El que viene cada Mes
La Fuerza Zenin y la Debilidad de las Cosquillas
El tercer día del Cataclismo Carmesí amaneció con una calma siniestra. Yuta Okkotsu se despertó sintiendo que había dormido con un ojo abierto, como un soldado en una trinchera esperando el silbido de un mortero. La experiencia de Itadori el día anterior había sido una lección aterradora. Yuta lo había visto en el desayuno esa mañana: Itadori se movía con la rigidez de un hombre de ochenta años, pero tenía una sonrisa tonta y beatífica en el rostro que no encajaba con el relato de haber sido asaltado por una montaña rusa emocional. Era una combinación desconcertante de agotamiento y satisfacción que a Yuta le dio más miedo que cualquier otra cosa.
Su misión, "Operación Apoyo Silencioso", había funcionado bien el primer día. Pero el primer día era solo el reconocimiento. Hoy era el verdadero asalto. Sabía que Maki, con su disciplina de hierro, no se permitiría un día de debilidad. Se forzaría a entrenar, ignorando el dolor, lo que solo empeoraría su mal humor y su malestar. Yuta tenía que intervenir. Tenía un plan, uno arriesgado y que probablemente le ganaría una lanza en el torso, pero era el único que se le ocurría.
Antes de buscar a Maki, necesitaba neutralizar las amenazas secundarias. Encontró a Panda y a Inumaki cerca de las máquinas expendedoras, discutiendo sobre los méritos de la sopa de maíz en lata.
—Panda-kun, Inumaki-kun —llamó Yuta, acercándose con una reverencia nerviosa.
—¡Yoooo, Yuta! ¿Qué tal la supervivencia? —saludó Panda con su habitual jovialidad.
—Shake —dijo Inumaki, dándole un sorbo a su bebida.
Yuta se retorció las manos.
—Yo… quería pediros un favor. Uno muy, muy grande.
Panda lo miró, su expresión de oso de peluche volviéndose seria.
—Es sobre Maki, ¿verdad?
Yuta asintió febrilmente.
—Por favor, por el amor de todo lo que es sagrado, no os acerquéis a ella hoy. No le hagáis bromas. No le retéis a nada. No respiréis en su misma dirección. Está… —buscó la palabra adecuada— volátil. Y no quiero que nadie salga herido.
Panda cruzó sus grandes brazos de peluche.
—No tienes que decírnoslo dos veces. Ayer casi me arranca un brazo por preguntarle si quería mi bambú extra. Dijo algo sobre metérmelo por donde no brilla el sol.
—Okaka —confirmó Inumaki, estremeciéndose visiblemente.
—Así que… ¿lo haréis? ¿La dejaréis en paz? —suplicó Yuta, sus ojos grandes y llenos de pánico.
—Tranquilo, Yuta —dijo Panda, dándole una palmada en la espalda que casi lo tira al suelo—. La zona de exclusión Maki está oficialmente en efecto. Eres el único con autorización diplomática. Buena suerte, la necesitarás.
—Salmón —añadió Inumaki, levantando el pulgar en señal de apoyo.
Con la primera fase de su plan completada, Yuta respiró hondo y se dirigió hacia los campos de entrenamiento. Llevaba consigo una bolsa que contenía su arsenal: una botella de agua helada, una nueva caja de analgésicos de máxima potencia y un termo con el té de jengibre que a ella le había gustado. Era como acercarse a un dragón dormido con la esperanza de pulirle una escama sin despertarlo.
La encontró exactamente donde esperaba. Blandía un poste de metal con una furia controlada, cada golpe resonando en el aire matutino. Sus movimientos eran precisos, letales, pero Yuta, que había pasado incontables horas entrenando con ella, notó la tensión. Un ligero agarrotamiento en sus hombros, una rigidez en sus caderas que no era habitual. Estaba luchando contra el dolor con pura fuerza de voluntad, y esa batalla la estaba consumiendo.
Se acercó lentamente, haciendo ruido a propósito para no sorprenderla. Ella se detuvo, girándose para clavarle una mirada que podría haber congelado el fuego.
—¿Qué quieres, Okkotsu? —espetó, su voz era un gruñido bajo.
Yuta tragó saliva, manteniendo la distancia de seguridad.
—Yo… te traje té —dijo, levantando el termo como una ofrenda de paz.
—No quiero té. Quiero entrenar.
—Maki-san, estás… te estás forzando demasiado —se atrevió a decir—. Si sigues así, podrías lesionarte. El dolor solo te hará adoptar una mala postura y…
—¿Vas a darme una lección sobre entrenamiento, Okkotsu? —le interrumpió, dando un paso amenazador hacia él. Sus gafas reflejaron el sol, ocultando sus ojos—. ¿Tú?
El pánico se apoderó de Yuta, pero la imagen de Itadori, exhausto pero sonriente, lo impulsó a seguir. Tenía que intentarlo.
—¡No! ¡Claro que no! —se apresuró a decir—. Es solo que… sé que eres la más fuerte y la más disciplinada, pero incluso los guerreros más fuertes necesitan mantenimiento. El descanso es parte del entrenamiento. Recuperación muscular.
Ella se burló, un sonido seco y sin humor.
—No tengo tiempo para descansar.
—¡Entonces no lo llames descanso! —exclamó Yuta, la idea formándose en su mente en un torbellino de pánico y desesperación—. ¡Llámalo… mantenimiento corporal estratégico! ¡Un día dedicado a la optimización de tu herramienta de combate, que es tu cuerpo!
Maki enarcó una ceja, la curiosidad superando momentáneamente a la irritación.
—¿De qué demonios estás hablando?
—He… he reservado una sesión en un spa —soltó Yuta, preparándose para el impacto—. ¡Masajes de tejido profundo para la tensión muscular, sauna para la desintoxicación, hidroterapia…! ¡Es todo… es todo tratamiento terapéutico! ¡Para mejorar tu rendimiento!
Hubo un largo silencio. Yuta estaba seguro de que iba a morir. El poste de metal en la mano de Maki parecía vibrar.
—¿Un spa? —repitió ella, su voz peligrosamente baja—. ¿Crees que soy una de esas chicas delicadas que se pintan las uñas y hablan de chicos, Okkotsu?
—¡No! ¡Para nada! ¡Pienso que eres un arma de grado especial y las armas necesitan el mejor mantenimiento! —improvisó él, su voz subiendo una octava—. ¡Piénsalo como… llevar una espada maldita a un herrero legendario! ¡Es para afilarte!
Maki lo miró fijamente durante lo que pareció una eternidad. Yuta contuvo la respiración, su corazón latiendo con la fuerza de un tambor de guerra. Finalmente, ella soltó un suspiro largo y exasperado, dejando caer el poste al suelo con un ruido metálico.
—Eres el tipo más raro que conozco.
Se pasó una mano por el rostro, luciendo increíblemente cansada.
—De acuerdo. Iremos a tu estúpido "mantenimiento corporal estratégico". Pero si alguien intenta ponerme rodajas de pepino en los ojos, te usaré para probar mi nueva lanza. ¿Entendido?
—¡Entendido! —chilló Yuta, inundado por una ola de alivio tan intensa que casi se marea—. ¡Sin pepinos! ¡Lo juro!
***
El spa era un mundo aparte. Un santuario de silencio, música suave y el aroma a eucalipto y lavanda. Maki entró con la postura rígida de un soldado infiltrándose en territorio enemigo, sus ojos analizando cada rincón en busca de amenazas. Yuta, por su parte, caminaba de puntillas, hablando en susurros con la recepcionista.
La primera parada fue la sauna. Maki se sentó en el banco de madera más alto, con los brazos cruzados, desafiando al calor a que la afectara. Yuta se sentó en el nivel más bajo, sudando profusamente a los cinco segundos, sintiéndose como un helado derritiéndose. Después de diez minutos, Maki finalmente comenzó a relajarse. Sus hombros bajaron, el ceño fruncido se suavizó.
Luego vino el masaje. Yuta había pedido específicamente un masajista masculino, grande y fuerte, pensando que Maki despreciaría cualquier cosa que considerara un "toque débil". El hombre, un gigante llamado Kenji, miró los hombros de Maki y asintió con solemnidad.
—Mucha tensión aquí. Nudos como rocas.
Maki se tumbó en la camilla, claramente escéptica. Pero cuando los dedos expertos y poderosos de Kenji comenzaron a trabajar su espalda, un suspiro involuntario se escapó de sus labios. Yuta, que esperaba en una silla en la esquina de la habitación para "supervisar el mantenimiento", sintió una punzada de victoria. Estaba funcionando. La bomba nuclear estaba siendo desactivada.
La sesión de hidroterapia también fue un éxito. Maki se sumergió en las piscinas de diferentes temperaturas, sus músculos, ya ablandados por el masaje, terminando de soltarse. Por primera vez en todo el día, Yuta la vio sonreír. Una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero estaba ahí.
Se sentía como un genio. Un estratega maestro. Había capeado el temporal. Todo iba a la perfección.
Y entonces llegó el pedicure.
Era la última parte del "paquete de optimización" que Yuta había contratado. Maki miró la silla de pedicura con desconfianza.
—¿Esto es realmente necesario para el combate? —preguntó, con un tono que sugería que la respuesta era un rotundo no.
—¡El cuidado de los pies es crucial para un guerrero! —argumentó Yuta, el pánico comenzando a burbujear de nuevo—. ¡El equilibrio, la postura, la velocidad… todo empieza en los pies!
Maki suspiró y se sentó, resignada. Una joven empleada con una sonrisa amable se acercó con una palangana de agua tibia y sales aromáticas. Maki metió los pies, su expresión era de aburrimiento absoluto. Todo parecía bajo control.
La empleada secó uno de sus pies con una toalla suave. Luego, cogió un pequeño cepillo de cerdas suaves para exfoliar la planta.
—Esto puede hacer un poco de cosquillas —advirtió amablemente.
Apenas la primera cerda rozó el arco del pie de Maki, ocurrió.
No fue un movimiento consciente. Fue un reflejo puro, una reacción del sistema nervioso tan rápida y violenta como un rayo. La pierna de Maki se disparó hacia adelante en una patada perfecta, un latigazo de músculo y hueso que habría decapitado a una maldición de grado dos. La empleada soltó un grito ahogado y se cayó hacia atrás, afortunadamente fuera de la trayectoria directa del golpe, pero aterrizando en el suelo con un ruido sordo. La palangana de agua voló por los aires, creando un arcoíris momentáneo antes de estrellarse y empapar todo.
Por un segundo, hubo un silencio de shock absoluto. Y entonces, Maki estalló.
No en ira. En risa.
Una risa incontrolable, jadeante, que la hizo doblarse sobre sí misma. Lágrimas brotaban de sus ojos mientras se retorcía en la silla, intentando proteger sus pies como si estuvieran siendo atacados por miles de insectos.
—¡No… no puedo…! ¡Para! —consiguió decir entre carcajadas.
Yuta se quedó congelado por el horror. Su día perfecto, su plan maestro, se había convertido en un caos de agua y risa histérica. Se precipitó para ayudar a la empleada, que estaba pálida pero ilesa.
—¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! ¡Ella no quería! ¡Es un reflejo! —balbuceaba Yuta, haciendo una reverencia tras otra.
Otras empleadas acudieron al oír el alboroto. Maki seguía riéndose, incapaz de parar.
—Señor, ¿quiere que continuemos? —preguntó la jefa de personal, mirando a Maki como si fuera un animal salvaje.
Yuta miró a Maki, que negaba con la cabeza entre jadeos, y luego a la uña a medio pintar de su dedo gordo. No. No podían dejarlo a medias. Su mente, entrenada para misiones imposibles, encontró una solución desesperada.
—Sí —dijo con una determinación que sorprendió a todos, incluido a él mismo—. Pero voy a necesitar ayuda.
Lo que siguió fue la escena más surrealista que el lujoso spa había presenciado jamás. Yuta, con las mangas de su uniforme remangadas, sujetaba una de las piernas de Maki con toda la fuerza que le daba su energía maldita. Dos empleadas sujetaban la otra. Una tercera, armándose de valor, se acercó con el esmalte de uñas como si estuviera desactivando una bomba. Y Maki… Maki no paraba de reír. Se retorcía, gritaba cosas incoherentes y su risa resonaba en todo el establecimiento. Era una tortura, pero una tortura hilarante.
—¡Okkotsu, te voy a matar! —gritó ella, aunque el efecto se perdía por la risa que la ahogaba.
—¡Casi terminan, Maki-san! ¡Aguanta! —le animaba Yuta, con la cara roja como un tomate por el esfuerzo y la vergüenza.
Cuando finalmente terminaron, todos estaban sudados y exhaustos. Maki se recostó en la silla, sin aliento, con pequeñas lágrimas de risa aún en las comisuras de sus ojos. Sus uñas de los pies estaban pintadas de un color rojo oscuro impecable.
***
Al salir del spa, Yuta estaba sumido en la miseria.
—Lo siento, Maki-san. Lo he arruinado todo. Fue una idea estúpida. Debí saber que…
Fue interrumpido por un golpe no demasiado suave en el brazo.
—Deja de disculparte, idiota —dijo Maki. Su voz era tranquila, y para sorpresa de Yuta, había un rastro de diversión en ella—. Hacía mucho tiempo que no me reía así. Casi se me salen los pulmones.
Yuta la miró, incrédulo. Ella estaba de pie, más relajada de lo que la había visto en meses. La tensión había desaparecido de sus hombros.
—Pero… la patada… el agua…
—La chica está bien. Y ahora tengo una historia divertida que contarle a Nobara para fastidiarte —dijo, y una sonrisa genuina, amplia, iluminó su rostro por un instante—. Gracias, Yuta.
El corazón de Yuta dio un vuelco. No era el "gracias" forzado del otro día. Este era real. Cálido.
—Yo… de nada —tartamudeó, sintiendo que sus mejillas ardían.
—Además —añadió ella, olfateando el aire—, ese "mantenimiento" me ha abierto el apetito. Podría comerme un rebaño entero de vacas.
Yuta sonrió. Era el momento de su jugada final.
—Sobre eso… tengo una última fase de la operación.
La llevó a un banco apartado en un parque cercano. Allí, esperándolos, había una bolsa de papel grande y grasienta que desprendía un aroma celestial. La abrió para revelar el tesoro que contenía: un balde gigante de pollo frito de KFC, extra crujiente, tal y como a ella le gustaba.
Los ojos de Maki se iluminaron.
Se sentaron en silencio durante un rato, el único sonido era el crujido satisfactorio del pollo. Era un final extrañamente perfecto para un día caótico. No hablaron de maldiciones, ni de clanes, ni de entrenamiento. Hablaron de películas estúpidas, de los hábitos molestos de Panda, de si Inumaki alguna vez pediría algo que no estuviera en el menú de un restaurante de onigiri. Era fácil. Normal.
Yuta sintió que había navegado con éxito por las aguas más peligrosas. Le había dado paz, relajación, risas y pollo frito. Había sobrevivido al Día Tres.
***
Más tarde, en la habitación de Maki, el ambiente era sereno. Las bolsas vacías del spa y la caja de KFC estaban apiladas en un rincón como trofeos de una batalla ganada. Yuta se disponía a marcharse, sintiendo que su misión había concluido.
—Bueno, creo que te dejaré descansar, Maki-san. Ha sido un día largo.
Puso la mano en el pomo de la puerta, pero una voz lo detuvo.
—Yuta.
Se giró. Maki estaba de pie en el centro de la habitación. La luz de la luna que entraba por la ventana la envolvía en un halo plateado. Su postura había cambiado. Ya no era la guerrera relajada del parque. Había una intensidad en ella, una concentración depredadora que le resultaba familiar del campo de batalla, pero que en este contexto era completamente nueva y alarmante.
Dio un paso hacia él. Luego otro. Se movía con la gracia silenciosa de un cazador que se acerca a su presa.
—¿P-pasa algo, Maki-san? —preguntó Yuta, su instinto diciéndole que retrocediera, pero sus pies estaban clavados en el suelo—. ¿Te ha vuelto el dolor? ¿Quieres otro analgésico?
Ella sonrió, pero no era la sonrisa divertida del spa. Era una sonrisa lenta, afilada, que le erizó el vello de la nuca.
—No. Ya no me duele nada —dijo, su voz un murmullo bajo y gutural—. De hecho, me siento… increíblemente bien. Todo gracias a ti.
Llegó hasta él y, en lugar de acorralarlo como había hecho Nobara con Itadori, simplemente se paró frente a él, invadiendo su espacio personal con una confianza abrumadora. Levantó una mano y trazó la línea de su mandíbula con un dedo, un toque que envió una descarga eléctrica a través de Yuta.
—Esta semana es una mierda, ¿sabes? —continuó, su mirada fija en la de él—. Todo se siente magnificado. La ira es más ardiente. El dolor es más profundo.
Su dedo se detuvo en sus labios, presionando suavemente.
—Pero no son solo las cosas malas las que se intensifican, Yuta.
El cerebro de Yuta intentaba procesar la situación, pero todos sus circuitos estaban sobrecargados. Estaba acostumbrado a la fuerza física de Maki, a su voluntad de hierro. Pero esta fuerza, esta confianza seductora, era un arma para la que no tenía defensa.
—El deseo también se vuelve más agudo —susurró ella, inclinándose hasta que sus labios rozaron su oreja—. Y ahora mismo… lo que más deseo en este mundo… eres tú.
Yuta sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Maki retrocedió un centímetro para mirarlo a los ojos, una expresión de poder absoluto en su rostro.
—Lo que una quiere, lo tiene. Y eso, Okkotsu, es algo que los Zenin aprendemos desde la cuna.
Antes de que él pudiera formar una sola palabra, ella lo besó.
Fue un beso que encarnaba todo lo que era Maki Zenin: fuerte, directo, sin concesiones y abrumadoramente seguro. No había vacilación, ni duda. Era la toma de un objetivo, la conquista de un territorio. Sus manos se aferraron a la parte delantera de su chaqueta, atrayéndolo hacia ella con una fuerza que lo dejó sin aliento, y él se dejó llevar, completamente cautivado. El tímido y ansioso Yuta se disolvió, reemplazado por alguien que solo podía responder a la abrumadora presencia de la mujer que tenía delante.
Cuando se separaron, ambos jadeaban. Maki lo miraba con ojos oscuros y triunfantes.
—Hoy te has preocupado por mi cuerpo —dijo, su voz ronca—. Es justo que ahora yo me preocupe por el tuyo.
Con una fuerza que lo dejó sin palabras, lo levantó ligeramente, lo hizo girar y lo empujó hacia la cama. Yuta aterrizó sobre el colchón con un sonido ahogado, mirándola con una mezcla de asombro y terror.
Ella se cernió sobre él, una silueta poderosa contra la luz de la luna.
—Prepárate, Okkotsu —dijo con una sonrisa depredadora—. Voy a enseñarte de qué está hecha realmente la fuerza del clan Zenin.
***
A la mañana siguiente, la luz del sol se coló en la habitación, despertando a Yuta Okkotsu. O, más bien, a lo que quedaba de él. Gimió, intentando sentarse, pero cada músculo de su cuerpo gritaba en protesta. Se sentía como si hubiera luchado contra Geto, luego hubiera tenido diez asaltos con Gojo-sensei y finalmente hubiera sido atropellado por un tren bala.
Se dejó caer de nuevo sobre la almohada, mirando al techo con ojos vidriosos. La Operación Apoyo Silencioso había sido un éxito rotundo. Pero el coste… el coste había sido su integridad física.
De repente, fue consciente de un movimiento a su lado. Se giró con esfuerzo y vio a Maki, ya vestida con su ropa de entrenamiento, realizando estiramientos suaves junto a la ventana. Parecía completamente fresca, llena de energía, como si hubiera dormido doce horas seguidas en una nube.
Notó que la estaba mirando y se giró, una sonrisa maliciosa jugando en sus labios.
—Buenos días, Okkotsu. ¿Sobreviviste a la noche?
Yuta solo pudo emitir un gemido patético y esconder la cara bajo la almohada.
Escuchó su risa, un sonido claro y fuerte.
—Débil —dijo ella, aunque el tono era cariñoso.
En ese momento, Yuta Okkotsu comprendió algo fundamental. Siempre había sabido que el clan Zenin era famoso por su poder y su resistencia física. Pero solo después de esa noche, entendió verdaderamente, y a un nivel muy, muy personal, la aterradora magnitud de esa fuerza.
Y aún quedaban cuatro días de guerra.