El Omega del alfa
Entre susurros y miradas prohibidas
La mañana siguiente al encuentro con sus amigos, el aire en la mansión Hong parecía haber adquirido una densidad distinta. Joshua se despertó antes de que sonara su alarma, con el aroma de Han todavía flotando en su subconsciente como un sueño del que no quería despertar. Se vistió con lentitud, eligiendo una camisa de seda azul oscuro que resaltaba la intensidad de su mirada, y bajó las escaleras con un propósito claro: encontrar al omega.
En la cocina, la escena era doméstica y extrañamente íntima. Han estaba de espaldas, tarareando una melodía suave mientras cortaba fruta con precisión. Llevaba un delantal blanco sobre un suéter de lana color crema que lo hacía lucir suave, casi etéreo. Joshua se detuvo en el umbral, permitiéndose observar la curva de su cuello y la forma en que sus hombros se movían con cada gesto.
—Huele delicioso —dijo Joshua, su voz resonando con una profundidad matutina que hizo que Han diera un pequeño brinco.
—¡Oh! Joven Joshua, me ha asustado —dijo Han, girándose con un cuchillo todavía en la mano y una sonrisa nerviosa—. Buenos días. No esperaba que bajara tan temprano hoy. Sus clases no empiezan hasta las diez, ¿verdad?
—He decidido que quería desayunar contigo —respondió el alfa, acercándose con pasos felinos hasta quedar a escasos centímetros de él.
Han sintió que el espacio personal se reducía drásticamente. El aroma a sándalo de Joshua, mezclado con el calor natural de su cuerpo, lo envolvía como una manta pesada.
—Yo... yo solo soy el personal, Joshua. Mi deber es servirle, no sentarme a la mesa con usted —respondió Han, bajando la mirada hacia sus propios pies. Su inseguridad era palpable, una barrera invisible que Joshua estaba decidido a derribar.
—Mis padres te contrataron para cuidar de mí, Han. Y parte de cuidarme es asegurarte de que no me sienta solo en esta casa tan grande —Joshua extendió una mano y, con una audacia que sorprendió incluso a su propio instinto, rozó el mentón del omega para obligarlo a mirarlo—. Además, ya te lo dije ayer. No eres una molestia. Eres la presencia más agradable que ha tenido esta casa en años.
Han sintió un calor abrasador subir por sus mejillas. A sus treinta y dos años, debería ser él quien tuviera el control, quien manejara la situación con madurez, pero frente a este alfa de veinte años, se sentía como un adolescente experimentando su primer enamoramiento.
—Está bien —cedió Han en un susurro—. Prepararé un lugar para mí también.
Desayunaron en un silencio cargado de electricidad. Joshua no apartaba la vista de él, estudiando cada uno de sus movimientos: la forma en que soplaba su té, cómo mordía con cuidado una tostada, la manera en que sus pestañas revoloteaban cuando se sentía observado. Para Joshua, Han era un enigma fascinante; un hombre que debería estar reclamado por la sociedad, pero que permanecía como una joya oculta, esperando ser descubierta.
—Cuéntame de ti, Han —pidió Joshua, dejando su taza de lado—. ¿Por qué un omega tan hermoso como tú no tiene un alfa? ¿Por qué estás solo?
Han se atragantó ligeramente con su bebida y dejó la taza sobre la mesa con manos temblorosas.
—Es una pregunta muy directa, Joshua —respondió con una sonrisa triste—. Supongo que la vida no siempre sale como uno planea. Tuve una relación larga hace años, pero él... él buscaba algo que yo no podía darle. Al final, me di cuenta de que prefería mi propia paz que estar con alguien que no me valoraba. Con el tiempo, dejé de buscar. Me volví invisible, supongo.
—Él era un idiota —sentenció Joshua con una frialdad que hizo que Han se estremeciera—. Un alfa que deja ir a alguien como tú no merece tener instintos.
—Eres muy joven, Joshua —dijo Han, intentando suavizar el ambiente—. Tienes el mundo a tus pies. No deberías preocuparte por las historias pasadas de un omega que te dobla casi la edad en experiencia.
—La edad es solo un número, Han. Lo que siento cuando entro en una habitación y huelo tu aroma... eso no tiene nada que ver con los años que hayamos vivido —Joshua se puso de pie y rodeó la mesa, inclinándose sobre el omega—. No te veo como alguien "mayor". Te veo como alguien que quiero proteger. Alguien que quiero conocer a fondo.
Antes de que Han pudiera responder, el timbre de la mansión sonó con insistencia, rompiendo el hechizo. Han aprovechó la interrupción para levantarse rápidamente, casi huyendo de la intensidad del alfa.
—Debo... debo abrir la puerta. Seguramente es el correo o algún proveedor —dijo Han con la voz entrecortada.
Joshua maldijo internamente la interrupción. Se cruzó de brazos y siguió a Han hacia la entrada, solo para encontrarse con la última persona que quería ver en ese momento.
Clara entró en la casa sin esperar a ser invitada, empujando lateralmente a Han como si fuera un mueble estorboso.
—¡Joshua! —exclamó ella, ignorando por completo la expresión de fastidio en el rostro del heredero—. Te llamé diez veces y no respondiste. He decidido que hoy iremos a almorzar al club. No acepto un no por respuesta.
Joshua se tensó de inmediato. Vio cómo Han retrocedía hacia la sombra del pasillo, con la cabeza baja, volviendo a ese estado de "invisibilidad" que tanto le dolía ver.
—Clara, te dije que hoy tengo clases y mucho trabajo de la organización —dijo Joshua, su voz era como el hielo—. Y te agradecería que no entraras en mi casa como si fueras la dueña. Además, has empujado a Han. Pídele disculpas.
Clara soltó una carcajada estridente, mirando a Han con desprecio.
—¿A él? ¿Al niñero? Por favor, Joshua, no seas ridículo. Es solo un empleado. No sabía que ahora te preocupabas por los sentimientos del servicio.
Joshua dio un paso al frente, y su aura de alfa dominante estalló en la habitación. El aire se volvió pesado, cargado de una autoridad que hizo que incluso Clara palideciera y retrocediera un paso.
—Él no es solo un empleado —gruñó Joshua, sus ojos brillando con una chispa peligrosa—. Él está bajo mi protección. Si le vuelves a faltar al respeto, no me importará la relación de negocios entre nuestras familias. Te prohibiré la entrada a esta propiedad permanentemente.
—¡Joshua! ¿Cómo puedes decirme eso por un simple omega de segunda? —chilló Clara, con los ojos llenos de lágrimas de rabia y despecho—. ¡Mis padres se enterarán de esto!
—Que se enteren —respondió él con indiferencia—. Ahora, vete. Tengo cosas más importantes que hacer que escuchar tus berrinches.
Clara salió furiosa, haciendo sonar sus tacones contra el mármol. Joshua cerró la puerta con un golpe seco y suspiró, tratando de calmar su instinto protector que todavía rugía en su pecho. Se giró hacia Han, quien lo miraba con una mezcla de asombro y temor.
—Lo siento —murmuró Joshua, acercándose a él—. No debió tratarte así.
—No tenías que hacer eso, Joshua —dijo Han, su voz apenas un hilo—. Ella tiene razón en algo... soy un empleado. No quiero causarte problemas con tus círculos sociales. Ella es una alfa de tu posición, yo solo soy...
—No te atrevas a terminar esa frase —lo interrumpió Joshua, tomándolo suavemente por los hombros—. Ella no es nada comparada contigo. Su posición no le da derecho a ser cruel, y tu posición no te hace menos valioso. ¿Me oyes?
Han asintió lentamente, sintiendo una calidez desconocida en su pecho. Nadie lo había defendido nunca con tanta ferocidad.
—Gracias —susurró Han.
—No tienes que agradecerme. Es mi deber cuidar de lo que es... —Joshua se detuvo antes de decir "mío", dándose cuenta de que quizás era demasiado pronto—. Es mi deber cuidar de ti mientras estés bajo este techo.
El resto de la mañana transcurrió en una calma tensa. Joshua se fue a la universidad, pero su mente no estaba en las clases de macroeconomía ni en los proyectos de gestión. Estaba en Han. Estaba en la forma en que el omega se había encogido ante Clara y en cómo sus ojos habían brillado cuando Joshua lo defendió.
En el campus, Dk y Woozi lo interceptaron en la cafetería.
—Vaya, Shua, parece que el "niñero" te tiene en las nubes —comentó Dk, robándole una patata frita del plato—. Tienes esa mirada de alfa enamorado que da un poco de miedo.
—Déjalo, Dk —dijo Woozi, ajustándose las gafas—. Joshua está experimentando lo que es el instinto de protección real. Aunque, debo admitir, Joshua, que meterte con Clara por un omega que apenas conoces es un movimiento arriesgado. Su familia es influyente.
—No me importa su influencia —respondió Joshua, apretando los puños sobre la mesa—. Ella lo trató como si fuera basura. No voy a permitir que nadie trate a Han de esa manera. Es... él es diferente, Woozi. No es como los omegas que conocemos. Hay una pureza en él, una tristeza que quiero borrar.
—¿Y qué vas a hacer cuando tus padres vuelvan? —preguntó Dk, más serio de lo habitual—. Ellos lo contrataron para trabajar, no para ser tu pareja. Han tiene treinta y dos, tú veinte. La sociedad va a hablar, Shua.
—Mis padres me apoyan en todo lo que me hace feliz —dijo Joshua con convicción—. Y si Han es lo que necesito para ser feliz, ellos lo entenderán. El problema no son mis padres, es el propio Han. Se siente pequeño, se siente menos que yo. Tengo que demostrarle que para mí, él es el centro del universo.
—Bueno, pues empieza por invitarlo a salir de esa casa —sugirió Woozi—. Si solo lo ves en la mansión, siempre habrá esa barrera de jefe y empleado. Llévalo a un terreno neutral.
Joshua asintió, procesando el consejo. Tenía razón. Necesitaba que Han lo viera no como el heredero de los Hong, sino como el hombre que estaba perdidamente enamorado de él.
Esa tarde, al regresar a la mansión, Joshua no entró por la puerta principal como siempre. Fue directamente al jardín trasero, donde sabía que Han solía regar las plantas a esa hora. Lo encontró allí, rodeado de azaleas y rosas, bajo la luz dorada del atardecer.
—Han —llamó suavemente.
El omega se giró, con una pequeña regadera en la mano. Al ver a Joshua, su rostro se iluminó con una sonrisa que hizo que el corazón del alfa diera un vuelco.
—Bienvenido a casa, Joshua. ¿Cómo estuvo tu día?
—Mejor ahora que te veo —respondió Joshua, caminando hacia él—. Han, mañana es sábado. No tienes que trabajar. Quiero que salgas conmigo.
Han parpadeó, sorprendido.
—¿Salir? ¿A dónde?
—A donde tú quieras —dijo Joshua, deteniéndose frente a él—. Quiero llevarte a cenar, o al cine, o simplemente a caminar por el parque. Quiero pasar tiempo contigo fuera de estas paredes.
—Joshua... no creo que sea buena idea —dijo Han, dejando la regadera en el suelo—. La gente mirará. Dirán cosas de un alfa joven y exitoso como tú saliendo con alguien como yo.
—Que miren —desestimó Joshua, dando un paso más, invadiendo el espacio de Han—. Que digan lo que quieran. No me importa el resto del mundo, Han. Solo me importas tú. Solo quiero saber si tú quieres venir conmigo.
Han miró los ojos de Joshua, buscando alguna señal de duda o de juego, pero solo encontró una sinceridad arrolladora y un deseo profundo. Su corazón, ese que había mantenido bajo llave durante años para evitar ser lastimado, empezó a latir con una esperanza renovada.
—Me gustaría —susurró Han finalmente—. Me gustaría mucho salir contigo, Joshua.
Joshua sonrió, una sonrisa triunfante y llena de ternura. Se acercó lo suficiente como para que sus frentes se rozaran, permitiendo que sus aromas se mezclaran libremente en el aire del jardín.
—Entonces es una cita —dijo Joshua—. Y te prometo, Han, que haré todo lo posible para que sea la mejor noche de tu vida.
Han cerró los ojos, dejándose embriagar por el aroma a sándalo. Por un momento, se olvidó de la diferencia de edad, de su inseguridad y de su puesto de trabajo. En ese jardín, bajo el cielo teñido de rosa, solo eran un alfa y un omega encontrándose en el laberinto del destino.
Sin embargo, en las sombras de la entrada de la mansión, una figura observaba la escena con las manos apretadas en puños. Clara no se había ido del todo; había regresado para intentar disculparse y recuperar terreno, pero lo que acababa de presenciar solo alimentó su odio.
—Disfruta mientras puedas, niñero —siseó Clara para sí misma, con los ojos inyectados en rabia—. No voy a permitir que un omega de callejón se quede con lo que me pertenece. Joshua Hong será mío, aunque tenga que destruirte en el proceso.
Mientras Joshua y Han compartían ese momento de paz, una tormenta mucho más grande que cualquier berrinche de Clara se estaba gestando. Pero Joshua, envuelto en la dulzura de la vainilla de Han, se sentía capaz de enfrentar cualquier tempestad. Por primera vez en sus veinte años, el heredero de los Hong tenía un propósito que iba más allá del dinero y el poder: conquistar el corazón del hombre que le había devuelto la vida a su hogar.
—No dejaré que nadie te haga daño —prometió Joshua en un susurro contra la piel de Han—. Ni Clara, ni el mundo, ni tus propios miedos.
Han se acurrucó ligeramente contra el pecho del alfa, buscando ese calor que ya se había vuelto adictivo.
—Sé que lo harás, Joshua —respondió Han, aunque una pequeña parte de él todavía temía el despertar de ese sueño—. Pero recuerda que a veces, el amor es más complicado que una simple promesa.
—Para mí es simple —concluyó Joshua, depositando un beso casto en la frente del omega—. Te quiero a ti. Y lo que Joshua Hong quiere, Joshua Hong lo consigue.
La noche cayó sobre la mansión, trayendo consigo el silencio, pero en el aire quedaba la promesa de un mañana diferente. Un mañana donde el joven alfa y el maduro omega empezarían a escribir su propia historia, ajenos a las sombras que empezaban a acecharlos desde la oscuridad.