El príncipe que cambio por completo: continuación
Entre cunas de plata y susurros de posesión
El sol de la mañana se filtraba a través de los ventanales de cristal del Palacio de Invierno, iluminando las partículas de polvo que danzaban en el aire. En el ala privada de la familia real, el silencio habitual había sido reemplazado por el suave y rítmico sonido de una cuna meciéndose y el murmullo de una canción de cuna que Mai tarareaba con voz cansada pero dulce.
Habían pasado tres meses desde que el pequeño Alister llegó al mundo, y seis desde que Mai y Albert unieron sus vidas ante el altar. La vida de Mai se había transformado en un torbellino de deberes que a veces sentía que la consumían. Entre las clases de alta política que aún recibía, las audiencias benéficas como nueva reina y las noches en vela atendiendo los llantos de su hijo, el tiempo parecía escapársele entre los dedos como arena fina.
—Ya casi está, mi pequeño tesoro —susurró Mai, acomodando al bebé contra su pecho.
Alister, un calco en miniatura de su padre con mechones rubios y una tez de porcelana, soltó un pequeño suspiro de satisfacción tras alimentarse. Mai se negó rotundamente a que las nodrizas cumplieran esa función. Quería ser ella quien nutriera a su hijo, quien sintiera su calor y estableciera ese vínculo inquebrantable que ninguna niñera real podría suplantar. Sin embargo, esa decisión tenía un precio: un agotamiento crónico que marcaba sus ojos verdes con sutiles sombras de fatiga.
La puerta que conectaba con la habitación principal se abrió sin hacer ruido. Albert apareció en el umbral, observando la escena con una mezcla de adoración religiosa y una pizca de melancolía que Mai no alcanzó a notar. Para el príncipe, el nacimiento de Alister había sido el punto culminante de su felicidad, la prueba tangible de que Mai ahora estaba ligada a él y a este mundo para siempre. Pero también había descubierto, para su desgracia, que un heredero era el competidor más formidable que jamás había enfrentado por la atención de su esposa.
—Llevas ahí más de una hora, Mai —dijo Albert, acercándose con pasos felinos y rodeando los hombros de ella con sus brazos—. Las doncellas dicen que apenas has probado bocado del desayuno.
—Me necesitaba, Albert —respondió ella, apoyando la cabeza en el pecho de su marido—. Se despertó con hambre y no quería que llorara hasta que llegara la nodriza. Además, me gusta estar a solas con él. Siento que si lo dejo demasiado tiempo con el personal, algún día me mirará y no sabrá quién es su madre.
Albert apretó el abrazo, aspirando el aroma de Mai, que ahora era una mezcla de jazmín y leche tibia.
—Eso es imposible. Eres su mundo, tal como eres el mío —hizo una pausa, besando la sien de ella—. Pero me preocupa tu salud. Estás pálida y apenas descansas. He organizado un almuerzo privado en el jardín, lejos de los tutores y los ministros. Solo nosotros tres. Necesitas aire fresco, y yo... yo necesito recordarte que sigo aquí.
Mai sonrió con ternura, notando el matiz posesivo en la voz de Albert. Sabía que él se sentía desplazado, aunque fuera absurdo competir con un bebé de tres meses.
—Está bien. Un almuerzo en el jardín suena maravilloso.
Poco después, se encontraban en el ala este del palacio, la zona que Mai había renovado personalmente con la ayuda de Fennel y Sabina. Lo que antes era un terreno rígido y protocolario ahora era una explosión de color: rosas trepadoras, fuentes de piedra que murmuraban suavemente y bancos de mármol rodeados de lavanda.
Albert observaba a Mai mientras ella acomodaba a Alister en una cuna portátil a la sombra de un gran sauce. La devoción de ella por el niño era absoluta, y aunque Albert amaba a su hijo, una parte de su naturaleza yandere rugía en silencio ante el aislamiento emocional que sentía a veces.
—Los jardines han quedado hermosos, Mai —dijo Albert mientras un sirviente servía consomé de ave y frutas frescas—. Has hecho un trabajo excepcional, incluso con Alister ocupando todo tu tiempo.
—Gracias, Albert. Me ayuda a despejar la mente —respondió ella, tomando un poco de fruta—. Aunque confieso que a veces me quedo dormida sobre los planos de decoración.
Albert dejó los cubiertos y la miró fijamente, con esa intensidad azul que siempre la desarmaba.
—Precisamente por eso he tomado una decisión —hizo un gesto para que los sirvientes se retiraran, dejándolos en total privacidad—. En dos semanas hay una conferencia diplomática en el extranjero, en el Reino de Oakhaven. Es una reunión importante sobre las rutas comerciales del norte. Quiero que vengas conmigo.
Mai dejó de comer, abriendo mucho los ojos.
—¿Al extranjero? Pero Albert, Alister solo tiene tres meses. No puedo dejarlo aquí, es demasiado pronto para separarme de él. El viaje es largo y...
—No he dicho que lo dejemos —la interrumpió él, tomando su mano y apretándola con fuerza—. Vendrá con nosotros. Prepararemos el carruaje real con todas las comodidades y llevaremos a Fennel y a una niñera de confianza para que lo cuiden durante las sesiones oficiales. Pero el resto del tiempo estaremos los tres. Y por las noches... las noches serán solo nuestras.
Mai frunció el ceño, dudosa.
—Es un riesgo, Albert. ¿Y si se enferma? ¿Y si el cambio de clima le afecta? Siento que es muy pronto para exponerlo a tanto ajetreo solo porque queremos viajar.
Albert se levantó y caminó hacia ella, arrodillándose a su lado. Sus ojos brillaban con una mezcla de ruego y exigencia.
—No es solo por el viaje, Mai. Es por nosotros. Desde que Alister nació, apenas hemos tenido un momento de verdadera intimidad. Tu agenda está llena de pañales y libros de historia, y la mía de decretos. Te extraño. Extraño sentir que no tengo que compartir cada segundo de tu mirada con el heredero o con un profesor de etiqueta.
Mai sintió un nudo en la garganta. Sabía que Albert estaba siendo inusualmente paciente para su carácter, pero también sabía a qué se refería con "intimidad".
—Estaré bien con el viaje si él está cerca —cedió ella en un susurro—, pero Albert... tienes que entender que mi cuerpo no es el mismo que antes. Desde que di a luz, me siento diferente. Tengo marcas en el estómago que no estaban ahí, y mis pechos... bueno, ahora tienen una función muy distinta y están más sensibles. A veces me da vergüenza que me veas así, tan "real" y menos como la protagonista perfecta de tus fantasías.
Albert soltó una risa baja, una vibración profunda que erizó la piel de Mai. Se acercó a su oído, susurrando con una voz cargada de deseo oscuro y posesivo.
—¿Vergüenza? Mai, esas marcas son los trofeos de que me perteneces, de que llevaste mi sangre dentro de ti. De hecho, me encanta cómo estás ahora. Tus pechos están más llenos, más tentadores... paso las audiencias imaginando cómo será volver a tocarlos sin una cuna de por medio. Me muero por saborear cada cambio que el embarazo dejó en ti.
—¡Albert! —exclamó Mai, sonrojándose violentamente y lanzando una mirada rápida hacia la cuna—. ¡No hables de esas cosas tan cerca de Alister! Es un bebé, pero no quiero que crezca escuchando las indecencias de su padre.
Albert sonrió de lado, esa sonrisa de depredador enamorado que tanto la cautivaba.
—Él no entiende nada aún, y si lo hace, que aprenda pronto cuánto amo a su madre —se puso de pie y, con una delicadeza sorprendente, se acercó a la cuna y tomó a Alister en sus brazos.
El bebé, al sentir el contacto de su padre, soltó un pequeño balbuceo y se agarró del dedo índice de Albert. El príncipe suavizó su expresión, mirando al niño con un orgullo innegable.
—Es igual a ti cuando frunce el ceño —comentó Mai, levantándose también para ponerse al lado de ambos.
—Tiene mi terquedad, eso seguro —dijo Albert, acunando al pequeño contra su pecho—. Pero espero que tenga tu corazón, Mai. Así será más fácil para él encontrar a alguien a quien amar tanto como yo te amo a ti... aunque espero que no tenga que luchar tanto contra el destino como nosotros.
Caminaron juntos por el sendero del jardín, una imagen de perfección real que ocultaba las complejidades de su relación. Albert llevaba al bebé con una mano y con la otra rodeaba la cintura de Mai, atrayéndola hacia él en un gesto de posesión constante.
—Entonces, ¿está decidido? —preguntó Albert—. Iremos a Oakhaven. Alister tendrá su propia suite conectada a la nuestra, y yo tendré finalmente a mi esposa de vuelta, al menos durante las horas de luna.
Mai suspiró, dejándose guiar por el calor de su marido.
—Está decidido. Pero bajo una condición: si Alister llora, la sesión de "intimidad" se detiene de inmediato. Mi hijo es lo primero, Albert.
Albert se detuvo y la miró, sus ojos azules brillando con una resolución yandere que Mai ya conocía bien.
—Acepto el desafío. Pero te advierto, Mai... me encargaré de que estés tan distraída conmigo que no oigas ni un solo susurro del exterior.
—Eres incorregible —dijo ella, riendo mientras le daba un suave golpe en el brazo.
—Soy un hombre que sabe lo que quiere —replicó él, depositando un beso posesivo en sus labios mientras Alister bostezaba en sus brazos—. Y lo que quiero es que este mundo, este reino y esta familia sepan que, ante todo, tú eres mía.
Siguieron paseando bajo el sol de la tarde, una familia nacida de un juego pero forjada en la realidad del amor, la obsesión y los nuevos comienzos. Mai sabía que el viaje sería agotador y que Albert intentaría acapararla en cada oportunidad, pero al ver a su marido cargar a su hijo con tanta devoción, sintió que, a pesar de las marcas en su piel y el cansancio en sus huesos, no cambiaría esta "novia ligera" por ninguna otra realidad.