El Lobo Blanco y el Fuego de DunBroch
La Danza del Infortunio y las Rosas de Sangre
El sol de la mañana se filtraba por las grietas de la cueva, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire estancado. Leyre fue la primera en despertar, sintiendo el peso de la realidad caer sobre sus hombros con la misma fuerza que el brazo de Geralt se había posado sobre su cintura apenas unas horas antes. Se incorporó con cuidado, sintiendo el frío del suelo de piedra filtrarse a través de su vestido de terciopelo, ahora una reliquia andrajosa de su vida en DunBroch.
Miró a su alrededor. Jaskier roncaba con una nota musical particularmente alta, abrazado a su laúd como si fuera el último trozo de madera en un naufragio. Wendy y Robin dormían entrelazadas para darse calor, mientras que Enola, siempre alerta, ya estaba sentada cerca de la entrada, limpiando una pequeña daga con un trozo de tela húmeda.
Pero fue la ausencia de la figura imponente de pelo blanco lo que hizo que el estómago de Leyre diera un vuelco. Se puso de pie, estirando sus músculos de bailarina con una mueca de dolor. Cada fibra de su cuerpo recordaba el encuentro de la noche anterior; no había sido un sueño, aunque la intensidad del beso hubiera tenido la cualidad febril de una pesadilla hermosa.
—Si buscas al brujo, salió hace una hora —dijo Enola sin levantar la vista de su daga—. Dijo algo sobre "rastrear" y "cenas que no consistan en bayas amargas". Aunque, a juzgar por la cara que tenías al despertar, sospecho que tus pensamientos no estaban precisamente en la comida.
Leyre sintió que el calor le subía a las mejillas, compitiendo en brillo con su cabello pelirrojo.
—No sé de qué hablas, Enola. Estaba comprobando si el perímetro era seguro —mintió Leyre, acercándose a la entrada de la cueva.
—Claro —replicó Enola con una sonrisa cargada de un sarcasmo tan afilado como su acero—. Y yo soy la Reina de Nilfgaard de incógnito. Leyre, querida, tienes la sutileza de un cañonazo. Anoche, el aire en esta cueva estaba tan cargado de feromonas que me sorprendió que no prendiéramos fuego sin necesidad de leña.
—Fue un error —susurró Leyre, mirando hacia el bosque—. Un error estratégico. Él es un mutante sin sentimientos y yo soy... yo.
—Tú eres una fuerza de la naturaleza —intervino Wendy, que acababa de despertarse y se frotaba los ojos con pereza—. Y él es una montaña. Cuando un terremoto golpea una montaña, algo tiene que romperse, Leyre. Mi intuición me dice que esto va a doler, pero va a ser espectacular.
—¡Espectacular es la palabra! —exclamó Jaskier, sentándose de golpe y asustando a un pequeño pájaro que se había posado cerca—. He soñado con una rima para el tercer verso de "La Princesa del Arco y el Lobo de Plata". Algo sobre "labios de carmín y ojos de azufre". ¿Qué os parece?
—Me parece que si no te callas, el Lobo de Plata te va a meter el laúd por donde no brilla el sol —gruñó una voz profunda desde la espesura.
Geralt emergió de entre los árboles cargando un par de conejos muertos. Su mirada se cruzó con la de Leyre por un segundo que pareció durar una eternidad. No hubo suavidad en sus ojos amarillos, solo esa hambre cruda y contenida que la hacía temblar. Leyre sostuvo la mirada, desafiante, negándose a ser la primera en apartarla.
—Preparad las cosas —ordenó Geralt, arrojando los conejos cerca del fuego extinguido—. Nos movemos en diez minutos. Hay un destacamento de soldados de DunBroch buscándote, princesa. Y no vienen a pedirte que bailes en el próximo baile de invierno.
—¿Soldados de mi padre? —Leyre palideció, pero su barbilla se mantuvo alta—. ¿Cómo nos han encontrado tan rápido?
—Tu pelo es como una baliza en medio de este gris —respondió el brujo, acercándose a ella hasta que pudo oler de nuevo el cuero y la salvia—. Y Jaskier no ha dejado de cantar en cada taberna que cruzamos antes de encontrarme. Eres un objetivo andante.
—¡Oye! —protestó Jaskier—. ¡El arte no puede ser silenciado por simples consideraciones tácticas!
—El arte puede ser enterrado en una fosa común, Jaskier —sentenció Robin, levantándose y ajustándose las botas—. Vamos, chicas. Si la guerra nos pisa los talones, prefiero que nos pille corriendo que sentadas comiendo conejo crudo.
El viaje ese día fue un descenso al caos. El terreno se volvió escarpado y traicionero, obligándolos a avanzar en fila india. Geralt abría paso, seguido de cerca por una Leyre que se negaba a aceptar ayuda incluso cuando el sendero desaparecía bajo sus pies.
—Podrías dejar de ser tan malditamente terca por cinco minutos —gruñó Geralt cuando Leyre resbaló en una piedra mojada y casi cae por un terraplén.
—Podrías dejar de ser tan malditamente protector por cinco segundos —replicó ella, recuperando el equilibrio y sacudiéndose el barro del vestido con un gesto aristocrático que resultaba ridículo en mitad del bosque—. Sé cuidar de mí misma. He sobrevivido a tres hermanos trillizos que intentaron usarme como diana para sus flechas desde que tenía cinco años.
—Tus hermanos son niños, Leyre. Los hombres que vienen tras de nosotros son carniceros —dijo Geralt, deteniéndose y girándose hacia ella. Estaban tan cerca que Leyre podía ver el pulso latiendo en el cuello del brujo—. No entiendes lo que te harían si te atrapan. No eres solo una princesa, eres un símbolo. Y los símbolos se queman para asustar al resto.
—Entonces que intenten quemarme —desafió ella, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal con una audacia que hizo que Geralt apretara los dientes—. Descubrirán que el fuego no quema a quien ya es una llama.
Geralt soltó un gruñido que sonó a medio camino entre la exasperación y la admiración. Estuvo a punto de decir algo, quizás de besarla de nuevo para callarla, cuando un silbido agudo cortó el aire.
—¡Abajo! —rugió el brujo.
Una flecha se clavó en el árbol justo donde había estado la cabeza de Leyre un segundo antes. El caos estalló. De entre la maleza surgieron una docena de hombres con el emblema del Clan DunBroch, pero sus rostros no eran los de los guardias leales que Leyre recordaba. Eran mercenarios, hombres con ojos vacíos atraídos por el oro de la traición.
Geralt desenvainó su espada de acero en un movimiento tan fluido que pareció magia. Jaskier soltó un grito agudo y se escondió detrás de una roca, mientras Enola, Wendy y Robin se agrupaban espalda con espalda, sacando dagas y piedras.
—¡Leyre, quédate atrás! —gritó Geralt, lanzándose hacia los atacantes.
—¡Ni en tus sueños más salvajes, Rivia! —gritó ella en respuesta.
Leyre no tenía una espada, pero tenía años de entrenamiento en danza que le daban una agilidad que ningún soldado podía igualar. Esquivó el primer tajo de un mercenario con una pirueta elegante, aprovechando el impulso para clavarle su pequeño puñal en el hueco de la armadura bajo el brazo. El hombre cayó con un gemido, y Leyre no se detuvo. Era un torbellino de pelo rojo y acero barato, moviéndose por el campo de batalla con una gracia salvaje.
Geralt, por su parte, era una máquina de destrucción. Sus movimientos eran precisos, letales, una danza de muerte que dejaba un rastro de miembros y sangre a su paso. Sin embargo, su atención estaba dividida. Cada vez que Leyre se ponía en peligro, el brujo emitía un gruñido sordo, desviando su trayectoria para cubrirle las espaldas, incluso cuando ella no lo pedía.
—¡Detrás de ti, pelirroja! —gritó Robin, lanzando una piedra con una puntería asombrosa que impactó en la frente de un arquero que apuntaba a Leyre.
—¡Gracias, Robin! —respondió Leyre, rodando por el suelo para evitar otro ataque.
Enola se movía con una eficiencia fría, usando el entorno a su favor. Hacía tropezar a los hombres con ramas, les pinchaba los ojos con palos afilados y gritaba instrucciones que, sorprendentemente, ayudaban a coordinar la defensa de las chicas. Wendy, por su parte, parecía predecir de dónde vendría el siguiente golpe, moviéndose un segundo antes de que el peligro llegara.
La batalla terminó tan rápido como había empezado. Los mercenarios supervivientes, viendo que se enfrentaban a un mutante y a cuatro mujeres que luchaban como demonios, huyeron hacia la espesura.
Geralt se quedó de pie en medio del claro, su espada goteando sangre. Su respiración era pesada, y sus ojos amarillos estaban fijos en Leyre, que estaba arrodillada junto a un arbusto, intentando recuperar el aliento. Ella tenía un corte en la mejilla y su vestido estaba destrozado, pero sus ojos brillaban con una euforia salvaje.
—Te dije... que no necesitaba... que me salvaras —jadeó ella, dedicándole una sonrisa triunfante.
Geralt caminó hacia ella con pasos pesados. La agarró de los hombros y la puso de pie con una brusquedad que hizo que Jaskier diera un paso adelante, preocupado, pero Enola lo detuvo con un gesto de la mano.
—Podrías haber muerto —dijo Geralt, su voz temblando de una furia que Leyre no lograba comprender—. Eres una estúpida, terca y arrogante. No tienes ni idea de lo que es enfrentarse a la muerte real.
—¡Y tú eres un arrogante que cree que tiene el monopolio del peligro! —le gritó ella, golpeándole el pecho con los puños—. ¡No soy una muñeca de porcelana que puedas guardar en una caja, Geralt! ¡Soy una DunBroch! ¡Si voy a morir, moriré luchando, no escondida detrás de una roca como mi hermano!
—¡Oye, que yo estaba vigilando la retaguardia! —protestó Jaskier desde su escondite, aunque nadie le hizo caso.
Geralt y Leyre estaban cara a cara, sus respiraciones mezclándose en el aire frío. La tensión sexual que había estado creciendo entre ellos se volvió casi insoportable, alimentada por la adrenalina de la batalla y el miedo a la pérdida. Geralt la miró con una mezcla de odio y deseo tan pura que Leyre sintió que sus rodillas flaqueaban.
—Algún día, esa lengua tuya te va a buscar un problema que ni yo podré solucionar —gruñó él.
—Entonces asegúrate de estar allí para verlo —respondió ella, desafiante.
Geralt la soltó bruscamente y se giró hacia el resto del grupo.
—Tenemos que movernos. Vendrán más. Y la próxima vez no serán tan descuidados.
El grupo reanudó la marcha en un silencio tenso. Jaskier intentaba silbar una melodía para romper el hielo, pero una mirada asesina de Robin lo hizo desistir. Enola y Wendy caminaban juntas, intercambiando susurros sobre la evidente disfunción emocional de su amiga y el brujo.
—Es como ver un choque de trenes a cámara lenta —comentó Enola—. Sabes que va a haber fuego y escombros, pero no puedes dejar de mirar.
—Yo creo que es romántico —susurró Wendy—. A su manera retorcida y sangrienta. Él la odia porque la desea, y ella lo insulta porque es la única forma que tiene de no desnudarse frente a él ahora mismo.
—Gracias por esa imagen mental, Wendy. Ahora necesitaré lavarme el cerebro con aguardiente —replicó Robin con una mueca.
Al caer la tarde, llegaron a un pequeño claro cerca de un arroyo. Geralt decidió que era seguro acampar allí por unas horas. Mientras las chicas se lavaban el barro y la sangre en el agua helada, Geralt se alejó para montar guardia.
Leyre se apartó del grupo, siguiendo el curso del arroyo río arriba. Necesitaba estar sola, procesar la tormenta de emociones que la sacudía. Se sentó en una roca plana, dejando que sus pies colgaran sobre el agua. El cielo empezaba a teñirse de violeta y naranja, y las primeras estrellas asomaban tímidamente.
—Es una noche hermosa para morir, ¿no crees? —dijo ella al aire, sabiendo que él estaba allí antes incluso de escucharlo.
Geralt salió de entre las sombras, sentándose a unos metros de ella. No llevaba la armadura pesada, solo su camisa de lino negro, abierta en el cuello.
—No suelo fijarme en el cielo —admitió él—. Normalmente estoy demasiado ocupado mirando lo que hay en el suelo intentando comerme.
—Te pierdes lo mejor del mundo —dijo Leyre, señalando hacia arriba—. En DunBroch, mi padre decía que las estrellas eran los ojos de nuestros antepasados vigilándonos. Mi madre decía que eran solo luces en el vacío. Yo creo que son... promesas. De que hay algo más allá de la guerra y el barro.
Geralt la miró. Bajo la luz de la luna, Leyre parecía una criatura de leyenda. Su piel blanca resplandecía y su pelo rojo parecía absorber la poca luz que quedaba. El corte en su mejilla le daba un aire de vulnerabilidad que contrastaba con su carácter feroz.
—Eres una mujer extraña, Leyre de DunBroch —dijo él, su voz suavizándose por primera vez.
—Y tú eres un hombre complicado, Geralt de Rivia —respondió ella, girándose hacia él—. ¿Por qué nos ayudas? Jaskier dice que es por el destino, pero tú no crees en eso.
—Ayudo a Jaskier porque es un idiota que me debe dinero —mintió Geralt, aunque ambos sabían que era una excusa—. Y os ayudo a vosotras porque... porque no soporto ver cómo el mundo intenta apagar una llama como la tuya.
Leyre se acercó a él, gateando por la roca hasta que sus rodillas rozaron las suyas. El aire entre ellos volvió a espesarse.
—No puedes apagarme, Geralt —susurró ella, acercando su rostro al suyo—. Pero puedes intentar quemarte conmigo.
Geralt soltó un suspiro que fue más bien un gemido de derrota. Sus manos buscaron el rostro de Leyre, acunándolo con una desesperación que rompió todas sus defensas. El beso que siguió no fue como el de la cueva. No fue una lucha. Fue una rendición. Sus labios se encontraron con una ternura dolorosa, una exploración lenta de la necesidad que ambos habían intentado negar.
Leyre se sentó a horcajadas sobre su regazo, sus manos perdiéndose en el pelo blanco de Geralt, mientras él la estrechaba contra su pecho como si fuera lo único sólido en un mundo que se desmoronaba. El contacto físico fue devastador; cada roce de piel contra piel enviaba descargas eléctricas que los hacían gemir de frustración y deseo.
—Esto es una locura —murmuró Geralt contra su cuello, su lengua trazando el camino de su pulso—. No tengo nada que ofrecerte, princesa. Solo sangre y caminos polvorientos.
—Entonces dame la sangre y el polvo —respondió ella, deshaciendo los cordones de su camisa con dedos temblorosos—. No quiero coronas, Geralt. Te quiero a ti.
Esa noche, bajo el cielo estrellado que Leyre tanto amaba, el brujo y la princesa se entregaron el uno al otro en un encuentro que fue pura atracción física, cruda y sin adornos. Fue un acto de liberación, una forma de soltar toda la tensión acumulada que les dolía en los huesos. No hubo promesas de amor eterno, solo el calor de sus cuerpos contra el frío de la noche y el reconocimiento de que, por mucho que lo negaran, sus destinos estaban ahora entrelazados de una forma que ni la espada más afilada podría cortar.
Horas más tarde, cuando regresaron al campamento por separado, Enola levantó una ceja desde su lugar junto al fuego. Wendy sonrió para sus adentros y Robin simplemente se encogió de hombros, volviendo a afilar su daga.
Jaskier, que se había despertado para buscar un poco de agua, miró a su hermana y luego a Geralt. Notó el brillo diferente en los ojos de Leyre y la forma en que el brujo evitaba mirar a nadie.
—Bueno —susurró el bardo, rascándose la barbilla—. Creo que voy a necesitar una estrofa nueva. Una que hable de cómo el lobo finalmente dejó que la princesa le rascara las orejas.
—Si escribes una sola palabra sobre esto, Jaskier —dijo Leyre, pasando a su lado con una sonrisa radiante pero peligrosa—, te juro que te haré bailar ballet hasta que se te caigan los dedos de los pies.
Jaskier palideció y guardó silencio. El viaje continuaría al amanecer, con más monstruos, más soldados y más drama sin sentido, pero por primera vez en mucho tiempo, Leyre de DunBroch sentía que, sin importar a dónde huyeran, finalmente había encontrado su hogar en los brazos de un mutante que no creía en el destino. Lo que no sabía era que el destino, ese que Geralt tanto despreciaba, apenas estaba empezando a jugar sus cartas.