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El Lobo Blanco y el Fuego de DunBroch

Entre Sarcasmo, Barro y un Destino de Ojos Amarillos

El amanecer en el bosque de las tierras fronterizas no llegó con el canto de los pájaros, sino con el sonido metálico de Geralt afilando su espada y las quejas rítmicas de Jaskier, que intentaba desenredar un nudo de su bardo-atuendo con la misma desesperación con la que un náufrago se aferra a un madero. El aire aún olía a la lucha de la noche anterior: una mezcla de ozono, sangre de sumergido y la fragancia floral, casi fuera de lugar, que emanaba de las cuatro mujeres que ahora formaban su séquito no deseado.

Leyre se despertó de golpe, con un rizo pelirrojo pegado a la mejilla y la mano buscando instintivamente el puñal en su bota. Al ver la silueta imponente del brujo recortada contra la luz grisácea de la mañana, su corazón dio un vuelco que nada tenía que ver con el miedo y todo que ver con esa tensión eléctrica que la consumía por dentro. Se levantó con la agilidad de la bailarina que era, estirando sus extremidades con una elegancia que hizo que Geralt, por un brevísimo segundo, detuviera el movimiento de la piedra de afilar sobre el acero.

—¿Disfrutando de las vistas, mutante? —soltó Leyre, con la voz ronca por el sueño y cargada de una confianza que era puramente defensiva.

Geralt ni siquiera levantó la cabeza, aunque sus ojos amarillos brillaron bajo el flequillo blanco.

—Vigilo que no te rompas un tobillo antes de que empecemos a caminar —respondió él con su habitual gruñido—. Serías un lastre difícil de cargar cuesta arriba.

—¡Oh, por favor! —intervino Robin, que ya estaba de pie sacudiendo su manta con una energía envidiable—. Si Leyre se rompe un tobillo, probablemente te obligaría a llevarla a cuestas mientras te recita todos los poemas que Jaskier ha escrito y que tú odias. Eso sí sería una tortura de las que te gustan, ¿verdad, Lobo Blanco?

Enola, que estaba sentada sobre una piedra examinando un mapa de cuero que le había "prestado" a un explorador semanas atrás, ni siquiera levantó la vista.

—En realidad —dijo Enola, ajustándose una pequeña lupa—, dadas las dimensiones de Geralt y la estructura ósea de Leyre, el transporte sería físicamente eficiente, aunque emocionalmente catastrófico. La probabilidad de que terminaran matándose antes de llegar al siguiente pueblo es de un noventa y ocho por ciento.

—¿Y el otro dos por ciento? —preguntó Wendy, acercándose con una sonrisa enigmática mientras trenzaba su cabello.

—Ese dos por ciento implica que se quedarían en silencio porque estarían demasiado ocupados... bueno, digamos que el silencio no siempre es falta de actividad —concluyó Enola con una sonrisa cargada de sarcasmo ácido.

Leyre sintió que el calor le subía por el cuello, volviendo su piel aún más rosada bajo sus pecas.

—¡Cállate, Enola! —exclamó la princesa, lanzándole una ramita—. No hay nada de qué hablar. Este hombre es un bloque de hielo con armadura y yo tengo mejores cosas que hacer que preocuparme por su... eficiencia.

—¡Exacto! —gritó Jaskier desde el otro lado del campamento, logrando finalmente ponerse la bota—. ¡Mi hermana tiene estándares! ¡Realeza, Geralt! ¡Sangre azul! ¡No se mezcla con... con... con lo que sea que tú seas esta mañana! ¡Aunque admito que hacéis una pareja visualmente impactante, como un volcán tratando de derretir un glaciar!

Geralt se puso de pie con una lentitud amenazadora. Guardó la espada en la vaina de su espalda y se acercó al grupo. Su presencia parecía encoger el espacio a su alrededor. Se detuvo frente a Leyre, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. El olor a cuero y salvia la golpeó de nuevo, haciéndola sentir pequeña y, al mismo tiempo, más viva que nunca.

—El volcán está haciendo demasiado ruido —dijo Geralt, bajando la voz hasta que solo ella pudo sentir la vibración—. Recoged vuestras cosas. Tenemos que cruzar el paso antes de que los soldados de Nilfgaard decidan que este bosque es un buen lugar para una emboscada.

—No recibo órdenes de tipos que no usan jabón —replicó Leyre, aunque sus manos temblaban ligeramente de pura anticipación.

Geralt se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal de una manera que hizo que Jaskier soltara un gemido de angustia fraternal.

—Uso jabón, princesa. Pero sospecho que tú prefieres el olor a peligro.

Dicho esto, pasó por su lado, rozando su cadera con la suya con una fuerza deliberada que dejó a Leyre sin aliento. Ella se quedó allí, plantada en el barro, con los puños cerrados y una expresión que oscilaba entre el deseo de apuñalarlo y el de besarlo hasta que el mundo dejara de girar.

—Bueno —susurró Robin, acercándose a su amiga—, eso ha sido... intenso. Incluso para ti, que una vez le tiraste un plato de gachas al embajador de Francia.

—Es un imbécil —masculló Leyre, empezando a recoger su morral con movimientos bruscos—. Un mutante, grosero, maleducado e insoportable.

—Y tiene unos hombros que podrían sostener el peso de todo el Clan DunBroch —añadió Wendy con una risita—. Vamos, Leyre. Admítelo. Te gusta que no te tenga miedo.

El grupo se puso en marcha. El camino era estrecho y empinado, una cicatriz de tierra que ascendía hacia las montañas. Jaskier intentó amenizar la marcha con una nueva canción sobre una princesa y un lobo, pero Geralt lo amenazó con tirar su laúd por un barranco si mencionaba la palabra "destino" una vez más.

—Es que no lo entiendes, Geralt —decía Jaskier, trotando para alcanzar el paso largo del brujo—. No es solo que necesitemos protección. Es que Leyre... ella no es como las demás. Está huyendo de un matrimonio concertado, de una guerra, de las expectativas de nuestra madre... ¡Es un espíritu libre! ¡Como yo!

—Tú eres un parásito con talento para las rimas —gruñó Geralt—. Ella es...

Se detuvo a mitad de la frase, mirando de reojo hacia atrás. Leyre caminaba unos metros por detrás, riendo con Robin por algo que Enola había dicho. El sol se filtraba entre las copas de los árboles y prendía fuego a sus rizos pelirrojos. Por un momento, Geralt olvidó cómo respirar. Había algo en la forma en que ella se movía, con esa gracia de bailarina mezclada con la fuerza de alguien que ha pasado su vida desafiando las normas, que le resultaba devastador.

—Ella es un problema —concluyó Geralt, aunque su voz carecía de la convicción habitual.

A mitad del día, llegaron a un río caudaloso que cortaba el camino. El puente de madera había sido quemado, probablemente por los exploradores enemigos para cubrir su retirada.

—Fantástico —bufó Enola, analizando las cenizas—. El fuego fue hace unas seis horas. El corte es limpio. Querían asegurarse de que nadie los siguiera, o de que nadie escapara.

—Podemos cruzar a nado —sugirió Robin, ya empezando a quitarse las botas.

—El agua viene del deshielo —dijo Wendy, metiendo una mano en la corriente y retirándola al instante—. Está lo suficientemente fría como para detener un corazón en minutos.

Geralt examinó la orilla. Había un tramo donde el río se estrechaba, pero la corriente era más violenta.

—Cruzaré yo primero con una cuerda —ordenó el brujo—. Luego pasaréis una a una. Jaskier, tú irás al final para asegurarte de que no se olviden nada.

—¿Y por qué no voy yo primero? —desafió Leyre, adelantándose—. Soy mejor nadadora que mi hermano y probablemente más resistente que tú, considerando la cantidad de pociones que te metes en el cuerpo.

—Leyre, por el amor de todos los dioses, no empieces —suplicó Jaskier—. Deja que el profesional haga su trabajo.

—El profesional puede irse a...

Antes de que pudiera terminar la frase, Geralt la agarró por la cintura y la levantó como si no pesara más que un fardo de paja. Leyre soltó un grito de indignación, golpeando la espalda de la armadura del brujo con sus puños.

—¡Suéltame, animal! ¡Bájame ahora mismo!

—Si te dejo en el suelo, te tirarás al agua solo por llevarme la contraria —dijo Geralt con una calma exasperante—. Y no tengo ganas de pescar una princesa congelada.

Caminó hacia un gran árbol caído que colgaba parcialmente sobre el río. Con una fuerza sobrehumana, equilibró su peso y el de Leyre, ignorando los insultos que ella le lanzaba. Las chicas observaban la escena con una mezcla de diversión y asombro.

—Cinco coronas a que ella le muerde la oreja —susurró Robin a Enola.

—No acepto esa apuesta —respondió Enola—. Leyre es más de patadas en la espinilla.

Geralt llegó a una zona donde el agua cubría solo hasta la cintura. Se metió en el torrente helado sin inmutarse, manteniendo a Leyre en alto. La princesa, al sentir el frío que emanaba del agua tan cerca de sus pies, dejó de forcejear y, por puro instinto de supervivencia, rodeó el cuello de Geralt con sus brazos.

El contacto fue como una explosión. A través de la ropa mojada y la armadura, ambos sintieron el calor del otro. Leyre hundió el rostro en el hueco del cuello de Geralt, respirando su aroma. El brujo tensó los músculos, luchando contra la corriente y contra el impulso de apretarla más contra su pecho. Sus ojos se encontraron por un segundo, un destello amarillo contra un mar azul verdoso, y el mundo alrededor de ellos desapareció. No había río, ni guerra, ni amigos burlones. Solo había una necesidad física tan brutal que dolía.

—Podrías haberme pedido que te ayudara —susurró Leyre, su voz perdiendo toda la agresividad y volviéndose peligrosamente suave cerca de su oído.

—No pido cosas, Leyre —respondió él, su voz vibrando profundamente contra el pecho de ella—. Las tomo.

La dejó en la otra orilla con una brusquedad que delataba su falta de control. Se dio la vuelta inmediatamente para ayudar a los demás, pero Leyre se quedó allí, temblando, no por el frío, sino por la electricidad que todavía recorría sus venas.

El resto de la tarde fue un torbellino de drama y comedia. Jaskier casi se ahoga, no por el agua, sino porque se le enredó la bufanda en una rama y entró en pánico gritando que un monstruo marino lo estaba arrastrando al inframundo. Robin tuvo que saltar para rescatar el laúd, que flotaba río abajo, mientras Enola daba instrucciones logísticas desde la orilla que nadie escuchaba.

Al caer la noche, encontraron refugio en una cueva natural. El fuego crepitaba, y el ambiente era inusualmente silencioso. Wendy y Robin se habían quedado dormidas casi al instante, agotadas por la jornada. Enola estaba sentada a la entrada, vigilando el horizonte con esa mirada que parecía ver a través del tiempo. Jaskier estaba ocupado intentando secar las cuerdas de su instrumento cerca de las brasas.

Leyre se alejó un poco hacia el fondo de la cueva, donde el techo era más bajo y las sombras más densas. Estaba intentando peinar su melena rebelde, pero los nudos eran implacables.

—Déjame —dijo una voz detrás de ella.

Era Geralt. Tenía un pequeño cuchillo en la mano, pero no lo sostenía como un arma.

—¿Vas a cortarme el pelo mientras duermo? —preguntó Leyre, intentando sonar sarcástica, aunque su corazón ya había empezado a galopar.

—Voy a ayudarte antes de que te arranques la cabeza con ese peine —respondió él.

Se sentó detrás de ella. Sus manos, grandes y callosas, acostumbradas a empuñar espadas y desgarrar monstruos, se movieron con una delicadeza inesperada entre los rizos rojos. Leyre cerró los ojos, dejando que su cabeza cayera ligeramente hacia atrás. El roce de los dedos de Geralt contra su cuero cabelludo le enviaba oleadas de placer que la hacían estremecerse.

—Tienes mucha tensión —murmuró Geralt. Sus manos bajaron hacia sus hombros, apretando los músculos contraídos de la princesa—. Siempre estás lista para pelear.

—En DunBroch, si dejas de pelear, te devoran —respondió ella en un susurro—. Mis padres, mis hermanos... todos esperan algo de mí. Que sea la princesa perfecta, que sea la guerrera, que sea el destino de alguien.

—El destino es una broma pesada —dijo Geralt, sus manos deteniéndose en su cuello—. Pero tú... tú eres real. Demasiado real para este mundo de mierda.

Leyre se giró, quedando a escasos centímetros de su rostro. La luz del fuego bailaba en las pupilas de Geralt, convirtiéndolas en pozos de oro líquido. La tensión que habían estado acumulando desde aquel primer encuentro en el bosque se volvió insoportable. Era un dolor físico, una presión en el pecho que solo podía liberarse de una manera.

—Bésame, Geralt —pidió ella, su voz apenas un aliento—. Bésame y haz que me olvide de quién se supone que debo ser.

Geralt no dudó. Sus labios se estrellaron contra los de ella con una ferocidad que no tenía nada de romántica y todo de desesperada. Era un choque de voluntades, un intercambio de fuego y hielo. Leyre le devolvió el beso con la misma intensidad, sus manos enredándose en su cabello blanco, tirando de él con una urgencia salvaje.

Fue un encuentro breve, cargado de una atracción física devastadora. Se separaron jadeando, mirándose como si se vieran por primera vez. No hubo palabras de amor, ni promesas. Solo el reconocimiento silencioso de que esto era solo el principio de algo que los destruiría o los salvaría.

—Esto no cambia nada —dijo Geralt, su voz más ronca que nunca.

—No —coincidió Leyre, limpiándose el labio con el pulgar, con una sonrisa desafiante—. Esto solo lo hace más interesante.

Desde la entrada de la cueva, Enola, que no se había perdido ni un detalle a pesar de su supuesta vigilancia, sonrió para sus adentros.

—Interesante es una forma muy educada de llamarlo —susurró para sí misma—. Yo lo llamaría el inicio de una catástrofe absolutamente maravillosa.

En el rincón, Jaskier se quedó dormido con el laúd en brazos, ajeno a que su hermana acababa de sellar su destino con el Lobo Blanco bajo la mirada indiferente de las estrellas escocesas. La guerra seguía allí fuera, los monstruos acechaban en las sombras, pero en esa cueva, entre el barro y el acero, algo mucho más peligroso y antiguo acababa de despertar.