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el legado de la magia

El Banquete de las Sombras y el Espejo del Destino

La primera noche de Rose en Hogwarts fue, según sus propias palabras en la carta que llegó tres días después, una mezcla entre un sueño febril y un examen de resistencia. Harry leyó la misiva sentado en el desayunador de Malfoy Manor, mientras Draco intentaba convencer al pequeño Leo de que las papillas de frutas eran mucho más interesantes que morder el borde de la mesa de caoba.

— Escucha esto, Draco —dijo Harry, con una sonrisa que iluminaba sus ojos esmeralda—. Dice que el Sombrero Seleccionador estuvo a punto de enviarla a Ravenclaw por su "lógica aplastante", pero que al final gritó ¡Gryffindor! con tanta fuerza que casi ensordece a Hagrid, que estaba sentado cerca.

Draco soltó un suspiro dramático, aunque Harry pudo ver el destello de diversión en sus ojos grises.

— Una tragedia para la elegancia, Potter. Otra leona en la familia. Scorpius me escribió diciendo que Albus intentó sobornar al Sombrero con un galeón para que Rose fuera a Slytherin, pero parece que el viejo trapo tiene más integridad que nuestro hijo.

— James está encantado —continuó Harry, doblando el pergamino—. Dice que Rose ya se ha enfrentado a un grupo de tercer año que intentó burlarse de su apellido. Al parecer, les lanzó un hechizo de crecimiento capilar tan potente que tuvieron que llevarlos a la enfermería para que les trenzaran las barbas.

Draco enarcó una ceja, impresionado.

— Eso es ingenioso. Un Dursley con el temperamento de un Malfoy y la puntería de un Potter. El mundo mágico no sabe lo que le espera.

***

Punto de vista de Sarah

Para Sarah, la casa en Surrey se sentía extrañamente silenciosa. Sin el constante correteo de Rose y sus pequeñas explosiones de magia accidental, el número 4 de Privet Drive (donde se habían mudado tras la muerte de los padres de Dudley para intentar "limpiar" el aura del lugar) parecía un mausoleo de la normalidad.

— ¿Crees que estará comiendo bien? —preguntó Sarah mientras preparaba la cena—. Harry dijo que la comida allí es... abundante, pero me preocupa que solo coma dulces de esos que saltan.

Dudley, que estaba sentado en el sofá leyendo un manual sobre "Cómo entender a tu hijo adolescente mágico", levantó la vista. Se veía más tranquilo que en años, como si el hecho de que Rose ya estuviera en la escuela le hubiera quitado un peso de encima.

— Sarah, si sobrevive a las escaleras que se mueven y a los fantasmas que atraviesan las paredes, creo que podrá manejar un pudín de Yorkshire —dijo Dudley con una risita—. Además, James la cuida. Harry me envió un mensaje esta mañana diciendo que James la llevó a ver el campo de Quidditch. Dice que Rose tiene los ojos puestos en la posición de buscador.

Sarah se sentó frente a él, dejando el cuchillo de cocina a un lado.

— Dudley... ¿alguna vez pensaste que terminaríamos así? Enviando cartas por lechuza y preocupándonos por si nuestra hija se convierte en una jugadora estrella de un deporte que se juega en escobas.

Dudley tomó la mano de su esposa. Sus dedos eran gruesos, pero su toque era suave.

— Nunca. Pero cuando miro las fotos que Harry nos dio, las de su familia... veo algo que nosotros no tuvimos. Veo libertad. Rose es libre de ser lo que quiera ser. Si eso significa volar a cien kilómetros por hora tras una pelota dorada, que así sea.

***

Punto de vista de Harry

Dos semanas después, Harry recibió una invitación inusual. No era del Ministerio ni de Gringotts, sino de la propia Minerva McGonagall. Al parecer, Rose y Albus se habían metido en un "pequeño malentendido" que involucraba el despacho de la directora y un espejo antiguo.

Cuando Harry llegó a Hogwarts, el castillo lo recibió con el calor familiar de mil velas y el olor a piedra antigua. Al entrar en el despacho de la directora, se encontró con una escena peculiar.

Rose estaba sentada en una silla alta, con el uniforme de Gryffindor ligeramente desordenado. A su lado, Albus Potter-Malfoy miraba al suelo con una expresión de culpabilidad que Harry conocía demasiado bien: era la misma que ponía Draco cuando rompía algo caro y fingía que había sido el viento.

— Señor Potter —saludó McGonagall, cuyos ojos brillaban tras sus gafas cuadradas—. Gracias por venir. Su esposo, el Sr. Malfoy, me informó que estaba atendiendo un asunto en la Mansión, así que espero que usted pueda manejar esto.

— ¿Qué ha pasado, Minerva? —preguntó Harry, mirando a los niños—. ¿Están bien?

— Físicamente, sí —respondió la directora, señalando un objeto cubierto con una tela pesada en la esquina del despacho—. Sin embargo, parece que la curiosidad de la Srta. Dursley y el ingenio del Sr. Potter-Malfoy los llevaron a descubrir el Espejo de Oesed, que estaba siendo trasladado a los sótanos para su almacenamiento seguro.

Harry sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El Espejo de Oesed. El objeto que le había mostrado a sus padres cuando no eran más que sombras.

— ¿Lo mirasteis? —preguntó Harry con voz suave, acercándose a los niños.

Albus asintió lentamente.

— No queríamos romper nada, papá. Solo... Rose quería saber si el espejo funcionaba como las fotos de tu libro.

Rose levantó la vista. Sus ojos verdes estaban llenos de una sabiduría que no pertenecía a una niña de once años.

— Tío Harry —susurró Rose—, vi a mi abuela. A la tuya también. Estaban juntas. Me sonrieron. Pero luego... vi a mi papá y a mi mamá. Estaban aquí, en el castillo, vestidos con túnicas largas. Parecían... felices de estar en este mundo.

Harry sintió un nudo en la garganta. El deseo de Rose no era el poder ni la gloria, sino la integración total de su familia muggle en su nuevo mundo.

— Es un espejo peligroso, Rose —dijo Harry, poniéndose a su altura—. Nos muestra lo que más deseamos, pero no nos da la realidad. Tu padre y tu madre te aman tal como eres, y aunque no puedan usar túnicas mágicas, su amor por ti es la magia más real que existe.

— Lo sé —dijo Rose, y una pequeña sonrisa apareció en su rostro—. Pero en el espejo, papá tenía una varita y estaba haciendo chispas de colores para hacerme reír. Fue bonito verlo así, aunque solo fuera un momento.

Harry miró a Albus.

— ¿Y tú, Al? ¿Qué viste?

Albus se encogió de hombros, con las mejillas ligeramente sonrojadas.

— Te vi a ti y a mi padre Draco. Estábais en el jardín de casa, viejos y arrugados, pero seguíais dándoos la mano. Y todos nosotros estábamos allí. Los siete. Y Rose también. Éramos un montón de gente, papá. Tanta que el espejo casi no podía sacarnos a todos.

Harry sonrió y revolvió el cabello de su hijo. El deseo de Albus era la permanencia, la seguridad de una familia que nunca se desmoronaría.

— Minerva, lamento las molestias —dijo Harry, levantándose—. Me aseguraré de que hablen con Draco sobre la importancia de no tocar artefactos mágicos de clase cinco sin supervisión.

— Oh, dudo que el Sr. Malfoy sea muy estricto con ellos, Harry —comentó McGonagall con una sonrisa pícara—. Recuerdo perfectamente sus propias andanzas por estos pasillos.

***

Punto de vista de Dudley

Ese fin de semana, Harry y Draco invitaron a Dudley y Sarah a una cena privada en la mansión. Querían celebrar el primer mes de Rose en la escuela.

— Dudley —dijo Harry mientras caminaban por el jardín después de la cena—, Rose vio algo en el colegio. Un espejo que muestra los deseos del corazón.

Dudley se detuvo frente a un rosal que brillaba con una luz plateada.

— ¿Y qué vio?

— Te vio a ti. Con una varita. Siendo parte de todo esto de una manera más... activa.

Dudley guardó silencio por un largo momento. El viento soplaba suavemente, agitando las hojas de los árboles.

— Sabes, Harry —comenzó Dudley—, a veces, cuando veo a Rose irse en ese tren, o cuando veo a Draco hacer un hechizo sencillo para encender las velas, siento una punzada. No es envidia de la mala, es más bien... una sensación de haber llegado tarde a una fiesta maravillosa.

— Nunca es tarde para ser parte de ella, Dudley —dijo Harry con firmeza—. No necesitas una varita para ser parte de nuestro mundo.

— Lo sé. Y por eso he decidido algo. Sarah y yo hemos estado hablando. Queremos abrir una sección en mi empresa de logística... algo que sirva de puente. Harry, hay muchos niños como Rose que nacen en familias como la mía y que no tienen a un "Tío Harry" que los guíe. Sus padres están aterrorizados.

Harry miró a su primo con asombro. Dudley Dursley, el chico que solía romper juguetes por diversión, quería crear un sistema de apoyo para familias de magos nacidos de muggles.

— Es una idea increíble, Dudley —dijo Harry, y realmente lo sentía—. Draco tiene contactos en el Ministerio que podrían ayudar con la parte legal. Podríamos crear una especie de centro de orientación.

— Quiero que Rose esté orgullosa de mí —confesó Dudley—. No quiero ser solo el padre que no entiende sus deberes de pociones. Quiero ser el padre que ayudó a que otros niños como ella no tuvieran que crecer con miedo.

***

Punto de vista de Draco

Draco observaba la escena desde la ventana del piso superior, mientras mecía a Leo en sus brazos. Ver a Harry y Dudley hablando en el jardín, dos hombres que una vez fueron enemigos por naturaleza y crianza, le daba una extraña sensación de triunfo.

— Mira eso, Leo —susurró Draco al bebé—. Ese hombre de ahí abajo, el que parece un armario con patas, es tu tío. Y tiene más valor que muchos purasangres que he conocido.

Leo soltó un pequeño gorjeo y agarró un mechón del largo cabello blanco de Draco.

— Sí, lo sé —rio Draco suavemente—. Tú también serás un puente, pequeño. Con siete hermanos y una prima Gryffindor, vas a tener mucho trabajo manteniendo la paz.

En ese momento, la puerta de la habitación se abrió y las gemelas, Lily y Narcissa, entraron corriendo, seguidas por Scorpius.

— ¡Padre! —exclamó Narcissa—. ¡James ha enviado una lechuza! ¡Dice que Rose ha sido seleccionada como buscadora de reserva para el equipo de Gryffindor! ¡Es la primera de primer año en décadas, después del tío Harry!

Draco sintió una punzada de orgullo aristocrático mezclado con una resignación divertida.

— Bueno —dijo Draco, mirando al techo como si buscara paciencia—, parece que tendremos que comprar otra escoba de competición. Y esta vez, que sea roja. No podemos permitir que una Malfoy... o una Dursley emparentada con nosotros, vuele en algo de segunda mano.

— ¡Pero papá! —protestó Scorpius—. ¡Gryffindor ganará la copa si ella es tan buena como dicen!

— Scorpius, querido —dijo Draco, dándole el bebé a Narcissa con cuidado—, en esta familia, lo que importa no es quién gane la copa, sino que todos estemos en el campo para verlo. Además, si Rose gana, podré restregárselo a Blaise Zabini en la próxima reunión del club.

***

Punto de vista de Harry

La noche terminó con todos reunidos en el salón principal. Sarah estaba sentada con las gemelas, enseñándoles un juego de cartas muggle que parecía fascinarlas, mientras Dudley y Draco discutían seriamente sobre la eficiencia de las lechuzas frente a los servicios de mensajería urgente.

Harry se quedó un momento al margen, observando la escena. Siete hijos. Una casa llena de risas, magia y, sobre todo, aceptación. Pensó en sus padres, en Sirius, en Remus... en todos los que se habían ido para que este momento fuera posible.

Se acercó a la chimenea y arrojó un poco de polvos flu.

— ¡Hogwarts, despacho de la directora! —exclamó.

La cabeza de la profesora McGonagall apareció entre las llamas verdes.

— ¿Ocurre algo, Harry?

— No, Minerva. Solo quería pedirte un favor. Para las vacaciones de Navidad, me gustaría que permitieras que Rose traiga a un amigo nacido de muggles que no tenga a dónde ir. Queremos abrir las puertas de la Mansión para ellos también.

McGonagall sonrió, y Harry pudo jurar que vio una lágrima brillar en los ojos de su antigua profesora.

— Es una iniciativa excelente, Harry. El mundo está cambiando, y me alegra ver quién lidera ese cambio.

Harry cortó la conexión y sintió la mano de Draco en su hombro.

— ¿Planeando más caos, Potter? —preguntó Draco con una sonrisa ladeada.

— Solo expandiendo la familia, Draco. Como siempre.

— Bueno —suspiró Draco, atrayendo a Harry hacia él—, mientras no traigas a un hipogrifo a vivir en el salón, creo que podré manejarlo.

Se besaron suavemente, un beso que sabía a años de historia compartida y a la promesa de un futuro sin sombras. Afuera, la luna iluminaba los terrenos de Malfoy Manor, y en algún lugar de los cielos de Escocia, una niña llamada Rose Dursley volaba sobre una escoba, sintiéndose, por primera vez en su vida, completamente en casa. El legado de los Potter y los Malfoy no era solo la sangre o el poder, sino la capacidad de transformar el miedo en familia, y ese era un hechizo que nadie, ni siquiera el tiempo, podría romper.