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El Lobo Blanco y el Fuego de DunBroch

El Teorema de la Cuerda y el Acero

La mañana en Kaer Ffynnon no trajo consigo la paz, sino un frío húmedo que se filtraba por las rendijas de las piedras, calando hasta los huesos. Leyre se despertó antes de que el primer rayo de sol lograra vencer la niebla del desfiladero. Se sentó en el jergón, apartando un mechón de pelo pelirrojo que se le pegaba a la frente por el sudor de un sueño inquieto. A su lado, el espacio estaba vacío, pero el calor residual y el olor a salvia y cuero confirmaban que lo de anoche no había sido una alucinación producto del agotamiento.

Se vistió con movimientos mecánicos, ajustando el corpiño de su maltrecho vestido con una mueca. Sus músculos, acostumbrados a la disciplina del ballet, protestaban por la intensidad de los últimos días, pero había una nueva energía en su interior, una chispa que antes no estaba. Al bajar al salón principal, se encontró con una escena que rozaba lo absurdo: Jaskier intentaba afinar su laúd mientras Robin, con una paciencia que claramente se estaba agotando, le sujetaba una antorcha para que viera lo que hacía.

—Si vuelves a tensar esa cuerda así, va a salir disparada y te va a sacar un ojo, Jaskier —advirtió Robin, bostezando con ganas—. Y no pienso ser yo quien te cure la cuenca vacía.

—¡Es que el frío destempla la madera, Robin! —protestó el bardo, haciendo un mohín—. Un artista no puede trabajar en estas condiciones. Es inhumano. Es... ¡es una tortura medieval!

—Estamos en una fortaleza en ruinas en mitad de una guerra, Jaskier —intervino Enola, que aparecía por el pasillo lateral cargando un fajo de mapas amarillentos—. La tortura sería que decidieras cantar antes del desayuno.

Leyre esbozó una sonrisa y se acercó al fuego, donde Wendy removía una olla con algo que olía sospechosamente a gachas quemadas.

—¿Dónde está él? —preguntó Leyre, intentando que su voz sonara casual, aunque sabía que era una batalla perdida frente al escrutinio de sus amigas.

Wendy levantó la vista y le dedicó una sonrisa llena de una sabiduría que a Leyre siempre le resultaba un poco irritante.

—Salió hace media hora. Dijo que iba a revisar las trampas del perímetro norte. Y antes de que lo preguntes, no, no llevaba puesta la camisa de ayer. Supongo que los brujos también tienen sus momentos de decoro después de... bueno, de lo que sea que hicierais.

—No hicimos nada que deba ser discutido entre gachas y cenizas —replicó Leyre, sintiendo el calor subirle a las mejillas.

—Claro —añadió Enola, acercándose con sus mapas—. Y por eso tienes una marca de presión en la base del cuello que tiene exactamente la forma del pulgar de un hombre que empuña una espada de plata. Leyre, la observación es mi fuerte. No intentes insultar mi inteligencia.

—¡Por los dioses! —exclamó Leyre, cubriéndose el cuello con el cabello—. ¿Es que no podéis dejar de analizarme por cinco minutos?

—Es que eres el caso más interesante que hemos tenido en años —dijo Robin, dejando la antorcha y estirándose—. Princesa huye de Escocia, se encuentra con un mutante asesino, y en lugar de salir corriendo en dirección contraria, decide que es buena idea saltar sobre él. Es puro drama, Leyre. Jaskier ya tiene material para tres discos.

—¡Cinco! —corrigió el bardo desde su rincón—. He pensado en un título: "La Llama de DunBroch y el Hielo de Rivia". Es épico, es sensual, es...

—Es una forma rápida de que Geralt te corte la lengua —sentenció una voz profunda desde la entrada del salón.

Geralt entró en la estancia, trayendo consigo una ráfaga de aire gélido. Su armadura estaba salpicada de escarcha y sus ojos amarillos recorrieron la sala con una rapidez felina hasta detenerse en Leyre. Durante un segundo, el tiempo pareció detenerse. No hubo palabras, solo una corriente eléctrica que cruzó el espacio entre ellos, cargada de recuerdos de piel contra piel y respiraciones compartidas.

—El perímetro está despejado —dijo Geralt, rompiendo el contacto visual para mirar a Enola—. Pero los rastreadores han dejado marcas nuevas. Están buscando un punto débil en la muralla este. No tardarán en intentar entrar.

—Podemos reforzarlo con el sistema de contrapesos que diseñé —sugirió Enola, extendiendo sus mapas sobre la mesa de madera carcomida—. Si logramos que las piedras caigan en el ángulo correcto, bloquearemos el acceso principal.

—Hazlo —ordenó el brujo—. Jaskier, ayuda a las chicas con el acarreo de materiales. Leyre, ven conmigo.

Jaskier soltó un suspiro dramático.

—Claro, el bardo a mover piedras y el brujo a "entrenar" con la princesa. El mundo es un lugar profundamente injusto.

Leyre ignoró el comentario de su hermano y siguió a Geralt hacia el patio de armas. El suelo estaba cubierto de una fina capa de nieve que crujía bajo sus botas. Geralt se detuvo junto a un estante de armas de madera que él mismo había improvisado.

—Tu técnica con las dagas es buena —dijo él, girándose para mirarla de frente—, pero en un espacio cerrado contra varios oponentes, te quedarás vendida. Necesitas aprender a usar el impulso de tu cuerpo.

—Soy bailarina, Geralt —respondió ella, cruzándose de brazos—. Sé usar el impulso mejor que nadie en esta fortaleza.

—Bailar no es matar, Leyre —replicó él, acercándose hasta que su sombra la cubrió por completo—. En el baile, buscas la armonía. En el combate, buscas la ruptura. Atácame.

Leyre no se lo pensó dos veces. Sacó su daga de práctica y se lanzó hacia él con una agilidad que sorprendió incluso al brujo. Se movió como un torbellino pelirrojo, buscando los huecos en su defensa. Geralt, sin embargo, se movía con una economía de movimientos exasperante, desviando sus ataques con la palma de la mano o con simples giros de hombro.

—Demasiado previsible —gruñó él, atrapándole la muñeca y girándola hasta que ella quedó de espaldas contra su pecho—. Estás pensando en el siguiente paso como si fuera una coreografía. La vida no tiene música, Leyre.

—La mía sí —jadeó ella, sintiendo el calor de su cuerpo contra su espalda, una sensación que la distraía más de lo que estaba dispuesta a admitir—. Y ahora mismo suena a tambores de guerra.

Se soltó con un movimiento brusco y giró sobre sí misma, intentando una zancadilla que Geralt esquivó saltando hacia atrás. La tensión entre ellos ya no era solo marcial; era física, cruda y desesperada. Cada vez que se rozaban, la memoria de la noche anterior volvía a ellos como un latigazo.

—Estás distraída —dijo Geralt, bajando la guardia—. Si estuviéramos en el bosque, ya estarías muerta.

—Estoy distraída porque tengo a un brujo gruñón dándome lecciones de moral en lugar de hacer lo que realmente quiere hacer —desafió ella, clavando sus ojos azul verdoso en los suyos—. ¿O vas a decirme que solo me has traído aquí para enseñarme a mover los pies?

Geralt guardó silencio durante un largo momento. Sus ojos amarillos se oscurecieron y dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con una audacia que hizo que el corazón de Leyre golpeara contra sus costillas.

—Lo que quiero hacer —susurró él, su voz vibrando en el aire frío— pondría en peligro todo este refugio. No puedo permitirme perder el control, Leyre. No otra vez.

—¿Y quién dice que el control es algo bueno? —preguntó ella, acortando la distancia final—. En Escocia decimos que un fuego controlado no calienta una casa, solo la mantiene tibia. Yo no quiero estar tibia, Geralt.

Geralt la agarró de la nuca, sus dedos enredándose con fuerza en su cabello. La besó con una ferocidad que le quitó el aliento, un beso que sabía a nieve y a deseo contenido durante demasiado tiempo. Leyre respondió con la misma intensidad, sus manos buscando el metal de su armadura para desabrochar las correas con una urgencia febril.

Se refugiaron en la sombra de un arco de piedra, ocultos de la vista del salón principal. Allí, entre el frío de la piedra y el calor de sus pieles, volvieron a entregarse el uno al otro. No hubo delicadeza, solo una necesidad animal de reafirmar que estaban vivos, de que a pesar de la guerra, el destino y los monstruos, ese momento les pertenecía solo a ellos.

—Eres una mujer peligrosa, Leyre de DunBroch —murmuró Geralt contra su piel, mientras ella recuperaba el aliento apoyada en su hombro.

—Y tú eres un hombre testarudo, Geralt de Rivia —respondió ella, recomponiéndose el vestido con dedos temblorosos—. Pero parece que nos entendemos bastante bien en el silencio.

Regresaron al salón principal justo cuando Enola y Robin terminaban de colocar la última de las trampas. Jaskier estaba sentado en la mesa, escribiendo furiosamente en un trozo de pergamino.

—¡Lo tengo! —exclamó el bardo sin levantar la vista—. "El rugido del lobo en la alcoba de piedra". Es un poco directo, quizás, pero el público de las tabernas ama la falta de sutileza.

—Si ese poema ve la luz del día, Jaskier —dijo Leyre, sentándose a la mesa con una calma fingida—, le diré a Geralt que tu laúd es en realidad un nido de monstruos que debe ser destruido.

—¡Qué crueldad! —Jaskier se llevó una mano al corazón—. La ingratitud de los hermanos es el tema de mi próxima composición.

—Dejad de pelear —intervino Wendy, que estaba asomada a una de las ventanas superiores—. Tenemos compañía.

El tono de su voz hizo que todos se pusieran en pie al instante. Geralt subió las escaleras de dos en dos y miró hacia el bosque. Una columna de humo negro se alzaba desde el valle, y una línea de jinetes con el emblema de DunBroch avanzaba lentamente hacia la fortaleza.

—No vienen a parlamentar —dijo Geralt, su voz volviendo a ser la de la máquina de matar que el mundo conocía—. Traen máquinas de asedio ligeras. Quieren derribar la puerta.

—¿Cuántos son? —preguntó Enola, sacando su catalejo.

—Demasiados para nosotros en campo abierto —respondió el brujo—. Pero aquí dentro, el terreno es nuestro. Enola, prepara tus trampas. Robin, Wendy, a las almenas. Jaskier... intenta no morir.

—¡Ese es mi objetivo principal en la vida, gracias por recordarlo! —replicó el bardo, buscando desesperadamente un lugar donde esconderse que no fuera demasiado humillante.

Leyre se acercó a Geralt. Sus miradas se cruzaron y, por primera vez, no hubo sarcasmo ni tensión sexual, solo un reconocimiento mutuo del peligro que se avecinaba.

—¿Qué quieres que haga yo? —preguntó ella, empuñando sus dagas reales, las de acero de DunBroch.

Geralt la miró, y Leyre vio en sus ojos algo que nunca había visto en un brujo: miedo. Pero no miedo por sí mismo, sino por ella.

—Quédate cerca de mí —dijo él—. Y recuerda lo que te dije: busca la ruptura, no la armonía.

El ataque comenzó con el silbido de las flechas incendiarias surcando el cielo gris. Los mercenarios de DunBroch cargaron contra la puerta principal, gritando consignas de guerra que Leyre reconoció con un nudo en el estómago. Eran hombres que conocía, hombres que habían servido en la mesa de su padre. Pero ahora eran solo sombras en la niebla, enemigos que buscaban devolverla a una jaula de oro.

—¡Ahora! —gritó Enola.

Un estruendo sacudió la fortaleza cuando el sistema de contrapesos se activó. Una lluvia de piedras y escombros cayó sobre los primeros atacantes, bloqueando el acceso principal y creando un cuello de botella. Robin y Wendy disparaban con una precisión asombrosa, cada flecha encontrando su objetivo entre las rendijas de las armaduras enemigas.

Sin embargo, un grupo de mercenarios logró escalar la muralla este, donde la piedra estaba más deteriorada. Geralt se lanzó hacia ellos como un rayo de plata, su espada trazando arcos de sangre en el aire. Leyre se movió a su lado, una danza de fuego y acero que dejaba a los hombres desorientados. Ya no pensaba en los pasos, ya no pensaba en la música; solo había el instinto de supervivencia y la presencia constante de Geralt a su espalda.

—¡Leyre, a tu izquierda! —rugió el brujo.

Ella se agachó justo a tiempo para evitar un hachazo y clavó su daga en el muslo del atacante, rematándolo con un giro rápido del cuello. Se sentía salvaje, libre, una fuerza de la naturaleza que se negaba a ser domesticada.

La batalla duró lo que pareció una eternidad, pero finalmente, los mercenarios supervivientes retrocedieron hacia el bosque, dejando tras de sí un rastro de cuerpos y humo. El silencio volvió a Kaer Ffynnon, un silencio pesado y cargado de olor a azufre y sangre.

Geralt se quedó de pie en el centro del patio, su espada goteando sangre oscura. Su respiración era pesada y sus ojos amarillos estaban fijos en el bosque, esperando un segundo ataque que no llegó.

Leyre se acercó a él, cojeando ligeramente por un golpe en la rodilla. Se detuvo a su lado y, sin decir nada, apoyó la cabeza en su brazo acorazado.

—Se han ido —susurró ella.

—Por ahora —respondió él, guardando su espada—. Pero volverán. Y la próxima vez traerán más hombres.

—Entonces estaremos listos —dijo Leyre, levantando la vista para mirarlo—. No somos los mismos que salimos de Escocia, Geralt. Ni siquiera tú eres el mismo.

Geralt la miró, y por un momento, la dureza de sus rasgos se suavizó. Extendió una mano y le limpió una mancha de sangre de la mejilla con el pulgar.

—Tienes razón —admitió él—. El destino es una mierda, pero al menos tiene sentido del humor.

—¡Eh, tortolitos! —gritó la voz de Jaskier desde lo alto de una torre—. ¡Si habéis terminado de salvar el mundo, podríais venir a ayudarme! ¡Me he quedado atrapado en el conducto de la chimenea y creo que hay una familia de murciélagos que no está contenta con mi presencia!

Robin y Enola soltaron una carcajada que rompió la tensión del momento. Wendy bajó de las almenas, sacudiéndose el polvo del hombro.

—Estamos vivos —dijo Wendy, abrazando a sus amigas—. Y eso es más de lo que muchos pueden decir hoy.

Esa noche, el grupo se reunió de nuevo alrededor del fuego. Jaskier, una vez rescatado de la chimenea y convenientemente cubierto de hollín, intentaba limpiar su laúd mientras contaba una versión enormemente exagerada de su propia contribución a la batalla.

—Y entonces —decía el bardo, gesticulando con una cuchara—, cuando el mercenario estaba a punto de alcanzarme, usé una nota de mi laúd que resonó con tal frecuencia que sus dientes empezaron a vibrar. ¡Fue una maniobra magistral!

—Jaskier, estabas escondido detrás de un barril de arenques —recordó Robin, comiendo un trozo de pan con queso—. Te vimos todos.

—¡Los detalles técnicos son irrelevantes para la narrativa! —protestó él.

Leyre se alejó del grupo y salió al balcón que daba al desfiladero. El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban con una intensidad fría. Sintió una presencia a su espalda y no necesitó girarse para saber quién era.

—¿En qué piensas? —preguntó Geralt, colocándose a su lado.

—En que nunca pensé que mi vida terminaría así —admitió ella—. En una fortaleza en ruinas, luchando por mi libertad junto a un brujo y un bardo insoportable.

—Podría ser peor —dijo Geralt, mirando hacia el horizonte—. Podrías estar casada con ese lord gordo en Escocia.

Leyre soltó una carcajada y se giró hacia él, rodeando su cintura con los brazos.

—Tienes razón. Esto es mucho mejor.

Se quedaron así durante un largo rato, observando la noche. Sabían que el camino que tenían por delante sería difícil, que la guerra acababa de empezar y que su relación era un enigma que ninguno de los dos sabía cómo resolver. Pero en ese momento, bajo el cielo estrellado y el abrazo del Lobo Blanco, Leyre de DunBroch sintió que, por primera vez en su vida, no estaba huyendo. Estaba exactamente donde el destino, ese que Geralt tanto odiaba, quería que estuviera.

—Geralt —susurró ella antes de entrar de nuevo al salón.

—¿Hmm?

—Mañana quiero que me enseñes a usar la espada larga. Las dagas son buenas, pero quiero algo que haga más ruido.

Geralt soltó un gruñido que esta vez fue claramente una sonrisa.

—Como desees, princesa. Pero prepárate, porque no pienso tener piedad.

—No esperaba menos —respondió ella, guiñándole un ojo antes de desaparecer en la calidez del fuego, dejando al brujo solo con sus pensamientos y una extraña sensación de que, quizás, solo quizás, los brujos sí tenían un destino después de todo. Y el suyo tenía el pelo rojo y un carácter que podía quemar el mundo entero.