El maldito muñeco
Un lienzo en blanco y un muñeco inquietante
El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la habitación de Anna, pintando franjas de luz en el suelo de madera. Se estiró perezosamente en la cama, sintiendo el familiar crujido de sus articulaciones. Otro día en Hackensack. Suspira. A pesar de su reticencia inicial, la conversación de ayer con Jake había dejado una pequeña huella en ella. Una chispa, casi imperceptible, de curiosidad.
Se levantó y se dirigió al armario, eligiendo su atuendo con su habitual indiferencia. Unos vaqueros anchos y descoloridos, una camiseta de manga larga de una banda de punk rock que había descubierto en Barcelona y una sudadera con capucha de su padre, dos tallas más grande. Se sentía cómoda en la ropa holgada, como si le ofreciera un escudo contra el mundo.
Mientras se cepillaba el pelo, rizado y rebelde, sus ojos verdes se posaron en la ventana. La casa de Jake estaba justo enfrente. Se dio cuenta de que sus ventanas se alineaban perfectamente, ofreciendo una vista directa del dormitorio del otro. Una extraña sensación se apoderó de ella.
—¿Anna, ya estás lista? –la voz de su madrastra la sacó de sus pensamientos.
—¡Sí! –respondió, bajando las escaleras con su skate bajo el brazo.
En la cocina, el desayuno era un silencio incómodo, interrumpido solo por el tintineo de los cubiertos. Su padre intentó, de nuevo, entablar conversación.
—¿Qué tal tu primer día, cariño? ¿Hiciste amigos?
Anna se encogió de hombros, masticando su tostada.
—Más o menos.
Su padre y su madrastra intercambiaron una mirada.
—Bueno, es un comienzo, ¿no? –dijo su madrastra, con su sonrisa forzada.
Anna no respondió. Terminó su desayuno, se despidió con un gruñido y salió de la casa, su skate rodando suavemente por la acera.
Al llegar a la escuela, los pasillos ya estaban llenos de estudiantes. Se dirigió a su taquilla, abriéndola con un golpe seco. Mientras guardaba sus libros, sintió una presencia a su lado.
—Hola, Anna.
Era Jake. Llevaba una mochila al hombro y, para sorpresa de Anna, Chucky asomaba la cabeza por la cremallera.
—Hola, Jake –respondió Anna, intentando no mirar al muñeco.
—¿Qué tal? –preguntó Jake, con una pequeña sonrisa.
—Bien. ¿Y tú?
—Bien. ¿Nos vemos en el almuerzo?
Anna lo miró, sorprendida. No esperaba que la invitara a sentarse con él de nuevo.
—Claro –respondió, con un pequeño atisbo de sonrisa.
Las clases pasaron con la misma lentitud del día anterior. En química, el profesor la miró de nuevo como si fuera un espécimen raro. En historia, la profesora la llamó "la chica de España" cada vez que quería que respondiera una pregunta. Anna se sentía cada vez más frustrada.
Cuando sonó la campana del almuerzo, Anna se dirigió a la cafetería, buscando a Jake. Lo encontró sentado en la misma mesa de ayer, solo. Se sentó frente a él, dejando su skate a un lado.
—¿Qué tal el día? –preguntó Jake.
—Un desastre –respondió Anna, dejando caer la cabeza sobre la mesa–. Odio esta escuela. Odio este pueblo.
Jake sonrió.
—Te entiendo. Yo también lo odiaba al principio.
—¿Y ahora? –preguntó Anna, levantando la cabeza.
—Ahora… bueno, ahora tengo otras cosas en las que pensar –respondió Jake, mirando de reojo a Chucky, que estaba sentado en la silla a su lado.
Anna siguió su mirada.
—¿Sigue dando mal rollo?
Jake se encogió de hombros.
—A veces. Pero es… mi amigo.
Anna lo miró, una mezcla de curiosidad y preocupación en sus ojos.
—¿Amigo? Jake, es un muñeco.
—Lo sé –respondió Jake, con un tono algo defensivo–. Pero es diferente.
Anna decidió no insistir. Había algo en la forma en que Jake hablaba de Chucky que le decía que era un tema delicado.
Mientras comían, otros estudiantes comenzaron a acercarse a su mesa. Lexy Cross, la chica popular de la escuela, se acercó con su séquito.
—Vaya, vaya, Jake Wheeler –dijo Lexy, con una sonrisa burlona–. ¿Ya tienes una nueva amiga? Y encima, ¡la de España!
Anna la miró con una ceja levantada.
—¿Y a ti qué te importa?
Lexy se rió.
—¡Qué carácter! Me gusta. ¿De dónde eres, guapa?
—De Barcelona –respondió Anna, con un tono seco.
—¡Barcelona! ¡Qué exótico! –exclamó Lexy, con un tono de burla–. ¿Sabes bailar flamenco?
Anna la miró fijamente.
—No. ¿Sabes tú cerrar la boca?
Lexy se quedó en silencio por un momento, sorprendida por la respuesta de Anna. Luego, su sonrisa se endureció.
—Qué maleducada. Jake, ¿por qué andas con esta?
Jake se sintió incómodo, como siempre que Lexy lo confrontaba.
—Déjanos en paz, Lexy.
—Uhm, no –respondió Lexy, poniendo los ojos en blanco–. Solo venía a decirte que mi fiesta de Halloween es la próxima semana. Estás invitado, Jake. Y tu… amiga, si quiere.
Lexy se alejó con su grupo, dejando a Anna y Jake solos de nuevo.
—Es insoportable –murmuró Anna.
—Sí, lo sé –respondió Jake, con un suspiro–. Es mi… ex.
Anna lo miró, sorprendida.
—¿En serio?
—Sí. Fue hace mucho.
—Bueno, pues te libraste de un problema –comentó Anna, encogiéndose de hombros.
Jake sonrió.
—Tienes razón.
Hubo un momento de silencio.
—Mi tío va a hacer una cena este fin de semana –dijo Jake, de repente–. Mi padre, mi primo y yo… ¿quieres venir? Así no estoy solo.
Anna lo miró, sorprendida por la invitación. Era la primera vez que alguien la invitaba a algo desde que había llegado.
—¿En serio? –preguntó.
—Sí. Así no tienes que quedarte sola en casa con tu padre y tu… madrastra.
Anna sonrió, una sonrisa genuina esta vez.
—Gracias, Jake. Me gustaría.
La campana sonó, indicando el final del almuerzo. Anna se despidió de Jake y se dirigió a su siguiente clase, sintiendo un ligero cosquilleo en el estómago. Tal vez Hackensack no sería tan malo después de todo.
Los días siguientes transcurrieron con una rutina similar. Anna y Jake se encontraban en el almuerzo, y a veces, después de clase, hablaban un rato. Anna se sentía más cómoda con él, y Jake, a su vez, parecía abrirse un poco más.
El viernes por la tarde, Jake se acercó a Anna después de clases.
—¿Te acuerdas de lo de la cena? –preguntó–. Es mañana por la noche.
—Sí, claro –respondió Anna–. ¿A qué hora?
—A las siete. Te recojo en tu casa.
Anna asintió.
—Genial.
Mientras Jake se alejaba, Anna se montó en su skate y se dirigió a casa, un poco nerviosa por la cena.
Al día siguiente, Anna se pasó la tarde eligiendo qué ponerse. Optó por unos vaqueros negros, una camiseta de manga corta de su padre, que le quedaba como un vestido, y sus zapatillas favoritas. Se ató el pelo en una coleta alta, dejando algunos mechones rizados alrededor de su rostro.
Cuando Jake llegó a las siete, Anna ya estaba esperándolo en el porche. Llevaba una camisa a cuadros y unos vaqueros, y Chucky estaba, para sorpresa de Anna, dentro de una mochila, asomando solo la cabeza.
—Hola –dijo Jake, con una sonrisa.
—Hola –respondió Anna.
Mientras caminaban hacia la casa de Jake, Anna no pudo evitar notar lo cerca que estaban las casas. Prácticamente eran vecinas.
La cena fue… peculiar. El tío de Jake, Lucas, era un hombre corpulento y ruidoso, con una risa contagiosa. Su primo, Junior, era más callado, pero tenía una mirada intensa. Y el padre de Jake… bueno, el padre de Jake era tan distante como lo había imaginado.
Anna se sintió un poco incómoda al principio, pero la presencia de Jake a su lado la tranquilizó. Intentó seguir la conversación, aunque a veces se perdía en los acentos y las expresiones locales.
—Entonces, ¿eres de España, eh? –preguntó Lucas, con una gran sonrisa–. ¡Qué bien! ¿Te gusta el fútbol?
Anna sonrió.
—Sí, me encanta. Soy del Barça.
Lucas se rió.
—¡Ah, del Barça! Los mejores.
Jake la miró, sorprendido. No sabía que a Anna le gustara el fútbol.
La cena transcurrió entre risas y anécdotas. Anna se dio cuenta de que, a pesar de sus problemas, la familia de Jake era… una familia. imperfecta, ruidosa, pero una familia al fin y al cabo.
Cuando terminaron de cenar, Jake y Anna se ofrecieron a ayudar a recoger la mesa.
—No os preocupéis, chicos –dijo Lucas–. Vosotros id a divertiros.
Jake y Anna se miraron.
—¿Quieres venir a mi habitación? –preguntó Jake–. Tengo algunos dibujos que quiero enseñarte.
Anna asintió. Subieron las escaleras, dejando atrás el ruido de la cocina. La habitación de Jake era un santuario de creatividad. Las paredes estaban cubiertas de dibujos, algunos terminados, otros a medio hacer. Había bocetos de monstruos, personajes de cómics y retratos.
—Guau –murmuró Anna, impresionada–. Son increíbles.
Jake se sonrojó ligeramente.
—Gracias.
Anna se acercó a un dibujo de un rostro, con ojos melancólicos y pelo rizado.
—Este eres tú, ¿verdad?
Jake asintió.
—Sí. Es uno de mis favoritos.
Anna lo miró.
—Tienes mucho talento, Jake.
Pasaron el resto de la noche dibujando juntos, hablando de arte, de sus vidas y de sus sueños. Anna se dio cuenta de que Jake era mucho más de lo que parecía a primera vista. Era sensible, inteligente y, a su manera, un artista.
Cuando llegó el momento de irse, Anna se sintió un poco triste.
—Gracias por la cena, Jake –dijo–. Y por todo.
Jake sonrió.
—De nada. Me lo he pasado bien.
Anna regresó a su casa, sintiendo una calidez en su pecho que no había sentido en mucho tiempo.
Unos días después, Anna tuvo una idea.
—Oye, Jake –dijo, durante el almuerzo–. ¿Quieres venir a mi casa a dibujar? Tengo un montón de material de arte que traje de España.
Jake la miró, sorprendido.
—¿En serio?
—Sí. Además, mis padres no suelen estar en casa por la tarde.
Jake sonrió.
—Me encantaría.
Esa tarde, Jake llegó a la casa de Anna con su mochila, Chucky asomando la cabeza. Anna lo recibió en la puerta, con una sonrisa.
—Pasa –dijo.
La casa estaba en silencio. Anna llevó a Jake a su habitación, que había transformado en su propio santuario. Había láminas de sus bandas favoritas en las paredes, una pila de libros en la mesita de noche y un caballete en una esquina.
—Guau –dijo Jake, impresionado–. Tienes un estudio.
Anna se rió.
—Algo así.
Pasaron las siguientes dos horas dibujando en silencio, la música de fondo llenando la habitación. Anna se sentía completamente a gusto con Jake. Era la primera vez en mucho tiempo que se sentía ella misma.
De repente, escucharon el sonido de la puerta principal abriéndose.
—¡Ya estamos en casa! –gritó la voz de su madrastra.
Anna y Jake se miraron, sorprendidos. No esperaban que volvieran tan pronto.
—Mierda –murmuró Anna.
—¿Qué hacemos? –preguntó Jake, con los ojos bien abiertos.
—No te preocupes –dijo Anna–. No suelen subir a mi habitación.
Pero se equivocó. Unos minutos después, escucharon pasos en las escaleras.
—¿Anna, estás aquí? –preguntó la voz de su padre.
Anna y Jake se miraron, asustados. Rápidamente, Anna escondió a Jake detrás de la puerta.
—¡Sí, papá! –respondió, intentando sonar natural.
Su padre entró en la habitación, con una sonrisa.
—Cariño, ¿te gustaría que pidiéramos una pizza para cenar?
—Sí, claro –respondió Anna, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Su padre se quedó un momento, mirando los dibujos de Anna.
—Qué bonitos. Cada día dibujas mejor.
—Gracias, papá –dijo Anna, rezando para que se fuera.
Finalmente, su padre salió de la habitación. Anna suspiró de alivio.
—Uf –dijo Jake, saliendo de su escondite–. Eso estuvo cerca.
Anna se rió.
—Sí, lo sé.
Continuaron dibujando un rato más, pero la magia se había roto. La presencia de sus padres en la casa los hacía sentir incómodos.
Cuando la noche comenzó a caer, Anna se despidió de Jake en la puerta principal.
—Gracias por venir –dijo.
—Gracias por invitarme –respondió Jake–. Me lo he pasado bien.
Mientras se despedían, la puerta de la cocina se abrió y su padre y su madrastra salieron, con una expresión de sorpresa en sus rostros.
—Anna, ¿quién es este? –preguntó su padre, con el ceño fruncido.
Anna se encogió de hombros, intentando sonar indiferente.
—Es Jake. Mi vecino. Y mi amigo.
Jake saludó con la mano, sintiéndose un poco incómodo.
—Hola, señor Garcés.
El padre de Anna lo miró de arriba abajo, con una expresión de desconfianza.
—¿Un amigo? ¿Desde cuándo tienes amigos aquí?
—Desde hace unos días –respondió Anna, con un tono seco–. Bueno, Jake, nos vemos mañana.
Jake asintió y se despidió, sintiéndose aliviado de escapar de la situación.
Anna se dio la vuelta y se dirigió a su habitación, sin mirar a sus padres.
—Anna, ¿qué ha sido eso? –preguntó su madrastra.
—Nada. Solo un amigo –respondió Anna, encogiéndose de hombros–. ¿Hay pizza o no?
Subió las escaleras, dejando a sus padres solos en el pasillo, confundidos y preocupados.
En su habitación, Anna se puso el pijama y se metió en la cama. Miró por la ventana, hacia la casa de Jake. La luz de su habitación estaba encendida. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. A pesar de los problemas, a pesar de la soledad, a pesar de todo, había encontrado un amigo en Hackensack. Y eso, para Anna, era un comienzo.
Jake, en su habitación, también miraba por la ventana. La luz de la habitación de Anna estaba encendida. Se preguntó qué estaría haciendo. Sonrió. Anna era extraña, sarcástica, pero también era la única persona que parecía entenderlo. Y eso, para Jake, era un consuelo.
Chucky, sentado en la cama de Jake, parecía sonreírle. O tal vez, solo tal vez, era la imaginación de Jake.