El poder de la oscuridad
La Jaula de Terciopelo y el Silencio de los Corderos
El amanecer sobre la Mansión Riddle no trajo consigo la claridad habitual, sino una neblina espesa que parecía emanar de la propia tierra, como si el mundo mágico estuviera conteniendo el aliento. Rabastan despertó con la sensación de que el aire pesaba más de lo normal. A su lado, el lugar en la cama estaba vacío, pero las sábanas de seda negra aún conservaban un calor residual que le recordaba, con una punzada de humillación y extrañeza, los eventos de la noche anterior.
Se incorporó lentamente, pasando una mano por su cabello alborotado. Su cuerpo, entrenado para la guerra y las privaciones de Azkaban, se sentía extrañamente ágil, pero su mente era un campo de batalla. Se sentía como un traidor a su propia casta. Los Lestrange eran guerreros, los ejecutores de la voluntad del Señor Tenebroso, no sus... ¿qué era él ahora? La palabra "consorte" le sabía a veneno.
Se puso en pie y caminó hacia el gran ventanal. Desde allí podía ver los jardines perfectamente podados, donde antes solo había maleza y estatuas rotas. Ahora, pavos reales de un blanco inmaculado se paseaban por el césped, y las protecciones mágicas que rodeaban la propiedad eran tan densas que el cielo mismo parecía tener un tinte violáceo.
—¿Buscando una salida, Rabastan?
La voz, suave y melodiosa, lo hizo girarse bruscamente. Voldemort estaba de pie junto a la puerta que conectaba con su estudio privado. No vestía sus túnicas de gala, sino una camisa de lino blanco abierta en el cuello y pantalones oscuros. Se veía joven, peligrosamente humano y, sin embargo, la intensidad de su magia era tal que las sombras de la habitación parecían inclinarse hacia él.
—Es un hábito difícil de romper, mi Lord —respondió Rabastan, tratando de recuperar su compostura de soldado—. Un buen explorador siempre busca la ruta de escape.
Voldemort soltó una risa corta, un sonido que carecía de la estridencia maníaca de antaño. Se acercó a una pequeña mesa donde una bandeja de plata sostenía una jarra de cristal con un líquido ambarino.
—No hay escape para ti —dijo Voldemort, sirviendo dos copas—. No porque yo te encadene, aunque lo haría si fuera necesario, sino porque el mundo exterior ya no tiene un lugar para el hombre que fuiste. Para ellos, eres el corazón de mi nuevo orden. Si salieras de estas tierras sin mi protección, los "seguidores de la luz" te despedazarían solo para herirme a mí.
—¿Y no es eso lo que queríais? —preguntó Rabastan, aceptando la copa que Voldemort le tendía—. Convertirme en vuestro punto débil para demostrar que ni siquiera eso pueden tocar.
—No eres un punto débil, Rabastan. Eres una extensión de mi voluntad —Voldemort dio un sorbo a su bebida, sus ojos rojos fijos en los de su consorte—. He pasado décadas fragmentando mi alma, creyendo que el poder residía en la división. Qué equivocado estaba. El verdadero poder reside en la unidad, en el control absoluto de uno mismo y de lo que le rodea. Tú me diste el centro que me faltaba.
Rabastan dejó la copa sobre la mesa, sin probar el contenido.
—Sigo sin entender por qué yo. Bellatrix habría dado su vida, su cordura y mucho más por estar en mi lugar. Ella os idolatra.
—Bellatrix es un incendio forestal —respondió Voldemort con desdén—. Es útil para destruir, pero no puedes construir un imperio sobre cenizas calientes. Ella no busca mi paz, busca mi locura porque se refleja en la suya. Tú, en cambio... tú eres el silencio después de la batalla. Eres la lealtad que no necesita ser alimentada con gritos.
Voldemort extendió una mano y rozó la nuca de Rabastan, sus dedos largos deslizándose bajo el cuello de su túnica. El contacto hizo que Rabastan se tensara, pero no se apartó. No podía. Había algo embriagador en la atención del Señor Tenebroso, una gravedad que lo atraía hacia su órbita sin importar cuánto intentara resistirse.
—Hoy tenemos trabajo —anunció Voldemort, cambiando el tono a uno más pragmático—. El Ministerio ha enviado una delegación para discutir los nuevos términos de la Ley de Educación Mágica. Quieren garantías de que Hogwarts no se convertirá en un campo de entrenamiento para mortífagos.
—¿Y lo será? —preguntó Rabastan con una ceja levantada.
—Por supuesto que no —Voldemort sonrió, una expresión de pura astucia—. Hogwarts será el lugar donde se preserve la pureza de la magia. No necesito soldados que solo sepan lanzar Maldiciones Imperdonables; necesito una generación de magos que entiendan que la jerarquía es natural y que yo estoy en la cima de ella. Quiero que estés presente. Tu silencio es más intimidante que cualquier discurso de Lucius.
—Solo soy una pieza de ajedrez en vuestro tablero, mi Lord.
—Eres la Reina, Rabastan —corrigió Voldemort, su voz bajando a un susurro posesivo—. La pieza más poderosa y la que más protegeré.
El encuentro con la delegación del Ministerio tuvo lugar en el Gran Salón de la Mansión. El ambiente era gélido. Kingsley Shacklebolt, uno de los pocos miembros de la Orden del Fénix que aún mantenía una posición oficial por mera necesidad burocrática del sistema, encabezaba el grupo. A su lado, otros funcionarios temblaban visiblemente.
Voldemort estaba sentado en su trono de obsidiana, con una mano apoyada indolentemente en el brazo del asiento. Rabastan estaba de pie a su derecha, vestido con túnicas de combate de cuero negro y seda, con su varita enfundada de forma prominente en su antebrazo. Su presencia era un recordatorio constante de que, bajo la fachada de diplomacia, el poder militar seguía siendo absoluto.
—Lord Voldemort —comenzó Kingsley, su voz profunda resonando en el salón—, los términos que propone para la supervisión de los nacidos de muggles son... drásticos. Exigir que sean registrados y puestos bajo la tutela de familias de sangre pura es, para muchos, una forma de esclavitud encubierta.
Voldemort no se inmutó.
—Es una forma de protección, Shacklebolt —respondió con calma—. Demasiados jóvenes con talento mágico se pierden o causan desastres porque sus padres muggles no comprenden su naturaleza. Al integrarlos en familias que respetan nuestras tradiciones, aseguramos el futuro de nuestra raza. ¿Acaso no es mejor la tutela que el miedo y el aislamiento?
—Muchos temen que esto sea solo el primer paso hacia una purga —insistió Kingsley, su mirada desviándose por un momento hacia Rabastan.
Rabastan sostuvo la mirada del auror. Recordaba haber luchado contra él en el Departamento de Misterios. En aquel entonces, Kingsley era un enemigo al que respetaba por su fuerza. Ahora, veía en los ojos del hombre una mezcla de lástima y horror. Eso le dolió más que cualquier maleficio.
—Las purgas son desordenadas —intervino Rabastan, su voz cortando el aire como un cuchillo—. Mi Lord busca el orden. Si el Ministerio coopera, no habrá necesidad de derramar sangre. Pero la cooperación no es una sugerencia, es la única vía para la supervivencia de vuestra institución.
Voldemort lanzó una mirada de aprobación a Rabastan. El deleite en sus ojos rojos era evidente.
—Como bien dice mi consorte —continuó Voldemort—, la paz tiene un precio. El Ministerio seguirá funcionando, pero bajo mi dirección. Aquellos que se opongan... bueno, siempre hay vacantes en Azkaban, aunque he oído que las condiciones han mejorado mucho bajo mi nueva administración.
La delegación se retiró poco después, derrotada por la lógica impecable y la amenaza implícita de una violencia que ya no era errática, sino quirúrgica.
Cuando el salón quedó vacío, Voldemort se levantó y caminó hacia Rabastan.
—Lo has hecho de maravilla —dijo, rodeando la cintura de Rabastan con un brazo—. Has hablado con la autoridad de un soberano.
—He hablado como un hombre que sabe que no hay otra opción —replicó Rabastan, apartando la mirada—. Los habéis acorralado. No tienen héroes a los que recurrir. Dumbledore está muerto, y Potter es solo un mito que se desvanece.
—Exactamente —Voldemort lo obligó a caminar con él hacia los jardines—. El miedo es una herramienta útil, pero la resignación es mucho más poderosa. Una vez que la gente acepta que no hay alternativa, dejan de luchar y empiezan a obedecer.
Caminaron en silencio por un sendero flanqueado por rosas negras que parecían absorber la luz del sol. Rabastan se sentía extrañamente cansado. La tensión de mantener la fachada de consorte real lo estaba agotando.
—¿Alguna vez me dejaréis volver a luchar? —preguntó de repente—. Extraño el peso de la armadura, el olor del campo de batalla. Aquí, entre sedas y diplomacia, siento que me estoy marchitando.
Voldemort se detuvo y lo miró con curiosidad.
—¿Deseas el peligro, Rabastan? ¿O simplemente deseas alejarte de mí?
—Deseo ser útil como lo que soy —respondió Rabastan con firmeza—. No soy un adorno para vuestro trono. Soy un Lestrange. Mi linaje se escribió con sangre, no con tinta de decretos.
Voldemort suspiró, un sonido casi humano.
—Tu utilidad es mayor aquí. Pero... entiendo tu naturaleza. No quiero un esclavo roto, quiero un compañero fuerte. Si tanto ansías la acción, tengo una misión para ti. Una que requiere discreción y la fuerza que solo tú posees.
—¿De qué se trata? —Los ojos de Rabastan brillaron con un atisbo de su antigua chispa.
—Hay un grupo de rebeldes, remanentes de la Orden, que se esconden en los bosques de Albania. Creen que pueden encontrar algo allí, algún secreto de mi pasado que pueda derrotarme. Quiero que vayas y los elimines. Pero no como un mortífago anónimo. Irás como mi mano derecha.
Rabastan asintió, sintiendo que una parte de su carga se aliviaba. Al menos en el campo de batalla, sabía quién era.
—Pero —añadió Voldemort, acercándose tanto que sus pechos se rozaban—, volverás a mí en cuanto termines. Y si recibes un solo rasguño que yo no haya autorizado, quemaré ese bosque entero contigo dentro para traerte de vuelta. ¿Entendido?
—Sí, mi Lord —respondió Rabastan, sintiendo un escalofrío que no era del todo de miedo.
Esa noche, antes de su partida, la mansión estaba extrañamente tranquila. Rabastan estaba en sus habitaciones, preparando su equipo de combate. La máscara de plata descansaba sobre la mesa, brillando bajo la luz de las velas.
Alguien llamó a la puerta. Era Bellatrix. Entró sin esperar respuesta, su cabello negro cayendo en cascada sobre sus hombros. Su rostro estaba demacrado, y sus ojos ardían con un fuego insano.
—Así que te vas —dijo ella, su voz una mezcla de siseo y risa—. El pequeño Rabastan, el favorito del Señor. ¿Crees que eres especial? ¿Crees que te eligió por amor?
—Nunca he dicho tal cosa, Bella —respondió Rabastan sin mirarla, ajustando las correas de sus botas—. Él me eligió porque soy útil.
—¡Te eligió porque eres dócil! —gritó ella, acercándose—. Porque no eres una amenaza para su ego. Él está cambiando, Rabastan. Se está volviendo... blando. Habla de leyes, de diplomacia. ¡Él es el Señor Tenebroso! Debería estar bañando el mundo en sangre, no cenando con burócratas.
Rabastan se giró y la miró a los ojos. Por primera vez en su vida, no sintió miedo de su cuñada, sino lástima.
—Él no se está volviendo blando, Bella. Se está volviendo eterno. La locura que tú tanto amas era su debilidad. Ahora es más peligroso de lo que jamás podrías imaginar. Y si no puedes ver eso, entonces eres tú la que ha perdido su utilidad.
Bellatrix retrocedió como si hubiera sido abofeteada. Sus labios temblaron, pero antes de que pudiera decir nada, la presencia de Voldemort se sintió en el pasillo. Ella se escabulló por las sombras, desapareciendo como un fantasma resentido.
Voldemort entró poco después. Observó a Rabastan, ya vestido para la guerra, y por un momento, el soberano desapareció para dejar paso al hombre que había encontrado la paz en el sueño de un soldado.
—Vuelve —dijo Voldemort simplemente.
—Lo haré —respondió Rabastan.
Voldemort lo tomó por la nuca y lo besó con una ferocidad que hablaba de siglos de soledad y una nueva y aterradora cordura. Cuando se separaron, Rabastan se puso la máscara de plata. Ya no era solo un mortífago, ni solo un consorte. Era el brazo armado de un dios que había decidido que el mundo era suyo, y que no permitiría que nada, ni siquiera la muerte, le arrebatara lo que consideraba de su propiedad.
Rabastan salió de la mansión bajo el manto de la noche, mientras Voldemort lo observaba desde el balcón. El mundo mágico no sabía que su verdadera pesadilla no era el monstruo que gritaba, sino el hombre que sonreía mientras tejía las redes de un imperio que duraría mil años, con su consorte a su lado, atrapado en una jaula de seda y sangre de la que ninguno de los dos quería realmente escapar.