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El portador de las gemas

El Eco de los Dioses y el Despertar de la Gema

París siempre había sido descrita como la ciudad de la luz, pero para Kaelion Draven Nightshade, su primer contacto con el mundo de los vivos fue una sinfonía de sombras y ruido metálico. Abrió los ojos de golpe, inhalando un aire que sabía a ozono, lluvia reciente y escape de vehículos. No estaba en el vacío blanco. No estaba muerto.

Se encontraba en un callejón estrecho y adoquinado, rodeado de paredes de piedra caliza que goteaban humedad. Al ponerse en pie, un mareo súbito lo obligó a apoyarse en un contenedor de basura. Fue entonces cuando lo sintió: el torrente. No era solo sangre lo que corría por sus venas; era fuego de fénix, era la frialdad calculada de la magia de los brujos, la fuerza latente de un cambiaformas y la rigidez disciplinada de un guerrero Nephilim.

Sus manos temblaron. Miró sus palmas y vio cómo, por un segundo, sus uñas se alargaban en garras negras antes de retraerse. Sus ojos, aquel extraño par de gemas heterocromáticas, ardieron con una intensidad que habría aterrorizado a cualquiera que pasara por allí.

—Cálmate —se susurró a sí mismo, y su voz sonó más profunda, cargada de una resonancia que no recordaba—. Tienes el control. Tienes la mente protegida.

Cerró los ojos y activó su segundo deseo. Sintió cómo una muralla de obsidiana mental se erigía alrededor de su conciencia, bloqueando el ruido psíquico del mundo exterior. Con la mente en paz, empezó a caminar hacia la salida del callejón. Al salir a la calle principal, los carteles en francés, las panaderías y la silueta lejana de los monumentos le confirmaron su ubicación. Estaba en Francia.

Pero no había tiempo para el turismo. En el centro de su pecho, justo donde el Ser Supremo había dejado su marca, sintió un tirón. No era un dolor, sino una llamada magnética, una vibración que parecía sintonizar con los latidos de su corazón.

—Allí —dijo, mirando hacia el horizonte donde la estructura de hierro más famosa del mundo se alzaba contra el cielo del atardecer.

La Torre Eiffel no era solo un monumento; para sus nuevos sentidos, era un pararrayos de energía mística. Kaelion no caminó; su cuerpo, imbuido de supervelocidad, se movió como un borrón entre la multitud. Para los turistas, solo fue una ráfaga de viento inusualmente fuerte que les revolvió el cabello.

En cuestión de minutos, se encontró en la base de la torre. El tirón se volvió una exigencia. Debía subir. Sin dudarlo, y aprovechando las sombras que empezaban a alargarse, Kaelion comenzó a escalar por el exterior de la estructura de hierro. Sus dedos se adherían al metal con una fuerza sobrenatural y su agilidad superaba cualquier lógica humana. En menos de un minuto, alcanzó la plataforma más alta, más allá de donde los turistas tenían permitido el acceso.

Allí, en el punto más alto, oculta por un velo de magia de "glamour" que solo un ser de su calibre podría ver, flotaba una pequeña plataforma de piedra antigua. Sobre ella, descansaba un cofre de madera oscura, reforzado con plata y grabado con runas que parecían quemar el aire a su alrededor.

Kaelion se acercó. El aire vibraba con una estática tan fuerte que su cabello negro con mechones plateados se erizó.

—El Sello de los Nueve —murmuró, reconociendo instintivamente la magia que protegía el cofre.

Extendió la mano. Al tocar la madera, una descarga de energía dorada intentó repelerlo. Era una prueba. Kaelion gruñó, dejando que sus ojos brillaran: el dorado del fénix y el azul violeta de la magia multiversal.

—Yo soy el Portador —sentenció con autoridad—. Yo soy el equilibrio. Ábrete.

La magia del cofre reconoció la esencia divina en su sangre. Con un chasquido que sonó como un trueno seco, el sello se rompió. La tapa se abrió lentamente, revelando un interior forrado de terciopelo negro donde reposaban nueve piezas de joyería, cada una con una gema que parecía contener una galaxia entera.

Kaelion las observó con asombro. Allí estaban: el zafiro estrella en el anillo de oro blanco, la esmeralda en forma de corazón, el rubí que palpitaba como una llama viva. Pero su atención fue capturada de inmediato por la pieza central. Un colgante de pecho, enmarcado en oro con alas de fénix esculpidas, que sostenía una piedra de Berilo de colores que cambiaba de tono según el ángulo de la luz. La Gema Arcoíris.

Sin pensarlo, tomó el colgante y se lo colgó al cuello.

En el instante en que el metal tocó su piel, el mundo desapareció.

Una onda expansiva de luz blanca, pura y absoluta, estalló desde la cima de la Torre Eiffel. No fue una explosión física, sino una onda de choque metafísica que recorrió el planeta en segundos.

En Beacon Hills, Scott McCall se detuvo en seco en medio del bosque, cayendo de rodillas mientras sus ojos brillaban de un amarillo intenso, sintiendo una presión en el pecho que no podía explicar. En Nueva York, en el Instituto de los Cazadores de Sombras, Jace Herondale soltó su espada rúnica cuando las marcas en su piel ardieron con un fuego frío. En Mystic Falls, los vampiros sintieron un escalofrío que les recordó lo que era tener un corazón vivo. Todos los seres sobrenaturales del mundo, desde el más humilde licántropo hasta el demonio más antiguo, supieron en ese momento que algo había cambiado. El Rey había llegado.

Kaelion no sintió nada de eso. Su conciencia había sido arrancada de París y lanzada a una dimensión de luz dorada, un salón infinito sostenido por columnas de nubes y estrellas.

Frente a él, nueve figuras monumentales se materializaron. No eran humanos, aunque tenían forma humana. Eran luz, poder y autoridad encarnada.

—Kaelion Draven Nightshade —tronó una voz que sonaba como mil tormentas.

En el centro, un hombre de barba plateada y ojos que eran rayos puros dio un paso adelante. Zeus. A su lado, un hombre con olor a sal y mar sostenía un tridente, y una mujer de mirada serena y sabia portaba un escudo con la efigie de una gorgona.

—Habéis despertado la Gema de la Unión —dijo Zeus, observando al joven cuatrihíbrido—. El tiempo de los juegos ha terminado.

—¿Dónde estoy? —preguntó Kaelion, aunque su mente protegida ya le estaba dando las respuestas—. ¿Sois los dioses que crearon las gemas?

—Somos lo que queda de ellos —respondió Atenea, acercándose con elegancia—. Nos sellamos para proteger este mundo de nuestra propia naturaleza, pero el mal que ayudamos a crear no tiene tal nobleza.

Poseidón señaló las gemas que ahora flotaban alrededor de Kaelion en este espacio mental.

—Cada gema que ves es una extensión de nosotros —explicó el dios del mar—. La Gema del Cielo te dará el mando sobre el rayo y la voluntad divina. La de los Mares, el dominio sobre el abismo y la vida líquida. La de la Tierra, la fuerza de los pilares del mundo. La de la Guerra, la maestría de cada batalla jamás librada.

Kaelion miró la Gema Arcoíris que brillaba en su pecho.

—¿Y esta?

—Esa es la llave y el candado —dijo Zeus con gravedad—. La Gema Arcoíris no solo te permite usar los poderes de las otras ocho en armonía, sino que posee la Sanación Divina. Es la única fuerza capaz de purificar la corrupción de los Dioses Caídos y de Ragnar sin destruir el tejido de la realidad. Pero ten cuidado, joven portador. Usar tal poder requiere un cuerpo que sea más que mortal. Tu naturaleza de fénix y brujo te permitirá canalizarlo, pero el precio siempre es la voluntad.

—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó Kaelion, sintiendo la urgencia en sus palabras.

Los dioses intercambiaron miradas sombrías. Fue Hades, emergiendo de las sombras con una túnica de onix, quien respondió.

—El sello de Ragnar se desmorona. Las grietas ya están dejando pasar su influencia. Tienes tres años, Kaelion. Tres años para encontrar a los otros ocho portadores, entrenarlos y prepararlos para la batalla final. Si fallas, este mundo y todos los universos conectados a él serán devorados por el vacío.

—¿Cómo los encontraré? —quiso saber el joven.

—La gema te guiará —dijo Atenea—. Sentirás la afinidad. Aquellos destinados a portar las gemas son almas que poseen la esencia de nuestros dominios. Búscalos en los lugares donde el velo es fino. Búscalos entre los que luchan en las sombras.

—Tres años —repitió Kaelion para sí mismo. No era mucho tiempo para reunir un ejército y dominar poderes que podrían destruir ciudades—. Lo haré.

Zeus asintió y levantó su mano, cargada de electricidad estática.

—Entonces, regresa. París es solo el comienzo. El mundo sobrenatural ha sentido tu llegada. Algunos buscarán tu poder para sí mismos, otros intentarán destruirte antes de que florezcas. No confíes en nadie que no lleve la marca de la gema.

—Espera —dijo Kaelion antes de que la visión se desvaneciera—. ¿Por qué yo realmente?

Zeus sonrió, una expresión que era a la vez hermosa y aterradora.

—Porque eres el único que no pertenece a este diseño, y por lo tanto, el único que puede cambiar el final del libro. Suerte, Portador del Arcoíris.

La realidad volvió a golpearlo con la fuerza de un mazo. Kaelion se encontró de nuevo en la cima de la Torre Eiffel, jadeando. El cofre estaba vacío a sus pies, y las ocho gemas restantes se habían transformado en pequeñas luces que se introdujeron en su piel, marcando su antebrazo con ocho runas circulares que rodeaban el símbolo de la Gema Arcoíris.

Se puso en pie, sintiendo una omnisciencia momentánea. Podía sentir el viento a kilómetros de distancia, podía escuchar el latido del corazón de un pájaro en el Louvre, y podía sentir las mentes de miles de personas debajo de él. Pero sobre todo, sentía el rastro.

Cerró los ojos y dejó que su nuevo poder de "Clarividencia" se activara. En su mente, vio un mapa del mundo. Varios puntos empezaron a brillar con una intensidad tenue pero inconfundible.

—Estados Unidos —susurró—. California... Virginia... Nueva York.

Beacon Hills lo llamaba. Había algo allí, algo relacionado con la Gema de la Luna o quizás la de la Tierra. Y en Mystic Falls, el olor a muerte y sangre vieja indicaba que la Gema del Inframundo podría estar cerca de alguien que ya había cruzado el velo más de una vez.

Kaelion miró hacia abajo, a la ciudad de París que empezaba a encender sus luces nocturnas. Ya no era el chico que murió salvando a una niña. Era Kaelion Draven Nightshade, el Cuatrihíbrido, el Portador de la Gema Arcoíris.

—Tres años —dijo, y sus ojos brillaron con tal intensidad que el aire alrededor de la torre se encendió en llamas doradas—. Mejor me pongo en marcha.

Con un pensamiento, activó su poder de teletransportación. El espacio se plegó a su alrededor como si fuera papel. En un parpadeo, la cima de la Torre Eiffel quedó vacía, dejando solo el rastro de un aroma a ozono y cenizas de fénix.

Kaelion apareció en su habitación de hotel, una que su mente ahora le decía que había "preparado" con sus nuevos poderes de manipulación de la realidad al llegar. Se miró en el espejo. Su apariencia había cambiado ligeramente; era más imponente, su piel tenía un brillo saludable y sus ojos... sus ojos eran ventanas a un poder que ningún mortal debería poseer.

Se quitó la chaqueta y observó las runas en su brazo. Estaban apagadas, esperando a sus dueños.

—Primero, necesito aliados —analizó, usando su Sinestesia Cognitiva para procesar toda la información del mundo sobrenatural que el Ser Supremo le había otorgado—. Los Winchester saben de cosas que los demás ignoran. Los Cazadores de Sombras tienen los recursos. Pero la manada de Scott McCall... ellos tienen la lealtad.

Se sentó en la cama, cerrando los ojos para entrar en su propia mente. Tenía mucho que aprender. Tenía que dominar la piroquinesis, la cronoquinesis y la manipulación molecular antes de que el primer seguidor de Ragnar lo encontrara. Porque sabía que, tras la onda de choque que acababa de liberar, los enemigos no tardarían en llegar.

—Que vengan —desafió al silencio de la habitación—. Los estoy esperando.

El viaje apenas comenzaba, y el destino del multiverso ahora descansaba sobre los hombros de un joven que, hacía apenas unas horas, pensaba que su historia había terminado bajo las ruedas de un camión. Kaelion sonrió, una sonrisa llena de colmillos y promesas de fuego. La caza de las gemas no solo iba a salvar el mundo; iba a reescribirlo.