El portador de las gemas
El Ópalo del Abismo y el Sacrificio del Cazador
París era una joya de cristal, pero Nueva York era una bestia de hierro y magia antigua. Kaelion Draven Nightshade permanecía de pie en el balcón de su suite, observando cómo las luces de la ciudad francesa comenzaban a palidecer ante el amanecer. A su lado, Scott McCall practicaba el control de la energía del Rubí; pequeñas chispas carmesí bailaban entre sus dedos, ya no como fuego salvaje, sino como brasas obedientes.
—Es hora —dijo Kaelion, rompiendo el silencio. Su voz tenía esa resonancia doble, una mezcla de su propia voluntad y el eco de la Gema Arcoíris que latía en su pecho—. El equilibrio se inclina. Siento un vacío que necesita ser llenado.
Scott cerró el puño, apagando las chispas.
—¿A dónde vamos ahora?
Kaelion sacó de su bolsillo una gema que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla: el Ópalo Negro. Era una piedra de sombras cambiantes, con destellos violetas y grises que recordaban a un cielo antes de una tormenta de nieve. La colocó sobre el mapa que aún descansaba en la mesa, infundiendo su magia de brujo en el papel.
—***Vise tenebras, inveni dominum umbrae, monstra mihi viam ad cor novi eboraci*** —susurró Kaelion.
La gema vibró violentamente, deslizándose por el mapa hasta detenerse sobre Manhattan. Un rastro de escarcha negra marcó un punto específico: el Instituto de los Shadowhunters.
—Nueva York —dijo Scott, ajustándose la chaqueta—. He oído que los cazadores de sombras no son muy amigables con los de nuestra clase.
—No lo son —respondió Kaelion con una sonrisa gélida—. Pero no vamos a pedir permiso. Vamos a salvar su mundo.
Con un movimiento fluido de sus manos, Kaelion desgarró el tejido de la realidad. El portal se abrió, mostrando un callejón oscuro frente a una catedral gótica que los ojos humanos normales solo verían como una ruina abandonada. Ambos cruzaron, dejando atrás la paz de París para sumergirse en la energía frenética de la Gran Manzana.
Al salir del portal, la sensación fue abrumadora. Para Kaelion, Nueva York no era solo ruido y tráfico; era un nexo de líneas de poder antiguas. La Gema Arcoíris en su pecho comenzó a latir con una advertencia rítmica.
—Cuidado, Scott —advirtió Kaelion—. Este lugar respira magia olvidada.
No habían caminado ni cien metros hacia la entrada del Instituto cuando el aire se cargó de estática. De las sombras de los arcos de piedra, seis figuras emergieron con una coordinación militar. Vestían cueros negros cubiertos de runas que brillaban con un dorado pálido. Blandían espadas de cristal que emitían una luz celestial: filos de serafín.
—Deteneos ahí —ordenó una voz cargada de arrogancia y autoridad.
Jace Herondale dio un paso al frente, con su cabello rubio revuelto y una mirada de desprecio absoluto. A su lado, Alec Lightwood mantenía su arco de caza tensado, con una flecha apuntando directamente al corazón de Kaelion. Detrás de ellos, Clary Fray y el resto del grupo observaban con cautela.
—No sois subterráneos comunes —dijo Jace, entrecerrando los ojos—. Huelo el azufre, pero también algo... que no debería existir. ¿Qué sois?
Kaelion dio un paso adelante, ignorando la flecha de Alec. Su ojo dorado y su ojo azul eléctrico brillaron con una intensidad que hizo que Jace retrocediera un milímetro por puro instinto.
—Soy el final de vuestros problemas o el principio de vuestras pesadillas, según decidáis —respondió Kaelion—. Mi nombre es Kaelion, y he venido por el portador.
—No hay ningún portador aquí, sea lo que sea eso —escupió Jace, colocándose sutilmente delante de Alec, un gesto protector que no pasó desapercibido para los sentidos aumentados de Kaelion—. Largo de aquí antes de que usemos estas espadas.
—Jace, espera —intervino Clary, dando un paso al frente—. Mira su aura. No es un demonio. Es... es todo a la vez.
Alec, sin embargo, no podía hablar. Sus dedos temblaban levemente sobre la cuerda del arco. Al mirar a Kaelion, sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral, una sensación de reconocimiento que no tenía lógica. Era como si una parte de su alma, una que siempre había estado en silencio, hubiera comenzado a gritar.
—Alec, ¿estás bien? —preguntó Jace, notando la palidez de su parabatai.
Antes de que Alec pudiera responder, la realidad se quebró.
Un estruendo como el de un cristal rompiéndose resonó en todo el bloque. El cielo sobre el Instituto se tornó de un color púrpura enfermizo y una grieta oscura se abrió en el aire, deformando el espacio mismo. De ella emergieron criaturas que desafiaban la clasificación: humanoides hechos de sombras líquidas, con múltiples extremidades y ojos que eran pozos de vacío absoluto.
—¡Demonios! —gritó Jace, activando sus runas de agilidad.
—No son demonios comunes —advirtió Kaelion, invocando un escudo de energía violeta—. Son heraldos de Ragnar. Han venido por la gema.
La batalla estalló con una violencia súbita. Scott McCall rugió, dejando que sus ojos de Alfa brillaran mientras el Rubí en su mano estallaba en llamas carmesí. Se lanzó contra los monstruos, coordinando sus golpes con ráfagas de fuego que purificaban la oscuridad de las criaturas.
Kaelion se movía como un espectro, lanzando rayos de energía cósmica y manipulando la gravedad para aplastar a los atacantes. Sin embargo, algo iba mal. Su poder, usualmente preciso, vibraba peligrosamente. La proximidad del Ópalo Negro y la Gema Arcoíris estaba creando una resonancia que amenazaba con destruir los edificios circundantes.
—¡Concentraos en proteger el perímetro! —gritó Kaelion a los Shadowhunters, mientras intentaba contener una explosión de energía pura.
Pero las criaturas no tenían interés en Jace o Clary. Se movían con una inteligencia aterradora, ignorando los ataques de Scott para rodear a un solo objetivo: Alec Lightwood.
—¡Alec! —rugió Jace, intentando abrirse paso, pero una horda de sombras lo bloqueó.
Una de las entidades, más grande y con dedos que terminaban en filamentos de oscuridad, envolvió a Alec. El cazador de sombras disparó una flecha, pero el proyectil simplemente fue absorbido. Antes de que nadie pudiera intervenir, la criatura tiró de Alec hacia la grieta dimensional.
—¡No! —gritó Jace, lanzándose hacia el portal, pero la grieta se cerró con una explosión de energía negativa que lanzó a todos hacia atrás.
Dentro de la grieta, Alec sintió que el tiempo se fragmentaba. No había suelo, ni techo, solo un vacío gris donde los ecos de miles de almas perdidas susurraban sus penas. Era el trasceso, una dimensión intermedia donde la vida y la muerte se entrelazaban de forma caótica.
Cualquier otro hombre habría caído en la locura. Pero Alec, el hombre que siempre había cargado con el peso del deber, de las expectativas y de un amor que a veces sentía prohibido, permaneció firme. Las sombras intentaron invadir su mente, mostrándole miedos y fracasos.
—Sé quiénes sois —dijo Alec en la penumbra, su voz resonando con una calma sobrenatural—. Siento vuestro dolor. No tenéis por qué luchar.
Extendió su mano, no para golpear, sino para ofrecer paz. En lugar de resistirse a la muerte, la comprendió como parte de un ciclo necesario. Su compasión actuó como un ancla en medio del caos.
En el plano real, frente al Instituto, el aire volvió a vibrar. Una explosión silenciosa de energía oscura, elegante y serena, surgió del lugar donde Alec había desaparecido. El cazador de sombras emergió de la nada, flotando a unos centímetros del suelo, rodeado por un aura de color ónice.
Frente a él, suspendido en el aire, el Ópalo Negro brillaba con una luz interior que parecía latir en sincronía con su corazón.
—El Ópalo del Abismo —murmuró Kaelion, bajando la guardia—. Te ha reconocido.
Jace corrió hacia él en cuanto Alec tocó el suelo. Lo tomó por los hombros, revisando frenéticamente si tenía heridas.
—Alec, por el Ángel... pensé que te había perdido —dijo Jace, su voz quebrada por la angustia.
Alec lo miró, y por un momento, el mundo entero desapareció para ambos. Fue un instante de conexión pura, donde el miedo al futuro se disolvió ante el alivio del presente. Alec asintió, pero su mirada volvió a la gema que flotaba frente a él.
—Tengo que hacerlo, Jace —dijo Alec en voz baja—. Puedo sentirlo. Si no acepto esto, esas cosas volverán. Y la próxima vez, no se detendrán ante nada.
—Alec, no sabemos qué es eso —insistió Jace, apretando el agarre en su brazo—. Podría matarte. Podría corromperte.
—No lo hará —intervino Kaelion, acercándose con Scott—. Es su destino. Él es el Portador de la Gema del Inframundo y el Trasceso. Es el único que puede guiar a los muertos y proteger a los vivos de lo que viene.
Una nueva grieta comenzó a formarse en el cielo, más grande que la anterior, amenazando con devorar la manzana entera. Alec no dudó más. Extendió la mano y cerró los dedos sobre el Ópalo Negro.
El impacto fue absoluto. Runas oscuras y elegantes, distintas a cualquier marca de los Shadowhunters, comenzaron a trepar por su brazo, entrelazándose con sus marcas rúnicas habituales. Sus ojos se tornaron de un gris tormentoso por un segundo antes de volver a la normalidad. Con un simple gesto de su mano, Alec envió una onda de energía oscura hacia el cielo, sellando la grieta como si nunca hubiera existido.
El silencio volvió a Nueva York. Los Shadowhunters observaban a Alec con una mezcla de reverencia y temor.
Kaelion asintió, reconociendo oficialmente al segundo portador.
—Ya sois dos —dijo Kaelion—. Pero esto tiene un precio. Alec, no puedes quedarte aquí.
—¿Qué? —exclamó Jace, poniéndose a la defensiva de inmediato—. Él no va a ninguna parte.
—Jace, escúchalo —dijo Alec, aunque le dolía pronunciar las palabras—. Kaelion tiene razón. Siento la gema... es como un faro. Si me quedo en el Instituto, pondré en peligro a todos. Los demonios de Ragnar no dejarán de venir.
—No me importa —replicó Jace—. Lucharemos contra ellos. Siempre lo hacemos.
Alec se apartó unos metros con Jace, pidiendo espacio. El resto del grupo se mantuvo a distancia, respetando la intimidad del momento.
—Jace, mírame —pidió Alec, tomando el rostro del rubio entre sus manos—. Esto es más grande que nosotros. Si fallo, si no aprendo a controlar esto, no habrá un mundo que proteger. No habrá un "nosotros".
—Odio que siempre tengas que ser tú el que se sacrifique —susurró Jace, apoyando su frente contra la de Alec—. El buen hijo, el buen soldado... y ahora el salvador del mundo.
—No es un sacrificio si es para protegerte a ti —respondió Alec con una sonrisa triste.
Sin importarles quién miraba, Alec acortó la distancia y selló la promesa con un beso. Fue un beso cargado de todo lo que sentían: el miedo, la pasión, la lealtad inquebrantable de su vínculo. En ese contacto, se transmitieron todo lo que las palabras no podían alcanzar. Jace lo soltó lentamente, con los ojos brillando de una emoción contenida.
Alec regresó hacia donde Kaelion y Scott esperaban junto al portal.
—Estoy listo —dijo con firmeza.
Kaelion miró a los Shadowhunters restantes, especialmente a Jace y Clary.
—Entrenad —les ordenó—. No creáis que por ser Nephilim estáis a salvo. Lo que viene hará que las guerras contra Valentine parezcan juegos de niños. Cuando llegue el momento, os necesitaremos.
Scott le dio un asentimiento respetuoso a Jace.
—Cuidaremos de él —prometió el Alfa.
Kaelion levantó la mano, abriendo el camino de regreso a su base de operaciones.
—***Iter nostrum pergit, ad sedem lucis et umbrae revertimur*** —sentenció el cuatrihíbrido.
Los tres cruzaron el umbral. El portal se cerró, dejando el callejón de Nueva York sumido en una paz inquietante. Jace Herondale se quedó mirando el espacio vacío, apretando los puños. Sabía que la próxima vez que viera a Alec, el mundo ya no sería el mismo.
Al otro lado, en la suite de París, Alec Lightwood observó las runas oscuras en su piel. El Ópalo Negro latía con una calma absoluta. Kaelion se acercó al ventanal, mirando hacia el horizonte.
—Dos gemas, siete por encontrar —dijo Kaelion, su reflejo mostrando el brillo de la Gema Arcoíris—. El equipo empieza a tomar forma. Pero el tiempo no se detiene, y Ragnar ya ha empezado a mover sus piezas.
Scott y Alec se miraron, reconociendo la carga que ahora compartían. El licántropo y el cazador de sombras, unidos por un poder divino y un destino que apenas empezaban a comprender. La caza continuaba, y el próximo destino ya empezaba a brillar en la mente del Portador del Arcoíris.