El Indicado
Reasignación de Activos Emocionales
El interior del Rolls-Royce Phantom negro era un santuario de silencio y cuero caro. El tráfico de Tokio se deslizaba por las ventanillas tintadas como un río de luces borrosas, un mundo distante y ajeno. Normalmente, Kaguya Shinomiya utilizaría este tiempo para repasar sus estudios, planificar las actividades del consejo estudiantil o, más frecuentemente, para analizar y regodearse de las batallas del día contra Miyuki Shirogane.
Hoy, sin embargo, estaba inmóvil, con las manos perfectamente cruzadas sobre su regazo. Su mirada estaba perdida en la distancia, pero no veía el paisaje urbano. Veía la punta de una oreja sonrojada asomando bajo un mechón de cabello negro. Veía un par de ojos oscuros que la miraban con una mezcla de pánico y sorpresa. Revivía, en un bucle mental exquisito, la fracción de segundo en que sus dedos habían rozado los suyos al pasarle la taza de té.
Una descarga eléctrica. Una confirmación. Un sentimiento tan cálido y abrumador que casi la asustaba.
A su lado, Ai Hayasaka mantenía su postura profesional. Uniforme impecable, expresión neutra, teléfono en mano, gestionando discretamente el imperio logístico que era la vida diaria de Kaguya. Pero sus ojos azules, agudos y observadores, no se perdían el extraño estado de su señora. Kaguya no estaba tramando. No estaba furiosa. No estaba frustrada. Estaba… radiante. De una manera sutil, casi imperceptible para cualquiera que no la conociera tan íntimamente como ella, Kaguya Shinomiya estaba flotando en una nube. Y eso era más alarmante que cualquiera de sus habituales maquinaciones.
—La cena con los inversores franceses ha sido reprogramada para el próximo martes —informó Hayasaka, rompiendo el silencio con su tono eficiente—. Su padre solicita su presencia. He preparado un informe sobre sus perfiles y posibles temas de conversación.
Kaguya parpadeó, volviendo lentamente a la realidad.
—Gracias, Hayasaka. Asegúrate de que el chef prepare el menú que sugerí. Y nada de caracoles, los franceses siempre asumen que nos gustan los caracoles.
—Ya está gestionado, señorita.
Silencio de nuevo. Kaguya se giró ligeramente en su asiento para mirar a su asistente personal. La miró de verdad, no como a una herramienta o a una empleada, sino como a su más antigua y única confidente. La única persona en el mundo a la que podía revelarle las operaciones secretas que se libraban en su corazón.
—Hayasaka.
—¿Señorita?
Kaguya respiró hondo, enderezando la espalda. Su voz, cuando habló, era firme y solemne, como la de un general a punto de anunciar un cambio radical en el curso de una guerra.
—Nuevo objetivo. Ahora.
La frase quedó suspendida en el aire acondicionado del coche. Hayasaka ni siquiera levantó la vista de su teléfono. Sus dedos siguieron tecleando a la velocidad del rayo.
—Entendido. ¿Ha encontrado una nueva vulnerabilidad en el Presidente? ¿Una debilidad psicológica que podamos explotar? Podríamos filtrar un rumor falso sobre una edición limitada de café de Kenia que solo se vende en un local al otro lado de la ciudad para agotar sus recursos de cara a los exámenes. O…
—No —la interrumpió Kaguya, su tono cortante pero no enfadado—. El Presidente Shirogane ya no es el objetivo.
Los dedos de Hayasaka se detuvieron a mitad de una palabra. Lentamente, muy lentamente, levantó la cabeza. Su rostro era una máscara de profesionalismo impasible, pero sus ojos azules se entrecerraron una fracción de milímetro. Un microgesto que para Kaguya equivalía a un grito de asombro.
—¿Disculpe? —preguntó Hayasaka, su voz peligrosamente neutra—. Creo que no he oído bien. ¿Ha dicho que el Presidente… ya no es el objetivo?
—Has oído perfectamente —confirmó Kaguya, disfrutando un poco del desconcierto de su asistente—. La Operación «Hacer que el Presidente Confiese» ha sido archivada. Estatus: indefinidamente suspendida.
Hayasaka procesó la información. Su cerebro, entrenado para analizar situaciones complejas y prever contingencias, se encontró con una pantalla azul de error fatal. La guerra con Shirogane no era solo una actividad; era el principio organizador del universo de Kaguya. Eliminarlo era como quitar el sol del sistema solar. Todo se vendría abajo.
—Señorita Kaguya —comenzó Hayasaka, eligiendo sus palabras con el cuidado de un artificiero desactivando una bomba—, con el debido respeto, ¿ha sufrido usted algún tipo de trauma craneoencefálico recientemente? ¿Ha consumido por accidente alguna de las creaciones culinarias de la Secretaria Fujiwara? ¿Quizás el té de hoy contenía alguna sustancia psicotrópica no declarada?
—Mi salud es perfecta y el té era exquisito —replicó Kaguya, una sonrisa enigmática jugando en sus labios—. Simplemente, mis prioridades han cambiado. La guerra se había vuelto… monótona. Predecible. He decidido reasignar mis activos emocionales a un frente más… prometedor.
Hayasaka parpadeó. Reasignación de activos emocionales. Solo Kaguya podía describir el amor de una forma tan corporativa y desapegada.
—¿Un nuevo frente? ¿Un nuevo objetivo? ¿Quién podría…? —Hayasaka se detuvo. Su mente recorrió la lista de posibles candidatos en la Academia Shuchiin. Nadie se acercaba ni remotamente a las especificaciones del Presidente. Nadie era digno de ser el rival de Kaguya Shinomiya. A menos que… no, era imposible. Ridículo. Absurdo—. No puede ser.
—Veo que tu capacidad de deducción sigue siendo impecable —dijo Kaguya, su sonrisa ensanchándose.
—No. Me niego a creerlo —Hayasaka guardó el teléfono y se giró por completo para encarar a su señora, su máscara de neutralidad resquebrajándose por primera vez—. No puede estar hablando de él. Es logísticamente improbable. Estratégicamente deficiente. Es… un despropósito.
—El nuevo objetivo —declaró Kaguya, saboreando cada sílaba— es el Tesorero del Consejo Estudiantil. Yu Ishigami.
El silencio que siguió fue tan denso que pareció absorber todo el sonido del interior del coche. El rostro de Hayasaka pasó por varias etapas de incredulidad en rápida sucesión: confusión, negación, estupefacción y, finalmente, un gesto de puro y absoluto rechazo. Era la misma cara que pondría si Kaguya le anunciara que iba a donar toda su fortuna para financiar una granja de hormigas en la Antártida.
—Señorita Kaguya.
—Hayasaka.
—Permítame que lo analice desde una perspectiva puramente objetiva —dijo Hayasaka, adoptando el tono de una consultora de gestión presentando una evaluación de riesgos—. Objetivo Anterior: Miyuki Shirogane. Especificaciones: Presidente del Consejo Estudiantil, número uno académico de la nación, políglota, disciplinado hasta un nivel inhumano, respetado por todo el alumnado, futuro asegurado en Stanford. Un objetivo de Rango SSS+. Un jefe final de dificultad legendaria. Admirable, desafiante. Una conquista digna del nombre Shinomiya.
Hizo una pausa dramática, como si necesitara prepararse para lo que venía a continuación.
—Nuevo Objetivo: Yu Ishigami. Especificaciones: Tesorero. Rango académico… fluctuante, por ser generosos. Conocido en la academia principalmente por un escándalo de secundaria y su actitud pesimista. Su principal habilidad es la de completar niveles en videojuegos. Su aspiración vital declarada es «irse a casa». No tiene un futuro claro, su meta más probable es convertirse en un «vago profesional» o, con suerte, en crítico de videojuegos. Pasamos de un diamante de talla mundial a… con todo respeto, una roca de jardín.
La crítica fue brutal, precisa y, en la superficie, completamente cierta. Kaguya no se inmutó. Escuchó pacientemente, con la serenidad de quien ya ha considerado todos esos puntos y los ha descartado.
—No niego nada de lo que has dicho, Hayasaka. Tu análisis de la superficie es, como siempre, impecable.
—¿De la superficie? —replicó Hayasaka, su voz teñida de exasperación—. ¡Señorita, no hay mucho más que superficie! ¡Es lo que hay! ¡Un chico sombrío, inseguro y socialmente inepto!
—Ahí es donde te equivocas —dijo Kaguya, su voz volviéndose más suave, más intensa—. Lo que tú ves como defectos, yo he empezado a verlo bajo una luz diferente.
Se reclinó en el asiento, su mirada volviendo a perderse a través de la ventanilla.
—Dices que es académicamente fluctuante. Yo digo que es un genio perezoso. Le ayudé a estudiar para los exámenes finales, ¿recuerdas? Su capacidad para absorber y procesar información, una vez que se concentra, es aterradora. Está a la par con el Presidente. Simplemente no tiene la motivación para aplicarla constantemente. Pero el potencial… el potencial es inmenso.
Hayasaka frunció el ceño. Recordaba los informes. El salto de Ishigami en las clasificaciones había sido anómalo. Había asumido que era un golpe de suerte.
—Dices que es sombrío y pesimista —continuó Kaguya—. Y yo te pregunto, ¿por qué? Tú conoces su historia. Yo la conozco. Fue traicionado por la chica que intentaba proteger. Fue condenado al ostracismo por toda una escuela por hacer lo correcto. Soportó el odio, el desprecio y la humillación durante meses. La mayoría de la gente se habría roto. Habrían cambiado de escuela, habrían sucumbido a la desesperación. Pero él no. Siguió viniendo. Siguió aguantando. Sigue aquí, entre nosotros.
La voz de Kaguya se cargó de una emoción que Hayasaka rara vez escuchaba: una admiración genuina y profunda.
—Ese pesimismo no es debilidad, Hayasaka. Es una armadura. Una forjada en el fuego de la injusticia. ¿Te imaginas la fortaleza mental que se necesita para no desmoronarse bajo esa presión social? ¿Para seguir adelante, día tras día, creyendo que todo el mundo te odia? El Presidente Shirogane es fuerte porque lucha para ser el mejor. Ishigami-kun es fuerte porque ha sobrevivido a lo peor. Es una clase de fuerza diferente. Una más silenciosa, más resistente. Más… admirable.
Hayasaka se quedó en silencio. La perspectiva de Kaguya era… inesperada. Siempre había visto a Ishigami como una víctima, un caso lamentable. Nunca había considerado su supervivencia como un acto de fuerza.
—Y su corazón… —susurró Kaguya, casi para sí misma—. A pesar de todo, sigue siendo increíblemente amable. Se enfrentó a toda la escuela para defender a Miko Iino en las elecciones. Se entrenó hasta el agotamiento por el equipo de animadores, solo para no decepcionarlos. Incluso… se enfrentó a la hermana del Presidente por mí. Me defendió. Sin que nadie se lo pidiera. Sin esperar nada a cambio.
Kaguya se giró de nuevo hacia Hayasaka, y sus ojos rojos brillaban con una convicción inquebrantable.
—Me he pasado meses librando una guerra por el control, la dominación y el orgullo con el Presidente. Era emocionante, sí. Pero era una batalla de intelectos. Con Ishigami-kun… no siento la necesidad de luchar contra él. Siento la necesidad de protegerlo. De desmantelar esa armadura pieza por pieza, no para derrotarlo, sino para que pueda respirar. Quiero verle sonreír sin miedo. Quiero demostrarle que el mundo no es tan horrible como él cree.
Terminó su discurso, dejando el aire cargado de su pasión recién descubierta. Hayasaka la observó durante un largo momento, su mente analítica trabajando a toda velocidad, intentando encajar esta nueva y extraña variable en la ecuación que era Kaguya Shinomiya.
La lógica era defectuosa. El objetivo era subóptimo. La misión era sentimental y poco práctica.
Pero la mirada en los ojos de Kaguya… esa era irrefutable. No era un capricho. Era un cambio fundamental. La Kaguya que tenía delante ya no era la estratega de la guerra fría amorosa. Se estaba convirtiendo en otra cosa.
Finalmente, Hayasaka dejó escapar un largo y profundo suspiro. El suspiro de alguien que ha aceptado que su jefa ha decidido invertir en una startup con un plan de negocio basado en la cría de unicornios.
—Entendido —dijo, su tono volviendo a ser profesional, aunque con un matiz de resignación—. Objetivo anterior: Miyuki Shirogane. Estatus: archivado. Nuevo objetivo: Yu Ishigami. Estatus: activo.
Recogió su teléfono de nuevo, sus dedos ya preparados para crear una nueva carpeta de operaciones.
—¿Parámetros de la misión? ¿Inducción de confesión amorosa mediante tácticas de choque y pavor, como es habitual?
—No —dijo Kaguya, y su sonrisa ahora era suave, desprovista de cualquier malicia o estrategia de combate—. La misión es diferente esta vez. El nombre en clave es «Operación: Iluminar el Mundo de Ishigami».
Hayasaka levantó una ceja.
—Un poco poético para mi gusto. Lo registraré como «Operación: Rehabilitación del Activo Depresivo».
—Como quieras, Hayasaka —rió Kaguya, un sonido genuino y ligero.
—Entonces, ¿el objetivo principal no es la confesión? —preguntó Hayasaka, tecleando.
—No. El objetivo principal es su felicidad. Su confianza. La confesión… —Kaguya miró por la ventanilla, una leve rojez coloreando sus mejillas—. Será una consecuencia deseable. Un bonus de misión, si quieres.
Hayasaka detuvo su escritura por un segundo, una casi imperceptible sonrisa tirando de la comisura de sus labios.
—Bueno —murmuró—, supongo que este objetivo es más fácil. Unas cuantas palabras amables, un videojuego de edición limitada y probablemente se derrita como la mantequilla. Mucho menos complicado que tratar con el orgullo estratosférico del Presidente y su fobia a pedir ayuda. Quizás pueda tomarme unas vacaciones.
—No te confíes, Hayasaka —advirtió Kaguya, aunque su tono era juguetón—. Ishigami-kun es como un animalito herido. Un movimiento en falso y huirá para no volver. Requerirá paciencia, sutileza y una comprensión profunda de su psicología.
—Entendido. Comienzo el análisis de perfil de Yu Ishigami de inmediato —declaró Hayasaka, su eficiencia habitual tomando el control—. Necesitaré acceso completo a sus registros académicos, historial de navegación de internet de los últimos tres años, suscripciones a servicios de streaming, lista de compras online, y un desglose completo de sus videojuegos favoritos con sus respectivos 'tier lists' de personajes y 'waifus'.
—Te enviaré los datos que ya tengo —respondió Kaguya sin dudarlo.
—¿Ya tiene datos? —preguntó Hayasaka, sorprendida.
—Por supuesto. Una buena estratega siempre estudia el terreno antes de planificar una campaña —dijo Kaguya, como si fuera lo más obvio del mundo.
Hayasaka simplemente asintió, aceptando su destino. Su señora se había enamorado de la persona más improbable de la academia, pero al menos lo estaba haciendo al más puro estilo Shinomiya: con una planificación exhaustiva y recursos ilimitados.
El coche se detuvo suavemente frente a la imponente entrada de la mansión Shinomiya. Kaguya no se movió de inmediato. Se quedó mirando la puerta, pero su mente estaba de vuelta en la pequeña sala del consejo estudiantil.
Pensó en la expresión de Shirogane cuando rechazó su oferta del paraguas. Era la cara de un rival que había perdido una escaramuza. Predecible. Familiar.
Luego, pensó en la expresión de Ishigami cuando le ofreció el té. El pánico inicial, la sospecha, la curiosidad, y finalmente, ese rubor avergonzado que intentaba ocultar desesperadamente. Era un territorio nuevo, inexplorado y mil veces más fascinante.
La guerra no había terminado. Se había transformado. Ya no era un ajedrez donde buscaba el jaque mate. Ahora era… un juego de cuidado de jardines. Su objetivo era una planta rara y delicada que había crecido en la oscuridad, y su misión era proporcionarle la luz del sol, el agua y los nutrientes necesarios para que floreciera.
Una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo que no era un arma o una máscara, se dibujó en el rostro de Kaguya Shinomiya.
Sí, esto era mucho mejor que la guerra. Esto era una misión de rescate. Y ella estaba más que preparada para liderarla.