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El príncipe que cambio por completo: continuación

El jardín de los susurros y la jaula de cristal

El amanecer en la villa de la costa era una sinfonía de tonos rosados y dorados que se reflejaban en el mar, pero para Mai, el despertar fue una lucha contra la gravedad. Sentía el cuerpo pesado, no solo por el embarazo que empezaba a reclamar sus energías, sino por la intensidad de la noche anterior. Albert, fiel a su naturaleza, no se había movido de su lado; su brazo rodeaba su cintura con una firmeza que incluso en sueños resultaba posesiva.

Mai intentó zafarse con suavidad, pero el agarre de Albert se tensó de inmediato.

—¿A dónde crees que vas, mi pequeña Sophie? —La voz de Albert, ronca por el sueño, vibró contra su nuca.

—Solo quería... ver el mar desde la terraza —susurró ella, sintiendo un beso cálido en su hombro—. Me siento un poco mareada, Albert. Quizás el aire fresco me ayude.

Él se incorporó de inmediato, toda traza de sueño desapareciendo de sus ojos azules para ser reemplazada por una preocupación casi frenética.

—¿Mareada? ¿Es el bebé? ¿Llamo al médico? —Sus manos ya estaban recorriendo su rostro, buscando signos de palidez—. Te dije que el viaje sería agotador. Deberías haber descansado más antes de que yo... —Se interrumpió, una sonrisa culpable y devota asomando a sus labios—. No pude evitarlo. Estás tan hermosa bajo la luna que pierdo el juicio.

—Estoy bien, de verdad —lo interrumpió Mai, forzando una sonrisa—. Es solo el hambre matutina.

Albert no perdió tiempo. En cuestión de minutos, y tras haberla vestido él mismo con una bata de seda bordada —ignorando las protestas de ella sobre que podía hacerlo sola—, la guio hacia una mesa dispuesta en el jardín privado de la villa. El lugar era un laberinto de flores exóticas y arbustos perfectamente podados que ocultaban la vista desde cualquier otro punto de la propiedad.

—He pedido que traigan frutas de las islas del sur y esos panecillos de miel que tanto te gustaron en el festival de otoño —dijo Albert, acomodándola en una silla acolchada—. Tienes que recuperar fuerzas.

Mai miró la comida con un nudo en el estómago. La presión de ser la "futura reina perfecta" la seguía incluso allí.

—Albert, he estado pensando... mientras desayunamos, ¿podríamos revisar los tratados de comercio que me dio el profesor Harrison? No quiero que cuando regresemos piense que he perdido el tiempo.

La expresión de Albert se endureció un poco, aunque mantuvo su tono meloso.

—Olvida a Harrison, Mai. Ese hombre no entiende que tu prioridad ahora es engendrar al próximo rey. El comercio es algo de lo que yo me encargo. Tú solo debes preocuparte por estar radiante y saludable.

—Pero no quiero ser solo un adorno —insistió ella, bajando la vista hacia su té—. Sabina dice que una reina informada es el mejor apoyo para su rey. Ella estudia tanto como Ben, y nadie le dice que se detenga.

—Sabina es... diferente —replicó Albert, su voz volviéndose gélida al mencionar a la amiga de Mai—. Sabina es una princesa de nacimiento, está acostumbrada a este peso. Tú, mi dulce Mai, eres un tesoro que apareció en mi mundo y mi deber es protegerte de las cargas innecesarias. Además, ella no está esperando un hijo de la corona.

Mai suspiró, sintiendo que cada conversación con él terminaba en el mismo callejón sin salida. Albert la amaba, de eso no había duda, pero era un amor que se sentía como una jaula de cristal: hermosa, brillante, pero impenetrable.

—Hablando de Sabina —continuó ella—, me envió una carta antes de salir. Decía que vendría a visitarnos en unos días. Quiere ver cómo estoy y ayudarme con los diseños de decoración para el ala este. Sabes que los guardias no me dejan acercarme a la tierra de las macetas por tus órdenes, y ella prometió traer herramientas especiales que no ensucian tanto.

Albert dejó su taza sobre el plato con un sonido seco.

—Le prohibí a los guardias que permitieran que te ensuciaras porque el médico teme por las infecciones, Mai. No es un capricho. Y respecto a Sabina... —Se levantó y caminó hacia ella, situándose detrás de su silla y apoyando las manos en sus hombros—. He dado órdenes de que no se permitan visitas durante nuestra estancia aquí.

Mai se tensó.

—¿Qué? ¡Albert, no puedes hacer eso! Es mi única amiga.

—Es una distracción —repitió él, inclinándose para que sus labios rozaran su oreja—. Quiero que estos meses sean solo nuestros. Quiero que te olvides de la academia, de las chicas que te miran mal, de los profesores y de las expectativas. Solo quiero que seas mía. ¿Es mucho pedir que el hombre que te dio todo quiera un poco de tiempo a solas con su prometida?

—Pero me siento sola, Albert —confesó ella, su voz quebrándose—. Cuando tú vas a las reuniones con los gobernadores locales o te encierras a escribir decretos, yo me quedo aquí, rodeada de sirvientes que no me hablan a menos que sea para preguntarme qué quiero comer. Extraño hablar con alguien que me entienda.

Albert la obligó a levantarse y la giró para que lo mirara a los ojos. Su mirada era una mezcla de adoración y una intensidad que rozaba la locura.

—¿No me tienes a mí? ¿Acaso mi amor no es suficiente? —Sus dedos se enterraron con suavidad en su cabello—. Yo lo dejé todo por ti, Mai. Cambié mi residencia, aceleré la boda, me enfrenté a mi padre por nuestro hijo... Todo lo que hago es por ti.

Mai sintió la culpa punzante que él siempre sabía invocar. Era la táctica clásica de Albert: rodearla de tanto "amor" y "sacrificio" que cualquier deseo de independencia pareciera una ingratitud monstruosa.

—No es que no sea suficiente —balbuceó ella—, es solo que...

—Shh... —Él selló sus labios con un beso posesivo, uno que no buscaba consuelo, sino sumisión—. Estás estresada. Lo entiendo. El embarazo te pone sensible. Vamos a dar un paseo por la orilla, lejos de los guardias. Solo nosotros dos.

La guio hacia una pequeña cala privada que pertenecía a la villa. El sol ya calentaba la arena, y el sonido del mar era relajante, pero Mai no podía dejar de pensar en los libros que se habían quedado en su habitación y en la mirada decepcionada que Sabina pondría cuando le negaran la entrada.

Albert, notando su distracción, se detuvo y la abrazó por la espalda, cruzando sus manos sobre el vientre de ella.

—¿Sientes eso? —preguntó él, su voz suavizándose—. Es nuestro futuro. En seis meses, el mundo entero sabrá que eres mi reina y que este niño es el heredero. Nadie volverá a susurrar sobre tu estatus. Serás intocable.

—A veces me pregunto si me quieres por quien soy... o por lo que represento en este mundo —dijo ella en un susurro casi inaudible.

Albert la giró bruscamente, sus ojos azules brillando con una chispa peligrosa.

—Te quiero porque eres Mai. Porque me desafiaste con tus comentarios sobre "reencarnaciones" y juegos. Porque eres la única persona que ha visto al Albert real y no ha salido huyendo... o al menos, no has podido huir.

La última frase quedó flotando en el aire, cargada de una verdad oscura. Mai sabía que, aunque quisiera, Albert nunca la dejaría ir. Él la había reclamado como suya mucho antes de que ella aceptara este destino.

—Demuéstramelo —dijo él, su voz bajando una octava—. Demuéstrame que eres mía de verdad.

—Albert, estamos fuera... alguien podría ver...

—He dicho que estamos solos —insistió él, su mano subiendo por la curva de su cadera—. Y si alguien mira, será lo último que vea en su vida.

Él la empujó suavemente contra el tronco de una palmera inclinada que ofrecía algo de sombra. Sus besos se volvieron urgentes, reclamando su territorio con una pasión que siempre dejaba a Mai sin aliento. Sus manos, expertas y posesivas, comenzaron a desatar los lazos de su bata.

—Albert, por favor... —jadeó ella, entre el deseo y la vergüenza.

—Eres tan hermosa cuando te sonrojas —murmuró él, sus labios descendiendo hacia su cuello—. Me vuelve loco pensar que este cuerpo, que ahora está cambiando para darme un hijo, me pertenece por completo.

El contacto de la piel de Albert contra la suya era eléctrico. A pesar de su agotamiento, Mai no podía evitar responder a su toque. Era su forma de comunicarse, el único lenguaje donde las inseguridades de ella y la obsesión de él encontraban un equilibrio, aunque fuera temporal.

Él la tomó allí mismo, con el sonido de las olas como música de fondo. Fue un acto de posesión absoluta, tierno en sus caricias pero feroz en su intención. Albert se movía con una devoción que rozaba lo religioso, adorando cada centímetro de ella, susurrando promesas de un futuro donde nada ni nadie podría separarlos. Mai se aferró a sus hombros, sintiendo que el mundo real —el de los juegos otome, el de las clases de economía y las intrigas de palacio— se desvanecía, dejando solo la intensidad de Albert.

Cuando terminaron, Mai estaba exhausta, su respiración entrecortada mezclándose con la brisa marina. Albert la sostuvo con delicadeza, limpiando sus lágrimas de clímax con besos suaves.

—Estás agotada, mi amor —dijo él, su voz llena de una satisfacción triunfante—. Te he forzado demasiado.

—Tú siempre... siempre me fuerzas a tu ritmo —logró decir ella, con una sonrisa débil.

—Es porque no puedo esperar —admitió él, cargándola en sus brazos como si fuera un tesoro de porcelana—. No puedo esperar a que seas mi esposa, no puedo esperar a ver a nuestro hijo, no puedo esperar a tenerte encerrada conmigo para siempre.

Caminó de regreso a la villa, ignorando el hecho de que ella ya se estaba quedando dormida en sus brazos. Al entrar en la habitación, la depositó en la cama con una suavidad extrema, asegurándose de que las mantas la cubrieran perfectamente.

—Duerme, Mai —susurró, sentándose a su lado y acariciando su frente—. Mañana será un nuevo día. Y pasado mañana también. Y todos los días de tu vida, yo estaré aquí para asegurarme de que nunca tengas que preocuparte por nada más que por amarme.

Mai cerró los ojos, demasiado cansada para luchar contra la dulce y asfixiante realidad de su vida. Mientras caía en el sueño, lo último que sintió fue la mano de Albert entrelazada con la suya, un vínculo que, sabía bien, nunca se rompería, ni por voluntad propia ni por el destino de ningún juego.

Afuera, el mar seguía rugiendo, indiferente a la pequeña reina atrapada en su palacio de arena y obsesión, mientras el príncipe yandere velaba su sueño, planeando cómo hacer que el resto del mundo desapareciera para que solo quedaran ellos dos.