El que viene cada Mes
La Tregua de los Veintiocho Días
El aire en la sala común de la escuela técnica olía a paz. Era una paz frágil, ganada con sudor, lágrimas (algunas de tristeza, otras de risa histérica) y una cantidad alarmante de analgésicos y comida basura. Sentados, o más bien desplomados, en los sofás, se encontraban los tres supervivientes del Cataclismo Carmesí. Parecían veteranos de una guerra secreta, con la mirada perdida de quienes han visto demasiado.
Itadori Yuji sostenía una taza de zumo de naranja con ambas manos, como si fuera un ancla que lo mantenía en la realidad. Cada vez que intentaba cambiar de postura, un pequeño gemido se escapaba de sus labios. A su lado, Yuta Okkotsu miraba un punto fijo en la pared, con una expresión de serenidad tan profunda que resultaba inquietante. Parecía un monje que había alcanzado la iluminación a través de un sufrimiento extremo. Y presidiendo la escena desde el sillón individual, con las piernas extendidas y una taza de café humeante en la mano, estaba Satoru Gojo. A diferencia de sus alumnos, no parecía agotado, sino más bien… profundamente satisfecho, como un gato que no solo se había comido al canario, sino que también había convencido al dueño de que fue una idea excelente.
—Caballeros —comenzó Gojo, rompiendo el silencio reverencial—. Misión cumplida. Hemos capeado la tormenta, hemos navegado la marea roja y hemos regresado… en su mayoría de una pieza.
Itadori asintió lentamente, como si el movimiento le costara un gran esfuerzo.
—Sobrevivimos, sensei. Apenas. Creo que mis músculos de la espalda han formado un sindicato y planean una huelga indefinida.
Yuta parpadeó, volviendo lentamente al mundo de los vivos.
—Yo… he descubierto que el cuerpo humano tiene límites —susurró, su voz ronca—. Y que Maki-san los considera una sugerencia opcional.
Gojo soltó una carcajada, un sonido demasiado enérgico para la atmósfera de convalecencia que reinaba en la sala.
—¡Ah, el dulce dolor del éxito! Es el sonido de la victoria, mis queridos alumnos. Han aprendido una lección invaluable esta semana. Una que ninguna batalla contra maldiciones podría enseñarles.
—¿Que las mujeres son aterradoras? —aventuró Itadori.
—No —corrigió Gojo, con un brillo de sabiduría en su sonrisa—. Que son complejas. Que su fuerza no reside solo en el combate, sino en su capacidad para sentirlo todo con una intensidad que a nosotros nos destrozaría. Y que cuidarlas en su momento más vulnerable no es un acto de supervivencia, sino de amor. Y a veces, ese amor te deja sin poder caminar por dos días. Es un intercambio justo.
Itadori y Yuta se sonrojaron al unísono, recordando las… fases finales de sus respectivas misiones. La «recompensa» de Nobara y la «demostración de fuerza» de Maki habían sido tan intensas como el resto de la semana, pero de una manera muy, muy diferente.
Se quedaron en silencio de nuevo, cada uno perdido en el recuerdo de los últimos siete días. Había sido un infierno. Un torbellino de emociones, demandas y peligros impredecibles. Pero ahora, en el silencio de la octava mañana, con el sol entrando por la ventana y la certeza de que sus novias habían vuelto a su estado «normal», todo parecía haber valido la pena. La guerra había terminado. La tregua había comenzado.
***
Más tarde ese día, el concepto de «normalidad» se manifestó en la habitación de Itadori. Estaban viendo una película de kung-fu clásica, una de las favoritas de Yuji, llena de coreografías imposibles y efectos de sonido exagerados. Nobara estaba acurrucada a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro y un gran cuenco de palomitas de maíz sobre su regazo. La atmósfera era tan tranquila y doméstica que resultaba casi surrealista en comparación con el caos de los días anteriores.
Itadori, sin embargo, seguía tan rígido como una tabla. Intentaba no moverse, respirando superficialmente para no molestarla, como si todavía estuviera caminando sobre un campo de minas emocional.
Nobara cogió un puñado de palomitas y se las metió en la boca. Lo miró de reojo, notando su tensión. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.
—Por el amor de Dios, Itadori, relájate —dijo, dándole un codazo suave en las costillas—. Vas a romperte si sigues tan tenso. La película no va a empezar a llorar porque un perrito tropezó.
Itadori se estremeció al recordar el incidente.
—No es eso. Es que… estoy cómodo. Muy cómodo. No quiero moverme.
Ella soltó una risita.
—Claro. No tiene nada que ver con que apenas pudieras bajar las escaleras esta mañana.
El rostro de Itadori se tiñó de un rojo intenso.
—¡Eso no es verdad! ¡Estaba… estirando!
—Sí, claro. Estirando —repitió ella, su tono cargado de burla—. Parecías un pingüino con artritis. ¿Todavía te duele mucho?
—¡Que no me duele nada! —protestó él, demasiado rápido.
Nobara dejó el cuenco de palomitas a un lado y se giró para mirarlo de frente, su expresión suavizándose.
—Oye.
—¿Sí?
—Gracias —dijo en voz baja, casi en un susurro.
Itadori parpadeó, sorprendido.
—¿Por qué?
—Por la semana pasada. Por aguantarme. Sé que soy… un poco difícil.
«Un poco difícil es como decir que Sukuna es un compañero de piso algo gruñón», pensó Itadori, pero sabiamente se guardó el comentario para sí mismo.
—No fuiste difícil —mintió valientemente—. Solo… necesitabas cosas. Y yo estaba feliz de conseguírtelas.
Nobara puso los ojos en blanco, pero la sonrisa no desapareció.
—Me trajiste el desayuno y te eché a gritos. Te obligué a cargar veinte bolsas por todo Shibuya. Y te lancé el mando a distancia a la cabeza.
—Bueno, el golpe no fue tan fuerte. Y mi frente es bastante resistente —dijo él, frotándose el lugar instintivamente.
—Lo es —convino ella, y luego, en un gesto que lo tomó por sorpresa, se inclinó y le dio un beso suave en la marca imaginaria de su frente—. Pero aun así. Fuiste un buen chico. Un idiota, pero un buen chico.
Se quedaron mirándose un momento, la película de kung-fu olvidada en el fondo. La Nobara que tenía delante ya no era la encarnación del caos hormonal. Era su Nobara. La chica fuerte, segura de sí misma, a veces abrasiva, pero con un corazón leal y una honestidad brutal que él adoraba.
—Aunque —añadió ella, su mirada volviéndose pícara de nuevo—, tu habilidad para dar cumplidos de moda necesita trabajo. «Adorablemente increíble»… ¿en serio? Sonaba como si estuvieras describiendo a un hámster con un sombrero.
Itadori se rio, finalmente relajándose.
—¡Entré en pánico! ¡Era una pregunta trampa!
—Todas mis preguntas son preguntas trampa —declaró ella con orgullo—. Y aun así, las respondiste todas bien. Más o menos.
Se acurrucó de nuevo contra él, esta vez con una familiaridad cómoda y sin rastro de la tensión anterior.
—Y sobre la otra noche… —comenzó ella, su voz un murmullo contra su sudadera.
Itadori sintió que su corazón daba un vuelco.
—¿Sí?
—Tu resistencia es… aceptable —dijo con aire de suficiencia—. Pero necesitas trabajar en tu cardio. Te quedaste sin aliento demasiado rápido.
Antes de que él pudiera formular una respuesta coherente y probablemente tartamudeada, ella levantó la cabeza y lo besó. Fue un beso completamente diferente al de aquella noche. No era demandante ni depredador. Era cálido, dulce, lleno de una familiaridad juguetona. Era un beso de «gracias», de «estoy en casa», de «eres mi idiota».
Cuando se separaron, Itadori sonreía como un tonto. El dolor en su espalda parecía un recuerdo lejano.
—Te quiero, Nobara.
—Lo sé. Ahora cállate y pásame las palomitas. El héroe está a punto de hacer su movimiento de la Grulla Borracha.
Itadori se las pasó, sintiendo una profunda sensación de calma. La paz había vuelto. Y era maravillosa.
***
Mientras tanto, en la armería subterránea de la escuela, el silencio era roto únicamente por el suave silbido de una hoja de metal al cortar el aire. Maki Zenin estaba probando el equilibrio de una nueva naginata, una pieza de acero oscuro con inscripciones apenas visibles a lo largo del asta. Sus movimientos eran un ballet de precisión letal, cada giro y estocada ejecutados con una economía de movimiento perfecta.
Apoyado contra una pared cercana, Yuta Okkotsu la observaba, sosteniendo un paño de pulir y un bote de aceite para armas. Había insistido en acompañarla, bajo el pretexto de que «el mantenimiento de las herramientas es tan importante como el del guerrero», una frase que había ensayado frente al espejo y que, para su sorpresa, Maki había aceptado con un simple encogimiento de hombros.
Todavía se sentía como si caminara sobre cáscaras de huevo, pero los huevos ya no parecían estar llenos de explosivos. La tensión entre ellos se había transformado en una especie de quietud cómoda.
—Okkotsu.
—¡S-sí, Maki-san! —respondió él, enderezándose de un salto.
Ella se detuvo y le tendió el arma.
—El peso. ¿Qué opinas? El herrero dice que está perfectamente equilibrada, pero a mí me parece un poco pesada en la punta.
Yuta se acercó con cautela y tomó la naginata. El peso lo sorprendió. Era más pesada de lo que parecía. La manejó con cuidado, intentando emular los movimientos que le había visto hacer a ella, sintiendo cómo el peso se distribuía. Recordó sus palabras sobre el equilibrio y la postura, y trató de aplicar esa lógica.
—Creo… creo que tienes razón —dijo finalmente, su voz ganando un poco de confianza—. El centro de gravedad está unos centímetros más adelante de lo ideal. No afectaría a un golpe directo, pero en un giro rápido… podría ralentizar tu recuperación por una fracción de segundo.
Maki lo miró, sus ojos detrás de las gafas eran indescifrables. Yuta se preparó para una reprimenda, por atreverse a criticar un arma de grado especial.
En cambio, ella asintió.
—Eso es lo que yo pensaba. Buen ojo.
Le quitó el arma y la apoyó contra la pared.
—Eres sorprendentemente observador para alguien que parece estar en un estado de pánico constante.
Yuta se sonrojó violentamente.
—Yo… presto atención. Cuando entrenas.
—Ya me he dado cuenta —dijo ella, y había un matiz en su voz que él no pudo descifrar. Se acercó al banco de trabajo y cogió un paño—. Ayúdame a limpiar mis otras herramientas.
Trabajaron en silencio durante varios minutos, el único sonido era el suave roce de los paños contra el metal. Yuta se concentró en pulir una de las espadas cortas de Maki, maravillándose de la artesanía. Estaba tan absorto en su tarea que no se dio cuenta de que Maki se había detenido y lo estaba mirando.
—¿Te arrepientes? —preguntó ella de repente.
Yuta levantó la vista, confundido.
—¿De qué?
—De lo del otro día. Del spa. De… después.
El corazón de Yuta comenzó a latir con fuerza. Miró sus manos, el paño, la espada, cualquier cosa menos a ella.
—No —susurró—. No. Para nada.
—Bien —dijo ella, su tono práctico, como si estuvieran discutiendo el clima—. Porque yo tampoco.
Hubo otro silencio, pero esta vez estaba cargado de un significado diferente. Yuta se atrevió a mirarla. Ella no le estaba sonriendo, pero la tensión habitual en su mandíbula se había relajado. Parecía… contenta.
—Aunque —añadió, un brillo de malicia apareciendo en sus ojos—, si alguna vez vuelves a intentar que me hagan la pedicura, te juro que usaré tus huesos como palillos para comer.
Yuta soltó una risa nerviosa.
—Mensaje recibido. Fuerte y claro.
Terminaron de limpiar las armas y las guardaron en sus respectivos lugares. Cuando salieron de la armería y subieron las escaleras hacia la luz del día, Yuta sintió una calidez inesperada cuando los dedos de Maki rozaron los suyos. Instintivamente, él entrelazó sus dedos con los de ella. Esperaba que lo apartara, que le dijera que no fuera un idiota sentimental.
Pero no lo hizo. Simplemente apretó su mano, un gesto firme y seguro, y siguieron caminando en silencio. Para Yuta Okkotsu, ese simple acto de tomarle la mano en público era más íntimo y significativo que cualquier beso apasionado. Era una aceptación. Una declaración silenciosa.
Quizás, pensó con una pequeña sonrisa, la Operación Apoyo Silencioso no había terminado. Simplemente había entrado en una nueva fase. Una mucho, mucho mejor.
***
En el santuario de la ciencia y la medicina que era la enfermería, Shoko Ieiri estaba inclinada sobre un microscopio, analizando una muestra de tejido maldito. Su rostro era un estudio de concentración profesional, su bata blanca impecable, su pelo recogido en una coleta práctica. Parecía la imagen misma de la calma y la competencia.
Esa imagen se hizo añicos cuando una figura alta y vestida de negro se materializó en silencio sobre su escritorio, adoptando una pose dramática con una mano en la frente.
—¡Doctora! ¡Oh, doctora, me muero! —exclamó Satoru Gojo con voz lastimera.
Shoko no levantó la vista del microscopio.
—Qué pena. Intenta hacerlo en silencio, estoy trabajando. Y sal de mi escritorio. La última vez dejaste purpurina de algún dulce estúpido.
Gojo se deslizó del escritorio y se apoyó en él, invadiendo su espacio personal con una sonrisa encantadora.
—No es una dolencia física, mi querida Shoko. Es una enfermedad del alma. Mi corazón sufre de una grave deficiencia de Shoko-ína. Los síntomas incluyen suspiros dramáticos, una necesidad abrumadora de abrazos y una tendencia a decir cosas cursis.
—Suena crónico e incurable —respondió ella, ajustando el enfoque del microscopio—. Mis condolencias a tu futura viuda.
Gojo hizo un puchero. Se inclinó, su rostro a centímetros del de ella, su aliento cálido en su cuello.
—Pero tú tienes la cura. Un solo beso tuyo podría revitalizarme. Una noche contigo podría curarme por completo.
Shoko finalmente se apartó del microscopio y lo miró, sus ojos cansados pero divertidos.
—¿Una noche? Satoru, después de la última vez, apenas pude levantarme de la cama. Si volvemos a tener «otra noche», necesitaré una semana de baja médica. Y tú tendrás que hacer todo mi papeleo.
La sonrisa de Gojo se ensanchó.
—¡Trato hecho! Puedo hacer tu papeleo en cinco minutos con los ojos vendados. Es un precio pequeño a pagar por el paraíso.
Se inclinó para besarla, pero ella le puso un dedo en los labios, deteniéndolo.
—Estoy ocupada. Y tú también deberías estarlo. ¿No tienes una clase que dar o un continente que aterrorizar?
—Mis alumnos están en una sesión de meditación auto-guiada sobre el trauma reciente. Y ya he aterrorizado a Australia esta mañana. Mi agenda está completamente abierta para ti.
Su persistencia era, como siempre, exasperante y extrañamente entrañable. Era su baile, su rutina. Él presionaba, ella se resistía, y ambos sabían exactamente cómo terminaría. La semana del Cataclismo Carmesí no había cambiado eso; simplemente había añadido una nueva capa de intensidad a su dinámica.
Shoko suspiró, un sonido largo y teatral.
—Eres increíblemente molesto, ¿lo sabías?
—Es parte de mi encanto —replicó él, guiñándole un ojo.
Ella lo miró durante un largo momento, luego su expresión se suavizó. La profesional fría se desvaneció, dejando a la mujer que había compartido una botella de whisky raro en una azotea.
—Está bien —dijo, su voz bajando a un tono más íntimo—. Pero tengo una condición.
Los ojos de Gojo brillaron con anticipación.
—Soy todo oídos.
Shoko señaló una pila de informes médicos en la esquina de su escritorio.
—Termina esos informes. Todos ellos. Sin errores. Y luego… —hizo una pausa, una sonrisa lenta y prometedora curvando sus labios—, hablaremos de tratar tu «dolencia».
En un instante, Gojo se abalanzó sobre la pila de papeles con el entusiasmo de un niño en la mañana de Navidad.
—¡Considera esos informes exorcizados!
Shoko lo observó trabajar, los papeles volando a una velocidad inhumana mientras él escribía con una precisión asombrosa. Soltó una pequeña risa y volvió a su microscopio. Sí, era un idiota. Un payaso arrogante con un poder divino y la madurez emocional de un adolescente. Pero era su idiota. Y la paz que sentía en ese momento, una mezcla de trabajo satisfactorio y la promesa de un placer futuro, era perfecta.
***
Al caer la noche, los tres hombres se encontraron de nuevo en el mismo lugar donde había comenzado su terrible experiencia: la sala común de primer año. Esta vez, sin embargo, no había pánico ni planes de batalla. Solo una calma agotada y satisfecha. Estaban apoyados en la barandilla del balcón, mirando la luna llena que se alzaba sobre los terrenos de la escuela.
—Es bueno que todo vuelva a la normalidad —dijo Itadori, soltando un suspiro de puro contento. Se sentía dolorido, sí, pero era un dolor que llevaba consigo el recuerdo de la risa de Nobara y el calor de su abrazo.
Yuta asintió, una pequeña y casi imperceptible sonrisa en su rostro.
—Sí. Es… tranquilo.
Había sostenido la mano de Maki durante casi una hora antes de que ella tuviera que ir a una reunión. Y no se había sentido ansioso. Se había sentido… correcto.
Gojo apareció detrás de ellos, materializándose sin hacer ruido. Se apoyó en la barandilla entre los dos.
—La normalidad es agradable, sin duda —dijo, con un tono de suficiencia que hizo que Itadori y Yuta se pusieran nerviosos—. Pero no se puede negar que las recompensas del caos también tienen su encanto, ¿eh?
La cara de Itadori se puso del color de su sudadera. Yuta miró intensamente a la luna, como si esperara que lo abdujera.
Gojo se rio entre dientes.
—No seáis tímidos. Han recibido sus medallas de honor. Llévenlas con orgullo. O con una almohada para sentarse durante unos días. Lo que funcione.
Se quedaron en silencio por un momento, los tres hombres disfrutando de la fresca brisa nocturna y de la ausencia de crisis inminentes. Era una paz ganada a pulso.
—Bueno —dijo Gojo finalmente, estirándose con un bostezo exagerado—. A disfrutar de la tregua, muchachos.
Itadori lo miró, confundido.
—¿Tregua?
—Claro —respondió Gojo, sacando su teléfono y abriendo una aplicación de calendario con un gráfico de aspecto complicado—. El enemigo no ha sido derrotado, solo se ha retirado para reagruparse y rearmarse. Es un ciclo, mi ingenuo alumno. Un ciclo tan predecible como las fases de la luna.
Pulsó algo en la pantalla y el teléfono emitió un suave pitido.
—Según mis cálculos, que son, por supuesto, impecables… —continuó, su voz adquiriendo un tono de presentador de noticias apocalípticas—, la próxima ofensiva del Cataclismo Carmesí está programada para dentro de… —entrecerró los ojos— veintiocho días, seis horas, y… catorce minutos.
Un silencio pesado cayó sobre el balcón. Itadori y Yuta se giraron lentamente para mirar a su sensei. El color desapareció de sus rostros. La paz y la tranquilidad se evaporaron, reemplazadas por el regreso de un pavor familiar y helado.
Veintiocho días.
Solo veintiocho días de paz.
Gojo guardó su teléfono y les dio una palmada en la espalda a cada uno, su sonrisa era la de un general que disfrutaba demasiado de la guerra.
—Descansen bien, soldados. La próxima batalla siempre está a la vuelta de la esquina.
Y mientras Satoru Gojo se alejaba tarareando, Itadori Yuji y Yuta Okkotsu se quedaron mirando la luna, compartiendo un pensamiento único y aterrador: iban a necesitar comprar más bolsas de agua caliente. Muchas más.