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El Lobo Blanco y el Fuego de DunBroch

Cenizas, Cuerdas Rotas y el Teorema del Lobo

La fortaleza de Kaer Ffynnon no era un hogar, pero se estaba convirtiendo en un campo de batalla personal para Leyre de DunBroch. El aire de la mañana, cargado de una humedad que le recordaba a los acantilados de su Escocia natal, golpeaba su rostro mientras observaba desde la muralla desdentada. A su lado, Geralt de Rivia era una estatua de granito y cicatrices, con los ojos amarillos fijos en el linde del bosque donde los restos del destacamento enemigo se habían disuelto como pesadillas al alba.

—Huelen a miedo —dijo Geralt, su voz un gruñido bajo que vibró en el pecho de Leyre incluso a un paso de distancia—. Pero el miedo hace que los hombres cometan estupideces. Volverán con refuerzos de la capital.

—Que vengan —respondió Leyre, ajustándose el cinturón de cuero que ahora sostenía una espada corta de acero de Temeria, un regalo pragmático del brujo—. He pasado diecinueve años escuchando lo que debo hacer. Si quieren mi cabeza para una alianza matrimonial, tendrán que recogerla del barro.

Geralt se giró hacia ella. La luz grisácea de la mañana resaltaba el carmín salvaje de su cabello, que caía en rizos rebeldes sobre sus hombros. Había una tensión eléctrica entre ellos, una cuerda invisible que se tensaba cada vez que sus pieles se rozaban "accidentalmente" durante los entrenamientos. Anoche, tras la escaramuza, se habían liberado en la penumbra de la torre de vigilancia, un encuentro de dientes, sudor y una urgencia devastadora que no dejaba espacio para las palabras. Pero ahora, bajo la luz cruda del día, el silencio pesaba más que las piedras de la fortaleza.

—No eres una guerrera, Leyre —dijo él, dando un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal con esa intensidad que la hacía temblar y enfurecerse a partes iguales—. Eres una princesa con un cuchillo.

—Soy una DunBroch con una puntería que haría llorar a tus antepasados mutantes, Rivia —replicó ella, clavándole una mirada desafiante—. Y si vuelves a usar ese tono de superioridad conmigo, te juro que la próxima vez que intentes besarme, te encontraré un uso muy creativo para mis dagas.

Geralt soltó un bufido que en cualquier otro hombre habría sido una carcajada. Se acercó tanto que Leyre pudo oler la mezcla de salvia, sangre seca y ese aroma a tormenta que siempre lo acompañaba.

—Tu boca siempre va tres pasos por delante de tu instinto de supervivencia —murmuró él, bajando la voz hasta que fue una caricia áspera en su oído—. Es desesperante.

—Y a ti te encanta —susurró Leyre, humedeciéndose los labios, sintiendo cómo la tensión sexual acumulada volvía a doler en la boca del estómago.

—¡Por el amor de Melitele y todos los dioses de las Tierras Altas! —La voz chillona de Jaskier rompió el momento como un mazo contra un cristal—. ¿Es que no podéis estar cinco minutos sin intentar devoraros o mataros? ¡Estoy intentando componer una oda a la resistencia heroica y vuestro flirteo de alto voltaje está desafinando mi laúd!

Jaskier apareció por la escalera de caracol, seguido de cerca por Enola, Wendy y Robin. El bardo lucía una mancha de hollín en la mejilla y su jubón de seda estaba desgarrado, pero mantenía una pose dramática.

—Jaskier, si no te callas, la oda será sobre cómo un bardo fue arrojado desde una almena por su propia hermana —amenazó Leyre, aunque sus mejillas delataban su timidez repentina.

—Enola tiene razón —dijo Robin, apoyando su arco sobre el hombro y mirando a la pareja con una ceja levantada—. Vuestra sutileza es comparable a la de un trol de piedra en una cristalería. Leyre, tienes una marca de presión en la muñeca que no es precisamente de entrenar con la espada.

—Es un análisis puramente empírico —añadió Enola, ajustándose las gafas imaginarias con un gesto de suficiencia—. La frecuencia de vuestros "entrenamientos privados" ha aumentado un sesenta por ciento desde que cruzamos el Pontar. Si seguimos a este ritmo, Geralt se quedará sin elixires y tú, Leyre, te quedarás sin voz de tanto... gritar órdenes.

—¡Enola! —chilló Leyre, roja como su propio pelo.

Wendy, siempre la más serena y observadora, se acercó a la muralla y miró hacia el horizonte con una expresión sombría que detuvo las bromas de inmediato.

—Basta de juegos —dijo Wendy—. Mi intuición no me ha fallado desde que salimos de Escocia. El aire ha cambiado. No son solo soldados de DunBroch lo que viene. Hay algo más... algo que no pertenece a este mundo.

Geralt se tensó al instante, su mano derecha buscando instintivamente el pomo de su espada de plata. Olfateó el aire, sus pupilas verticales dilatándose hasta convertir sus ojos en pozos de obsidiana.

—Magia —gruñó el brujo—. O algo atraído por ella.

—¿Magia? —Jaskier palideció—. ¿Qué clase de magia? Porque si es una hechicera con ganas de venganza, me pido el sótano. Ya he tenido suficiente con Yennefer para tres vidas.

—No es una hechicera —dijo Geralt, bajando al patio con pasos rápidos y pesados—. Es un rastro de azufre y carne podrida. Un leshen. O algo peor que se ha despertado con el ruido de la batalla.

El grupo descendió al patio central, donde la convivencia de los últimos días había dejado huellas de una domesticidad caótica: ropa de seda escocesa secándose junto a trozos de carne de monstruo salada, y el laúd de Jaskier apoyado contra un barril de pólvora que Enola había "tomado prestado" de una caravana nilfgaardiana.

—Muy bien, equipo de rescate de princesas y bardos inútiles —dijo Robin, frotándose las manos con energía—. ¿Cuál es el plan? ¿Geralt hace de cebo mientras nosotras le salvamos el pellejo de nuevo?

—El plan es que os encerréis en el salón principal —ordenó Geralt, mirando directamente a Leyre—. Esto no es una pelea contra hombres con armadura. Un monstruo de bosque no tiene honor ni se detiene ante una cara bonita.

—Ni se te ocurra, Rivia —replicó Leyre, desenvainando su espada corta con una determinación que hizo que Jaskier diera un paso atrás—. No voy a quedarme bordando mientras tú te juegas el cuello. Mis amigas y yo hemos sobrevivido a los clanes de las Tierras Altas y a una huida por medio continente. No nos vas a dejar fuera ahora.

—Leyre, es peligroso —insistió Geralt, su voz cargada de una preocupación que rara vez mostraba.

—Todo es peligroso desde que te conocí, Lobo Blanco —dijo ella, acercándose a él y colocando una mano sobre su coraza de cuero—. Pero prefiero morir luchando a tu lado que vivir esperando a que vuelvas. Además, Enola tiene una idea con ese barril de pólvora que probablemente volará la mitad de la montaña, y no querrás perdértelo.

Geralt miró a las cuatro jóvenes. Enola ya estaba calculando ángulos de trayectoria con un trozo de tiza en el suelo; Wendy cerraba los ojos, sintonizando con los ruidos del bosque; y Robin probaba la tensión de su cuerda con una sonrisa feroz. Finalmente, su mirada volvió a Leyre, a su belleza salvaje y a esa terquedad que lo volvía loco.

—Si mueres, te mataré yo mismo —gruñó el brujo, lo cual era su forma de decir que aceptaba la ayuda.

—¡Esa es la actitud romántica que buscaba para mi balada! —exclamó Jaskier, aunque su voz temblaba ligeramente—. ¡A las armas! O a las cacerolas, lo que sea que me sirva de escudo.

El ataque no se hizo esperar. La niebla se espesó hasta volverse una masa blanquecina que devoraba la visibilidad. De repente, las raíces de los árboles cercanos empezaron a reptar por los muros de la fortaleza como serpientes hambrientas. Un rugido gutural, que parecía venir de las entrañas de la tierra, sacudió los cimientos.

—¡Fuego! —gritó Enola.

Robin disparó una flecha incendiaria hacia el foso, donde Enola había dispuesto un rastro de aceite. Una cortina de llamas se alzó, iluminando la figura grotesca que emergía del bosque: un leshen antiguo, sus astas de ciervo adornadas con cráneos humanos y sus dedos como ramas afiladas.

Geralt se lanzó al ataque, un borrón de acero y señales de brujo. El escudo de Quen brilló a su alrededor mientras esquivaba las raíces que brotaban del suelo. Leyre, moviéndose con la gracia de la bailarina que fue y la ferocidad de la guerrera en la que se estaba convirtiendo, flanqueó a la criatura.

—¡Por DunBroch! —gritó, clavando su espada en una de las extremidades leñosas del monstruo. El leshen emitió un chillido agudo que hizo vibrar los dientes de todos los presentes.

—¡Cuidado, Leyre! —advirtió Wendy, lanzando una piedra con una honda que impactó justo en el ojo brillante de la criatura.

El combate era un caos de ramas, fuego y gritos. Jaskier, desde lo alto de un barril, golpeaba rítmicamente un escudo de metal con un palo, creando un ruido ensordecedor que parecía confundir los sentidos del leshen.

—¡Funciona! —chilló el bardo—. ¡El teorema de la disonancia acústica de Jaskier es infalible!

—¡Cállate y sigue golpeando! —le gritó Robin, que no dejaba de soltar flechas con una rapidez asombrosa.

Geralt logró trepar por el torso de la criatura, clavando su espada de plata en el núcleo de su pecho, donde latía una energía verde y enferma. El leshen se sacudió violentamente, lanzando al brujo contra una pared de piedra.

—¡Geralt! —Leyre corrió hacia él, pero una raíz gigante se interpuso en su camino, atrapándola por la cintura y levantándola en el aire.

—¡Suéltala, pedazo de leña podrida! —gritó Enola, activando el mecanismo del barril de pólvora que había situado estratégicamente cerca de la base del monstruo.

La explosión fue magnífica y aterradora. Una lluvia de astillas ardientes y humo negro cubrió el patio. La onda expansiva lanzó a todos al suelo. Cuando el humo se disipó, el leshen no era más que un montón de madera carbonizada que se deshacía en cenizas.

Leyre, que había caído sobre un montón de paja gracias a que la raíz se desintegró antes del impacto, se puso en pie tambaleándose. Buscó desesperadamente con la mirada entre los escombros.

—¡Geralt!

El brujo emergió de entre las sombras, cubierto de polvo y sangre, pero con su habitual expresión de estoicismo imperturbable. Se acercó a Leyre con pasos rápidos y, ante la mirada atónita (y encantada) de sus amigos, la tomó por el rostro y la besó con una pasión que hizo que Jaskier soltara un silbido de aprobación.

Fue un beso que sabía a victoria, a cenizas y a una promesa silenciosa. Leyre se aferró a su armadura, respondiendo con la misma intensidad, olvidando por un momento la guerra, a su padre y el hecho de que estaban rodeados de escombros.

—¿Estás bien, boba testaruda? —preguntó Geralt, separándose apenas unos centímetros, su frente apoyada contra la de ella.

—He tenido mejores bailes —jadeó Leyre, con una sonrisa salvaje—. Pero la compañía es insuperable.

—¡Ejem! —Enola se aclaró la garganta, limpiándose las gafas con un trozo de tela—. Siento interrumpir este momento de desbordante pasión hormonal, pero el teorema de la pólvora sugiere que el ruido habrá atraído a todos los soldados en un radio de cinco leguas. Sugiero que nos larguemos de aquí antes de que el siguiente monstruo sea una división de infantería.

—Enola tiene razón —dijo Wendy, ayudando a Jaskier a bajar del barril—. El aire vuelve a oler a hombres y acero.

Geralt asintió, recuperando su máscara de brujo, aunque su mano no soltó la de Leyre.

—Recoged lo que podáis. Nos movemos hacia las montañas Azules. Hay caminos que ni siquiera los mejores rastreadores de DunBroch conocen.

—¿Y habrá posadas con vino decente? —preguntó Jaskier, sacudiendo el polvo de su laúd—. Porque mis dedos necesitan un respiro y mi garganta está más seca que el ojo de un basilisco.

—Habrá barro, frío y probablemente más cosas que quieran comerte —respondió Geralt, mirando a Leyre con una suavidad que solo ella podía ver—. Pero estaremos juntos.

Leyre sonrió, apretando la mano del brujo. Miró a sus amigas, que ya estaban organizando las provisiones con una eficiencia asombrosa, y a su hermano, que ya empezaba a rimas palabras sobre la explosión de pólvora.

—¿Sabes, Geralt? —dijo Leyre mientras se dirigían a los establos—. Siempre pensé que mi destino era ser una moneda de cambio en un mapa de Escocia.

—El destino es una broma pesada, Leyre —respondió él, ayudándola a subir a su caballo—. Pero a veces, si luchas lo suficiente, te permite elegir quién te acompaña en el camino.

—Entonces elijo al brujo gruñón —dijo ella, guiñándole un ojo—. Aunque tenga que enseñarle a bailar adecuadamente algún día.

—Ni lo sueñes, pelirroja —gruñó Geralt, aunque la comisura de sus labios se elevó ligeramente.

El grupo abandonó la fortaleza de Kaer Ffynnon justo cuando las primeras luces del sol iluminaban los restos de la batalla. Mientras cabalgaban hacia lo desconocido, Leyre sintió una libertad que nunca había conocido en los salones de piedra de su hogar. Sabía que la atracción entre ella y Geralt era devastadora, que su amor era un incendio que podía consumirlos a ambos, y que su historia estaba lejos de ser un cuento de hadas.

Pero mientras cruzaban el desfiladero, con Jaskier cantando una versión preliminar de su nueva balada y sus mejores amigas flanqueándola, Leyre de DunBroch supo que no importaba cuántos monstruos o soldados enviara el destino. Ella era la dueña de su propia danza, y el Lobo Blanco era el único compañero que quería para el resto de la función.

—¡Eh, Rivia! —gritó Leyre por encima del ruido de los cascos—. ¡La próxima vez, yo pongo la pólvora y tú pones las bromas!

Geralt solo soltó un gruñido, pero por la forma en que su capa ondeaba al viento mientras se aseguraba de que ella estuviera a salvo a su lado, Leyre supo que su aventura acababa de empezar. El drama, la comedia y la pasión se mezclaban en el aire del continente, y la princesa salvaje de Escocia estaba lista para devorarlo todo.