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El que viene cada Mes

Día Dos: La Tormenta de Clavos y Antojos

El amanecer del segundo día encontró a Itadori Yuji en un estado de peligrosa complacencia. Había sobrevivido a la primera jornada. No solo eso, había salido con una victoria táctica: Nobara se había quedado dormida apoyada en su hombro, con el calor de la bolsa de agua entre ellos y el eco de una película de acción resonando en la habitación. Se había sentido como un domador de bestias que había logrado que el tigre ronroneara. Con esa confianza, se levantó, se estiró sintiendo los músculos protestar ligeramente, y decidió iniciar el Día Dos con una ofensiva de amabilidad.

Preparó un desayuno simple pero pensado: tostadas con mermelada de fresa y un vaso de leche con chocolate, justo como sabía que a ella le gustaba cuando quería algo reconfortante. Con la bandeja en equilibrio, se dirigió a la habitación de Nobara, tocando la puerta con un optimismo que, en retrospectiva, resultaría ingenuo y casi suicida.

—¿Nobara? Te traje el desayuno —dijo con una voz cantarina.

No hubo respuesta. Preocupado, abrió la puerta con cuidado.

La escena que lo recibió destrozó su confianza en mil pedazos. Nobara estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama, abrazando una almohada. Su teléfono estaba a un lado, olvidado. Y estaba llorando. No eran lágrimas silenciosas y dignas; era un llanto desconsolado, con hipidos que sacudían su cuerpo menudo.

Itadori dejó la bandeja en el escritorio y se arrodilló a su lado en un instante. El pánico se apoderó de él.

—¡Nobara! ¿Qué pasa? ¿Te duele mucho? ¿Necesitas algo? ¿Llamo a Shoko-san?

Ella levantó la vista, sus ojos anaranjados enrojecidos e hinchados. Negó con la cabeza, lo que solo hizo que más lágrimas rodaran por sus mejillas.

—Es que… es que… —sollozó, señalando la pantalla de su teléfono.

Itadori lo cogió, esperando encontrar un mensaje horrible, una noticia terrible. En la pantalla había un anuncio de YouTube. Un anuncio de cinco segundos que ya había terminado. Mostraba a un cachorro de golden retriever tropezando con sus propias patas mientras intentaba alcanzar un cuenco de comida.

Itadori parpadeó, confundido.

—¿El anuncio del cachorro?

—¡Es que es tan pequeño! —gimió Nobara, escondiendo el rostro en la almohada—. Y se ve tan solito… y tiene hambre… y el mundo es un lugar muy cruel para un perrito tan bueno y torpe.

Itadori se quedó paralizado. Su cerebro, entrenado para combatir maldiciones y analizar técnicas de jujutsu, no tenía ningún protocolo para aquello. ¿Se suponía que debía llorar con ella? ¿Debía asegurarle que el cachorro del anuncio probablemente era un actor canino muy bien pagado con una vida de lujos?

Optó por lo que consideró la ruta más segura: el consuelo físico.

—Oh, Nobara… —murmuró, rodeándola torpemente con un brazo—. Estoy seguro de que el perrito está bien. Es solo un anuncio para hacer que la gente compre comida para perros.

Fue la frase equivocada. Completamente, total y absolutamente equivocada.

Nobara se apartó de él como si la hubiera quemado. La tristeza se evaporó de su rostro, reemplazada por una furia helada que Itadori conocía demasiado bien.

—¿Solo un anuncio? —espetó, su voz goteando veneno—. ¿Estás invalidando mis sentimientos, Itadori Yuji? ¿Crees que soy estúpida por sentir empatía? ¡Claro, como tú eres un insensible que no entiende la pureza del alma de un animal inocente!

—¡No, no! ¡Yo no quise decir eso! ¡Amo a los perros! —se defendió él, levantando las manos en señal de rendición.

—¡Pues no lo parece! —le gritó—. ¡Vienes aquí con tu estúpido desayuno y tu actitud de "mira qué buen novio soy", tratándome como si fuera una niña pequeña! ¡No necesito que me compadezcas! ¡Lárgate!

Señaló la puerta con un dedo tembloroso. Itadori, sintiendo el peligro inminente de que algún objeto contundente volara hacia su cabeza, retrocedió lentamente.

—Vale, vale, me voy. Pero… el desayuno…

—¡No quiero tu desayuno de la pena!

Derrotado, Itadori salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. Se apoyó en la pared del pasillo, respirando hondo. ¿Qué había pasado? En menos de cinco minutos, había pasado de novio del año a insensible destructor de sentimientos. Esto era más volátil que la energía maldita de Sukuna.

Unos segundos después, un sonido extraño provino de la habitación. No era un sollozo ni un grito. Era… una carcajada. Una risa fuerte y genuina. Confundido, Itadori pegó la oreja a la puerta.

Nobara se estaba riendo a pleno pulmón.

Con una cautela infinita, abrió la puerta una rendija y asomó la cabeza. Ella estaba de nuevo con el teléfono en la mano, viendo un vídeo de un gato que se caía de un sofá de una manera ridícula. Se reía tanto que las lágrimas volvían a brotar de sus ojos, pero esta vez eran de alegría.

Notó su presencia y le sonrió, una sonrisa radiante que borraba cualquier rastro de la furia de hacía un momento.

—¡Itadori, ven a ver esto! ¡El gato cree que es líquido! ¡Es lo más tonto que he visto en mi vida!

Itadori se quedó en el umbral, su mente dando vueltas. Tristeza. Furia. Hilaridad. Todo en el lapso de diez minutos. Esto no era una batalla; era un campo de minas emocional donde cada paso podía ser el último. Se sentía como si estuviera luchando contra Mahito, cuya forma cambiaba constantemente, solo que esta vez los cambios eran de humor y eran mucho, mucho más rápidos.

***

La fase de la risa duró exactamente siete minutos. Terminó tan abruptamente como había comenzado. La sonrisa de Nobara se desvaneció y fue reemplazada por una mueca de dolor. Se llevó una mano al abdomen y se encorvó, soltando un gemido bajo y profundo.

—Ugh… demonios… —masculló, dejando caer el teléfono.

Itadori corrió a su lado, la montaña rusa emocional dejándolo mareado pero con su instinto protector siempre activado.

—¿Calambres? —preguntó en voz baja.

Ella asintió, con los dientes apretados.

—Siento como si una maldición de grado especial estuviera intentando hacer un nido en mi útero —dijo con voz tensa—. Es la venganza del universo por no ser hombres. Te lo juro. Ojalá tuvieran que pasar por esto una vez. Solo una. Veríamos cuántos "más fuertes" y "más resistentes" son entonces.

Se quejaba, pero había un filo de dolor real en su voz que a Itadori le encogió el corazón. La bolsa de agua caliente de ayer estaba fría sobre su cama. Los analgésicos que Yuta había conseguido para Maki, y de los que Itadori había "tomado prestados" algunos, parecían no hacer efecto. Se sentía completamente inútil. Podía recibir golpes que derribarían un edificio, podía enfrentarse a monstruos que devoraban almas, pero no podía hacer nada contra este dolor invisible y cíclico.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó, su voz cargada de una frustración impotente—. Dime lo que sea, Nobara. Lo haré.

Ella lo miró, sus ojos nublados por el malestar. Por un momento, pareció que iba a decirle que se largara de nuevo. Pero en lugar de eso, una idea pareció formarse en su mente. Una chispa de su determinación habitual brilló a través del dolor.

—No quiero quedarme aquí encerrada, sintiéndome miserable —declaró, intentando enderezarse—. Me estoy volviendo loca. Quiero salir.

Itadori parpadeó. —¿Salir? ¿A dónde?

—A gastar dinero —dijo ella, con una sombra de su sonrisa arrogante asomando—. Quiero ir de compras. Si voy a sufrir, al menos quiero hacerlo con ropa nueva y bonita. Y tú vas a cargar las bolsas.

Para Itadori, aquello fue como recibir un mapa en medio de un laberinto. Una misión. Un objetivo claro y tangible. ¡Comprar! ¡Cargar bolsas! ¡Eso podía hacerlo! Era infinitamente mejor que intentar descifrar si un video de un cachorro era motivo de llanto o de una conferencia sobre la insensibilidad humana.

—¡Sí! ¡Claro que sí! —respondió con un entusiasmo desbordante—. ¡Es una idea genial! ¡Vayamos a Shibuya! ¡Podemos comer algo rico también! ¡Lo que tú quieras!

La energía de Itadori pareció contagiarla un poco. Con un esfuerzo visible, Nobara se puso de pie.

—Dame diez minutos —ordenó—. Y más te vale tener tu cartera lista. Pienso dejarla temblando.

Itadori sonrió. Por fin, un terreno que entendía. La Operación Terapia de Compras estaba en marcha.

***

Shibuya era el campo de batalla perfecto para Nobara. Para Itadori, era la zona de guerra definitiva. Él, que normalmente disfrutaba del bullicio de la ciudad, ahora la veía como una serie de amenazas potenciales: gente que podía chocar con Nobara, ruidos demasiado fuertes, olores que podían molestarla. Se movía a su alrededor como un guardaespaldas, abriéndole paso, vigilando su expresión, listo para desviar cualquier cosa que pudiera provocar un cambio de humor.

Pero una vez que entraron en la primera tienda, una boutique de moda que gritaba "caro" por los cuatro costados, Nobara se transformó. El dolor y la irritabilidad parecieron desvanecerse, reemplazados por una concentración depredadora. Estaba en su elemento, sus ojos escaneando las prendas con la misma intensidad con la que buscaba maldiciones.

Y así comenzó el verdadero desafío para Itadori.

—Itadori, ven aquí. ¿Qué te parece este vestido? —dijo ella desde el probador, saliendo con un vestido negro ajustado.

Itadori, cuya opinión de moda se limitaba a "si es cómodo y tiene capucha, es bueno", sintió una gota de sudor frío recorrer su nuca. Recordó el consejo de Gojo: "Improvisa, adáptate, sobrevive".

—¡Wow! ¡Te queda espectacular, Nobara! —exclamó con la mayor sinceridad que pudo reunir—. ¡El negro hace que tu pelo se vea aún más brillante!

Nobara se miró en el espejo, frunciendo el ceño.

—¿Seguro? No sé… ¿no crees que me hace ver un poco… pálida?

—¡No! ¡Para nada! ¡Te hace ver… elegante! ¡Como una asesina de la moda! —improvisó Itadori.

Aquello pareció funcionar. Ella sonrió y volvió al probador. Un minuto después, salió con otro conjunto: una falda a cuadros y una blusa con volantes.

—¿Y este?

—¡Ese también es genial! ¡Te ves muy linda! ¡Como de una película!

Ella entrecerró los ojos.

—Antes dijiste "espectacular". Ahora dices "genial" y "linda". ¿Significa que este te gusta menos? ¿Me veo peor?

¡Trampa! ¡Era una trampa! El pánico se apoderó de Itadori.

—¡No, no, no! —se apresuró a decir, agitando las manos—. ¡No es peor, es diferente! El otro era… espectacularmente feroz. ¡Este es… adorablemente increíble! ¡Son dos tipos de maravilla completamente distintos! ¡Ambos nivel S!

Nobara lo estudió por un momento, luego soltó una risita.

—Eres un idiota. Pero un idiota que se esfuerza. Me lo llevo.

Itadori suspiró aliviado. Había desactivado la bomba. Por ahora.

La tarde continuó así. Tienda tras tienda. Itadori se convirtió en un experto en adjetivos positivos: "vibrante", "sofisticado", "atrevido", "chic". Aprendió a analizar la pregunta detrás de la pregunta. "¿Esto me hace ver gorda?" en realidad significaba "Dime que me veo increíble y que esta tela me abraza en todos los lugares correctos".

Pronto, sus brazos se llenaron de bolsas. Tantas que apenas podía ver por dónde caminaba. Pero no se quejó. Cada bolsa era un trofeo, una prueba de que estaba cumpliendo su misión. Nobara, por su parte, estaba radiante. El dolor parecía haber sido olvidado, ahogado por la emoción de la caza y la conquista de nuevas prendas. Incluso lo tomó del brazo mientras caminaban, apoyando la cabeza en su hombro por un momento.

—Gracias por esto, Yuji —murmuró.

El corazón de Itadori se hinchó de orgullo. Estaba ganando. Estaba dominando el Cataclismo Carmesí. Compraron crepes, bebieron té de burbujas y, por primera vez en todo el día, Nobara no lloró, no gritó ni se dobló de dolor. Simplemente sonrió.

Cuando regresaron a la escuela técnica al atardecer, Itadori se sentía como un héroe que regresa de la guerra. Exhausto, sí, pero victorioso.

***

—Vale, esta va aquí… y esta otra en el cajón… —murmuraba Itadori, ayudando a Nobara a organizar su botín en su habitación.

El ambiente era tranquilo, casi doméstico. La luz dorada del atardecer se filtraba por la ventana, bañando la habitación en un resplandor cálido. Nobara estaba sentada en su cama, doblando un suéter nuevo con una sonrisa de satisfacción. Parecía serena, contenta. El huracán había pasado, dejando tras de sí un cielo despejado y muchas, muchas bolsas de compras.

—Listo. Creo que ya está todo —dijo Itadori, colocando la última bolsa vacía en una pila—. Me alegro de que te sientas mejor.

—Mucho mejor —confirmó ella, su voz suave—. Gracias de nuevo, Yuji. En serio. Hoy has sido… increíble.

Itadori sintió que se sonrojaba.

—No es nada. Haría cualquier cosa por ti.

Era el final perfecto para un día caótico. Había capeado la tormenta y ahora venía la calma. Decidió que lo mejor era darle su espacio.

—Bueno, te dejo para que descanses —dijo, dirigiéndose a la puerta—. Llámame si necesitas algo, ¿vale? Unas patatas fritas, una película…

Puso la mano en el pomo de la puerta, pero la voz de Nobara lo detuvo en seco.

—No te vayas.

El tono era diferente. No era una orden, pero tampoco una simple petición. Había una cualidad gutural, baja y un poco ronca que hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Itadori. Se giró lentamente.

Nobara se había puesto de pie. Se movía hacia él con una lentitud deliberada, casi felina. La luz del atardecer perfilaba su figura, y la mirada en sus ojos ya no era de alegría por las compras, ni de dolor, ni de ira. Era algo completamente nuevo. Era una mirada intensa, depredadora, que lo fijó en el sitio.

El cerebro de Itadori activó todas las alarmas.

—Uh, ¿Nobara? ¿Estás bien? —tartamudeó, retrocediendo instintivamente hasta que su espalda chocó con la puerta—. ¿Te ha vuelto el dolor? ¿Quieres un analgésico? ¿La bolsa de agua caliente?

Ella soltó una risa baja, un sonido que vibró en el aire.

—Me siento mejor que en todo el día —dijo, acortando la distancia entre ellos hasta que estuvo a solo unos centímetros. Apoyó una mano en la puerta, junto a la cabeza de Itadori, atrapándolo—. Y es gracias a ti. Has sido muy, muy bueno conmigo hoy.

Itadori tragó saliva, su pulso acelerándose por razones que no tenían nada que ver con el miedo a las maldiciones.

—S-solo hice lo que cualquier… buen novio haría… supongo…

—Shhh —lo silenció ella, colocando un dedo sobre sus labios. Luego, deslizó la otra mano por su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón a través de la sudadera—. Y la gente buena… —susurró, inclinándose hasta que su aliento cálido le rozó la oreja—, merece una recompensa.

*¡ALERTA ROJA! ¡EVACUAR! ¡ESTO NO ESTABA EN EL MANUAL DE SUPERVIVENCIA!* gritaba una voz en la cabeza de Itadori. *¡GOJO-SENSEI NO MENCIONÓ LA FASE DE SEDUCCIÓN POST-APOCALÍPTICA! ¿ES UNA TRAMPA? ¿UNA NUEVA FORMA DE TORTURA PSICOLÓGICA?*

Su confusión debió de ser evidente en su rostro, porque Nobara suspiró, una mezcla de diversión y exasperación.

—Eres tan denso a veces, Itadori —dijo, retrocediendo un paso para mirarlo a los ojos—. Esta estúpida semana… todo se siente más intenso. El dolor es más agudo. La tristeza es más profunda. La irritación es insoportable. —Hizo una pausa, y su sonrisa se volvió afilada, cargada de una promesa—. Pero no solo lo malo se intensifica.

Itadori la miró, su mente tratando desesperadamente de procesar la información.

—¿Qué… qué quieres decir?

Nobara puso los ojos en blanco, pero la sonrisa no desapareció.

—Quiero decir que las hormonas son una locura. Y ahora mismo, Yuji… —dijo, su voz bajando a un murmullo cargado de intención—, lo que más deseo en este mundo… eres tú.

Antes de que el cerebro de Itadori pudiera formular una respuesta coherente, ella se lanzó hacia adelante y lo besó.

No fue un beso tierno ni dulce. Fue un beso demandante, apasionado, que le robó el aliento y cualquier pensamiento racional. Fue el beso de una mujer que sabía exactamente lo que quería y no tenía la paciencia para esperar a que él lo entendiera. Las manos de Nobara se enredaron en su pelo, tirando de él hacia abajo, mientras su cuerpo se apretaba contra el de él.

El sistema operativo de Itadori Yuji se reinició. El soldado en modo de supervivencia se cortocircuitó, y en su lugar, el novio completamente abrumado y ahora muy consciente tomó el control. Respondió al beso, sus brazos rodeándola por la cintura, atrayéndola aún más cerca. El caos del día, los cambios de humor, el dolor… todo se fundió en ese único momento de intensidad abrumadora.

Nobara se apartó ligeramente, sin aliento, con los labios hinchados y una mirada triunfante.

—Lo que una quiere, lo tiene —jadeó, con una sonrisa depredadora—. Y eso, Itadori, es una regla que nunca deberías olvidar. Especialmente esta semana.

Y con eso, lo empujó lejos de la puerta y hacia el interior de la habitación. La puerta se cerró con un suave clic, sellando el destino de Itadori para el resto de la noche.

***

A la mañana siguiente, Itadori se despertó en su propia cama. No recordaba muy bien cómo había llegado allí. Se sentía como si hubiera corrido un maratón, luchado contra tres maldiciones de grado especial y luego hubiera sido atropellado por un camión. Un camión muy agradable, pero un camión al fin y al cabo. Se sentó, estirando los brazos por encima de la cabeza y soltando un gemido. Cada músculo de su cuerpo protestaba.

Una sonrisa tonta se dibujó en su rostro. Se miró las manos, luego el pecho.

—Sigo de una pieza —murmuró para sí mismo—. Salud intacta. Misión… ¿cumplida?

Se vistió y bajó a la sala común para desayunar, moviéndose con la rigidez de un hombre que había descubierto músculos que no sabía que tenía. En la mesa estaban Megumi, comiendo en su habitual silencio, y Nobara.

Ella lucía fresca como una rosa. Su pelo estaba perfectamente peinado, no había rastro de hinchazón en sus ojos y su humor parecía estable, en su habitual estado de confianza y ligera arrogancia. Le sonrió al verlo llegar.

—Buenos días, dormilón. ¿Descansaste bien? —preguntó, su tono era pura inocencia, pero sus ojos bailaban con picardía.

Itadori, que justo en ese momento estaba dando un gran sorbo a su zumo de naranja, casi se ahoga. Empezó a toser violentamente, golpeándose el pecho.

Megumi levantó la vista de su plato, observando la escena con su inexpresiva curiosidad. Miró a Itadori, que tenía la cara roja, y luego a Nobara, que le guiñó un ojo discretamente. Una diminuta, casi imperceptible, curva se formó en la comisura de los labios de Megumi antes de volver a su expresión neutra.

Itadori finalmente recuperó el aliento, con el rostro ardiendo. Se sentó pesadamente y empezó a devorar su desayuno, evitando la mirada de Nobara.

El Día Dos había terminado. Había sobrevivido. Pero la victoria tenía un sabor muy diferente al que había anticipado. Se dio cuenta de que el "Cataclismo Carmesí" no era solo una guerra de desgaste y pacificación. Era un territorio inexplorado, lleno de giros inesperados, demandas impredecibles y… recompensas sorprendentes.

Y aún quedaban cinco días.

Itadori Yuji tragó saliva y cogió otra tostada. Iba a necesitar toda la energía posible.