Volver al resumen

El Lobo Blanco y el Fuego de DunBroch

Susurros de Pólvora y Piel Bajo la Luna de Kaer Ffynnon

La fortaleza de Kaer Ffynnon se alzaba sobre el desfiladero como un colmillo de piedra gris, roído por los siglos y el olvido. No era Kaer Morhen, ni mucho menos, pero para el grupo de fugitivos que arrastraba el cansancio de Escocia en las suelas de sus botas, aquellos muros medio derruidos parecían el mismísimo palacio de cristal de las leyendas. El viento aullaba entre las almenas, un sonido que Jaskier ya estaba transformando mentalmente en una balada trágica sobre el aislamiento y el desamor, mientras intentaba no tropezar con su propio laúd al cruzar el foso seco.

—Si vuelves a tararear esa nota menor, Jaskier, te juro por mis antepasados que te empujo al foso —masculló Leyre, cuya paciencia se había evaporado tres leguas atrás.

Su melena pelirroja era ahora un nido de nudos y hojas secas, y su vestido verde, una vez orgullo de la corte de DunBroch, apenas servía para cubrir las cicatrices de la última escaramuza. Sin embargo, se movía con una altivez que ni el barro ni el cansancio podían doblegar.

—¡Es el proceso creativo, hermana pequeña! —protestó Jaskier, acomodándose el sombrero con una dignidad que rozaba lo cómico—. El arte requiere sufrimiento, y vuestra falta de apreciación es mi mayor calvario. Geralt, dile algo. Dile que mi música es lo único que mantiene la cordura en este grupo de amazonas violentas.

Geralt, que caminaba a la cabeza guiando a Sardinilla, ni siquiera se molestó en girarse. Su voz surgió como un trueno lejano, profunda y cargada de una fatiga que solo los brujos conocen.

—Tu música atrae a los sumergidos, Jaskier. Y a juzgar por cómo te mira Leyre, también atrae una muerte prematura a manos de tu propia sangre. Cállate y camina.

Leyre soltó una carcajada seca y triunante, lanzándole una mirada de suficiencia a su hermano. Pero cuando sus ojos se cruzaron con la espalda ancha del brujo, la risa se le murió en la garganta. La tensión entre ellos no había disminuido tras el encuentro en el desfiladero; al contrario, se había vuelto algo sólido, una presencia invisible que caminaba entre ambos, rozándolos, recordándoles cada jadeo y cada roce de piel contra piel.

—Es fascinante —susurró Enola Holmes, que caminaba junto a Robin y Wendy, observando la escena con la precisión de un entomólogo estudiando un insecto raro—. El lenguaje corporal de Leyre ha pasado de la agresión defensiva a la posesividad territorial en menos de cuarenta y ocho horas. Fijaos en cómo inclina la pelvis hacia la izquierda cuando él se mueve. Es pura biología, chicas.

—Yo solo veo a dos personas que necesitan una habitación con una cerradura fuerte y mucho jabón —replicó Robin, ajustándose las correas de su carcaj.

—Mi intuición dice que la cerradura no aguantaría —añadió Wendy con una sonrisa enigmática—. Hay demasiada energía acumulada. Si no encuentran una forma de canalizarla, esta fortaleza va a terminar de derrumbarse antes de que los soldados de DunBroch lleguen a la puerta.

Una vez dentro de la fortaleza, el grupo se dispersó para asegurar el lugar. El interior olía a moho, polvo y a una soledad antigua. Geralt comenzó a encender un fuego en el gran salón, mientras las chicas inspeccionaban las habitaciones superiores.

—Esto es un asco —se quejó Robin, golpeando un colchón de paja que soltó una nube de polvo digna de una explosión—. ¿De verdad las princesas dormís en sitios así cuando huís de la guerra?

—Las princesas de DunBroch dormimos donde haga falta, Robin —respondió Leyre, dejando caer su pesado morral en el suelo—. Aunque admito que daría un barril de oro por una tina de agua caliente y un cepillo que no se rompa al contacto con mi pelo.

—Hablando de cepillos... —Enola se acercó a Leyre, bajando la voz—. ¿Vas a admitir que lo de anoche no fue solo supervivencia táctica? Te vi mirar sus manos mientras afilaba la espada. Parecías estar contando cuántas cicatrices podrías cubrir con tus dedos.

Leyre se tensó, sintiendo el calor subirle por el cuello. Se giró bruscamente, sus ojos azul verdoso chispeando de indignación.

—No sé de qué hablas, Enola. Geralt es... una herramienta. Un medio para un fin. Nos protege, nos guía y sabe matar cosas que yo ni siquiera puedo pronunciar. Nada más.

—Claro —dijo Enola, imperturbable—. Y yo soy una experta en bordado de flores. Leyre, eres mi mejor amiga, pero eres una mentirosa pésima. Te tiemblan las manos cada vez que él gruñe. Y él... bueno, él te mira como si fueras el último manantial de agua en el desierto.

—¡Basta! —exclamó Leyre, aunque su voz carecía de verdadera furia—. Tenemos que bajar. Jaskier probablemente ya ha intentado cocinar algo y no quiero que incendie el refugio antes de cenar.

En el salón principal, el fuego ya crepitaba, arrojando sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Geralt estaba sentado en un banco de madera, limpiando su espada de plata con una parsimonia que ponía nerviosa a Leyre. Jaskier, sorprendentemente, había logrado encontrar unos restos de cecina y pan duro en las alforjas de Sardinilla y los repartía con aire de gran anfitrión.

—Cena de reyes, mis queridas damas —anunció el bardo—. Pan con sabor a cuero y carne que requiere la mandíbula de un dragón para ser masticada. Pero hey, estamos vivos, ¿no?

Cenaron en un silencio extraño, roto solo por el crepitar de la leña y los comentarios sarcásticos de Robin sobre la calidad del menú. Leyre sentía la mirada de Geralt clavada en ella, una presión física que le recorría la columna vertebral. No era una mirada de deseo simple; era algo más oscuro, más hambriento.

—Deberíais descansar —dijo Geralt finalmente, rompiendo el silencio—. Mañana tenemos que reforzar la puerta principal. He visto señales de rastreadores en el bosque bajo. No estamos tan solos como me gustaría.

—¿Rastreadores? —Wendy dejó su trozo de pan, su rostro volviéndose serio—. ¿De DunBroch?

—O mercenarios nilfgaardianos —respondió el brujo—. El olor es diferente. Más metal, menos barro.

—Fantástico —suspiró Jaskier—. Pasamos de ser perseguidos por nuestro propio padre a ser el objetivo de un imperio. Mi vida es una progresión constante hacia el desastre más absoluto.

—Al menos morirás con una canción en los labios, Jaskier —le consoló Robin con una palmadita en la espalda—. Aunque sea una canción desafinada.

Las chicas subieron a las habitaciones para intentar dormir, dejando a Geralt y a Leyre solos frente al fuego. Jaskier, con una inusual muestra de tacto, se retiró a un rincón oscuro con su manta. Leyre se quedó de pie, observando las llamas. El silencio entre ellos era una cuerda tensa, a punto de romperse.

—Deberías dormir, Leyre —dijo Geralt. Su voz era más suave ahora, casi un susurro que vibraba en el aire frío del salón.

—No tengo sueño —respondió ella, girándose para mirarlo. El fuego resaltaba los rasgos duros de Geralt, las cicatrices que contaban historias de dolor y supervivencia—. Tengo demasiadas cosas en la cabeza. Escocia, mis hermanos, el hecho de que mi madre probablemente esté quemando mis libros ahora mismo...

—Tu madre quiere que estés a salvo —dijo Geralt, poniéndose en pie. Era tan alto que Leyre tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada—. A su manera, supongo.

—Su manera implica casarme con un lord gordo y aburrido para asegurar una alianza —escupió Leyre, dando un paso hacia él—. Prefiero morir en este montón de piedras antes que volver a esa vida de corsés y silencios obligatorios.

—Eres demasiado salvaje para un castillo, pelirroja —admitió Geralt. Estaba tan cerca que Leyre podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Siempre lo has sido.

—¿Y tú? —preguntó ella, su voz volviéndose ronca—. ¿Eres demasiado monstruo para una mujer?

Geralt se tensó. Sus ojos amarillos brillaron con una intensidad depredadora. Extendió una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su fuerza, rozó la mejilla de Leyre con el dorso de sus dedos. El contacto fue como una descarga eléctrica.

—Soy lo que el mundo necesita que sea, Leyre —susurró él—. Un asesino. Un mutante. No hay espacio para sentimientos en la vida de un brujo.

—Mientes —dijo ella, cerrando la distancia entre ambos hasta que sus pechos se rozaron—. Sientes la tensión. Sientes cómo mi corazón late cuando estás cerca. No puedes engañarme con esa fachada de piedra.

Geralt la agarró del brazo, no con fuerza, sino con una urgencia contenida. Sus ojos recorrieron el rostro de Leyre, deteniéndose en sus labios.

—No sabes en lo que te estás metiendo —advirtió él, aunque su mano ya se deslizaba hacia la nuca de la princesa, enredándose en sus rizos rebeldes.

—Sé exactamente en lo que me meto, Lobo Blanco —respondió Leyre, rodeando su cuello con los brazos—. Me meto en un incendio. Y tengo muchas ganas de quemarme.

El beso fue una explosión de necesidad acumulada. No hubo preámbulos, ni ternura fingida. Fue un choque de dientes y lenguas, una lucha por el control que ninguno de los dos quería ganar. Geralt la empujó contra la pared de piedra, sus manos recorriendo las curvas de su cuerpo de bailarina con una desesperación que Leyre devolvió con la misma moneda.

—Aquí no —jadeó Geralt entre besos, su voz perdiendo toda su compostura—. Jaskier... las chicas...

—Arriba —respondió Leyre, su respiración agitada—. Hay una habitación al final del pasillo. La puerta cierra por dentro.

Subieron las escaleras de piedra en un silencio febril, sus manos buscándose en la oscuridad. Una vez dentro de la pequeña habitación, Geralt cerró la puerta con una patada y volvió a atrapar a Leyre entre sus brazos. La ropa, ya maltrecha por el viaje, fue descartada con una urgencia que rozaba la violencia.

Bajo la luz plateada de la luna que se filtraba por la estrecha ventana, los cuerpos de la princesa y el brujo se entrelazaron. Fue un encuentro físico brutal, despojado de cualquier sentimiento que no fuera la atracción devastadora que los consumía. Leyre se arqueó bajo él, sus uñas marcando la espalda de Geralt, mientras el brujo se perdía en la suavidad de su piel blanca y el fuego de su pelo.

No hubo palabras de amor. Solo el sonido de la respiración entrecortada y el choque de sus cuerpos contra el jergón de paja. Para Leyre, era una forma de reclamar su propia vida, de decir que su cuerpo pertenecía a ella y a nadie más. Para Geralt, era un alivio momentáneo del peso de su existencia, un refugio en el caos que era su destino.

Horas más tarde, cuando la luna ya empezaba a descender, Leyre se quedó apoyada en el pecho de Geralt, escuchando el latido lento y constante de su corazón mutante. El brujo tenía un brazo rodeándola, sus dedos trazando patrones abstractos en su hombro.

—Esto no cambia quiénes somos, Geralt —dijo ella en voz baja, rompiendo el silencio.

—Lo sé —respondió él, su voz vibrando en su pecho—. Mañana seguiremos siendo un brujo y una princesa fugitiva.

—Pero al menos —añadió Leyre, levantando la vista para mirarlo—, mañana me dolerá menos la espalda. Porque habré dormido con el monstruo más interesante del continente.

Geralt soltó un gruñido que, por primera vez, sonaba a una risa ahogada.

Al amanecer, la fortaleza de Kaer Ffynnon despertó con el sonido de Robin intentando cazar una rata con un tenedor y los gritos de Jaskier porque se le había acabado la tinta para sus poemas. Enola y Wendy ya estaban en el patio, examinando las grietas de la muralla con aire profesional.

Cuando Leyre y Geralt bajaron, por separado y con una indiferencia estudiada, el ambiente en el salón cambió instantáneamente.

—Vaya —comentó Robin, mirando a Leyre de arriba abajo—. Parece que alguien ha encontrado un cepillo para el pelo... o un muy buen motivo para no peinarse en absoluto.

—He descansado bien, Robin. Eso es todo —dijo Leyre, sentándose a la mesa con una elegancia renovada.

—Sí, y yo soy un elfo de las flores —murmuró Jaskier, lanzándole una mirada cómplice a Geralt—. Geralt, amigo mío, te veo menos tenso. ¿Has practicado tus señales de brujo anoche? Porque juraría que escuché una vibración de Axia que hizo temblar hasta los cimientos.

Geralt se limitó a gruñir y se dirigió a la puerta principal.

—Dejad de parlotear. Tenemos trabajo que hacer. Los rastreadores no se van a matar solos.

—¡Oh, el Lobo Blanco ha vuelto! —exclamó Jaskier, siguiendo al brujo—. Pero con un brillo en los ojos que no estaba ayer. Leyre, hermana, eres una santa. Has logrado lo que ni una docena de monstruos pudo: relajar a este hombre.

—¡Cállate, Jaskier! —gritaron Leyre y Geralt al unísono, lo que provocó una carcajada general entre las chicas.

El día transcurrió entre risas, sarcasmos y el duro trabajo de fortificar el refugio. Enola diseñó un sistema de trampas con cuerdas y estacas que hizo que incluso Geralt levantara una ceja en señal de aprobación. Robin y Wendy practicaron con el arco, mientras Jaskier intentaba ayudar y terminaba casi siempre enredado en sus propios pies.

Pero bajo la superficie de la comedia y el drama cotidiano, la verdad seguía allí. Leyre observaba a sus amigas, a su hermano y al brujo, y por primera vez desde que huyó de DunBroch, no sentía que estuviera escapando de algo, sino que estaba corriendo hacia algo. Hacia una vida que ella misma estaba construyendo, pieza a pieza, entre el barro de los caminos y la piel de un hombre que decía no tener sentimientos.

—El destino es una mierda, ¿verdad? —susurró Leyre, acercándose a Geralt mientras este colocaba una pesada viga de madera en la puerta.

Geralt se detuvo y la miró. Sus ojos amarillos ya no eran solo los de un cazador; eran los de alguien que, a pesar de todo, había encontrado una razón para quedarse un poco más de tiempo en el mismo lugar.

—A veces —respondió él—. Pero a veces, el destino tiene buen gusto para elegir a las pelirrojas testarudas.

Leyre sonrió, una sonrisa salvaje y libre que iluminó el sombrío patio de la fortaleza. Sabía que la guerra llegaría, que los monstruos no dejarían de acechar y que su historia con Geralt era un fuego lento que apenas estaba empezando a arder de verdad. Pero mientras tuviera sus dagas, a sus amigas, a su insoportable hermano y al Lobo Blanco a su lado, la princesa de DunBroch estaba lista para bailar en el centro de cualquier tormenta.

—Prepárate, Rivia —dijo ella, ajustándose el cinturón—. Porque pienso darte mucha guerra.

—No esperaba menos, princesa —respondió Geralt, y por un segundo, la sonrisa que asomó a sus labios fue la cosa más peligrosa y hermosa que Leyre había visto jamás.

Afuera, en el bosque, el viento soplaba trayendo el olor a metal y emboscada. Pero dentro de Kaer Ffynnon, el fuego seguía encendido, alimentado por la voluntad de un grupo que se negaba a ser doblegado y por una atracción que, contra todo pronóstico, estaba empezando a parecerse mucho a algo llamado hogar.