ella.

Satoru la besó de nuevo, un beso lento y dulce que sabía a vino y a promesas cumplidas. Ya no era el hombre más fuerte por su poder destructivo; era el más fuerte porque tenía algo que proteger que no dependía de su energía maldita. Tenía un hogar en los brazos de Shoko y un futuro en la risa de su hijo.

—Sabes —dijo Satoru mientras bailaban—, estaba pensando que la casa se siente un poco vacía solo con nosotros tres. Tal vez el año que viene...

—Ni se te ocurra, Satoru —lo interrumpió Shoko con una sonrisa juguetona—. Déjame disfrutar de este matrimonio al menos veinticuatro horas antes de que empieces a planear un equipo de béisbol completo.

—¡Solo decía! —rio él, estrechándola más fuerte—. Pero tienes razón. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Y así, bajo el cielo estrellado de una primavera que prometía no terminar nunca, Satoru Gojo y Shoko Ieiri celebraron el inicio de su nueva vida. El camino no había sido fácil, y las cicatrices del pasado siempre estarían ahí, pero en ese jardín, rodeados de las personas que amaban, comprendieron que el amor no era una debilidad que los hacía vulnerables, sino la técnica definitiva que los hacía invencibles.

La soledad del infinito había muerto. En su lugar, nació la calidez de una familia que, contra todo pronóstico, había aprendido a florecer en medio de las cenizas. Y mientras la luna observaba desde lo alto, el hechicero más fuerte del mundo finalmente cerró los ojos y, por primera vez en su vida, se permitió simplemente ser feliz.