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El príncipe que cambio por completo: continuación

El susurro de las olas y el peso de una obsesión

El despertar de Mai fue lento, como si emergiera de las profundidades de un océano de seda. La luz que se filtraba por las pesadas cortinas de su dormitorio en el Palacio de Invierno era tenue, indicando que el sol ya había comenzado su descenso. Por un momento, olvidó dónde estaba, hasta que sintió el peso de una mano posesiva descansando sobre su vientre, todavía plano pero fuente de tantos cambios en su vida.

Albert estaba allí. Siempre estaba allí.

Mai intentó moverse, pero un suspiro bajo y advertido escapó de los labios del príncipe, quien estaba sentado en el borde de la cama, observándola con una intensidad que la hizo estremecerse. No importaba cuántas veces lo viera, su belleza seguía siendo irreal: el cabello rubio perfectamente peinado, los ojos azules como el hielo más puro y esa sonrisa que prometía tanto amor como cautiverio.

—Has dormido casi seis horas, mi pequeña Sophie —susurró él, acercándose para besar su frente—. Estabas realmente agotada. Me parte el corazón verte así por culpa de esos tediosos libros.

Mai se incorporó con dificultad, sintiendo que sus músculos aún protestaban por el encuentro en el jardín.

—Albert, no puedes cancelar mis clases así como así. El Consejo Real ya murmura que no estoy preparada... y si nos vamos a la costa, solo les daré más razones para despreciarme.

Albert soltó una risa seca, un sonido que carecía de humor y rebosaba autoridad.

—¿El Consejo? —Se inclinó hacia ella, atrapando un mechón de su cabello castaño entre sus dedos—. El Consejo hará lo que yo diga. Y si alguna de esas víboras en la academia o en la corte se atreve a mirarte con desdén, se enfrentarán a mí. No eres una "candidata", Mai. Eres mi esposa ante los ojos de Dios y del destino. Eres la madre de mi heredero.

Mai suspiró, sintiendo esa conocida mezcla de seguridad y asfixia.

—Sabina vendrá mañana —dijo ella, intentando cambiar de tema—. Me prometió que me traería unos apuntes de historia regional que no están en la biblioteca real. Ella dice que es importante que conozca las alianzas fronterizas antes de la boda.

La expresión de Albert se ensombreció instantáneamente. La mención de Sabina siempre provocaba esa chispa de celos yandere que él intentaba, a veces sin éxito, ocultar tras sus modales de príncipe perfecto.

—Sabina es una distracción —sentenció él—. Agradezco que te apoye, pero no quiero que llene tu cabeza con más deberes. Además, ella es la prometida de Ben. Debería estar ocupada con él, no interfiriendo en nuestro tiempo.

—¡Ella no interfiere! —exclamó Mai, sentándose del todo y sujetando las sábanas contra su pecho—. Es la única amiga que tengo en este mundo, Albert. La única que no me mira como si fuera un bicho raro o una trepadora social. Por favor, deja que venga.

Albert guardó silencio durante unos segundos, estudiando el rostro de Mai. Su mirada recorrió sus ojos verdes, su piel ligeramente pálida y sus labios aún un poco hinchados por sus besos. La devoción en sus ojos era casi aterradora.

—Está bien —cedió él, aunque su tono sugería que no estaba nada contento—. Pero solo una hora. Después, partiremos hacia la villa. Ya he ordenado que preparen tus baúles. No te preocupes por tu pasatiempo de jardinería; he contratado a los mejores paisajistas del reino para que trasladen las especies que te gustan a la costa. Allí podrás tocar la tierra que quieras, bajo mi supervisión.

Mai sabía que no servía de nada discutir. Cuando Albert tomaba una decisión basada en su bienestar —o en lo que él consideraba su bienestar—, era más inamovible que una montaña.

Al día siguiente, tal como prometió, Sabina llegó al palacio. La princesa extranjera entró en la sala de estar privada de Mai con la elegancia de quien ha nacido para mandar, pero su rostro se suavizó en cuanto vio a su amiga.

—Por los dioses, Mai, te ves como si hubieras corrido un maratón de etiqueta —dijo Sabina, sentándose a su lado y tomando sus manos—. Tienes ojeras. ¿Albert te está dejando dormir al menos?

Mai lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta, donde dos guardias de la élite personal de Albert montaban guardia.

—Es el ritmo, Sabina. Las clases, los protocolos... y Albert. Él quiere irse a la costa hoy mismo. Dice que necesito descansar, pero sé que solo quiere alejarme de todos.

Sabina apretó sus manos con fuerza, bajando la voz.

—Escúchame bien. Albert es... intenso. Lo sé, todos lo sabemos. Pero tú llevas a su hijo. Tienes un poder sobre él que nadie más posee, aunque él intente hacerte creer lo contrario con su sobreprotección. Úsalo. Si te sientes abrumada, dile que el estrés le hace daño al bebé. Es el único lenguaje que ese hombre entiende ahora mismo.

—Tengo miedo, Sabina —confesó Mai en un susurro, sintiendo que las lágrimas picaban en sus ojos—. Miedo de no estar a la altura, de que este mundo me trague. A veces olvido que esto empezó como un juego. Ahora el dolor es real, el cansancio es real... y este bebé es muy real.

—No eres una protagonista de papel, Mai —dijo Sabina con firmeza—. Eres una mujer fuerte que ha sobrevivido a la obsesión de un príncipe yandere. Eso te hace más apta para ser reina que cualquier duquesa estirada de esta corte.

La conversación fue interrumpida por la entrada de Albert. No llamó a la puerta; nunca lo hacía en "sus" estancias. Su sola presencia pareció succionar el aire de la habitación.

—El tiempo se ha acabado, princesa Sabina —dijo Albert con una cortesía gélida—. El carruaje está listo y el médico real insiste en que el viaje debe hacerse antes de que caiga el sol para evitar el frío.

Sabina se levantó, haciendo una reverencia impecable pero manteniendo una mirada desafiante hacia el príncipe.

—Cuídala, Albert. Si regresa de la costa más agotada de lo que se va, tendré que hablar seriamente con el Rey.

—Mi prometida está en las mejores manos posibles: las mías —respondió él, caminando hacia Mai y rodeando sus hombros con un brazo protector, casi posesivo—. ¿Verdad, mi vida?

Mai asintió débilmente, despidiéndose de Sabina con la mirada. Sentía que se le escapaba su último vínculo con la normalidad.

El viaje a la villa de la costa duró varias horas. Albert no se separó de ella ni un segundo, manteniendo a Mai apoyada contra su pecho durante todo el trayecto. Ella intentó mirar por la ventana, admirar el paisaje del reino que algún día gobernaría, pero Albert constantemente desviaba su atención, besando su cuello, sus manos, o hablándole en susurros sobre el futuro que tendrían solos.

Cuando finalmente llegaron, la luna ya brillaba sobre el mar. La villa era una maravilla de mármol blanco y terrazas que daban al océano, un lugar que en cualquier otra circunstancia habría sido un paraíso.

—Aquí nadie nos molestará —dijo Albert mientras la guiaba hacia la suite principal—. He prohibido que lleguen cartas oficiales durante la primera semana. Seremos solo tú, yo y nuestro hijo.

—Albert, estoy realmente cansada por el viaje... —empezó a decir Mai, pero él la interrumpió sellando sus labios con los suyos.

Era un beso hambriento, lleno de la impaciencia que había estado reprimiendo durante todo el día frente a los demás. Sus manos bajaron rápidamente hacia las caderas de Mai, atrayéndola contra su cuerpo con una fuerza que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

—Te he extrañado todo el día —gruñó él contra su piel—. Tener que compartir tu atención con Sabina, con los criados... me estaba volviendo loco.

—Pero el bebé... dijiste que debíamos tener cuidado —susurró ella, aunque su propio cuerpo empezaba a traicionarla, respondiendo al calor que Albert siempre lograba encender en ella.

—Seré cuidadoso —prometió él, aunque sus ojos azules brillaban con una luz oscura y posesiva—. Pero necesito sentirte, Mai. Necesito recordar que eres mía y de nadie más.

Albert la llevó hacia la cama con dosel, cuyas cortinas de gasa bailaban con la brisa marina. Con una lentitud tortuosa, comenzó a despojarla de sus ropas de viaje. Cada prenda que caía al suelo era seguida por un rastro de besos ardientes. Cuando ella quedó completamente desnuda bajo la luz de la luna, Albert se detuvo un momento para admirarla.

—Eres perfecta —susurró—. Mira cómo estás cambiando por mí.

Sus manos acariciaron la pequeña curva de su vientre con una ternura que casi hizo llorar a Mai, antes de subir hacia sus pechos, que estaban notablemente más llenos. El contacto físico de Albert era una mezcla de adoración religiosa y deseo carnal. Él se desvistió con rapidez, revelando su cuerpo atlético y fuerte, y se posicionó sobre ella, atrapándola entre sus brazos.

El encuentro fue diferente al del jardín. Aquí, en la intimidad de su refugio, Albert se tomó su tiempo. Sus dedos exploraron cada rincón de Mai, provocando gemidos que se perdían en el sonido de las olas rompiendo contra las rocas abajo. Cuando finalmente se unieron, fue con una profundidad que hizo que Mai arqueara la espalda, enterrando sus dedos en el cabello rubio de él.

—Dime de quién eres —exigió Albert, moviéndose con una cadencia lenta y poderosa que llenaba a Mai por completo.

—Tuya... soy tuya, Albert —jadeó ella, entregándose a la sensación de plenitud.

—Dilo otra vez —pidió él, besando sus lágrimas de placer—. Dime que no necesitas a nadie más. Ni a Sabina, ni a tu otro mundo... solo a mí.

—Solo a ti... —repitió ella, perdida en la bruma del deseo y el agotamiento.

El clímax llegó como una marejada, dejándolos a ambos sin aliento. Albert se quedó dentro de ella por un largo tiempo, abrazándola como si temiera que pudiera desvanecerse si la soltaba. Su posesividad no terminaba con el acto físico; era una marca invisible que él renovaba cada vez que la tocaba.

Finalmente, Albert se retiró y la acomodó contra su pecho, cubriéndolos a ambos con la colcha de seda. Mai sentía que sus párpados pesaban toneladas. El esfuerzo del viaje, la carga emocional de sus miedos y la intensidad del encuentro físico la habían dejado vacía de toda energía.

—Descansa, mi reina —susurró Albert, besando su hombro—. Mañana no habrá tutores, ni protocolos. Solo el mar y nosotros.

Mai no respondió. Ya se había hundido en un sueño profundo y sin sueños. Albert, sin embargo, permaneció despierto un rato más, acariciando el cabello de la mujer que había desafiado las leyes de la realidad para terminar en sus brazos.

En la oscuridad de la habitación, con el sonido del océano como único testigo, la expresión del príncipe no era la de un amante dulce, sino la de un conquistador que finalmente había asegurado su tesoro más preciado. No le importaba si ella estaba abrumada, si tenía miedo o si echaba de menos su libertad. Mientras ella estuviera allí, bajo su sombra y llevando su sangre, el resto del mundo podía arder.

Él la protegería de todo, incluso de sus propios deseos de independencia, porque en el retorcido y devoto corazón de Albert Dvlaois, el amor y la posesión eran una misma cosa, una corona de oro que Mai estaba destinada a llevar para siempre.