Volver al resumen

El secreto del alfa

El Brillo de la Posesión y el Silencio del Hogar

La luz de la tarde se filtraba a través de los ventanales del ático, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol. Habían pasado seis meses desde que el pequeño Shine llegó al mundo, transformando el santuario privado de Win y Krit en un campo de batalla de juguetes de felpa, biberones de cristal y un aroma constante a talco y bebé. Para Win, cada segundo de esa nueva realidad era un tesoro, pero también una prueba de resistencia para sus instintos de alfa.

—¿Estás seguro de que tienes todo? —preguntó Win por quinta vez, ajustando la pequeña manta de cachemira alrededor de Shine, que dormitaba plácidamente en su carricoche de diseño.

Tee soltó una carcajada escandalosa, ganándose una mirada de advertencia de Win por el volumen de su voz.

—Win, por favor. He sobrevivido a tres rodajes de series de acción contigo. Creo que puedo manejar un paseo por el parque con un bebé de seis meses —dijo Tee, acomodándose las gafas de sol—. Además, Dew está conmigo. Si Shine decide que quiere derrocar el orden establecido, Dew lo detendrá con su mirada de alfa serio.

Dew, que sostenía la bolsa de pañales como si fuera un artefacto explosivo, asintió con una sonrisa tranquila.

—No te preocupes, Win. Lo traeremos de vuelta en un par de horas. Tata y Kinn nos esperan en la heladería cerca del parque para ayudarnos.

Krit salió de la habitación principal, luciendo una bata de seda que le quedaba ligeramente grande, resaltando su figura que ya había recuperado su agilidad, aunque conservaba una suavidad que a Win lo volvía loco. Sus ojos brillaban con esa chispa de travesura que ni la paternidad había logrado apagar.

—Déjalos ir, Win —dijo Krit, acercándose para depositar un beso rápido en la mejilla de su hijo—. Necesito que Shine socialice con gente que no sea solo su padre sobreprotector. Y Tee prometió comprarle ese peluche de elefante que no es rosa.

—¡Exacto! —exclamó Tee, haciendo una seña a Dew para empezar la retirada—. Nos vamos. No nos llamen a menos que el edificio se esté incendiando. ¡Adiós!

La puerta se cerró con un clic metálico, dejando tras de sí un silencio que resultaba casi ensordecedor para una casa que se había acostumbrado al bullicio constante. Win se quedó de pie en el vestíbulo, con las manos en los bolsillos, procesando el hecho de que, por primera vez en meses, estaban completamente solos.

Krit se estiró, soltando un suspiro de alivio, y caminó hacia la cocina para servirse un vaso de agua. Win lo siguió con la mirada, observando el movimiento de sus caderas bajo la seda. El instinto que había estado contenido bajo la capa de "padre responsable" comenzó a burbujear en su sangre. El aroma de Krit ya no era puramente lechoso; su esencia de alfa alegre, mezclada con ese toque metálico y dulce, estaba regresando a su estado original, reclamando su espacio.

—Se siente extraño, ¿verdad? —comentó Krit, dándose la vuelta y encontrándose con la mirada intensa de Win—. El silencio es... pesado.

Win no respondió de inmediato. Se acercó lentamente, acortando la distancia hasta que pudo percibir el calor que emanaba del cuerpo de Krit.

—No es pesado —susurró Win, extendiendo una mano para acariciar el cuello de Krit, justo donde su pulso latía con fuerza—. Es una oportunidad.

Krit dejó el vaso sobre la encimera, su respiración empezando a acelerarse al notar el cambio en la atmósfera. Los ojos de Win habían pasado de ese marrón cálido de padre amoroso al ámbar oscuro y posesivo del alfa que no había tenido a su pareja para sí mismo en mucho tiempo.

—Win... —murmuró Krit, aunque sus manos subieron instintivamente para aferrarse a la cintura de la camisa de Win—. ¿Qué estás haciendo?

—Reclamando lo que es mío —respondió Win, su voz bajando a un tono gutural que hizo que un escalofrío recorriera la columna de Krit—. Te he compartido con Shine, con el trabajo, con tus amigos... He sido paciente, Krit. Pero hoy no hay nadie más. Solo tú y yo.

Sin previo aviso, Win tomó a Krit por la cintura y lo levantó, sentándolo sobre la encimera de mármol frío. El contraste entre la piedra helada y el calor de Win hizo que Krit soltara un jadeo.

—¡Win! —protestó Krit débilmente, aunque sus piernas ya se estaban enredando alrededor de la cintura de Win—. Todavía es de día.

—No me importa —sentenció Win, hundiendo el rostro en el cuello de Krit, aspirando su aroma con una desesperación que no había mostrado antes—. Te extrañaba tanto. No al padre de mi hijo, no al diseñador de joyas... te extrañaba a ti. A mi Krit.

Win comenzó a besar la piel sensible de su cuello, marcándolo con una posesividad feroz. Sus manos, grandes y firmes, se deslizaron bajo la bata de seda, encontrando la piel suave de los muslos de Krit. El contacto eléctrico hizo que Krit echara la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta al alfa que lo dominaba con una mezcla de ternura y fuego.

—Yo también te extrañaba —confesó Krit entre jadeos, sus dedos enredándose en el cabello oscuro de Win—. Cada vez que te veía cuidar a Shine... me enamoraba más, pero una parte de mí gritaba por esto. Por tus manos, por tu peso... por ser solo nosotros dos de nuevo.

Win lo miró a los ojos, y en ese intercambio de miradas se dijeron todo lo que los meses de pañales y noches sin dormir habían silenciado. No había necesidad de palabras. Win lo besó con una pasión que sabía a reencuentro, un beso profundo que reclamaba cada rincón de la boca de Krit, recordándole quién era el dueño de su corazón y de su cuerpo.

Con un movimiento fluido, Win lo cargó, llevándolo hacia la habitación principal mientras sus labios nunca se separaban. La cama, que últimamente solo servía para descansos breves y agitados, se convirtió de nuevo en su campo de batalla privado.

Win depositó a Krit sobre las sábanas de seda gris, deshaciéndose de su propia ropa con una urgencia que rozaba la desesperación. Cuando se posicionó sobre él, la diferencia de tamaños y la intensidad de sus feromonas crearon una atmósfera tan densa que el aire parecía chispear.

—Eres tan hermoso —susurró Win, recorriendo con sus manos las curvas del cuerpo de Krit—. No tienes idea de cuánto me costaba contenerme estos meses.

—Entonces no te contengas más —retó Krit, con esa sonrisa desafiante que Win tanto amaba—. Hazme tuyo, Win. Hazme olvidar que hay un mundo ahí fuera.

Win obedeció. Cada caricia, cada beso, era una declaración de propiedad. Se tomó su tiempo para explorar de nuevo el cuerpo de su pareja, reconociendo los cambios sutiles que la gestación había dejado, amando cada marca y cada nueva sensibilidad. Krit respondía con una entrega total, sus instintos de alfa cediendo ante el dominio natural y amoroso de Win, encontrando placer en la fuerza y la firmeza de su esposo.

El acto fue lento al principio, una danza de reconocimiento y susurros, pero pronto se transformó en algo mucho más primario. El sonido de sus respiraciones agitadas y el roce de sus cuerpos llenaron la habitación. Win se movía con una cadencia que buscaba el placer de Krit por encima del suyo, deleitándose en los sonidos que escapaban de los labios de su pareja.

—Win... por favor... —suplicó Krit, arqueando la espalda cuando Win encontró ese punto exacto que lo hacía perder la razón.

—Dime de quién eres —gruñó Win contra su oído, su voz vibrando en el pecho de Krit.

—Tuyo... siempre tuyo... —respondió Krit, sus ojos nublados por el éxtasis.

En el clímax de su unión, Win mordió suavemente la glándula de aroma de Krit, no para marcarlo de nuevo —pues ya lo estaba—, sino para reafirmar el vínculo que los unía más allá de lo físico. Fue una explosión de sensaciones que los dejó a ambos exhaustos, entrelazados y envueltos en el aroma del otro.

Minutos después, o quizás horas —el tiempo parecía no existir en esa habitación—, Krit descansaba con la cabeza sobre el pecho de Win, escuchando el latido rítmico de su corazón.

—Tee va a sospechar algo cuando regrese y vea tu cara de satisfacción —comentó Krit, trazando círculos invisibles sobre los abdominales de Win.

—Que sospeche lo que quiera —respondió Win, besando la coronilla de su cabeza—. Soy un hombre casado con el alfa más increíble del mundo. Tengo derecho a disfrutar de mi esposo.

Krit soltó una risita, acomodándose mejor entre los brazos de Win.

—¿Crees que Shine esté bien? Probablemente Tee ya le enseñó a decir alguna palabra inapropiada o Dew lo convenció de que los dramas de acción son educativos.

—Shine está en buenas manos. Tee lo adora y Dew es más responsable de lo que parece —dijo Win, cerrando los ojos por un momento—. Pero me alegra que se lo hayan llevado. Necesitaba recordarte lo mucho que te deseo, Krit. A veces, entre tanto caos, tengo miedo de que olvides que eres mi prioridad absoluta.

Krit se incorporó un poco, mirando a Win con una expresión llena de ternura.

—Nunca podría olvidarlo, Win. Lo veo en la forma en que me miras incluso cuando estoy cubierto de papilla de verduras. Pero... —Krit le guiñó un ojo—, acepto que me lo recuerdes así de vez en cuando. Ayuda a mantener el brillo.

Win sonrió y volvió a besarlo, esta vez con una suavidad que prometía una noche entera de mimos antes de que el pequeño torbellino regresara a casa.

Mientras tanto, en el parque, Tee empujaba el carricoche con una mano mientras con la otra sostenía un helado gigante.

—Mira, Shine —decía Tee, señalando a un grupo de perros que jugaban en el césped—, esos son como los fans de tu papá. Hacen mucho ruido pero en el fondo son inofensivos.

Dew caminaba a su lado, observando a Tee con una mirada que delataba sus propios deseos de un futuro similar.

—Tee, no creo que Win quiera que le enseñes esas cosas —comentó Dew, aunque su sonrisa era divertida.

—¡Bah! Win es demasiado serio. Shine necesita un poco de sabor en su vida —respondió Tee, deteniéndose para limpiar una mancha inexistente en la mejilla del bebé, que lo miraba con ojos grandes y curiosos—. Además, le estamos haciendo un favor a sus padres. Apuesto a que ahora mismo están... "descansando".

Dew soltó una carcajada, sabiendo exactamente a qué se refería Tee.

—Sí, me imagino que el descanso de Win es bastante intenso.

El paseo continuó entre risas y anécdotas. Tata y Kinn se unieron a ellos poco después, y el pequeño Shine fue el centro de atención de todo el grupo, pasando de brazo en brazo y recibiendo más amor del que un bebé promedio podría procesar.

Cuando finalmente regresaron al ático, dos horas más tarde, el sol ya comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de tonos púrpuras y anaranjados. Entraron con cuidado, intentando no despertar al bebé que finalmente se había quedado dormido después de tanta estimulación.

Win y Krit los recibieron en la sala. Ambos lucían impecables, pero había un brillo en sus ojos y una relajación en sus posturas que no pasó desapercibida para Tee.

—¡Ya volvimos! —anunció Tee en un susurro fuerte—. El paquete ha sido entregado sano y salvo. No hubo incidentes con elefantes rosas, pero Shine ahora tiene un gusto sospechoso por el helado de vainilla.

Krit tomó el carricoche, agradeciendo a sus amigos con una sonrisa radiante.

—Gracias por llevárselo, chicos. Realmente necesitábamos un momento de... paz.

Tee arqueó una ceja, mirando a Win, quien mantenía su expresión impasible, aunque un ligero rastro de aroma a posesión todavía flotaba a su alrededor.

—Paz, claro. Se nota que han meditado mucho —se burló Tee, dándole un codazo a Dew—. Bueno, nosotros nos vamos. Dew tiene que llevarme a cenar porque ser tío es un trabajo agotador.

Después de que los amigos se marcharan, Win y Krit llevaron a Shine a su cuna. El pequeño se acomodó entre sus mantas, soltando un pequeño suspiro de satisfacción.

Win rodeó la cintura de Krit por detrás, apoyando la barbilla en su hombro mientras observaban a su hijo dormir.

—Todo está en su lugar —murmuró Win.

—Sí —asintió Krit—. El brillo, el silencio y nosotros.

En la quietud del ático, bajo el amparo de la noche que comenzaba, Win Metawin supo que no importaba cuántas cámaras lo siguieran o cuántos contratos tuviera que firmar. Su mayor éxito no era la fama, sino la familia que había construido y el amor que, a solas o frente al mundo, seguía siendo la joya más pura de su existencia. El cantante y su pequeño alfa habían encontrado el equilibrio perfecto entre el deber y el deseo, y en ese equilibrio, su felicidad era absoluta.