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El portador de las gemas

El Veredicto del Rubí y el Rugido del Alfa

Kaelion Draven Nightshade se encontraba sentado en el borde de la lujosa cama de seda de su suite en París. El silencio de la habitación era denso, roto únicamente por el zumbido eléctrico que emanaba de su propio cuerpo. Aún podía sentir el eco de la voz de Zeus vibrando en sus huesos, una advertencia que pesaba más que la propia gravedad. Tres años. El tiempo era una moneda que ya estaba gastando.

Frente a él, el cofre de madera antigua permanecía abierto, exhalando un vapor místico que olía a incienso y tormenta. Las gemas restantes centelleaban con una inteligencia propia, como si estuvieran impacientes por encontrar sus respectivos recipientes. Kaelion extendió la mano, dejando que sus dedos rozaran las piedras hasta que una atracción magnética, cálida y violenta, detuvo su movimiento.

Sus dedos se cerraron sobre el Rubí.

La gema era de un rojo tan intenso que parecía una gota de sangre arterial cristalizada. Al contacto con su piel, el Rubí pulsó, enviando una oleada de calor que hizo que las runas de su brazo brillaran con un carmesí furioso.

—Poder de la forja, determinación y purificación —susurró Kaelion, recordando las palabras de los dioses—. Buscas a alguien que pueda transformar el dolor en fuerza.

Con un gesto fluido, desplegó un mapa físico sobre la mesa de caoba. Necesitaba precisión. Su mente, protegida por muros de obsidiana, filtró el ruido del mundo exterior para concentrarse en un solo punto del tejido de la realidad. Colocó el Rubí en el centro del mapa y extendió su mano izquierda, invocando la energía del multiverso que ahora fluía por sus venas de brujo.

—***Revelare locum, ubi ignis aeternus requiescit, duc me ad destinatum meum*** —pronunció con voz firme.

El aire en la habitación se volvió pesado. El Rubí comenzó a girar sobre el papel, emitiendo un rastro de luz roja que quemaba la superficie del mapa. La luz se movió frenéticamente a través de los continentes, cruzando el Atlántico hasta detenerse en una pequeña mancha boscosa en el norte de California. El rastro de ceniza marcó un nombre: Beacon Hills.

Antes de que pudiera planear su siguiente movimiento, un resplandor plateado iluminó el rincón de la habitación. Un libro masivo, encuadernado en cuero de una criatura desconocida y con bordes de hierro frío, se materializó en el aire y cayó pesadamente sobre la mesa. El Grimorio de las Gemas.

Las páginas pasaron solas, movidas por un viento invisible, hasta detenerse en las especificaciones de los portadores. Kaelion leyó con atención, absorbiendo la información con su memoria fotográfica. Para el Rubí, la Gema del Fuego y la Forja, se requería a alguien con una pasión inquebrantable, alguien capaz de canalizar la fuerza sin causar destrucción innecesaria. Un líder, un protector.

—Beacon Hills... —meditó Kaelion—. Un faro para lo sobrenatural. Encaja demasiado bien.

No perdió más tiempo. Se puso en pie, ajustando su chaqueta oscura. Su mirada heterocromática destelló con una mezcla de anticipación y deber. Levantó las manos, trazando un círculo de energía violeta y dorada en el centro de la suite. El espacio comenzó a rasgarse, revelando un túnel de luz que conectaba dos puntos distantes del planeta.

—***Viam aperio, spatio et tempore superatis, ad portam destinatam*** —exclamó.

El portal se estabilizó, mostrando el otro lado: un bosque oscuro bajo una luna que parecía observar con juicio. Kaelion cruzó la brecha sin vacilar.

El cambio de temperatura fue instantáneo. Del calor de la calefacción parisina al frío húmedo del bosque de California. Se movió con la gracia de un depredador, utilizando sus sentidos aumentados para orientarse. A lo lejos, el sonido de la campana de un instituto y el bullicio de jóvenes saliendo de clases le indicaron la dirección. Pero había algo más. Un olor a azufre y podredumbre.

—Demonios —gruñó Kaelion, ocultando su aura para observar desde las sombras.

Cerca del campo de lacrosse del instituto de Beacon Hills, la situación era desesperada. Un grupo de demonios de sombra, criaturas de pesadilla enviadas por la influencia debilitada de Ragnar, habían emergido de las grietas del suelo. Eran seres de garras largas y ojos como carbones encendidos, atraídos por el poder de las gemas que Kaelion portaba.

La manada de Scott McCall estaba allí, luchando con una ferocidad admirable pero insuficiente. Scott, en su forma de Alfa Verdadero, rugía mientras intentaba mantener a raya a tres demonios a la vez. Malia utilizaba sus garras de coyote para desgarrar la oscuridad, y Lydia lanzaba gritos de banshee que aturdían a los atacantes, pero los demonios se regeneraban casi al instante.

Kaelion observó desde la linde del bosque. Su mirada se centró en un joven rubio, Liam Dunbar, que luchaba con una rabia explosiva. Un demonio más grande que los demás, con una hoja de sombra goteando veneno, se deslizó detrás de él mientras Liam estaba distraído protegiendo a un estudiante aterrado.

—¡Liam, cuidado! —gritó Scott, pero estaba demasiado lejos, bloqueado por una horda de sombras.

El tiempo pareció ralentizarse para Kaelion. Vio la desesperación en los ojos de Scott. Vio la impotencia del Alfa Verdadero, el deseo puro de salvar a su beta por encima de su propia vida. Fue en ese momento cuando el Rubí en la mano de Kaelion comenzó a vibrar con una frecuencia ensordecedora. La gema no solo brillaba; latía al ritmo del corazón de Scott McCall.

—Has encontrado a tu dueño —susurró Kaelion.

Scott McCall, sintiendo que el fin de su amigo era inminente, soltó un rugido que no era de lobo, sino de algo mucho más profundo. Fue un grito de voluntad pura, de amor y sacrificio. En ese instante, Kaelion soltó el Rubí.

La gema no cayó al suelo. Voló por el aire como un proyectil de luz roja, trazando una parábola perfecta hasta incrustarse en el dorso de la mano de Scott.

—¡¿Qué es esto?! —exclamó Stiles desde la distancia, con un bate en la mano, mientras veía cómo su mejor amigo era envuelto en un pilar de fuego carmesí.

El brillo fue cegador. Una onda de choque de energía purificadora se expandió desde Scott, desintegrando a los demonios al contacto. Las criaturas no solo murieron; se convirtieron en cenizas blancas, purificadas por el fuego de la forja divina. El bosque quedó en silencio, iluminado solo por el resplandor que emanaba del Alfa.

Cuando la luz se disipó, Scott permanecía en el centro, respirando agitado. En su mano derecha, el Rubí se había fundido con su piel, rodeado por una runa circular que brillaba con un calor reconfortante.

Kaelion salió de las sombras, su presencia llenando el lugar con una autoridad que hizo que todos los presentes se tensaran instintivamente.

—¿Quién eres tú? —preguntó Derek Hale, saliendo de entre los árboles con los ojos brillando en azul, desconfiado—. ¿Qué le has hecho a Scott?

Kaelion levantó las manos en señal de paz, aunque su mirada heterocromática no perdió su intensidad.

—Le he dado lo que el destino le tenía reservado —respondió Kaelion, caminando hacia el centro del grupo—. Mi nombre es Kaelion Draven Nightshade, y lo que acabáis de ver es solo el principio de una guerra que no podéis ganar solos.

Scott miró su mano, sintiendo una fuerza nueva, una claridad mental que nunca había experimentado.

—Siento... fuego —dijo Scott, mirando a Kaelion—. Pero no quema. Se siente como si por fin estuviera completo.

—Eso es porque eres el Portador de la Gema del Fuego —explicó Kaelion—. Los dioses te han elegido, Scott McCall. Tu voluntad de salvar a los tuyos es la forja que este mundo necesita.

Rápidamente, Kaelion les relató la historia: los Dioses Caídos, la amenaza de Ragnar, las nueve gemas divinas y su misión como Portador de la Gema Arcoíris. Les habló del cofre y de los tres años que tenían para prepararse. La manada escuchaba en un silencio sepulcral, procesando la magnitud de lo que acababan de oír.

—Esto suena a otra locura de Beacon Hills, pero a escala global —comentó Stiles, frotándose la frente—. ¿Dioses? ¿Gemas del infinito versión mitológica?

—Es real —intervino Lydia, con voz temblorosa—. Puedo sentirlo. El equilibrio del mundo se ha desplazado hacia él.

Kaelion miró a Scott con seriedad.

—Tienes que venir conmigo. Necesitas aprender a usar ese poder. Si te quedas aquí sin entrenamiento, serás un faro para seres mucho peores que esos demonios.

—¡No! —saltó Liam, poniéndose frente a Scott—. No puedes simplemente llevártelo. Acabamos de sobrevivir a esto, no vamos a dejar que se vaya con un extraño.

Malia y Derek también dieron un paso adelante, mostrando sus ojos brillantes. La lealtad de la manada era absoluta, casi tangible.

—Chicos, está bien —dijo Scott, poniendo una mano en el hombro de Liam—. Puedo sentir que dice la verdad. Esta piedra... me está mostrando cosas. Peligros que no podemos imaginar. Si no voy, todos moriremos cuando ese tal Ragnar despierte.

—Scott... —susurró Liam, su rabia transformándose en tristeza—. No puedes irte así.

Scott miró a su beta, a quien consideraba casi un hermano, un hijo. Se acercó a él y, ante la sorpresa de algunos y la comprensión de otros, Liam acortó la distancia y le dio un beso rápido y desesperado en los labios.

—Te amo —dijo Liam al separarse, con los ojos húmedos—. No mueras en París, ¿entendido?

Scott sonrió con ternura, asintiendo.

—Entrenad duro —dijo Scott, mirando a toda su manada—. No estaré fuera para siempre. Preparaos para lo que viene, porque cuando regrese, necesitaremos que todos seáis portadores de vuestra propia fuerza.

Kaelion observó la escena con un respeto silencioso. El amor y la conexión eran, después de todo, una de las gemas más poderosas. Se acercó a Scott y colocó una mano en su hombro.

—Es hora —sentenció Kaelion.

Con un movimiento de su mano libre, Kaelion volvió a rasgar el aire. Un portal hacia su departamento en París se abrió en medio del claro del bosque. El resplandor dorado iluminó los rostros de la manada McCall por última vez.

—***Reditus ad fundamentum, porta clauditur post nos*** —susurró el brujo.

Ambos cruzaron el umbral. El portal se cerró con un susurro, dejando tras de sí un bosque en silencio y una manada que ahora sabía que el mundo era mucho más grande y peligroso de lo que jamás habían soñado.

Al otro lado, en la elegancia silenciosa de la suite parisina, Scott McCall miró por el ventanal hacia la Torre Eiffel. El Rubí en su mano palpitaba con una luz roja constante. Kaelion se situó a su lado, observando su propio reflejo en el cristal.

—Bienvenido a la vanguardia, Scott —dijo Kaelion—. Mañana empieza tu entrenamiento. Tenemos ocho gemas más que reclamar y un mundo que convencer de que los dioses no nos han abandonado del todo.

Scott apretó el puño, sintiendo el calor del Rubí.

—Estoy listo. ¿Quién sigue en la lista?

Kaelion sonrió, sus ojos destellando con el azul del multiverso.

—Nueva York. Hay una Gema del Cielo que busca a un líder... y creo que un joven llamado Jace Herondale tiene mucho que explicar sobre la arrogancia y el poder.