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El Omega del alfa

El susurro de la vida y el linaje de la vainilla

La mansión Hong nunca había lucido tan cálida como en aquella tarde de primavera. El sol se filtraba por los ventanales del comedor principal, iluminando los jarrones de peonías frescas que Jeonghan se encargaba de supervisar cada mañana. A sus treinta y siete años, y con un embarazo que ya alcanzaba las treinta y nueve semanas, el omega irradiaba una belleza casi mística. Su piel, siempre pálida, tenía un brillo rosado, y su cabello castaño caía en suaves ondas sobre sus hombros, dándole el aspecto de una deidad de la fertilidad.

Joshua, que ahora tenía veinticuatro años, no podía apartar la vista de su esposo. Se sentaba a su lado en la mesa, ignorando por momentos el exquisito solomillo que los chefs habían preparado. Su mano derecha no soltaba la de Jeonghan bajo la mesa, mientras que la izquierda descansaba posesivamente sobre la enorme y redonda barriga del omega.

—Joshua, por favor, come —dijo Jeonghan con una sonrisa cansada pero dulce—. Me pones nervioso cuando me miras así, como si fuera a romperme en cualquier segundo.

—No puedo evitarlo, Han —respondió Joshua, y su voz de alfa, ahora más profunda y autoritaria que años atrás, vibró con una ternura infinita—. Siento que el cachorro está muy inquieto hoy. Mi lobo no deja de dar vueltas en mi pecho. Hay algo en el aire...

Sam y Daniel, sentados frente a ellos, intercambiaron una mirada de complicidad. Ellos habían pasado por lo mismo décadas atrás, pero la intensidad de Joshua superaba cualquier estándar. El joven heredero había cancelado todas sus reuniones internacionales durante el último mes, delegando el mando de la organización a sus padres para no separarse ni un metro de su omega.

—Es el instinto, hijo —comentó Daniel, cortando un trozo de carne—. Estás en sintonía con él. Es normal que estés alerta.

—Además —añadió Sam, observando el rostro de Jeonghan—, Han se ve especialmente radiante hoy. Eso suele ser una señal de que el cuerpo se está preparando.

Jeonghan soltó una pequeña risa y pinchó un trozo de verdura.

—Todos están conspirando para que entre en pánico. Me siento bien, de verdad. Solo un poco de presión en la espalda, pero nada que...

De repente, Jeonghan se quedó mudo. Su tenedor cayó sobre el plato de porcelana con un estruendo metálico que pareció resonar en toda la mansión. Su rostro, antes rosado, se volvió del color del mármol.

—¿Han? —Joshua se puso en pie al instante, su silla arrastrándose ruidosamente contra el suelo—. ¿Qué pasa? ¿Es una contracción?

Jeonghan no respondió de inmediato. Sus ojos se dilataron y una mano se aferró con fuerza al borde de la mesa de caoba, sus nudillos volviéndose blancos. Un gemido bajo y entrecortado escapó de sus labios, y de pronto, un sonido de líquido derramándose contra la alfombra persa llenó el silencio del comedor.

—Oh... —susurró Jeonghan, y sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas—. Joshua... rompí fuente.

El pánico, ese que Joshua había intentado mantener a raya durante meses, estalló como una granada. Pero junto al pánico, emergió el alfa protector, el heredero de una organización poderosa que sabía tomar el control en situaciones de crisis.

—¡Daniel, el coche! ¡Ahora! —rugió Joshua, rodeando con sus brazos a Jeonghan para sostenerlo cuando el omega flaqueó—. ¡Sam, toma el bolso que dejamos en la entrada!

—¡Me duele! —sollozó Jeonghan, ocultando el rostro en el cuello de Joshua—. Joshie, duele mucho... no estoy listo, tengo miedo.

—Shhh, mi vida, estoy aquí —susurró Joshua, levantándolo en vilo con una fuerza asombrosa, como si los casi setenta kilos de Jeonghan no fueran nada—. Estoy contigo. No te voy a soltar. Respira conmigo, Han. Vamos.

El trayecto al hospital fue un borrón de luces y sirenas. Daniel conducía el coche blindado de la familia con una destreza envidiable, mientras en el asiento trasero, Joshua mantenía a Jeonghan en su regazo. El omega lloraba bajito, abrumado por la intensidad de las contracciones que llegaban una tras otra, sin darle respiro. El aroma de Joshua, un sándalo ahora amargo por la preocupación pero cargado de feromonas calmantes, envolvía a Jeonghan como una manta protectora.

—Mírame, Han —ordenó Joshua, obligando al mayor a sostenerle la mirada—. Todo va a estar bien. Nuestro cachorro ya viene. Vas a ser el mejor omega del mundo, tal como lo has sido estos nueve meses. Solo un poco más, amor mío.

Al llegar al hospital privado de la familia Hong, un equipo de especialistas ya los esperaba en la entrada de urgencias. La transición a la sala de partos fue rápida. Joshua se negó a soltar la mano de Jeonghan en ningún momento, ignorando las peticiones de las enfermeras para que se pusiera la bata de protección.

—No me voy a mover de aquí —sentenció Joshua con una mirada que hizo que incluso el médico jefe retrocediera un paso—. Soy su alfa. Mi lugar es a su lado.

Las horas siguientes fueron una prueba de fuego para ambos. Jeonghan, agotado por el dolor y la diferencia de edad que a veces le hacía sentir que sus fuerzas flaqueaban, se aferraba a la mano de Joshua como si fuera su único ancla en un mar de agonía.

—No puedo más, Joshua... por favor —gemía Jeonghan, con el cabello empapado de sudor y el rostro desencajado—. Estoy muy cansado...

—Sí puedes, mi valiente omega —respondía Joshua, besando sus nudillos, sus propios ojos empañados por las lágrimas al ver sufrir a su tesoro—. Solo un esfuerzo más. Siente mi aroma, Han. Toma mi fuerza. Es tuya. Toda mi energía es tuya.

Joshua liberó sus feromonas de manera consciente, inundando la sala de partos con una esencia de sándalo tan pura y poderosa que los monitores cardíacos parecieron estabilizarse. Jeonghan inhaló profundamente, llenando sus pulmones con el aroma de su alfa, y algo en su interior hizo clic. El instinto más primitivo de un omega protegiendo y trayendo al mundo a su cría se apoderó de él.

—¡Ahora, Jeonghan! ¡Una vez más! —exclamó la doctora.

Con un grito desgarrador que liberó toda la tensión acumulada en cuatro años de relación, de juicios sociales y de miedos internos, Jeonghan dio el último empujón.

El silencio que siguió fue sepulcral, durando apenas un segundo, antes de ser roto por el llanto más hermoso que Joshua había escuchado en su vida. Era un sonido agudo, fuerte y lleno de vitalidad.

—Es un varón —anunció la doctora con una sonrisa, levantando a una pequeña criatura cubierta de restos biológicos pero llena de energía—. Un alfa joven y saludable.

Joshua sintió que las piernas le temblaban. Se dejó caer en la silla junto a la cama, sin soltar la mano de un Jeonghan que ahora respiraba con dificultad, con los ojos cerrados y una expresión de alivio absoluto.

—Lo hiciste, Han... lo hiciste —susurró Joshua, llorando abiertamente—. Es hermoso. Es nuestro.

Minutos después, tras ser limpiado y envuelto en una suave manta de algodón azul, el bebé fue colocado en los brazos de Jeonghan. El omega abrió los ojos, que aún estaban inyectados en sangre por el esfuerzo, y soltó un sollozo ahogado al ver a su hijo.

—Hola... hola, mi pequeño —murmuró Jeonghan, acariciando con un dedo tembloroso la mejilla sonrosada del recién nacido—. Bienvenido a casa.

Joshua se inclinó sobre ellos, rodeando a ambos con sus brazos grandes. El bebé abrió los ojos por primera vez, y el corazón de Joshua se detuvo.

—Mira eso, Han —dijo Joshua con voz quebrada—. Tiene tus ojos.

Era cierto. El pequeño alfa tenía las facciones de Joshua: la nariz recta, la mandíbula que prometía ser fuerte y el cabello oscuro; pero sus ojos eran una copia exacta de los de Jeonghan. Eran grandes, con una forma almendrada perfecta y un brillo de inteligencia y dulzura que solo el omega poseía. Era la mezcla perfecta del linaje Hong y la belleza serena de Yoon Jeonghan.

—Se parece tanto a ti, Joshie —susurró Jeonghan, besando la frente del bebé—. Tiene tu fuerza. Puedo sentir su aroma... es sándalo, pero con un toque de vainilla dulce.

—Es nuestro milagro —respondió Joshua, mirando a su hijo con una adoración que solo un padre alfa puede sentir—. Es el heredero de todo lo que somos.

La puerta de la habitación se abrió suavemente y Sam y Daniel entraron, con los rostros iluminados por la emoción. Al ver a la pequeña familia unida en la cama, se detuvieron, respetando el momento sagrado.

—Es precioso —dijo Sam en un susurro, acercándose para ver al nieto—. Tiene la mirada de Jeonghan. Va a ser un rompecorazones, igual que su padre.

—Bien hecho, Joshua. Bien hecho, Han —añadió Daniel, poniendo una mano en el hombro de su hijo—. La organización tiene un nuevo líder, pero más importante aún, nuestra familia tiene un nuevo corazón.

Joshua levantó la vista hacia sus padres y luego volvió a mirar a Jeonghan, quien ya empezaba a quedarse dormido por el cansancio, pero sin soltar al bebé. En ese momento, Joshua recordó al joven de veinte años que era cuando conoció a su "niñero". Recordó las dudas, la arrogancia de la juventud y el miedo a que la diferencia de edad fuera un obstáculo insuperable.

Todo eso parecía ahora una vida lejana. Jeonghan le había dado mucho más que un hijo; le había dado un propósito, una estabilidad y un amor que desafiaba cualquier lógica social.

—¿Cómo lo llamaremos? —preguntó Sam en voz baja.

Joshua miró a Jeonghan, quien asintió levemente, dándole la palabra.

—Se llamará Minho —dijo Joshua con firmeza—. Hong Minho. El que brilla con luz propia.

Jeonghan sonrió antes de cerrar los ojos por completo, hundiéndose en un sueño reparador mientras el pequeño Minho se acurrucaba contra su pecho.

Esa noche, Joshua no se movió de la habitación. Se quedó sentado en el sillón junto a la cama, observando el ascenso y descenso del pecho de su omega y el movimiento rítmico de los puños cerrados de su hijo. El aroma en la habitación era perfecto: sándalo, vainilla y esa nueva fragancia a bebé que llenaba cada rincón de esperanza.

Joshua sacó su teléfono y envió un mensaje rápido al grupo que tenía con Dk y Woozi: "Ha nacido. Es perfecto. Tiene los ojos de Han y mi temperamento. Prepárense para ser tíos, porque este alfa va a gobernar el mundo".

La respuesta de Dk no tardó en llegar: "¡Felicidades, papá Joshua! Ya estoy comprando el primer coche de juguete. ¡Pobre Jeonghan, ahora tendrá que lidiar con dos Joshua!".

Joshua sonrió y guardó el teléfono. Se acercó a la cama y depositó un beso casto en los labios de Jeonghan y otro en la frente de Minho.

—Gracias por elegirme, Han —susurró al oído de su esposo dormido—. Gracias por confiar en este joven alfa y por darme el tesoro más grande del mundo.

Afuera, la ciudad de Seúl seguía su ritmo frenético, ajena al hecho de que en esa habitación de hospital, la historia de los Hong había dado su giro más importante. El heredero ya no era solo un joven rico y deseado; era un hombre, un padre y un alfa que había entendido que el verdadero poder no residía en las cuentas bancarias o en los edificios de cristal, sino en la mirada de un omega de treinta y siete años que lo amaba más allá del tiempo y la razón.

Y mientras el sol comenzaba a asomar por el horizonte, marcando el inicio de un nuevo día, Joshua Hong supo que su vida estaba completa. El aroma a vainilla y sándalo se había fusionado para siempre, creando un legado que ni el tiempo ni la edad podrían borrar jamás. El joven alfa y su lindo niñero habían escrito su propio destino, y el resultado era el milagro que ahora descansaba en sus brazos.