El príncipe que cambio por completo: continuación
Diplomacia, encaje y el reclamo de un deseo contenido
El aire en el Reino de Oakhaven era distinto al de Dvlaois; más fresco, cargado con el aroma de los pinos centenarios y la humedad de las montañas. Sin embargo, dentro del Gran Salón del Palacio de Cristal, el ambiente era cálido, vibrante y lleno de una sofisticación que Mai, ahora como Reina Consorte, navegaba con una gracia que sorprendía incluso a sus críticos más acérrimos.
Habían pasado tres días desde su llegada, y la conferencia diplomática estaba siendo un éxito rotundo. Mai, vestida con un traje de seda color borgoña que resaltaba la palidez de su piel y la madurez de su figura, se movía entre los dignatarios extranjeros con una confianza que solo el estudio riguroso y el apoyo incondicional —aunque asfixiante— de Albert podían otorgar.
—Es un honor conocerla finalmente, Majestad —dijo el Gran Duque de Arlanza, inclinándose con respeto—. Los informes sobre su agudeza en el tratado de exportación de gemas no le hacían justicia. Su visión sobre la sostenibilidad de las minas es... refrescante.
—Le agradezco sus palabras, Duque —respondió Mai con una sonrisa serena—, pero creo que la verdadera visión reside en entender que el futuro de nuestros reinos depende de los recursos que dejemos a nuestros hijos, no solo de lo que extraigamos hoy.
Albert, que se encontraba a pocos pasos conversando con un general, no perdía detalle de la interacción. Sus ojos azules brillaban con un orgullo posesivo que rozaba lo maníaco. Ver a Mai dominar la sala, siendo el centro de atención de hombres poderosos que la miraban con admiración, le provocaba una mezcla de euforia y una urgencia visceral de llevársela de allí para recordarle a quién pertenecía.
—Tu esposa es una joya, Albert —comentó el Príncipe Heredero de Oakhaven, siguiendo la mirada de su colega—. Ha logrado que el Consejo de Comercio firme acuerdos que llevaban estancados una década.
—Lo sé —respondió Albert, su voz bajando a un tono peligrosamente bajo—. Es perfecta. Casi demasiado para que el mundo la vea.
Durante la cena de gala, Mai se encontró sentada junto a la Princesa Elena, esposa del príncipe local. Elena era una mujer joven, de cabellos negros y una mirada chispeante, que rápidamente conectó con Mai.
—Debo confesarte, Mai, que esperaba a una muñeca silenciosa —le susurró Elena mientras el servicio retiraba los platos—. Pero eres increíble. Y ese pequeño... Alister es el bebé más risueño que he visto en una corte. Casi me dan ganas de tener el tercero.
—Es un niño muy alegre —admitió Mai, sintiendo un calorcito en el pecho—. Se parece tanto a su padre en el físico, pero afortunadamente ha heredado una disposición mucho más... sociable.
A la mañana siguiente, lejos del protocolo estricto, ambas mujeres pasearon por los jardines botánicos de Oakhaven. Fennel caminaba unos pasos atrás, cargando a Alister, quien balbuceaba feliz mientras intentaba atrapar los rayos de sol con sus pequeñas manos.
—Es tan parecido a Albert —comentó Elena, observando al bebé—. Pero tiene tu mirada, esa chispa de curiosidad. Dime, ¿cómo manejas la intensidad de tu marido? Los rumores sobre la devoción de Albert hacia ti cruzan fronteras.
Mai se sonrojó levemente, recordando las noches de esta semana.
—Es... constante —respondió ella con cautela—. A veces es abrumador, pero he aprendido que su forma de amar es absoluta. Este viaje me ha hecho bien; admito que Albert tenía razón. Me siento capaz, me siento útil. Y tener a Alister cerca hace que todo valga la pena.
—Me alegra oírlo —dijo Elena, mostrándole un invernadero lleno de orquídeas raras—. Disfruta este tiempo. La maternidad y el trono son una carga pesada, pero con un hombre que te idolatra así, al menos nunca estarás sola.
Sin embargo, para Mai, la verdadera prueba de la "devoción" de Albert llegaba cuando las luces del palacio se atenuaban y las puertas de su suite se cerraban con llave.
Albert había mantenido un celibato forzado desde semanas antes del parto, respetando el tiempo de recuperación de Mai y su agotadora agenda con el bebé. Pero en Oakhaven, su paciencia se había agotado por completo.
Esa noche, tras la última cena oficial, Mai entró en la habitación esperando encontrar a Albert ya dormido o leyendo. En su lugar, lo encontró de pie junto al balcón, con la camisa desabrochada y una copa de vino en la mano. La tensión en sus hombros era evidente.
—Alister se durmió hace poco —dijo Mai, acercándose a él—. Fennel dice que hoy estuvo especialmente activo.
Albert dejó la copa y se giró. La mirada que le dirigió no era la del socio diplomático, sino la del hombre que llevaba meses contenido, un depredador que finalmente veía la jaula abierta.
—Ven aquí, Mai —ordenó él con una ronquera que le erizó la piel.
Ella obedeció, y en cuanto estuvo a su alcance, Albert la rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su cuello y aspirando su aroma con una desesperación casi dolorosa.
—No puedo más —gruñó él contra su piel—. Verte hoy, hablando con esos hombres, sonriendo... He pasado meses siendo el marido perfecto, el padre paciente, el príncipe comprensivo. Pero me estoy volviendo loco.
—Albert, te dije que mi cuerpo... —empezó ella, pero él la interrumpió con un beso que sabía a vino, a deseo y a una posesión tan cruda que la dejó sin aliento.
Él la guio hacia la cama, pero antes de dejarla caer, sus manos buscaron con urgencia el escote de su vestido. Desde el nacimiento de Alister, los pechos de Mai habían cambiado; estaban más llenos, pesados y extremadamente sensibles. Albert se había obsesionado con ellos de una forma nueva y casi obscena.
—Están tan hermosos —murmuró Albert, despojándola de la tela y dejando que sus pechos quedaran al descubierto bajo la luz de las velas—. Sé que son para él, sé que nutren a nuestro hijo... pero esta noche, Mai, son míos.
—Albert, por favor... me da vergüenza cuando los miras así —susurró ella, aunque su espalda se arqueó cuando él comenzó a acariciarlos con una presión experta.
—No tengas vergüenza de lo que me pertenece —dijo él—. Alister tiene que aprender a compartir. Él tiene el día, pero la noche es mi territorio.
Albert se entregó a un fetiche que rayaba en lo sagrado y lo profano. Sus manos amasaban la carne firme, y su boca buscaba los pezones oscurecidos y sensibles con una voracidad que hacía que Mai soltara gemidos entrecortados. El contacto de la lengua de Albert, cálida y húmeda, succionando con una fuerza que imitaba la del bebé pero con una intención puramente erótica, la enviaba a un estado de placer que nunca había experimentado antes.
—Me gusta que estén así de llenos —susurró Albert entre besos—, me gusta sentir cómo reaccionan a mi boca. Me recuerda que eres una madre, que eres fértil, que eres mi reina de la creación.
El acto fue apasionado y casi violento en su entrega. Albert la embistió con una fuerza contenida durante meses, sus manos nunca abandonando sus pechos, tratándolos como trofeos de su conquista. Mai se perdió en el placer, sus uñas enterrándose en la espalda de su marido mientras él la reclamaba con una posesión absoluta. En ese momento, ella no era la diplomática brillante ni la madre abnegada; era simplemente la mujer de Albert, el objeto de una obsesión que parecía no tener límites.
En el clímax de la pasión, mientras Albert la sujetaba por las caderas con una fuerza que dejaría marcas, él se inclinó hacia su oído, su respiración errática golpeando su piel.
—Eres tan perfecta para esto, Mai... —jadeó él—. Tu cuerpo nació para llevar mi descendencia. ¿Sabes lo que quiero? Quiero volver a verte así, con el vientre hinchado por otro hijo mío. Quiero llenarte una y otra vez hasta que no quede duda de que nadie más puede tocarte.
—Albert... no —logró decir ella entre espasmos de placer—, somos jóvenes... Alister es muy pequeño...
—Solo tienes diecisiete años, lo sé —continuó él, ignorando sus protestas mientras aumentaba el ritmo—, pero cada vez que te veo con él, solo puedo pensar en lo hermosa que estarías con otro. En cómo tus pechos se llenarían de nuevo... en cómo te verías bajo mi cuerpo, reclamada por segunda vez.
Cuando el éxtasis los alcanzó, Albert no se retiró. Se hundió profundamente en ella, vertiendo su semilla con una determinación que parecía querer desafiar cualquier precaución. Se quedó allí, jadeando sobre ella, su rostro enterrado en su cabello.
—Eres mía, Mai —susurró, casi como una oración—. No importa cuántos hijos tengamos, no importa cuántos reinos gobernemos. Siempre serás mi pequeña Sophie, la que cayó de otro mundo para ser mi dueña... y mi prisionera.
Mai, agotada y temblorosa, lo abrazó. Sabía que la idea de Albert de embarazarla de nuevo era más una fantasía posesiva que un plan inmediato, pero la intensidad con la que lo decía la hacía estremecer. Él estaba obsesionado con la idea de perpetuar su vínculo a través de la sangre, de marcarla de la forma más definitiva posible.
—Dame tiempo, Albert —murmuró ella mientras él comenzaba a besar sus pechos de nuevo, ahora con una ternura post-coital que la hacía sentir protegida—. Déjame disfrutar de Alister y de este nuevo poder que he encontrado en la corte.
—Te daré todo el tiempo del mundo —respondió él, aunque sus manos seguían recorriendo su figura con un celo inquietante—, siempre y cuando ese tiempo lo pases en mis brazos. No me pidas que deje de desearte de esta manera, porque es lo único que me mantiene cuerdo en este mundo aburrido.
Al día siguiente, Mai apareció en el desayuno diplomático con un brillo especial en los ojos y el cuello cubierto estratégicamente por una estola de encaje. La Princesa Elena le lanzó una mirada cómplice que Mai fingió no entender.
Albert, a su lado, lucía más relajado que nunca, aunque su mano no abandonaba el respaldo de la silla de Mai, un recordatorio constante para todos los presentes de que, aunque ella fuera una reina brillante e independiente en la mesa de negociaciones, en la intimidad de sus aposentos, seguía siendo el tesoro más custodiado del Príncipe de Dvlaois.
Mientras Alister balbuceaba en su cuna cercana, ajeno a las pasiones y obsesiones de sus padres, Mai se dio cuenta de que su vida nunca sería "normal". Vivía en una cuerda floja entre el deber, la maternidad y el amor yandere de un hombre que la amaba con una oscuridad que ella, de alguna manera, había aprendido a iluminar. Y mientras Albert la miraba con ese hambre insaciable, Mai supo que, a pesar del cansancio y los desafíos, no había otro lugar en ningún mundo donde prefiriera estar.