El Omega del alfa
El eco de los pasos pequeños y el aroma a vainilla nueva
La mansión Hong, que alguna vez fue un santuario de silencio y disciplina bajo el mando de Sam y Daniel, se había transformado en un torbellino de risas agudas y juguetes de madera esparcidos por las alfombras de seda. A sus tres años, Hong Minho era la viva imagen de su padre, Joshua: poseía esa misma mirada decidida y una mandíbula que ya empezaba a definirse con nobleza. Sin embargo, había heredado la dulzura infinita de Jeonghan, manifestada en una sonrisa que podía desarmar al alfa más severo de la organización.
Era una tarde de domingo inusualmente cálida. Joshua, ahora un alfa de veintisiete años que caminaba con la seguridad de quien gobierna un imperio financiero, observaba a su hijo desde el umbral del jardín. Jeonghan, a sus cuarenta años, estaba sentado en el césped, ayudando a Minho a construir una torre de bloques. El tiempo parecía haber sido generoso con el omega; aunque había madurado, su belleza se había vuelto más profunda, más etérea, como un vino costoso que solo mejora con las décadas.
—¡Papá, mira! —gritó Minho, señalando la torre que acababa de colapsar—. ¡Se cayó como el edificio de la tele!
Joshua se acercó, agachándose para alzar al pequeño alfa en un solo movimiento fluido. Minho soltó una carcajada, aferrándose al cuello de su padre, donde el aroma a sándalo era más fuerte.
—Eres un demoledor, Minho —dijo Joshua, besando la mejilla de su hijo—. Igual que tu abuelo Daniel cuando se enfada con las auditorías.
Jeonghan se puso en pie, sacudiendo el pasto de su pantalón de lino. Se acercó a los dos hombres de su vida y depositó un beso suave en la mejilla de Joshua, quien rodeó su cintura con el brazo libre, atrayéndolo hacia su calor.
—Está muy inquieto hoy —comentó Jeonghan, acariciando el cabello oscuro de Minho—. Ha estado preguntando cosas extrañas toda la mañana.
Joshua arqueó una ceja, intrigado.
—¿Cosas extrañas? ¿Como por qué el cielo es azul o por qué Dk siempre trae dulces escondidos?
—No —Jeonghan soltó una risita nerviosa, evitando la mirada de Joshua por un segundo—. Ha estado preguntando por qué la casa es tan grande si solo somos nosotros tres. Dice que su amigo de la guardería tiene un "bebé de repuesto" en casa para jugar cuando él se cansa de sus juguetes.
Minho, al escuchar la conversación, se retorció en los brazos de Joshua para mirar a sus padres con ojos grandes y suplicantes.
—¡Sí, papá! —exclamó el niño, tirando de la oreja de Joshua—. Quiero un hermanito. Uno pequeñito que huela a vainilla como mamá, pero que juegue a los carros conmigo. ¿La cigüeña puede traerlo mañana? ¿O tengo que pedirlo por la computadora como las camisas de abuelo?
Joshua se quedó mudo por un instante, su pecho ensanchándose con una mezcla de sorpresa y un anhelo que no sabía que tenía tan latente. Miró a Jeonghan, cuyos ojos brillaban con una vulnerabilidad que siempre lograba desarmarlo. Cuarenta años no eran muchos para un omega saludable, pero Joshua siempre había sido sobreprotector, temiendo que otro embarazo fuera demasiado agotador para su esposo.
—Minho, un hermanito no es un juguete que se pide por internet —explicó Joshua con voz suave, aunque sus ojos no dejaban de recorrer el rostro de Jeonghan—. Requiere mucho amor... y mucha preparación.
—¡Yo tengo mucho amor! —insistió el pequeño, extendiendo sus brazos lo más que pudo—. ¡Así de mucho! Por favor, papá Joshua... pídele a mamá que lo traiga.
Jeonghan bajó la mirada, un sonrojo carmín subiendo por su cuello.
—Ve a jugar con tus carros un rato más, Minho —dijo Jeonghan con voz trémula—. Papá y yo tenemos que hablar de cosas de adultos.
El niño bajó al suelo y salió corriendo hacia la terraza, donde Sam lo esperaba con una bandeja de galletas. El silencio que quedó en el jardín era denso, cargado de una tensión que oscilaba entre la duda y el deseo más puro.
—¿Un hermanito, eh? —murmuró Joshua, acercándose más a Jeonghan hasta que sus pechos se rozaron—. Parece que nuestro hijo tiene planes para nosotros.
—Joshua... —Jeonghan suspiró, apoyando las manos en el pecho firme del alfa—. Sabes que yo... yo también lo he estado pensando. Pero tengo cuarenta. No soy el mismo omega de treinta y dos que conociste. ¿Y si mi cuerpo ya no es suficiente? ¿Y si te decepciono?
Joshua tomó el rostro de Jeonghan entre sus manos, obligándolo a mirarlo. Sus ojos marrones ardían con una intensidad que recordaba a aquel joven alfa que, años atrás, había jurado protegerlo contra todo el mundo.
—Nunca podrías decepcionarme, Han —sentenció Joshua—. Eres el centro de mi universo. Si tú quieres esto, si tu corazón lo desea tanto como el mío, no hay nada que temer. Mi lobo te reclama cada día como si fuera el primero. No te veo como un omega de cuarenta, te veo como mi alma destinada, la madre de mis hijos y el hombre que me hizo hombre.
Jeonghan sintió que las rodillas le flaqueaban ante la devoción de su alfa. Joshua siempre tenía esa manera de hacerlo sentir la criatura más valiosa de la tierra.
—Esta noche —susurró Jeonghan, rodeando el cuello de Joshua con sus brazos—, enviemos a Minho a dormir a la habitación de tus padres. Quiero... quiero intentar cumplir su deseo.
—No será solo por su deseo, Han —respondió Joshua, su aroma a sándalo volviéndose más pesado y oscuro, una clara señal de su excitación—. Será porque te deseo tanto que duele.
La noche cayó sobre la mansión con una elegancia silenciosa. Tras asegurarse de que Minho estaba profundamente dormido bajo la vigilancia de Sam y Daniel, Joshua entró en la habitación principal. Jeonghan lo esperaba cerca del ventanal, vestido solo con una bata de seda blanca que dejaba entrever la suavidad de sus hombros. La luz de la luna bañaba su figura, dándole un aire casi místico.
Joshua cerró la puerta con llave, el clic metálico resonando como el inicio de un ritual sagrado. Se acercó a su omega con pasos lentos, depredadores, despojándose de su camisa por el camino.
—Hueles delicioso, Han —dijo Joshua, hundiéndose en el hueco del cuello de su esposo—. Vainilla y algo más... algo que me dice que tu cuerpo está listo para mí.
—Te he esperado toda la tarde —confesó Jeonghan, echando la cabeza hacia atrás para darle más acceso—. Hazme sentir tuyo, Joshua. No tengas cuidado. Quiero que me reclames, quiero que dejes tu marca tan profunda que mi lobo no pueda pensar en nada más que en ti.
Joshua no necesitó más invitación. Levantó a Jeonghan y lo llevó hacia la cama, donde los nidos de seda de antaño habían sido reemplazados por sábanas de hilo de la más alta calidad. Pero el instinto seguía siendo el mismo. El alfa se posicionó sobre él, atrapando sus manos sobre la almohada.
—Esta noche no habrá delicadezas de "niñero", Han —gruñó Joshua, sus ojos brillando con ese tinte rojizo que solo aparecía cuando su lobo tomaba el control—. Voy a llenarte tanto que no quedará espacio para la duda. Voy a darte ese hijo que Minho pide, y voy a recordarte por qué eres el único omega que puede portar mi apellido.
El encuentro fue de una intensidad que superó cualquier noche anterior. Joshua se movía con una urgencia salvaje, sus músculos tensándose bajo la luz plateada mientras poseía a Jeonghan con estocadas profundas y rítmicas. Jeonghan gritaba su nombre, sus uñas enterrándose en la espalda de Joshua, marcando su territorio de la única manera que sabía. El aroma en la habitación era asfixiante, una mezcla de sándalo ardiente y vainilla que se fundía en una fragancia nueva, la fragancia de la creación.
Joshua besaba cada rincón de la piel de Jeonghan, desde sus muslos hasta sus párpados, asegurándose de que cada célula de su omega supiera a quién pertenecía. Cuando el nudo del alfa comenzó a formarse, Joshua hundió su rostro en el cuello de Jeonghan, mordiendo la glándula de olor con una firmeza que hizo que el omega soltara un gemido de puro éxtasis.
—Tuyo... —jadeó Jeonghan, rodeando la cintura de Joshua con sus piernas, atrayéndolo hacia lo más profundo de su ser—. Soy tuyo, Joshua... dánoslo... danos ese milagro.
Joshua se liberó dentro de él, una y otra vez, su semilla buscando el refugio cálido y fértil del omega. Se quedaron unidos durante mucho tiempo, sudorosos y exhaustos, escuchando el latido acompasado de sus corazones en el silencio de la madrugada.
—Lo logramos, Han —susurró Joshua, besando la sien de su esposo—. Puedo sentirlo. Mi lobo sabe que algo ha cambiado.
Dos meses después, la sospecha se convirtió en una realidad que dejó a la familia Hong en un estado de júbilo absoluto, aunque con una sorpresa que nadie esperaba.
Jeonghan estaba sentado en la camilla de la clínica privada, con Joshua apretando su mano con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. El doctor, un beta de confianza que había atendido el parto de Minho, observaba la pantalla del ecógrafo con una expresión de asombro.
—Bueno —dijo el médico, moviendo el transductor sobre el vientre aún plano de Jeonghan—, parece que Minho fue muy específico en sus oraciones, o quizás Joshua fue demasiado generoso.
—¿Qué pasa? —preguntó Joshua, su voz cargada de una ansiedad protectora—. ¿Está todo bien? ¿Han está bien?
—Todo está perfecto —respondió el doctor, girando la pantalla hacia ellos—. Pero no hay un solo latido, señores. Hay dos.
Jeonghan soltó un jadeo, cubriéndose la boca con la mano libre.
—¿Gemelos? —susurró el omega, sus ojos llenándose de lágrimas de alegría y temor—. ¿Dos bebés?
—Dos cachorros fuertes y sanos —confirmó el médico—. Uno parece ser un alfa, como Minho, y el otro... bueno, es un poco pronto, pero tiene toda la pinta de ser un omega.
Joshua sintió que el mundo daba vueltas. Gemelos. Su familia, que hace poco era de tres, pronto sería de cinco. Miró a Jeonghan y vio en su rostro una luz que nunca antes había presenciado. A sus cuarenta años, su esposo iba a darle el milagro doble que la mansión necesitaba para llenarse de vida.
—Gemelos... —repitió Joshua, inclinándose para besar el vientre de Jeonghan frente al doctor, sin importarle el protocolo—. Vas a tener que construir un nido muy grande, Han.
—Y tú vas a tener que trabajar el doble, mi joven alfa —bromeó Jeonghan, aunque las lágrimas seguían rodando por sus mejillas—. Minho va a estar fuera de sí cuando sepa que no tendrá uno, sino dos compañeros de juegos.
La noticia corrió como pólvora. Dk y Woozi llegaron esa misma noche con dos juegos de todo: dos cunas, dos caballitos de madera y dos juegos de mantas. Sam y Daniel, por su parte, comenzaron a planificar la expansión del ala este de la mansión.
Pero el momento más especial fue cuando se lo contaron a Minho. El pequeño alfa escuchó con atención, sentado en el regazo de Joshua, mientras Jeonghan le explicaba que la cigüeña se había confundido y traería dos bebés en lugar de uno.
—¿Dos? —preguntó Minho, procesando la información—. ¿Entonces yo seré el jefe de dos hermanitos?
—Así es, campeón —dijo Joshua, revolviendo su cabello—. Serás el hermano mayor. Tendrás que cuidarlos y enseñarles a ser tan valientes como tú.
Minho se bajó del regazo de su padre y caminó hacia Jeonghan. Con una delicadeza que no parecía propia de un niño de tres años, puso su pequeña mano sobre el vientre de su madre y susurró:
—Hola, bebés. Soy Minho. No se preocupen, yo les prestaré mis carros. Pero a mamá la cuido yo cuando papá esté trabajando.
Jeonghan abrazó a su hijo, mirando a Joshua por encima de su hombro. En ese momento, en la calidez de su hogar, rodeado de su familia y con la promesa de dos nuevas vidas en camino, Joshua Hong entendió que su destino nunca fue solo heredar una organización. Su destino era este: ser el pilar de una familia que desafiaba las convenciones, donde un alfa de veinte se enamoró de su niñero de treinta y dos, y donde el amor, sin importar la edad, siempre encontraba la manera de multiplicarse.
Los meses de embarazo fueron un desafío, pero también un periodo de unión inquebrantable. Joshua se convirtió en la sombra de Jeonghan, asegurándose de que no diera un paso sin apoyo. Masajeaba sus pies, le leía por las noches y se aseguraba de que su aroma a sándalo siempre estuviera presente para calmar las náuseas del omega.
Cuando finalmente llegó el día, la mansión se llenó de una expectación eléctrica. El parto fue largo y agotador, pero bajo la mirada firme y el apoyo constante de Joshua, Jeonghan trajo al mundo a dos hermosos cachorros. El primero, un alfa robusto al que llamaron Jisung, y el segundo, un omega delicado con los mismos ojos de su madre, al que llamaron Hannie.
Esa noche, mientras la mansión dormía bajo el manto de las estrellas, Joshua se quedó observando la escena en la habitación. Jeonghan dormía plácidamente, con Jisung y Hannie acurrucados a sus costados en el enorme nido de seda que Joshua había ayudado a construir. Minho se había colado en la habitación y dormía a los pies de la cama, como un pequeño guardián.
Joshua se acercó y se sentó en el borde, suspirando de pura felicidad. El aroma en la habitación era una sinfonía perfecta: sándalo, vainilla y el perfume fresco de tres nuevos brotes de su linaje.
—Lo logramos, Han —susurró Joshua, aunque su esposo no podía oírlo—. Tenemos nuestro imperio, pero este... este es el único que realmente importa.
Se acostó al lado de su familia, envolviéndolos a todos con su presencia protectora. El joven alfa que no creía en el amor a los veinte años, ahora, a los veintisiete, era el hombre más rico del mundo, no por su dinero, sino por la paz que sentía al saber que su lindo niñero, su eterno omega, estaría a su lado por el resto de la eternidad.