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El secreto del alfa

Entre el Deber y el Deseo: El Brillo de la Posesión

La atmósfera en los pasillos de GMMTV solía ser vibrante, llena de risas, guiones siendo repasados a toda prisa y el aroma constante a café recién hecho. Sin embargo, para Win Metawin, las últimas semanas habían adquirido un matiz diferente. Desde que sus amigos más cercanos descubrieron su relación con Krit, una extraña mezcla de alivio y tensión lo acompañaba a diario. El alivio venía de no tener que ocultar su sonrisa cuando recibía un mensaje de texto lleno de emojis de diamantes; la tensión venía de Sky.

Sky no se había rendido. A pesar de la cena, a pesar de haber visto a Win tomado de la mano con otro alfa, parecía haber interpretado la discreción de Win como una señal de que la relación no era seria o que era algo pasajero que él podía superar con persistencia.

Esa tarde, tras una sesión de fotos para una marca de relojes de lujo, Win se encontraba en uno de los camerinos privados, quitándose el maquillaje con movimientos mecánicos. El silencio fue interrumpido por el sonido de la puerta cerrándose con el pestillo. Al girarse, se encontró con Nanon, un actor que siempre había sido amable, pero que ese día tenía una mirada cargada de una determinación inusual.

—Win, ¿podemos hablar? —preguntó Nanon, acercándose más de lo que dictaba la cortesía profesional.

—Estoy un poco apurado, Nanon. Tengo que irme a casa —respondió Win, manteniendo su tono serio y distante, ese que usaba como armadura.

—Solo será un momento. Es que... no puedo seguir guardándome esto. He visto cómo todos te rondan, cómo Sky intenta llamar tu atención, pero yo... yo te conozco desde hace años. He estado a tu lado en cada proyecto, y no puedo evitar lo que siento —Nanon dio un paso más, acortando la distancia—. Estoy enamorado de ti, Win. Y sé que hay alguien más, pero no creo que nadie pueda entender tu mundo mejor que alguien que vive en él.

Afuera, en el pasillo, Tee pasaba justo en ese momento y se detuvo en seco al escuchar las voces. Sus ojos se agrandaron. Sabía que Sky estaba a la vuelta de la esquina, probablemente planeando otra emboscada para Win. Tee, siempre el amigo protector y travieso, decidió intervenir antes de que se formara un escándalo mayor.

—¡Vaya, vaya! —exclamó Tee, abriendo la puerta de golpe, rompiendo la tensión del camerino—. Siento interrumpir este momento de drama digno de un Script de las ocho, pero Win tiene una cita con su contador y yo tengo hambre.

Win le lanzó a Tee una mirada de agradecimiento infinito, pero Nanon no se dio por vencido tan fácilmente.

—Tee, por favor, esto es serio —dijo Nanon, aunque su voz flaqueó.

Win suspiró profundamente. Se puso de pie, recuperando su imponente altura de alfa, y miró a Nanon directamente a los ojos. No había rastro de duda en su expresión.

—Nanon, agradezco tu sinceridad, pero mi respuesta es y será la misma para todos. Mi corazón ya tiene dueño. Y no es alguien que esté en este "mundo" por conveniencia o fama. Es la persona que me espera cada noche y la única que quiero ver al despertar. No hay espacio para nadie más, ni ahora ni nunca.

Sky, que acababa de asomarse por el umbral de la puerta tras escuchar el alboroto, se quedó congelado al oír las palabras finales de Win. La firmeza en la voz del alfa era absoluta. Ya no era solo una cuestión de "planes privados"; era una declaración de lealtad inquebrantable.

Sin decir una palabra más, Win tomó su bolso, le dio una palmada en el hombro a Tee y salió del edificio. El aire fresco de la tarde en Bangkok golpeó su rostro, pero su mente ya estaba a kilómetros de allí, en el lujoso ático que compartía con su pequeño y brillante tesoro.

Durante el trayecto a casa, el tráfico parecía más pesado de lo habitual. Win golpeaba el volante con impaciencia. La confesión de Nanon y la persistencia de Sky lo habían dejado exhausto, no físicamente, sino emocionalmente. Necesitaba su refugio. Necesitaba a Krit.

Cuando finalmente entró al apartamento, el silencio lo recibió, pero era un silencio cálido, impregnado del aroma a sándalo y cítricos que tanto caracterizaba a su pareja. Dejó las llaves en la entrada y caminó hacia la habitación principal. Al no encontrarlo allí, escuchó el sonido del agua corriendo en el baño principal.

Win empujó la puerta corredera de cristal esmerilado. El vapor llenaba la estancia, creando una atmósfera onírica. A través de la mampara de la ducha, pudo distinguir la silueta de Krit. El pequeño alfa estaba de espaldas, dejando que el agua caliente relajara sus hombros.

Sin pensarlo dos veces, Win comenzó a despojarse de su ropa. Su traje de diseñador, la camisa de seda, el reloj de miles de dólares... todo cayó al suelo sin cuidado alguno. Lo único que le importaba en ese momento era la piel que brillaba bajo las gotas de agua.

Abrió la puerta de la ducha y entró, sorprendiendo a Krit, quien soltó un pequeño grito de sorpresa que rápidamente se convirtió en una risa melodiosa al ver quién era.

—¡Win! Me asustaste —dijo Krit, frotándose los ojos mojados. Sus mejillas estaban sonrosadas por el calor—. Pensé que llegarías más tarde. ¿Pasó algo en la empresa?

Win no respondió con palabras. Envolvió sus brazos alrededor de la cintura de Krit, atrayéndolo contra su pecho húmedo. La diferencia de estatura era perfecta; la cabeza de Krit encajaba justo debajo de la barbilla de Win.

—Solo necesitaba estar contigo —susurró Win, hundiendo su rostro en el cuello de Krit, aspirando su esencia pura, ahora mezclada con el jabón caro que el pequeño alfa tanto amaba—. Ha sido un día largo, mi diamante.

Krit, sintiendo la intensidad en el cuerpo de Win, se giró entre sus brazos. Sus manos, expertas en acariciar gemas preciosas, subieron por el pecho de Win hasta enredarse en su cabello empapado.

—Estás muy tenso —observó Krit con ternura—. Deja que yo me encargue de eso.

Krit comenzó a besar la mandíbula de Win, subiendo hasta sus labios con una suavidad que contrastaba con la tormenta de emociones que Win traía de la calle. Pero Win pronto tomó el control. Sus besos se volvieron hambrientos, posesivos, como si quisiera marcar cada centímetro de Krit para recordarse a sí mismo que este hombre le pertenecía solo a él.

El agua seguía cayendo sobre ellos, pero el calor que emanaban era mucho mayor. Win levantó a Krit, quien instintivamente rodeó la cintura del más alto con sus piernas. El contacto de sus pieles desnudas era eléctrico. En ese espacio pequeño y lleno de vapor, no existían los fans, ni los contratos, ni los actores enamorados. Solo existían dos alfas que se amaban por encima de cualquier jerarquía o expectativa social.

—Te amo, Krit —gruñó Win contra sus labios, antes de entregarse por completo a la pasión que siempre estallaba entre ellos.

Hicieron el amor allí mismo, bajo el chorro de agua, con una urgencia que hablaba de semanas de secretos y presiones acumuladas. Después, Win llevó a un Krit exhausto y sonriente hasta la cama, donde continuaron explorándose con una lentitud deliciosa, disfrutando de la paz que solo encontraban el uno en el otro.

A la mañana siguiente, el sol se filtraba por los grandes ventanales del ático. Win se despertó primero, observando a Krit dormir plácidamente. El pequeño alfa tenía un brazo fuera de las sábanas, y en su dedo brillaba el anillo que él mismo había diseñado. Win sonrió; esa era su vida real, y no la cambiaría por nada.

Esa tarde, Win había organizado una cena especial. No sería en un restaurante público esta vez, sino en su propia casa. Había invitado a Tee, Tata y Kinn. Era hora de integrar sus dos mundos de manera definitiva, al menos en su círculo íntimo.

Krit estaba emocionado, corriendo de un lado a otro con bandejas de aperitivos que parecían pequeñas obras de arte.

—¡Win! ¿Crees que este mantel combina con la vajilla? —preguntó Krit, sosteniendo una tela de lino gris—. Tata dice que soy demasiado extravagante, pero quiero que todo sea perfecto.

Win se acercó y le dio un beso rápido en la punta de la nariz.

—Todo está perfecto porque tú lo hiciste. Relájate. Son nuestros amigos, no la junta directiva de la empresa.

Poco después, el timbre sonó. Tee entró con su energía habitual, seguido de cerca por Tata y Kinn, quienes traían un par de botellas de vino de excelente calidad.

—¡Vaya mansión tienes, Metawin! —exclamó Kinn, mirando alrededor con asombro—. Sabía que eras rico, pero esto es otro nivel.

—Es el gusto de Krit —aclaró Win, rodeando los hombros de su novio con un brazo—. Él es el que tiene el ojo para la decoración.

La cena transcurrió entre risas y una camaradería que Win no había experimentado en mucho tiempo. Ver a sus mejores amigos mezclarse con los amigos de Krit era reconfortante. Tee no tardó en empezar a contar anécdotas vergonzosas de las grabaciones, mientras Tata defendía a Krit de las burlas de Kinn sobre su obsesión con los diamantes.

—Entonces —dijo Tee, poniéndose un poco más serio mientras tomaba un sorbo de vino—, ¿qué pasó hoy con Nanon? Vi que salió del camerino como si hubiera visto un fantasma.

Win dejó su copa sobre la mesa. Krit lo miró con curiosidad, pues Win no le había mencionado nada de lo ocurrido por la tarde.

—Se me confesó —dijo Win con naturalidad—. Al igual que Sky, pensó que lo nuestro era... no sé, algo menos serio de lo que es. Pero les dejé claro que no tienen ninguna oportunidad.

Krit apretó la mano de Win por debajo de la mesa. No había celos en sus ojos, solo una confianza absoluta.

—Pobre chico —comentó Krit con una sonrisa traviesa—. No sabe que soy muy difícil de superar. Ningún diamante brilla tanto como yo, ¿verdad, Win?

Todos en la mesa estallaron en carcajadas.

—Desde luego que no —respondió Win, mirando a Krit con una devoción que hizo que Tee hiciera una mueca de "demasiado dulce"—. Eres único en tu clase.

—Bueno, basta de romanticismo —intervino Tata—. Kinn y yo tenemos un plan. Ya que Win es el dueño de medio Bangkok, ¿cuándo vamos a ir a su isla privada? Krit ha estado hablando de eso durante meses.

—¿Isla privada? —Tee abrió mucho los ojos—. ¡Win Metawin, me has estado ocultando una isla!

—No es una isla, es solo una propiedad en la costa —corrigió Win, aunque no pudo evitar sonreír—. Pero están invitados el próximo fin de semana si quieren.

La noche continuó entre planes de viajes y promesas de amistad. Por primera vez, Win sintió que no tenía que compartimentar su vida. Sus amigos sabían quién era el hombre que amaba, y aunque el mundo exterior aún no conocía toda la verdad, el círculo de protección alrededor de su relación se había fortalecido.

Cuando los invitados finalmente se marcharon, Win y Krit se quedaron solos en la terraza, mirando las luces de la ciudad que nunca dormía.

—¿Estás feliz? —preguntó Win, abrazando a Krit por la espalda.

—Mucho —respondió Krit, apoyando la espalda contra el pecho de Win—. Me gusta que tus amigos sean parte de esto. Me hace sentir que ya no somos un secreto, sino una realidad.

Win asintió, besando la coronilla de su cabeza.

—Mañana tendré que lidiar con la empresa y con los rumores que Tee seguramente dejará escapar —dijo Win con un suspiro—. Pero mientras este sea mi final del día, puedo con todo.

Krit se giró y lo miró con esos ojos brillantes que habían cautivado a Win desde el primer día en la joyería.

—Siempre seré tu final del día, Win. Y tu comienzo.

Bajo el cielo estrellado de Bangkok, el cantante millonario y el diseñador de joyas se fundieron en un beso que sellaba una promesa silenciosa. No importaba cuántos actores se confesaran o cuántos flashes intentaran cegarlos; ellos tenían un brillo propio, un brillo que ningún diamante, por más puro que fuera, podría igualar jamás. La vida de Win Metawin era ahora un escaparate de éxitos, pero su tesoro más valioso estaba a salvo, justo donde pertenecía: en sus brazos.