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El secreto del alfa

El Aroma de un Nuevo Destino

La sala de descanso de GMMTV, usualmente un refugio de café y charlas sobre guiones, se había transformado en un campo de batalla silencioso. Win Metawin estaba sentado en el sofá de cuero, revisando unos contratos en su tableta, mientras Tee, a su lado, no dejaba de mirar fotos en su teléfono, riendo por lo bajo.

—Mira esto, Win —dijo Tee, girando la pantalla—. Krit publicó una foto de ese nuevo diamante amarillo que consiguió ayer. Dice que brilla casi tanto como su "alfa favorito". Ese chico es un azúcar andante.

Win no pudo evitar que una sonrisa genuina, de esas que rara vez mostraba en público, iluminara su rostro.

—Es un exagerado —comentó Win con voz suave—, pero tiene razón. Ese diamante es precioso, aunque no tanto como él cuando se emociona explicándome la pureza de la piedra.

—¡Oh, por favor! —La voz de Sky cortó el aire como un látigo—. ¿Podrían dejar de hablar de ese... "Krit" por cinco minutos? Es agotador. Win, tienes una imagen que mantener. No entiendo cómo pierdes el tiempo hablando de alguien que solo se preocupa por piedritas brillantes.

Win levantó la vista de la tableta. Sus ojos, antes cálidos, se volvieron fríos como el mármol. Tee se tensó a su lado, presintiendo que la paciencia de su amigo había llegado al límite.

—Sky —dijo Win, su voz bajando una octava en un tono de advertencia alfa—, te he permitido muchas cosas por los años que llevamos trabajando juntos. He ignorado tus comentarios pasivo-agresivos y tus intentos de entrometerte en mi vida privada. Pero no voy a permitir que hables así de mi pareja.

—¿Tu pareja? —Sky se puso de pie, su rostro enrojecido por la mezcla de rabia y despecho—. ¡Es un don nadie, Win! Un alfa bajito que vende joyas. Tú eres Win Metawin. Eres un embajador global, un cantante que llena estadios. Deberías estar con alguien que esté a tu altura, alguien que entienda lo que es estar bajo los focos, alguien... ¡alguien como yo!

El silencio que siguió fue sepulcral. Tee abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sky acababa de cruzar la línea que Win había trazado con tanto cuidado.

—¿Tú? —Win se levantó lentamente, su presencia llenando la habitación de una autoridad asfixiante—. ¿Crees que esto se trata de estatus, Sky? ¿Crees que quiero a alguien que me mire como un trofeo o como una oportunidad de marketing?

—¡Te amo, Win! —gritó Sky, las lágrimas de frustración asomando en sus ojos—. He estado aquí mucho antes de que ese joyero apareciera. He esperado mi turno, he aguantado ver cómo otros se te acercaban, ¡pero no puedo soportar que prefieras a alguien tan común!

—Krit no es común —respondió Win, dando un paso hacia él, obligando a Sky a retroceder—. Krit es la única persona que me ve sin el maquillaje, sin las marcas de lujo y sin el peso de la fama. Él me ama por quien soy, no por lo que represento. Y si vuelves a insultarlo, si vuelves a referirte a él como algo inferior, te aseguro que nuestra relación profesional se terminará hoy mismo. No me importa el contrato, no me importa GMMTV.

—¡Eres un idiota! —chilló Sky, perdiendo los estribos—. Estás desperdiciando tu vida por un capricho. ¡Ese tipo no te merece!

Win no respondió. Simplemente tomó sus cosas, lanzó una mirada cargada de decepción a Sky y salió de la sala a grandes zancadas. Tee intentó seguirlo, pero Win levantó una mano, pidiendo espacio. Necesitaba salir de allí antes de que su instinto de alfa hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse.

El trayecto a casa fue un borrón de luces y furia contenida. Win conducía con las manos apretadas al volante, tratando de sacar las palabras de Sky de su cabeza. La envidia y la toxicidad del ambiente de la empresa a veces lo asfixiaban, y solo pensar en el refugio que compartía con Krit lograba mantenerlo cuerdo.

Cuando llegó al ático, entró cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. No encendió las luces de la estancia principal; solo quería encerrarse en su habitación, sumergirse en las sábanas y olvidar el mundo. Caminó directamente hacia el dormitorio, sintiendo los músculos de su cuello tensos como cuerdas de violín.

Sin embargo, en cuanto cruzó el umbral de la habitación, sus instintos de alfa se dispararon.

No era el olor habitual. El aroma de Krit siempre era una mezcla vibrante de sándalo, cítricos y el toque metálico y limpio de las joyas. Pero ahora, flotando en el aire de la habitación, había algo más. Algo denso, dulce y extrañamente reconfortante. Era un aroma lechoso, suave, como nata fresca o flores blancas empapadas en rocío.

Win se detuvo en seco. Su nariz se arrugó, tratando de procesar la información sensorial. Ese aroma... era el olor que emanaban los omegas o alfas gestantes para calmar a sus parejas. Pero Krit era un alfa. Un alfa alegre y fuerte, pero un alfa al fin y al cabo.

—¿Win? ¿Eres tú? —La voz de Krit llegó desde el rincón de la habitación, donde estaba sentado en un pequeño diván, rodeado de bocetos y algunas piedras preciosas.

Win no respondió de inmediato. Se acercó a él con pasos lentos, casi depredadores, pero no por agresividad, sino por una curiosidad instintiva que le recorría la columna vertebral.

—Krit —susurró Win, su voz todavía ronca por la discusión con Sky.

—Llegas temprano. Pensé que tenías grabación hasta tarde —dijo Krit, levantándose para recibirlo con un beso.

Pero antes de que Krit pudiera acercarse, Win lo tomó por los hombros. Sus ojos recorrieron el rostro de su novio. Krit se veía igual de guapo, igual de radiante, pero había un brillo diferente en sus ojos, una especie de suavidad que Win no había notado esa mañana.

—Hueles diferente —sentenció Win, su nariz moviéndose cerca del cuello de Krit.

Krit se puso un poco nervioso, soltando una risita corta.

—¿Diferente? Tal vez es un jabón nuevo que Tata me recomendó. Ya sabes que me gusta probar cosas que...

—No es jabón, Krit —lo interrumpió Win, enterrando el rostro en el hueco de su cuello—. Es tu esencia. Está cambiando. Hueles a... leche. Hueles a dulce. Hueles a hogar de una manera que me está volviendo loco.

Win comenzó a inspeccionarlo con una intensidad febril. Sus manos bajaron de los hombros a la cintura, apretando con firmeza. Sus dedos buscaron el pulso en las muñecas de Krit, notando que el corazón del pequeño alfa latía con una fuerza inusual.

—Win, me estás asustando un poco —dijo Krit, aunque no se alejó. Al contrario, se inclinó hacia el contacto de Win, buscando su calor de manera instintiva.

—¿Qué está pasando, mi diamante? —preguntó Win, su tono volviéndose más suave, casi suplicante—. Este olor... solo aparece cuando un alfa está protegiendo algo muy valioso dentro de sí mismo. Algo que está creciendo.

Krit guardó silencio por un momento. Sus manos subieron al pecho de Win, aferrándose a su camisa. Sus ojos se llenaron de una emoción que Win no pudo descifrar de inmediato: miedo, alegría y una pizca de asombro.

—Fui al médico hace dos días —susurró Krit, bajando la mirada—. Tata me obligó porque me sentía mareado cuando pulía los diamantes. Pensé que era el cansancio, o los químicos de limpieza... pero el doctor dijo que mi biología es... especial. Que soy uno de esos raros casos de alfas que pueden concebir.

Win sintió que el mundo se detenía. La rabia que sentía por Sky, el estrés de la empresa, la presión de la fama... todo desapareció, borrado por una ola de asombro absoluto.

—¿Estás diciendo que...? —Win no pudo terminar la frase. Sus manos bajaron temblorosas hacia el abdomen de Krit, que todavía estaba plano y firme bajo su camiseta de algodón.

—Estoy embarazado, Win —confirmó Krit, con una lágrima rebelde rodando por su mejilla—. Tenemos un pequeño diamante en camino. Por eso huelo así. Mi cuerpo está intentando decirte que... que ahora somos tres.

Win se dejó caer de rodillas frente a Krit, rodeando su cintura con los brazos y pegando la oreja a su vientre. El aroma a leche se intensificó, envolviéndolo como una manta cálida, disipando cualquier rastro de la oscuridad que traía de la calle.

—Un bebé —murmuró Win, su voz quebrada por la emoción—. Un pequeño tú y yo.

Krit acarició el cabello de Win, sintiendo cómo el alfa dominante finalmente se relajaba por completo.

—¿Estás enojado? —preguntó Krit en un susurro—. Sé que esto complica las cosas con tu carrera, con la empresa... con todo.

Win levantó la cabeza, y Krit se sorprendió al ver que los ojos del hombre más serio de Tailandia estaban llenos de lágrimas de felicidad.

—Que se vaya todo al diablo, Krit —dijo Win con una determinación feroz—. La empresa, Sky, los contratos... nada de eso importa. Si alguien intenta decir algo, si alguien intenta molestarte, juro que quemaré el mundo entero para mantenerlos a salvo. Eres mi vida, y este bebé es el regalo más grande que me has dado.

Krit sonrió, esa sonrisa radiante que siempre hacía que Win sintiera que todo valía la pena.

—Sabía que dirías algo así de dramático —bromeó Krit, limpiando las lágrimas de Win con sus pulgares—. Pero ahora, mi alfa gruñón, necesito que dejes de inspeccionarme como si fuera una joya bajo el microscopio y me des un beso de verdad. Tengo antojo de algo dulce y tú eres lo único que quiero probar.

Win se puso de pie, tomando el rostro de Krit entre sus manos. Lo besó con una ternura y una devoción que sellaron su destino. En ese ático, lejos de las cámaras y de la envidia de aquellos que no entendían su amor, Win Metawin comprendió que su verdadera riqueza no estaba en sus cuentas bancarias ni en sus premios, sino en el aroma a leche y sándalo que ahora llenaba su vida, y en el futuro brillante que empezaba a latir bajo su mano.

—Nada te va a pasar —prometió Win contra sus labios—. A partir de hoy, el mundo solo verá lo que yo quiera que vea. Pero aquí dentro, siempre serás mi diamante más puro, y yo seré el alfa que te proteja hasta el fin de sus días.

Krit se acurrucó contra él, suspirando de alivio. El conflicto con Sky parecía ahora una sombra lejana y sin importancia. Tenían algo mucho más real, algo que brillaba con luz propia y que, muy pronto, llenaría su hogar con risas y nuevos comienzos.

—Te amo, Win —susurró Krit, cerrando los ojos.

—Te amo, mi vida —respondió Win, cargándolo en brazos para llevarlo a la cama, decidido a no soltarlo ni un segundo durante el resto de la noche.

Afuera, la ciudad de Bangkok seguía su ritmo frenético, pero dentro de esas cuatro paredes, el tiempo se había detenido para celebrar el milagro de un amor que había superado todas las barreras, incluso las de la propia naturaleza. El brillo oculto bajo los reflectores finalmente había encontrado su propósito más sagrado.