El Omega del alfa
El latido de la sangre y el reclamo del alma
La noche de la cita no fue a un restaurante de lujo ni a un evento social donde las cámaras pudieran captar al heredero de los Hong. Joshua, con una madurez que superaba sus veinte años, sabía que Han se sentiría expuesto bajo las luces de neón de la alta sociedad. Por eso, lo llevó a un pequeño mirador privado en las colinas, un terreno que pertenecía a su familia pero que estaba alejado del ruido.
Allí, bajo un manto de estrellas que parecía competir con el brillo en los ojos de Han, el aire se volvió denso. No era una densidad incómoda, sino una eléctrica, cargada de feromonas que empezaban a cantar una melodía antigua. El sándalo de Joshua se volvió más profundo, más terroso, mientras que la vainilla de Han florecía, perdiendo su timidez para volverse embriagadora.
—Joshua —susurró Han, abrazándose a sí mismo mientras el viento nocturno agitaba su cabello oscuro—. Siento que... que algo está cambiando. Mi lobo no deja de aullar desde que salimos de la casa. Nunca me había pasado esto con nadie. Ni siquiera cuando era más joven.
Joshua se acercó, eliminando cualquier rastro de distancia. Sus manos buscaron la cintura del omega, atrayéndolo hacia su calor. El cuerpo de Han encajaba perfectamente contra el suyo, como si hubieran sido moldeados por el mismo artesano.
—Es porque no es un capricho, Han —respondió Joshua, hundiendo su nariz en el hueco del cuello del mayor, aspirando su esencia con una avidez que lo hizo temblar—. Mis padres siempre me dijeron que los Hong no elegimos con la cabeza, sino con la sangre. Mi instinto no te ve como un empleado, ni como un extraño. Te reconoce.
Han jadeó cuando sintió los colmillos de Joshua rozar accidentalmente su piel sensible. Un escalofrío recorrió su columna vertebral. A sus treinta y dos años, siempre había creído que la idea de las "parejas destinadas" era un cuento de hadas para omegas románticos, algo que se desvanecía con la dura realidad de la vida adulta. Pero el calor que emanaba de Joshua, esa fuerza magnética que lo obligaba a querer someterse y ser protegido al mismo tiempo, era innegable.
—Soy mucho mayor que tú —intentó protestar Han, aunque su voz carecía de convicción—. Deberías estar buscando a alguien que pueda darte herederos pronto, alguien que comparta tus círculos, alguien...
—Shhh —lo calló Joshua, sellando sus labios con un dedo—. No quiero a "alguien". Te quiero a ti. Mi lobo te ha reclamado desde el primer segundo en que entraste a esa mansión. Eres mi pareja predeterminada, Han. Lo siento en cada fibra de mi ser.
En ese momento, el instinto tomó el control. Joshua no pudo contenerse más y capturó los labios de Han en un beso que no tenía nada de inocente. Fue un beso hambriento, lleno de promesas y de una posesividad feroz. Han respondió con la misma intensidad, rodeando el cuello del alfa con sus brazos, permitiendo que sus miedos se disolvieran en la pasión que los consumía.
Días después, la noticia de que el joven heredero pasaba cada minuto libre con su "niñero" empezó a circular por los pasillos de la universidad y los clubes privados. Clara, consumida por la envidia, intentó una última jugada. Se presentó en la mansión cuando sabía que los padres de Joshua, Sam y Daniel, acababan de regresar de su viaje a Europa.
—¡Señores Hong! —exclamó Clara, fingiendo una preocupación angustiante en la sala principal—. Tenía que decírselo. Joshua está perdiendo la cabeza. Ese omega que contrataron... lo ha seducido. Están desprestigiando el nombre de su familia. Joshua no sale de su habitación si no es con él. ¡Es un escándalo!
Sam y Daniel se miraron entre sí. Daniel, el más observador de los dos, dejó su periódico a un lado y miró a la joven alfa con una calma que la puso nerviosa.
—Clara, querida —dijo Daniel con voz suave—, conocemos a nuestro hijo. Y también conocemos el aroma de un alfa que ha encontrado su equilibrio.
En ese momento, Joshua bajó las escaleras. No venía solo; su mano estaba firmemente entrelazada con la de Han. El omega lucía diferente: su piel brillaba con una salud renovada y sus ojos, antes melancólicos, ahora reflejaban una seguridad que solo el amor de un alfa dominante podía otorgar. Aunque Han bajó la cabeza por respeto al ver a los señores de la casa, no soltó la mano de Joshua.
—Papá, padres —dijo Joshua, ignorando la presencia de Clara como si fuera una mancha en el suelo—. Han y yo tenemos algo que decirles. Aunque supongo que ya pueden olerlo.
El aroma en la estancia era inconfundible. El sándalo y la vainilla se habían fusionado en una fragancia única, la marca de dos almas que se habían vinculado profundamente.
—Joshua —intervino Clara, acercándose con desesperación—, ¡reacciona! Es un hombre de treinta y dos años, no tiene nada que ofrecerte. ¡Yo soy tu igual!
Joshua se detuvo y la miró con una frialdad que hizo que la temperatura de la habitación bajara varios grados.
—Él me ofrece su alma, Clara. Algo que tú ni siquiera posees —sentenció Joshua—. Y para que quede claro ante todos: Han no es mi empleado. Es mi pareja. Mi omega. Y cualquier falta de respeto hacia él será tomada como una declaración de guerra contra mí y contra la organización Hong.
Sam se levantó de su asiento y caminó hacia la pareja. Han se puso tenso, esperando un regaño o un despido fulminante, pero lo que recibió fue una sonrisa cálida y una mano amistosa en el hombro.
—Bienvenido a la familia, Han —dijo Sam, mirando a su hijo con orgullo—. Siempre supimos que Joshua necesitaría a alguien especial para calmar su fuego. Alguien con la madurez y la dulzura necesarias. No nos importa la edad, ni lo que digan los chismes. Lo que importa es que nuestro hijo finalmente ha encontrado su norte.
Clara, al verse humillada y sin aliados, salió de la mansión echando chispas, jurando venganza, aunque todos sabían que sus amenazas eran vacías frente al poder de los Hong.
Más tarde, en la privacidad del jardín donde todo había comenzado a florecer, Han se apoyó en el pecho de Joshua, escuchando el latido rítmico de su corazón.
—Todavía me parece un sueño —confesó Han en voz baja—. A veces tengo miedo de despertar y volver a ser ese omega solitario que nadie veía.
Joshua lo abrazó con más fuerza, aspirando el aroma de su nuca.
—Eso nunca va a pasar. Eres el omega más bello que he visto en mi vida, Han. Y no me refiero solo a tu físico, que es perfecto, sino a esa luz que tienes dentro. Me da igual si el mundo piensa que soy demasiado joven o que tú eres demasiado mayor. Lo que tenemos es predeterminado. El destino no se equivoca.
—¿No te arrepientes? —preguntó Han, mirándolo a los ojos—. Podrías tener a cualquier omega de tu edad, alguien sin pasado, alguien que no necesite que lo cuiden tanto.
Joshua se rió, una risa suave y llena de adoración. Le acarició la mejilla con el pulgar, maravillado por la suavidad de su piel.
—¿Arrepentirme? Han, tenerte a mi lado es el mayor éxito de mi vida. Mucho más que cualquier negocio o título. Tu madurez me da paz, y tu belleza me deja sin aliento cada mañana. Eres mío, y yo soy tuyo. Eso es todo lo que necesito saber.
Esa tarde, mientras el sol se ocultaba tras las montañas, Dk y Woozi llegaron de visita. Al ver a la pareja sentada en el jardín, compartiendo confidencias y risas, incluso el cínico de Woozi tuvo que sonreír.
—Parece que el "asistente personal" consiguió el ascenso más rápido de la historia —bromeó Dk, acercándose con una caja de dulces—. ¡Felicidades, pareja! Shua, tienes una cara de bobo que no te la quita nadie.
—Es la cara de alguien que ha ganado la lotería, Dk —respondió Joshua, sin soltar la cintura de Han—. Y tú, Han, prepárate, porque estos dos no te van a dejar en paz ahora que eres oficialmente parte del grupo.
Han se rió, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo como si perteneciera a algún lugar. La inseguridad que lo había perseguido durante años se estaba disolviendo bajo la mirada protectora de Joshua.
—Estoy listo —dijo Han, mirando a los amigos de su alfa—. Si puedo lidiar con Joshua y su intensidad, puedo lidiar con cualquier cosa.
La risa llenó el jardín, marcando el inicio de una nueva etapa. Joshua Hong, el alfa que creía que el amor era un concepto lejano, había caído rendido ante un omega doce años mayor, y no había ni un ápice de duda en su corazón. Sus instintos habían hablado, sus almas se habían reconocido, y contra eso, no había regla social ni berrinche ajeno que pudiera prevalecer.
Joshua miró a Han una vez más, agradeciendo internamente a sus padres por haber contratado a aquel "niñero". Habían buscado a alguien que cuidara de su hijo, y terminaron encontrando al dueño de su destino. El sándalo y la lluvia ahora tenían un nuevo matiz: el de la vainilla eterna que endulzaría cada uno de sus días venideros.