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El poder de la oscuridad

El Eco de las Cadenas de Seda

La opulencia de la Mansión Riddle ya no resultaba asfixiante por la decadencia, sino por la perfección. Cada rincón del castillo, antes cubierto de polvo y sombras rancias, ahora brillaba con un esplendor aristocrático que evocaba los días de gloria de las familias más antiguas. Pero para Rabastan Lestrange, cada alfombra de terciopelo y cada candelabro de plata no eran más que adornos de su propia jaula.

Había pasado una semana desde su presentación oficial ante el Wizengamot. El mundo mágico aún intentaba procesar la imagen de un Lord Voldemort rejuvenecido, de una belleza casi divina y una elocuencia que hacía que incluso sus enemigos más acérrimos dudaran de sus propias convicciones. Ya no era el monstruo que siseaba amenazas; era un soberano que hablaba de orden, de la preservación de la magia y del fin de la anarquía ministerial. Y a su lado, Rabastan se sentía como un trofeo de caza, exhibido para demostrar que el Señor Tenebroso era capaz de poseer no solo tierras y leyes, sino también voluntades.

Rabastan se encontraba en el balcón de sus nuevas habitaciones, que se comunicaban directamente con las del Lord. Sus dedos apretaban la barandilla de piedra fría. Llevaba una túnica de seda gris oscuro, tan fina que parecía humo, con el escudo de los Lestrange bordado en hilo de platino, pero bajo la tela, su piel todavía recordaba el calor de las manos de Voldemort.

—No puedes quedarte aquí mirando al vacío para siempre, hermano.

La voz de Rodolphus lo sacó de su ensimismamiento. Rabastan no se volvió. Sabía que su hermano mayor estaba allí, probablemente enviado por su propia esposa, Bellatrix, para evaluar la situación.

—¿Qué quieres, Rodolphus? —preguntó Rabastan con voz ronca.

—Saber si sigues vivo tras esa máscara de indiferencia —Rodolphus se acercó, situándose a su lado. Su rostro mostraba una mezcla de envidia y preocupación—. La mansión es un hervidero. Bellatrix está... bueno, puedes imaginarlo. Está furiosa porque no fue ella, pero al mismo tiempo está aterrorizada por la nueva lucidez de nuestro Señor.

—Ella siempre quiso su atención —susurró Rabastan, cerrando los ojos—. Yo solo quería servirle. Quería estar en la vanguardia, en el barro, luchando por nuestra causa. No quería ser el objeto de sus... fijaciones.

—Rabastan, míralo desde otro ángulo —dijo Rodolphus, bajando la voz—. Tienes el oído del hombre más poderoso que ha pisado la tierra. Podrías pedir cualquier cosa. Tierras, títulos, la cabeza de cualquier enemigo.

Rabastan soltó una risa amarga y se giró para enfrentar a su hermano.

—¿Y qué precio pagaré por ello? Ya lo ves. No puedo salir de aquí sin su permiso. No puedo portar mi varita a menos que él lo autorice. Me ha convertido en su ancla, Rodolphus. Dice que mi paz le devuelve la cordura. ¿Pero quién me devolverá la mía?

Antes de que Rodolphus pudiera responder, las pesadas puertas de la habitación se abrieron de par en par. No hubo anuncio, no hubo pasos pesados, solo la repentina caída de la temperatura y el aroma a ozono y sándalo que siempre precedía al Señor Tenebroso.

Voldemort entró en la estancia. Vestía túnicas negras de corte militar que acentuaban su figura imponente. Sus ojos rojos, ahora más parecidos a rubíes pulidos que a brasas ardientes, se fijaron de inmediato en Rabastan, ignorando casi por completo a Rodolphus.

—Lestrange —dijo Voldemort, y la sola palabra hizo que Rodolphus se inclinara en una reverencia profunda.

—Mi Lord —murmuró el mayor de los hermanos.

—Retírate. Tengo asuntos que discutir con mi consorte —la orden fue suave, pero cargada de una autoridad que no admitía réplica.

Rodolphus lanzó una última mirada de advertencia a su hermano y salió de la habitación rápidamente. El silencio que siguió fue denso, cargado de una tensión que Rabastan sentía en cada fibra de su ser. Voldemort se acercó, reduciendo la distancia con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.

—Sigues teniendo esa mirada de rebelde, Rabastan —comentó Voldemort, extendiendo una mano para acariciar el cuello del menor de los Lestrange. Sus dedos eran largos y fríos, pero el contacto enviaba descargas de electricidad por la columna de Rabastan—. ¿Acaso no te gusta el alojamiento? He ordenado que traigan los mejores vinos de Francia y los textos más raros de la biblioteca de los Black.

—No soy un pájaro que pueda ser domesticado con alpiste de oro, mi Lord —respondió Rabastan, intentando mantener la voz firme a pesar de la cercanía del otro hombre.

—No eres un pájaro —coincidió Voldemort, su pulgar rozando la mandíbula de Rabastan—. Eres un soldado. Y como tal, deberías entender la importancia de la posición estratégica. Tu lugar ahora está aquí, a mi lado. Mi mente está clara por primera vez en décadas. Los fragmentos de mi alma parecen haber encontrado un equilibrio que antes me era esquivo, y todo es gracias a ti.

—Eso es una carga que yo no pedí —siseó Rabastan, dando un paso atrás, aunque terminó chocando con la barandilla del balcón—. No soy un objeto mágico. No soy un Horrocrux que podáis usar para estabilizar vuestro poder.

Voldemort sonrió, y por un momento, el rastro del joven Tom Riddle fue tan evidente que Rabastan sintió un vuelco en el corazón. Era una belleza letal, una que prometía tanto el paraíso como la aniquilación.

—Eres mucho más que eso —Voldemort se inclinó, atrapando a Rabastan entre sus brazos y la barandilla—. Eres mi voluntad de vivir. Antes, solo me importaba la inmortalidad por el miedo a la nada. Ahora, quiero la eternidad para ver este mundo transformado, y quiero que tú lo veas conmigo.

—¿Y si me niego? —desafió Rabastan, aunque sus manos, por instinto, se habían apoyado en el pecho de Voldemort, sintiendo el latido rítmico y poderoso de su corazón—. ¿Si decido que prefiero la muerte a ser vuestro juguete?

La expresión de Voldemort se endureció. El aire a su alrededor comenzó a vibrar con una magia oscura y opresiva.

—No te permitiría morir —susurró Voldemort—. Te traería de vuelta una y otra vez. He conquistado la muerte, Rabastan. No intentes jugar esa carta conmigo.

El Señor Tenebroso suavizó el gesto y tomó una de las manos de Rabastan, besando sus nudillos con una delicadeza que resultaba perturbadora viniendo de un hombre que había causado tanta masacre.

—Esta noche habrá una cena con los ministros que ahora me sirven por elección, no por miedo —continuó Voldemort—. Estarás a mi derecha. Quiero que el mundo vea que no soy solo un conquistador, sino un monarca con una estirpe que proteger.

—¿Elección? —Rabastan soltó una risa seca—. Los habéis seducido con vuestra nueva cara y vuestras promesas de un mundo puro. No es elección, es manipulación.

—¿Y acaso importa? —Voldemort se encogió de hombros con elegancia—. El resultado es el mismo. El orden ha vuelto. La sangre limpia volverá a ocupar su lugar. Y tú, mi querido Rabastan, serás la envidia de todos ellos.

—O su burla —masculló el mortífago.

Voldemort lo tomó del mentón, obligándolo a mirarlo a los ojos. La Legeremancia fue suave, apenas un roce de pensamientos, pero Rabastan sintió cómo su señor exploraba sus miedos y su reticencia.

—Nadie se atreverá a burlarse de lo que es mío —sentenció Voldemort—. Ahora, prepárate. He dejado un conjunto de túnicas en tu lecho. Son del color de la sangre que hemos derramado para llegar aquí.

Cuando Voldemort abandonó la habitación, Rabastan se dejó caer en un sillón, cubriéndose el rostro con las manos. Se sentía traidor a sí mismo. Había pasado años siendo el soldado perfecto, aquel que no cuestionaba las órdenes, aquel que encontraba en la violencia una forma de devoción. Pero esto... esto era una batalla para la que no tenía armas.

Horas más tarde, el gran salón de la Mansión Riddle estaba iluminado por miles de velas flotantes. La aristocracia mágica, aquellos que habían sobrevivido a las purgas y aquellos que se habían unido al carro del vencedor por oportunismo, llenaban el espacio. El ambiente no era de terror, sino de una expectación reverente.

Cuando las puertas se abrieron, el silencio fue absoluto.

Lord Voldemort entró primero. Su presencia llenaba el salón, una fuerza de la naturaleza vestida de negro y plata. Pero fue el hombre que caminaba a su lado quien atrajo todas las miradas. Rabastan vestía túnicas de un rojo carmesí profundo, bordadas con oro. Su rostro, generalmente hosco y curtido por la batalla, estaba pálido, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad desafiante. No caminaba como un cautivo, sino como un general que ha sido obligado a aceptar una corona de espinas.

Voldemort tomó su mano y lo guio hacia la mesa principal, situada en un estrado elevado. Mientras caminaban, Rabastan pudo ver las caras de sus antiguos compañeros. Lucius Malfoy inclinó la cabeza con una sonrisa calculada; Bellatrix, sentada unos lugares más abajo, tenía los nudillos blancos de tanto apretar su copa de vino, sus ojos inyectados en sangre fijos en su hermano político.

—Mis amigos —comenzó Voldemort, una vez que estuvieron sentados. Su voz se proyectó sin esfuerzo por todo el salón—, hoy no celebramos una victoria militar. Celebramos el nacimiento de una nueva era. El Ministerio ha caído bajo la sensatez de nuestras propuestas. La educación de nuestros jóvenes volverá a las raíces de la magia verdadera.

Rabastan sentía el peso de la mano de Voldemort sobre la suya, sobre la mesa. No era un agarre suave; era posesivo, un recordatorio constante de a quién pertenecía.

—Y para asegurar que este legado perdure —continuó el Señor Tenebroso, mirando de soslayo a Rabastan con una sonrisa que no llegó a sus ojos—, he decidido formalizar mi unión con la familia Lestrange. Rabastan no es solo mi mano derecha en la guerra, sino el compañero que el destino ha elegido para equilibrar mi corona.

Un murmullo recorrió la sala. Era un movimiento político maestro. Al elegir a un Lestrange, una de las familias de las Sagradas Veintiocho más leales, Voldemort solidificaba su base de poder tradicional mientras presentaba una imagen de estabilidad monárquica.

—¡Por el Señor Tenebroso y su consorte! —exclamó Lucius Malfoy, levantando su copa con rapidez, siendo seguido de inmediato por el resto de los invitados.

Rabastan bebió de su copa, sintiendo que el vino sabía a ceniza. Miró a la multitud y luego a Voldemort. El hombre que tenía al lado ya no era el ser que buscaba destruir el mundo por despecho; era alguien que quería poseerlo por completo. Y se dio cuenta, con un escalofrío, de que Voldemort tenía razón: un monstruo cuerdo era mucho más peligroso que uno loco.

A mitad de la cena, un joven mortífago, ansioso por ganar favor, se acercó al estrado.

—Mi Lord, si me permitís... tenemos noticias de los últimos focos de resistencia en Escocia. Los seguidores de Dumbledore están dispersos, pero algunos todavía...

Voldemort levantó una mano, interrumpiéndolo. Su mirada se volvió gélida.

—Este no es el momento para hablar de migajas de resistencia, Yaxley. Estamos celebrando. Además —Voldemort se volvió hacia Rabastan, pasando un brazo por sus hombros y atrayéndolo hacia sí—, he decidido que la violencia innecesaria ha terminado. Aquellos que no se unan a nosotros serán simplemente... olvidados por la historia. No necesitamos mártires, necesitamos súbditos.

Rabastan sintió un pinchazo de sorpresa. Voldemort estaba perdonando vidas, no por compasión, sino por pura arrogancia intelectual. Estaba borrando a sus enemigos de la existencia simplemente ignorándolos, quitándoles la gloria de la lucha.

—¿Incluso Potter? —se atrevió a susurrar Rabastan, tan bajo que solo Voldemort pudiera oírlo.

—Potter es un niño que juega a los héroes —respondió Voldemort en el mismo tono, su aliento rozando la oreja de Rabastan—. Si se queda en su agujero, vivirá. Si sale, será aplastado por la burocracia que ahora controlo, no por mi varita. Es un final mucho más humillante, ¿no crees?

Rabastan no pudo evitar sentir una pizca de admiración por la crueldad refinada de su señor. Era una estrategia brillante.

Cuando la cena terminó y los invitados comenzaron a retirarse, la mansión volvió a sumirse en un silencio expectante. Voldemort guio a Rabastan de regreso a sus aposentos privados, pero esta vez no se detuvo en la puerta. Entró con él.

—Habéis cumplido vuestra parte, mi Lord —dijo Rabastan, tratando de mantener la distancia—. El mundo os ha visto. Ahora, dejadme volver a mis cuarteles.

—Tus cuarteles ya no existen, Rabastan —dijo Voldemort, cerrando la puerta con un movimiento de su mano. La habitación quedó iluminada solo por el fuego de la chimenea—. Tu vida como soldado terminó en el momento en que puse mis ojos en ti en esa biblioteca.

—No podéis obligarme a ser... esto —Rabastan señaló sus ropas lujosas—. No soy un cortesano.

—No —coincidió Voldemort, acercándose lentamente—. Eres el hombre que me devolvió la paz. Y por eso, te daré el mundo, pero nunca te daré la libertad.

Voldemort lo acorraló contra la cama de dosel, sus manos atrapando las muñecas de Rabastan. La diferencia de poder era abrumadora, no solo física, sino mágica. Rabastan luchó, intentando zafarse, pero Voldemort era una montaña inamovible.

—Mírame —ordenó Voldemort.

Rabastan lo hizo, y lo que vio en esos ojos rojos no fue odio, ni sed de sangre, sino una necesidad tan profunda y oscura que lo dejó sin aliento. Era la soledad de un hombre que se había creído un dios y que, al recuperar la cordura, se había dado cuenta de que un dios sin nadie que lo comprenda es solo un prisionero de su propio poder.

—Sé mi ancla —pidió Voldemort, su voz ahora apenas un susurro quebrado—. Quédate conmigo en esta luz fría que he creado, y te prometo que nunca volverás a conocer el dolor.

Rabastan sintió que su resistencia se desmoronaba. No era amor, al menos no el tipo de amor que los poetas describían. Era una conexión forjada en la oscuridad, una lealtad que había mutado en algo obsesivo y eterno.

—Sois un monstruo, mi Lord —susurró Rabastan, dejando de luchar.

—Lo sé —respondió Voldemort, inclinándose para besarlo—. Pero soy tu monstruo.

Fuera, el mundo mágico dormía, ignorante de que su destino había sido sellado no en un campo de batalla, sino en el abrazo posesivo de un rey oscuro y su consorte renuente. El imperio de Voldemort era ahora una realidad absoluta, y Rabastan Lestrange, el soldado que solo quería dormir, se convirtió en el único ser capaz de sostener el peso de la cordura del hombre más peligroso del mundo.