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El que viene cada Mes

Día Cuatro: El Infinito Silencio y el Deseo Anatómico

La mañana del cuarto día llegó con una quietud que a Satoru Gojo le pareció, a partes iguales, una obra de arte estratégica y una bomba de relojería. Desde su posición privilegiada en el tejado de uno de los edificios principales, observaba el panorama con una diversión casi clínica. Abajo, en el patio, vio a Itadori Yuji moverse con la cautela de un hombre que teme que sus propias articulaciones se declaren en huelga. Tenía una sonrisa tonta y perpetua en el rostro, pero sus andares eran los de alguien que había intentado luchar cuerpo a cuerpo con un camión de cemento y había perdido.

Poco después, apareció Yuta Okkotsu. Si Itadori parecía un superviviente felizmente traumatizado, Yuta parecía un fantasma que había sido exorcizado y luego vuelto a ensamblar con las piezas equivocadas. Caminaba como si cada paso fuera una negociación con la gravedad, y sus ojeras, normalmente un rasgo distintivo, se habían convertido en abismos oscuros que amenazaban con tragarse su propio rostro. Cuando se cruzó con Itadori, ambos compartieron una mirada, un entendimiento profundo y silencioso, el tipo de camaradería que solo se forja en las trincheras más peligrosas. Luego, ambos gimieron al unísono al intentar sentarse en un banco.

Gojo soltó una risita, el sonido ahogado por la brisa matutina. Sus muchachos. Habían seguido sus planes de batalla, pero habían subestimado la naturaleza caótica y multifacética del Cataclismo Carmesí. Nobara y Maki no eran simples objetivos a pacificar; eran fuerzas de la naturaleza con fases impredecibles, que iban desde la furia homicida hasta la seducción arrolladora. Era una lección valiosa.

Él, sin embargo, jugaba en una liga diferente. Su objetivo, Shoko Ieiri, era la reina del tablero, no un peón. La estrategia de "bombardeo y asombro" del primer día había sido un error de cálculo, un movimiento de novato. Shoko no respondía a los grandes gestos. Su relación, forjada en los fuegos de la adolescencia y solidificada a lo largo de años de guerra silenciosa contra las maldiciones, se basaba en un lenguaje diferente. Un lenguaje de silencios compartidos, de comprensión sin palabras, de saber exactamente qué tornillo aflojar sin necesidad de consultar el manual.

Por eso, el Día Cuatro había comenzado con una táctica radicalmente opuesta: la Operación Vacío Calculado.

No hubo apariciones sorpresa. No hubo pasteles parisinos ni flores exóticas. Solo un simple mensaje de texto enviado a las siete de la mañana.

*«Buenos días, Shoko. Que tengas un día tranquilo»*.

Y eso fue todo. Le estaba dando lo que ella siempre parecía anhelar: paz. Espacio. Un día sin el irritante zumbido de Satoru Gojo en su órbita. Era un movimiento arriesgado, una apuesta de alto nivel. Porque Gojo sabía algo que incluso Shoko a veces olvidaba: el silencio que ella anhelaba a menudo se convertía en un vacío que solo la presencia de él podía llenar. Y él estaba esperando, pacientemente, a que el vacío hiciera su trabajo.

***

Shoko se despertó sintiendo… nada. Y era glorioso. No había la presión de tener que levantarse para enfrentarse a una autopsia complicada. No había la expectativa de que algún chamán inepto se hubiera herido de una forma estúpida. El Director Yaga le había concedido, de forma bastante inesperada, el resto de la semana libre. Una bendición caída del cielo.

Se estiró en la cama, saboreando el lujo de no tener prisa. El dolor en su abdomen era un zumbido sordo, una presencia molesta pero manejable por ahora. Se levantó, se preparó una taza de café fuerte y se sentó junto a la ventana de su habitación, que también funcionaba como su apartamento dentro del campus. El mundo exterior parecía lejano, irrelevante.

La primera hora fue un paraíso. Leyó un par de capítulos de una novela de misterio, escuchó el silencio, disfrutó de la soledad. La segunda hora fue agradable. Se dio una ducha larga, sin preocuparse por el tiempo. La tercera hora fue… tranquila. Quizás demasiado tranquila. El zumbido en su abdomen se hizo un poco más agudo, y el silencio de la habitación empezó a tener un peso tangible.

Para la cuarta hora, la paz se había agriado y convertido en aburrimiento. Y el aburrimiento, en irritación. Miró su teléfono. Ni una llamada. Ni un mensaje desde el escueto «Buenos días» de Gojo. ¿Qué se suponía que estaba haciendo? ¿Aterrorizando a sus alumnos? ¿Comprando dulces ridículos en algún lugar remoto de Japón?

Se encontró extrañando su estupidez. Su risa escandalosa. La forma en que aparecía de la nada, llenando la habitación con su energía abrumadora y su ego del tamaño de un continente. Sí, era insoportable el noventa y nueve por ciento del tiempo, pero en días como este, cuando sentía como si un taladro industrial estuviera trabajando a tiempo parcial en su útero, esa distracción insoportable era extrañamente bienvenida.

—Idiota —masculló para sí misma, dejando la taza de café con más fuerza de la necesaria.

La paz era una cosa maravillosa, en teoría. Pero la paz absoluta, el silencio total, era inquietante. Le daba demasiado tiempo para pensar, para sentir el dolor, para notar la ausencia. Y la ausencia que más notaba, la que más le molestaba, era la de Satoru Gojo. Se suponía que él debía estar ahí, molestándola, para que ella pudiera quejarse y echarlo, solo para sentirse secretamente satisfecha de que hubiera venido. Era su pequeño y retorcido ritual.

Y él lo había roto.

Con una determinación nacida de la irritación y una necesidad que no admitiría en voz alta, se puso una chaqueta sobre su ropa cómoda y salió de su habitación. Iba a encontrar a ese idiota de pelo blanco y a exigirle una explicación. ¿Por qué demonios le estaba dando tanta paz? Era sospechoso. Y molesto. Muy molesto.

Lo encontró donde su instinto le dijo que estaría: en la azotea más alta de la escuela, sentado en el borde con las piernas colgando en el vacío, como un rey supervisando su dominio. La venda negra cubría sus ojos, pero ella sabía que él era consciente de todo lo que le rodeaba.

Subió los últimos escalones, sus pasos resonando en el silencio. Estaba preparada para lanzarle una andanada de sarcasmo, para cuestionar su repentino ataque de consideración.

—Así que ahí estás —comenzó, su voz afilada—. He tenido una mañana tan pacífica que casi me muero de aburrimiento. ¿A qué se debe este repentino y alarmante despliegue de madurez? ¿Te golpeaste la cabeza?

Gojo no se giró. Simplemente sonrió, una curva lenta y satisfecha en sus labios.

—Sabía que vendrías.

Antes de que ella pudiera replicar, él levantó una mano. En ella sostenía dos objetos. El primero era una cajetilla de cigarrillos, su marca favorita, esa que era difícil de encontrar en Tokio. El segundo era una botella pequeña y oscura de cristal. Shoko la reconoció al instante. Era un whisky de una destilería artesanal de Hokkaido, una edición limitada de la que solo se habían producido quinientas botellas en todo el mundo. Llevaba meses buscándola sin éxito.

Se quedó sin palabras. Su ira planeada se desinfló como un globo pinchado.

Gojo se giró por fin, bajando las piernas del borde y palmeando el espacio a su lado. Su sonrisa era suave, sin la habitual arrogancia desbordante.

—Te conozco, Shoko. Sabía que necesitarías tu espacio. Tu silencio. Pero también sabía que llegaría un punto en que el silencio se volvería demasiado ruidoso. —Hizo una pausa, ofreciéndole los regalos—. Estaba preparado para ambas fases de la operación.

Shoko se acercó y se sentó a su lado, cogiendo la cajetilla y la botella. Las miró, sintiendo cómo la tensión en sus hombros se disipaba. Era tan simple y, al mismo tiempo, tan complejo. Él no solo había anticipado su necesidad de soledad, sino también el final de esa necesidad.

—Eres un idiota manipulador —dijo ella, pero no había mordacidad en su voz. Solo un rastro de asombro resignado.

—Soy el más fuerte —corrigió él con un guiño juguetón—. Y el que mejor te conoce. Abre la botella. Merecemos un brindis.

Shoko sacó un cigarrillo y Gojo se lo encendió con un chasquido de dedos, creando una diminuta llama de energía maldita en la punta de su índice. Ella inhaló profundamente, el humo llenando sus pulmones con una familiaridad reconfortante. Luego descorchó la botella y tomó un pequeño sorbo directamente. El líquido era suave, ahumado, con un toque de dulzura que se extendió por su garganta como un bálsamo.

—Bien jugado, Gojo —admitió, ofreciéndole la botella.

Él tomó un sorbo también, y se quedaron en silencio durante un largo rato, mirando el horizonte. El viento jugaba con el pelo blanco de él y con los mechones castaños de ella. Era la paz que había anhelado, pero no era vacía. Estaba llena de una presencia cómoda, de una historia compartida.

—¿Recuerdas aquella vez en segundo año? —dijo Gojo de repente—. Cuando intentamos hacer un exorcismo en ese hospital abandonado y terminamos liberando a una maldición que hacía que todos cantaran canciones de idols de los ochenta.

Shoko soltó una nubecilla de humo, una sonrisa tirando de la comisura de sus labios.

—Recuerdo que tú te sabías la letra de todas las canciones. Y la coreografía. Yaga-sensei casi te expulsa.

—¡Fueron tiempos gloriosos! —rio él—. Éramos jóvenes, estúpidos e invencibles.

—Tú sigues siendo estúpido e invencible —replicó ella—. Yo solo me he vuelto cansada.

—No estás cansada. Eres sabia —dijo él, su tono volviéndose serio por un momento—. Sostienes a todo este mundo sobre tus hombros, Shoko. Curas a los heridos, despides a los muertos… Eres el ancla. Sin ti, todos nos habríamos ahogado hace mucho tiempo.

Shoko lo miró, sorprendida por la sinceridad de sus palabras. Rara vez hablaban así, tan directamente. Pero en la soledad de la azotea, con el whisky y la nicotina como catalizadores, las barreras eran más delgadas.

Estaba a punto de responder, de soltar alguna réplica sarcástica para desviar la emoción del momento, cuando un espasmo agudo y violento la recorrió. Se le cortó la respiración y se dobló sobre sí misma, apretando una mano contra su abdomen. El zumbido sordo se había convertido en una cuchillada brutal.

—Mierda… —jadeó, dejando caer el cigarrillo.

En un instante, la atmósfera relajada se hizo añicos. Gojo estaba a su lado, su mano grande y cálida en su espalda.

—¿Malos?

Ella solo pudo asentir, con los dientes apretados contra una nueva oleada de dolor.

—De acuerdo. Cambio de planes. La fase de nostalgia ha concluido. Iniciando protocolo de confort de emergencia.

Antes de que Shoko pudiera procesar sus palabras, el mundo se disolvió en un borrón de azul y blanco. Hubo una sensación de dislocación, un tirón en el estómago que no tenía nada que ver con los cólicos, y un instante después, el suelo bajo sus pies ya no era el hormigón de la azotea, sino la suave alfombra de su propia habitación. Estaba de pie junto a su cama. Gojo la sostenía firmemente por los hombros, su expresión concentrada.

La había teletransportado. Sin esfuerzo, sin espectáculo. Solo una transición fluida del dolor en un lugar al confort potencial en otro.

—A la cama. Ahora —ordenó él, su voz desprovista de toda broma.

Agotada y dolorida, Shoko obedeció sin protestar. Se metió bajo las sábanas, acurrucándose en posición fetal mientras otra contracción la atenazaba. Gojo desapareció por un segundo y reapareció con una bolsa de agua caliente humeante y un vaso de agua con dos analgésicos.

—Toma. Y no te muevas.

Ella se tomó las pastillas y se abrazó a la bolsa de agua caliente, el calor extendiéndose lentamente por su abdomen. Gojo se sentó en el borde de la cama, observándola con una preocupación silenciosa.

—Por cierto —dijo él casualmente, como si comentara el tiempo—. Hablé con Yaga. Por eso tienes la semana libre. Pensé que un descanso de diseccionar cadáveres y curar idiotas te vendría bien.

Shoko abrió los ojos, mirándolo a través de la neblina de dolor. Así que había sido él. No una repentina benevolencia del director. Había sido él, moviendo los hilos en silencio para darle lo que necesitaba incluso antes de que ella supiera que lo necesitaba.

Una oleada de gratitud, tan intensa que casi dolía, la invadió, eclipsando momentáneamente los calambres. Este hombre… este idiota insufrible, arrogante y poderoso… la entendía de una manera que nadie más lo hacía. Le dio espacio cuando lo necesitaba, compañía cuando se sentía sola, y alivio cuando el dolor era demasiado.

Era lo que necesitaba. Paz, tranquilidad, y a él. Pero mientras el calor de la bolsa y el efecto de los analgésicos comenzaban a surtir efecto, el dolor agudo se transformó en un calor sordo y palpitante. Y con ese cambio, otra necesidad, una que había estado latente bajo las capas de dolor e irritación, emergió con una fuerza sorprendente.

No era una adolescente hormonal como Nobara, ni una guerrera reprimida como Maki. Era una mujer adulta, dueña de su cuerpo y de sus deseos. Y esta semana estúpida, este Cataclismo Carmesí, no solo magnificaba lo malo. Como bien había dicho Nobara, también intensificaba todo lo demás. Y a medida que el dolor físico retrocedía, el deseo carnal avanzaba, ocupando su lugar con una urgencia innegable.

Se enderezó un poco, la mirada fija en Gojo. Él la observaba, su cabeza ladeada con curiosidad, probablemente intentando descifrar su nuevo estado de ánimo.

—Gracias, Satoru —dijo ella, su voz un poco ronca.

—No es nada. Para eso está el más fuer…

No le dejó terminar la frase.

Con un movimiento rápido y decidido, Shoko alargó la mano, lo agarró por el cuello de su chaqueta y tiró de él hacia ella. Gojo, sorprendido por primera vez en todo el día, perdió el equilibrio y cayó sobre la cama, aterrizando a su lado con un sonido ahogado.

—¿Shoko? —preguntó, su voz una mezcla de confusión y diversión.

Ella se movió, deslizándose sobre él hasta quedar a horcajadas sobre su regazo. Sus manos se posaron en sus hombros, su mirada intensa y sin una pizca de vacilación.

—Has sido un buen chico hoy, Satoru —susurró, su voz baja y cargada de una intención que no dejaba lugar a dudas—. Me has dado paz. Me has dado consuelo. Y ahora… me vas a dar algo más.

Gojo enarcó una ceja, una sonrisa lenta y depredadora extendiéndose por su rostro. El juego había cambiado de nuevo, y él estaba más que dispuesto a jugar.

—¿Ah, sí? ¿Y qué podría ser eso, mi lánguida flor de la medicina?

Shoko se inclinó, sus labios rozando los de él, su aliento cálido contra su piel.

—Las hormonas son una locura. Y ahora mismo —dijo, su voz un murmullo profundo—, lo que más deseo en este mundo… eres tú.

No pidió permiso. No esperó una respuesta. Lo besó.

Fue un beso que era puramente Shoko: sabía a whisky, a nicotina y a una confianza absoluta. No era la pasión explosiva de Nobara ni la fuerza arrolladora de Maki. Era un beso lento, profundo, experto. Un beso que prometía y exigía, que exploraba y conquistaba. Shoko era una experta en anatomía. Conocía cada nervio, cada músculo, cada punto de presión del cuerpo humano. Y usaba ese conocimiento con una precisión letal, no para curar, sino para provocar.

Sus manos se deslizaron desde los hombros de Gojo, bajando por su pecho, sus dedos trazando líneas de fuego sobre la tela de su ropa. Gojo respondió, sus manos rodeando su cintura, atrayéndola más cerca, aceptando el cambio de poder. Podría haberla detenido, podría haber invertido las posiciones en un parpadeo usando su poder, pero no lo hizo. Estaba fascinado, cautivado por esta faceta de Shoko que rara vez salía a la luz. La mujer que tomaba lo que quería con una seguridad tranquila y devastadora.

Se separó del beso, sus ojos oscuros brillando con una promesa peligrosa.

—Tener al hombre más fuerte del mundo como novio tiene sus expectativas, Satoru —jadeó, su sonrisa volviéndose afilada—. No toleraré simplicidades. No esta noche. Quiero una noche que no pueda olvidar, incluso si lo intento.

Gojo soltó una carcajada, un sonido profundo y resonante que vibró a través del cuerpo de ella. La miró, sus ojos azules, ahora visibles al haberse deslizado la venda en el forcejeo, brillando con una intensidad que igualaba la de ella.

—Shoko Ieiri —dijo, su voz ronca de deseo—. Considera el desafío aceptado.

La empujó suavemente para que se tumbara en la cama, invirtiendo sus posiciones en un movimiento fluido y poderoso. Se cernió sobre ella, una sombra imponente.

—Pero que quede claro —susurró, su boca cerca de la de ella—. El hombre más fuerte del mundo no hace las cosas a medias. Prepárate para no poder caminar mañana.

Shoko le devolvió la sonrisa, una sonrisa de pura y satisfecha anticipación.

—Contaba con ello.

***

La luz del sol se filtraba a través de las cortinas, bañando la habitación en un resplandor pálido. Satoru Gojo estaba sentado en el borde de la cama, ya vestido, estirando los brazos por encima de la cabeza con la energía de alguien que acababa de tener la mejor noche de sueño de su vida. Se sentía vigorizado, relajado, completamente satisfecho.

A su lado, entre el revoltijo de sábanas, un gemido patético rompió el silencio.

Shoko intentó levantarse. Su cerebro dio la orden, pero su cuerpo respondió con una negativa rotunda y dolorosa. Cada músculo, desde los hombros hasta los tobillos, gritaba en protesta. Se sentía como si hubiera sido atropellada, no por un camión, sino por un Shinkansen. Consiguió apoyarse sobre un codo, el esfuerzo dejándola sin aliento.

Gojo la miró, una sonrisa burlona y cariñosa en su rostro.

—Buenos días, bella durmiente. ¿Te traigo el desayuno a la cama? O quizás una silla de ruedas sería más apropiada.

Shoko lo fulminó con la mirada, pero no tenía la energía para que fuera realmente amenazante.

—Cállate, Gojo —graznó, su voz ronca. Se dejó caer de nuevo sobre las almohadas, derrotada.

Estaba exhausta. Adolorida. Apenas podía moverse. Y, sin embargo, bajo todo el agotamiento físico, una profunda y resonante sensación de placer y satisfacción zumbaba en su interior. Una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios.

Miró a Gojo, que ahora estaba de pie, tan fresco y lleno de energía como siempre, como si pudiera ir a luchar contra veinte maldiciones de grado especial antes del almuerzo. Era exasperante. Y maravilloso.

Después de todo, tener al hombre más idiota y fuerte del mundo como novio… definitivamente tenía sus ventajas. Ventajas que, en ese momento, la hacían sentir la mujer más poderosa y complacida de la Tierra, incluso si no podía levantarse de la cama para demostrarlo. Y aún quedaban tres días de guerra. Por primera vez, pensó que quizás podría sobrevivir a ellos. E incluso disfrutarlos.