El maldito muñeco
El Secreto de Chucky
El lunes por la mañana, el ambiente en la escuela era palpable. Un murmullo constante de rumores y chismorreos llenaba los pasillos, y Anna no tardó en darse cuenta de que era el centro de atención. Las miradas la seguían, los cuchicheos se silenciaban a su paso, y Lexy Cross, con su séquito habitual, la observaba desde la distancia con una sonrisa maliciosa.
– ¿Qué pasa? – preguntó Anna a Jake durante el almuerzo, sintiéndose incómoda bajo el escrutinio general.
Jake dudó, revolviendo su comida con el tenedor.
– Bueno… después de que tus padres nos vieran el sábado…
– ¿Sí? – inquirió Anna, una ceja levantada.
– Lexy se enteró. Y bueno, ha estado diciendo… cosas.
– ¿Qué cosas? – Anna sintió un escalofrío.
– Que somos… no sé, raros. Que tú eres una extranjera que se aprovecha de mí. Que Chucky es un muñeco de vudú.
Anna resopló.
– ¿Y la gente se lo cree?
Jake se encogió de hombros.
– Es Lexy. La gente siempre la escucha.
Anna miró a Lexy, que ahora les sonreía con descaro desde su mesa. Un arrebato de ira la invadió.
– ¿Sabes qué? Me da igual. Que digan lo que quieran.
Pero en el fondo, le importaba. La sensación de ser una extraña, de ser juzgada, era algo con lo que había luchado desde que llegó a Hackensack.
Esa tarde, mientras Anna caminaba a casa, Lexy y su grupo la interceptaron.
– Hola, extranjera – dijo Lexy, cruzándose de brazos.
– ¿Qué quieres, Lexy? – preguntó Anna, intentando mantener la calma.
– Solo quería darte un consejo. Aléjate de Jake. Es un… perdedor. Y su muñeco da escalofríos.
– Jake es mi amigo – respondió Anna, apretando los puños. – Y tú no eres nadie para decirme con quién puedo o no puedo estar.
Lexy se rió, y sus amigas la imitaron.
– ¡Qué valiente! Pero te arrepentirás.
Anna las ignoró y siguió su camino, el corazón latiéndole con fuerza.
Al día siguiente, la situación empeoró. En clase de arte, donde Anna y Jake solían sentarse juntos, Lexy se sentó entre ellos, dejando a Anna sin asiento.
– Perdón, ¿está ocupado? – preguntó Anna, con sarcasmo.
– Sí, por mí – respondió Lexy, con una sonrisa triunfal.
Anna suspiró y se sentó en otro lugar. Jake la miró con disculpa, pero no dijo nada.
En el almuerzo, cuando Anna se sentó con Jake, Lexy y su grupo se acercaron a su mesa, esta vez con sus teléfonos móviles.
– ¡Miren, chicos! – exclamó Lexy, apuntando con su teléfono a Chucky, que estaba en la silla de Jake. – ¡El muñeco creepy!
Empezaron a hacerle fotos y a reírse. Anna sintió cómo la sangre le subía a la cabeza.
– ¡Ya basta! – gritó Anna, levantándose de golpe. – ¡Déjenlo en paz!
Lexy la miró, sorprendida por su arrebato.
– ¡Oh, la extranjera se enoja!
Anna no pudo más. Cogió el muñeco de Jake y lo arrojó al suelo.
– ¡Es solo un estúpido muñeco! – gritó.
Chucky rodó por el suelo, y en ese momento, un grito ahogado escapó de la boca de Jake. Anna lo miró, confundida.
– ¡Anna, no! – exclamó Jake, corriendo hacia el muñeco.
Anna se quedó paralizada. Nunca había visto a Jake tan alterado. Lexy y su grupo se quedaron en silencio, observando la escena.
Jake levantó a Chucky del suelo, lo abrazó contra su pecho y miró a Anna con una expresión de dolor y traición.
– ¿Por qué hiciste eso? – preguntó, su voz apenas un susurro.
Anna sintió una punzada de arrepentimiento.
– Yo… yo solo quería…
– ¡No entiendes nada! – exclamó Jake, y salió corriendo de la cafetería, dejando a Anna sola, con la mirada de todos los estudiantes sobre ella.
Las lágrimas brotaron de sus ojos. Se sentía humillada, avergonzada y, sobre todo, culpable. Había traicionado a Jake, a su único amigo en Hackensack.
El resto del día fue un borrón. Anna se sentía incapaz de concentrarse en nada. Lo único que podía pensar era en la expresión de dolor en el rostro de Jake.
Al salir de la escuela, Anna fue directamente a la casa de Jake. Llamó a la puerta, pero nadie respondió. Volvió a llamar, con más fuerza, pero el silencio fue su única respuesta.
Se sentó en el porche, esperando. El sol comenzó a ponerse, y el frío de la tarde se hizo más intenso. Pero Anna no se movió. Necesitaba hablar con Jake, necesitaba disculparse.
Finalmente, cuando la oscuridad ya había caído por completo, la puerta se abrió. Era el padre de Jake.
– ¿Qué haces aquí? – preguntó, con un tono brusco.
– Quiero hablar con Jake – respondió Anna, levantándose.
– Jake no quiere hablar contigo – dijo su padre, con una mirada dura. – Y te sugiero que te vayas.
Anna sintió un nudo en la garganta.
– Por favor, señor. Solo quiero disculparme.
– Te he dicho que no – respondió su padre, y cerró la puerta de golpe.
Anna se quedó allí, sola en la oscuridad, las lágrimas brotando de sus ojos.
Esa noche, Anna no pudo dormir. Se sentía fatal. Había arruinado su amistad con Jake. Y todo por culpa de Lexy.
A la mañana siguiente, Anna se levantó temprano, decidida a enmendar su error. Fue a la escuela antes de que empezaran las clases, esperando encontrar a Jake solo.
Lo encontró en el aula de arte, sentado solo, dibujando. Chucky estaba en la mesa, junto a él.
– Jake – dijo Anna, su voz apenas un susurro.
Jake levantó la vista, sus ojos marrones llenos de tristeza.
– ¿Qué quieres, Anna?
– Lo siento – dijo Anna, acercándose a él. – Lo siento mucho. Fui una estúpida.
Jake no respondió. Volvió a su dibujo.
– Sé que no debí haber hecho eso – continuó Anna, las lágrimas brotando de sus ojos. – Fui una idiota. Solo quería que me dejaran en paz.
Jake dejó el lápiz y la miró.
– Chucky es importante para mí, Anna. Es… es lo único que me queda de mi madre.
Anna lo miró, sorprendida.
– ¿Tu madre?
Jake asintió.
– Ella lo encontró para mí. Fue el último regalo que me hizo antes de… antes de morir.
Anna sintió un escalofrío. Ella también había perdido a su madre. Entendía el dolor de Jake, la importancia de ese muñeco.
– Lo siento mucho, Jake – dijo Anna, con sinceridad. – No lo sabía.
Jake la miró, y por primera vez, vio un atisbo de comprensión en sus ojos.
– Está bien – dijo, su voz un poco más suave. – Pero… me dolió.
– Lo sé – respondió Anna. – Y lo entiendo. Es como si alguien me hubiera quitado la foto de mi madre.
Jake asintió.
– Exactamente.
Hubo un momento de silencio. Anna se sentó a su lado, sin decir nada.
– ¿Podemos volver a ser amigos? – preguntó Anna, finalmente.
Jake la miró, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.
– Sí, Anna. Podemos.
Anna sintió un alivio inmenso.
– Gracias, Jake.
Pasaron el resto de la hora dibujando juntos, el silencio entre ellos ahora cómodo y lleno de comprensión.
Esa tarde, Anna se armó de valor y se acercó a Lexy.
– Lexy, tenemos que hablar – dijo Anna, con voz firme.
Lexy la miró, sorprendida por su audacia.
– ¿De qué, extranjera?
– De Jake – respondió Anna. – Y de Chucky.
Lexy se rió.
– ¿Todavía sigues con ese perdedor y su muñeco de vudú?
– Chucky no es un muñeco de vudú – dijo Anna, con seriedad. – Es un regalo de la madre de Jake. Su último regalo antes de morir.
Lexy se quedó en silencio, su sonrisa desvaneciéndose. Había algo en la voz de Anna, en la sinceridad de sus palabras, que la hizo dudar.
– ¿De verdad? – preguntó, con un tono más suave.
Anna asintió.
– Sí. Y tú no tienes derecho a burlarte de eso. Ni de él.
Lexy miró a Anna, y por primera vez, Anna vio un atisbo de arrepentimiento en sus ojos.
– Yo… no lo sabía – dijo Lexy.
– Ahora lo sabes – respondió Anna. – Así que, por favor, déjanos en paz.
Lexy asintió, y Anna se dio la vuelta y se fue, sintiéndose un poco más ligera.
Los días siguientes, las cosas empezaron a cambiar. Lexy dejó de molestar a Jake y Anna. Los murmullos en los pasillos disminuyeron, y la gente comenzó a ver a Anna y Jake con un poco más de respeto.
Anna y Jake pasaban cada vez más tiempo juntos. Dibujaban, hablaban de sus sueños, de sus miedos, de sus vidas. Anna le contó a Jake sobre su madre, sobre Barcelona, sobre lo mucho que le costaba adaptarse a Hackensack.
Jake, a su vez, le contó a Anna sobre su padre, sobre su tío Lucas, sobre su primo Junior. Y, por supuesto, sobre Chucky.
– A veces, siento que Chucky me habla – dijo Jake un día, mientras dibujaban en la habitación de Anna.
Anna lo miró, sorprendida.
– ¿Cómo que te habla?
– No sé. Es como si me diera consejos. Me dice cosas que me hacen sentir mejor. O que me hacen pensar en cosas que no había pensado antes.
Anna lo miró con curiosidad.
– ¿Y qué te dice?
Jake dudó.
– Cosas… sobre mi padre. Sobre Lexy. Sobre… ti.
Anna sintió un escalofrío.
– ¿Sobre mí?
Jake asintió.
– Dice que eres una buena persona. Que eres fuerte. Y que me entiendes.
Anna sonrió.
– Chucky es un buen juez de caracteres.
Jake se rió.
– Sí, lo es.
Pero Anna no pudo evitar sentir una punzada de inquietud. Había algo extraño en la forma en que Jake hablaba de Chucky. Era como si el muñeco fuera más que un simple objeto.
Una tarde, mientras Anna y Jake estaban en la habitación de Jake, dibujando, Chucky se cayó de la cama.
– ¡Oh, no! – exclamó Jake, corriendo a recogerlo.
Pero antes de que pudiera hacerlo, Anna vio algo. Un pequeño botón rojo en la espalda de Chucky.
– Jake, ¿qué es eso? – preguntó Anna, señalando el botón.
Jake lo miró, sorprendido.
– No lo sé. Nunca lo había visto.
Jake presionó el botón. Un pequeño altavoz en la espalda de Chucky se activó, y una voz metálica, algo distorsionada, salió de él.
– ¡Hola, soy Chucky! ¿Quieres jugar?
Anna y Jake se miraron, sorprendidos.
– ¡Habla! – exclamó Anna.
– ¡Sí! – respondió Jake, con una sonrisa. – ¡Es un muñeco que habla!
Pero Anna no estaba tan segura. Había algo en la voz de Chucky, en su sonrisa cosida, que le producía una profunda inquietud.
– ¿Y qué te decía antes? – preguntó Anna. – ¿Cuando te "hablaba"?
Jake dudó.
– No sé. Eran como… pensamientos en mi cabeza. Voces. Creía que era mi imaginación.
Anna miró a Chucky, y luego a Jake. La pieza del rompecabezas comenzó a encajar.
– Jake – dijo Anna, con seriedad. – Creo que Chucky no es solo un muñeco que habla.
Jake la miró, confundido.
– ¿A qué te refieres?
– Creo que Chucky… te ha estado manipulando – respondió Anna. – Te ha estado diciendo cosas, haciéndote creer que eran tus propios pensamientos.
Jake se quedó en silencio, procesando las palabras de Anna.
– ¿Por qué haría eso?
– No lo sé – respondió Anna. – Pero hay algo en este muñeco que no me gusta.
Jake miró a Chucky, y luego a Anna. Había algo en la voz de Anna, en la expresión de sus ojos, que lo hizo dudar.
– ¿Crees que Chucky es… malo? – preguntó Jake, con un nudo en la garganta.
Anna asintió.
– Sí, Jake. Creo que sí.
Jake se levantó, cogió a Chucky y lo miró fijamente.
– No. Chucky es mi amigo.
– Jake, por favor – dijo Anna. – Escúchame. Hay algo muy extraño en este muñeco.
Pero Jake no la escuchaba. Estaba absorto en Chucky, en la mirada de cristal de sus ojos.
– No. Tú no lo entiendes, Anna – dijo Jake, su voz fría. – Tú no sabes lo que es tener a alguien que te entienda de verdad.
Anna sintió una punzada de dolor.
– Jake, yo te entiendo. Yo también he perdido a mi madre. Sé lo que es sentirse solo.
Pero Jake negó con la cabeza.
– No. Tú no entiendes a Chucky. Él es el único que me ha ayudado.
Anna sintió un escalofrío. Había algo en la voz de Jake que la asustó. Una determinación, una convicción, que no había visto antes.
– Jake, por favor – dijo Anna, intentando razonar con él. – Déjame que te ayude. Déjame que te diga lo que sé.
Pero Jake se negó. Se aferró a Chucky, y sus ojos se posaron en Anna con una expresión de desconfianza.
– No. Vete, Anna. – dijo Jake. – Vete.
Anna lo miró, el corazón encogiéndose en su pecho. Se dio cuenta de que había cruzado una línea. Había tocado un nervio sensible en Jake.
– Jake, no quiero irme – dijo Anna. – Quiero ayudarte.
Pero Jake no la escuchaba. Estaba completamente absorto en Chucky.
– Vete – repitió Jake, su voz más fuerte esta vez.
Anna se levantó, las lágrimas brotando de sus ojos. Se dio cuenta de que no había nada más que pudiera hacer. Jake no la escucharía. Al menos, no ahora.
Salió de la habitación de Jake, el corazón roto. Había intentado ayudarlo, había intentado advertirle, pero Jake no la había escuchado.
Mientras bajaba las escaleras, la voz de Chucky resonó en su mente.
"¡Hola, soy Chucky! ¿Quieres jugar?"
Anna sintió un escalofrío. Había algo muy oscuro en ese muñeco. Y le preocupaba lo que pudiera significar para Jake.
Cuando llegó a su casa, Anna se encerró en su habitación. Se sentía sola, frustrada y asustada. Había intentado ayudar a Jake, pero él no la había escuchado.
Miró por la ventana, hacia la casa de Jake. La luz de su habitación estaba encendida. Se preguntó qué estaría haciendo. Se preguntó si Chucky le estaría "hablando" de nuevo.
Anna sabía que no podía ignorar lo que había descubierto. Había algo muy peligroso en Chucky, y Jake estaba en peligro. Tenía que hacer algo. Pero, ¿qué? ¿Cómo podía convencer a Jake de que Chucky era una amenaza?
Se sentó en su cama, las lágrimas brotando de sus ojos. Se sentía impotente. Había intentado ayudar a su amigo, pero él la había rechazado.
Pero Anna no se rendiría. Sabía que tenía que proteger a Jake, incluso si él no quería ser protegido. Tenía que descubrir el secreto de Chucky. Y lo haría, no importaba el costo.
Mientras tanto, en la habitación de Jake, el muñeco Chucky estaba sentado en el suelo, frente a él. Jake lo miraba, sus ojos llenos de confusión y miedo.
– ¿Anna tiene razón? – preguntó Jake, su voz apenas un susurro. – ¿Eres malo?
Chucky lo miró, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios cosidos.
– No, Jake – dijo la voz metálica. – Soy tu amigo. Y te ayudaré a vengarte de todos los que te han hecho daño.
Jake lo miró, y una chispa de oscuridad se encendió en sus ojos.
– ¿Vengarme?
Chucky asintió.
– Sí, Jake. Vengarte. Y yo te ayudaré.
Jake miró a Chucky, y luego a la ventana, hacia la habitación de Anna. Una decisión se formó en su mente.
Anna no lo entendía. Pero Chucky sí. Y Chucky lo ayudaría.
Mientras la oscuridad de la noche envolvía Hackensack, un nuevo capítulo comenzaba a escribirse. Un capítulo de secretos, de venganza y de un muñeco que no era tan inofensivo como parecía. Y Anna, sin saberlo, estaba a punto de verse envuelta en un juego mortal.