El secreto del alfa
El Brillo de los Caprichos y el Color del Elefante
Cinco meses habían pasado desde aquella fatídica tarde en la joyería, y la vida de Win Metawin se había transformado en una montaña rusa de emociones, antojos imposibles y una vigilancia constante que rozaba la paranoia. Si bien el escándalo de Sky se había disipado en los tribunales y en el olvido de la opinión pública, dentro del ático de Win se libraba una batalla diaria mucho más compleja: los instintos de un alfa gestante.
Krit, que siempre había sido un espíritu alegre y radiante como los diamantes que pulía, ahora era un torbellino de hormonas. Al ser un alfa, su biología procesaba la gestación de una manera feroz. Sus sentidos estaban triplicados; podía oler una taza de café a tres pisos de distancia y su temperamento era tan volátil como la pólvora.
Esa tarde, Win entró en la sala de estar tras una larga jornada de grabación para encontrar a Krit sentado en el suelo, rodeado de cojines, con la mirada fija en la televisión.
—¿Krit? Mi amor, ¿qué estás viendo? —preguntó Win, acercándose con cautela, dejando su maletín de diseñador a un lado.
Krit no respondió de inmediato. Tenía una bolsa de pepinillos en una mano y un tarro de dulce de leche en la otra. En la pantalla, un episodio de *Jorge el Curioso* llegaba a su fin.
—Es tan inteligente, Win —susurró Krit, con los ojos llenos de lágrimas—. Jorge solo quiere ayudar. El mundo es muy injusto con los monos que tienen iniciativa.
Win parpadeó, confundido. Se sentó a su lado y le rodeó los hombros con el brazo.
—Sí, es un mono muy capaz, cariño. Pero, ¿por qué lloras?
—¡Porque ahora va a empezar *Pocoyó*! —estalló Krit en un sollozo repentino, escondiendo el rostro en el pecho de Win—. ¡Y odio el rosa, Win! ¡El elefante es demasiado rosa! ¡Es un insulto a la paleta de colores de la naturaleza! ¿Por qué Elly tiene que ser de ese color? Me hace sentir... me hace sentir ansioso.
Win suspiró, acariciando el cabello de su esposo. Sabía que no debía discutir. La última vez que cuestionó la lógica de Krit sobre los dibujos animados, terminó durmiendo en el sofá porque "su aura era demasiado crítica para el bebé".
—Está bien, cambiaremos de canal. ¿Quieres ver un documental sobre minas de diamantes? —sugirió Win, tratando de usar el interés profesional de Krit a su favor.
—No —respondió Krit, limpiándose las lágrimas con la manga de la sudadera de Win—. Quiero comer ballena.
Win se quedó helado.
—¿Ballena? Krit, eso es... eso es ilegal. Y probablemente sabe a pescado viejo y culpa.
—¡No me importa! —Krit se puso de pie con dificultad, su vientre de cinco meses ya marcando una curva prominente y hermosa—. Siento que si no como ballena ahora mismo, el bebé nacerá con cara de calamar. ¡Es una necesidad biológica, Metawin!
En ese momento, el timbre sonó. Eran Tee, Dew, Tata y Kinn, quienes habían prometido pasar para una noche de juegos. Cuando Win abrió la puerta, su rostro reflejaba un agotamiento que ni el mejor corrector de GMMTV podría ocultar.
—Hola, familia —saludó Tee, entrando con una caja de pizzas—. Traemos comida normal para gente normal. ¿Cómo está nuestro alfa favorito?
Krit apareció en el pasillo, mirando la pizza con un desprecio absoluto.
—Tee, esa pizza no tiene ballena —sentenció Krit con una seriedad aterradora—. ¿Por qué me odias?
Tee miró a Dew, quien se encogió de hombros, manteniendo su mano protectora en la cintura de Tee.
—Krit, amigo —dijo Kinn, tratando de mediar—, la ballena es una especie protegida. ¿Qué tal si pedimos un salmón muy, muy grande? Es casi lo mismo si cierras los ojos y usas la imaginación.
Krit se quedó en silencio, mirando a Kinn como si este acabara de sugerir que los diamantes eran simples trozos de carbón sin valor. De repente, su expresión cambió. La rabia se evaporó y fue reemplazada por una tristeza profunda y melancólica. Caminó hacia el espejo del pasillo y se quedó mirando su reflejo.
—Me veo como el elefante al que le falta el coco —murmuró Krit, su voz apenas un hilo—. Estoy gordo, huelo a pepinillos y mi alfa interior está tan confundido que ya no sé si quiero morder a alguien o que me acurruquen hasta la muerte. Win, ¿todavía me quieres aunque parezca un paquidermo desorientado?
Win se acercó rápidamente, ignorando las miradas incómodas de sus amigos. Tomó las manos de Krit y lo obligó a mirarlo.
—Krit, eres el hombre más hermoso que he visto en mi vida. Estás gestando a nuestro hijo. No eres un elefante, eres el sol de esta casa. Y si quieres ballena, buscaré la forma más legal y ética de conseguirte algo que sepa parecido, te lo prometo.
—¿De verdad? —preguntó Krit, sorbiendo por la nariz.
—De verdad.
—Bien —dijo Krit, recuperando su energía de golpe—. Entonces quiero que Dew y Tee se besen frente a mí. Me pone feliz ver el amor joven, me da esperanza en la humanidad.
Tee se puso rojo como un tomate, mientras Dew soltaba una carcajada nerviosa.
—Krit, no somos un espectáculo de circo —protestó Tee.
—¡Háganlo! —rugió Krit, sus instintos de alfa dominante aflorando por un segundo—. ¡El bebé necesita dopamina visual!
Dew, que no necesitaba muchas excusas para besar a Tee, lo tomó por la nuca y le plantó un beso sonoro en los labios. Krit aplaudió, saltando un poco, olvidando por completo su crisis existencial sobre el color rosa de Elly.
Los meses siguientes fueron un desfile de excentricidades. Win tuvo que aprender a lidiar con el hecho de que Krit podía pasar de ser un diseñador de joyas sofisticado a un hombre que lloraba porque un comercial de detergente era "demasiado emocionante". Sus amigos aprendieron a caminar sobre cáscaras de huevo; Tata y Kinn se encargaban de la joyería mientras Win se aseguraba de que Krit no intentara comprar un zoológico privado para que el bebé "creciera en la naturaleza".
Llegado el octavo mes, las inseguridades de Krit alcanzaron su punto máximo. Una noche, Win lo encontró sentado en la bañera, completamente vestido, mirando fijamente un patito de goma.
—Win —dijo Krit sin mirarlo—, ¿y si el bebé prefiere tu voz porque es más profunda? Mi voz es aguda cuando me emociono. Soy un alfa fallido. Los alfas deberían dar miedo, no llorar porque se acabó el helado de menta.
Win se sentó en el borde de la bañera, quitándose los zapatos para meter los pies en el agua junto a él.
—Krit, no eres un alfa fallido. Eres el alfa más valiente que conozco. Estás haciendo algo que muy pocos pueden hacer. Tu voz es la melodía que lo ha arrullado durante meses. Él te amará más que a nada en el mundo, porque eres su refugio.
Krit se apoyó en el hombro de Win, suspirando.
—A veces siento que voy a explotar, Win. No solo por el tamaño, sino por todo este amor. Es demasiado brillante, como un diamante bajo el sol del mediodía. Me da miedo romperme.
—No te romperás —prometió Win—. Yo soy el engaste que te sostiene. No dejaré que ni una sola faceta de tu brillo se pierda.
El momento del parto llegó una madrugada de lluvia intensa, tres semanas después. Lo que comenzó como un dolor sordo en la espalda de Krit se convirtió rápidamente en el rugido de un alfa en labor de parto. Win, a pesar de todos sus ensayos de emergencia, entró en pánico total.
—¡Tee! ¡Llama al hospital! ¡Krit está mordiendo la cabecera de la cama! —gritaba Win por el teléfono, mientras intentaba ayudar a Krit a vestirse.
—¡Ya voy, ya voy! —respondía Tee desde el otro lado, despertando a Dew a manotazos—. ¡Mantén la calma, Win! ¡Recuerda las clases de respiración!
—¡Al diablo la respiración! —gritó Krit de fondo—. ¡Win Metawin, si no me llevas al hospital ahora mismo, voy a empeñar todos tus relojes!
El hospital privado fue blindado por el equipo de seguridad de Win. Nadie entraría ni saldría sin autorización. En la sala de partos, la seriedad de Win se desmoronó cuando vio a Krit sufrir. El proceso fue largo y agotador. Krit, fiel a su naturaleza, alternaba entre insultar a Win en tres idiomas diferentes y decirle lo mucho que lo amaba entre contracción y contracción.
—¡Te odio, Metawin! ¡Esto es tu culpa y de tu genética perfecta! —gritaba Krit, sudando y apretando la mano de Win con una fuerza que probablemente le dejaría moratones durante semanas.
—Lo sé, lo siento, respira, mi diamante —suplicaba Win, besando sus nudillos.
—¡No me digas diamante! ¡Ahora mismo me siento como una piedra pómez! —bramó Krit, antes de dar un último empujón final impulsado por puro instinto alfa.
De repente, el llanto llenó la habitación. Un llanto fuerte, claro y decidido.
Los médicos limpiaron al recién nacido y lo envolvieron en una manta azul suave. Cuando lo pusieron en los brazos de Krit, el silencio absoluto se apoderó de la estancia. Win se inclinó, con el corazón en la garganta, para ver a su hijo.
Era un varón precioso. Tenía la nariz de Krit y la estructura ósea de Win. Pero lo más impactante fueron sus ojos: brillantes y curiosos, como si ya estuviera buscando algo que brillara en la habitación.
—Es... es perfecto —susurró Krit, su voz volviendo a ser dulce y suave, todo rastro de furia desaparecido—. Mira, Win. No tiene cara de calamar.
Win soltó una carcajada ahogada, las lágrimas fluyendo libremente por sus mejillas. Se inclinó y besó la frente de Krit y luego la pequeña cabecita del bebé.
—Es el diamante más valioso de nuestra colección —dijo Win, acariciando la mejilla del pequeño—. Bienvenido al mundo, pequeño Metawin.
Unas horas después, la habitación del hospital estaba llena de flores y de sus amigos más cercanos. Tee y Dew miraban al bebé con una mezcla de asombro y miedo a romperlo, mientras Tata y Kinn ya estaban discutiendo sobre qué tipo de joya le regalarían para su primer mes.
—Se llamará Shine —anunció Krit, acurrucado en la cama con el bebé dormido en su pecho—. Porque ha venido a iluminar todo lo que antes estaba en sombras.
—Shine Metawin —repitió Win, saboreando el nombre—. Me gusta.
Tee se acercó a la cuna improvisada, mirando al bebé con adoración.
—¿Saben? —dijo Tee en voz baja—, creo que se parece a Win cuando está enojado, pero tiene la chispa de Krit. Va a ser un problema cuando crezca.
—Será nuestro problema favorito —respondió Win, rodeando a su familia con sus brazos.
Esa noche, mientras la ciudad de Bangkok brillaba a través de la ventana del hospital, Win Metawin finalmente se sintió completo. Ya no era solo el actor, el cantante o el embajador de marcas. Era un padre y un esposo. El secreto que una vez guardó con tanto celo se había convertido en una vida nueva, una que no necesitaba reflectores para brillar, porque su luz nacía del amor más puro y caótico que jamás hubiera existido.
Krit cerró los ojos, quedándose dormido con una sonrisa de satisfacción. Ya no le importaba el elefante rosa, ni los antojos de ballena, ni las inseguridades. Tenía a su alfa, tenía a su hijo y tenía un futuro que brillaba más que cualquier diamante de diez quilates. El brillo oculto bajo los reflectores finalmente había salido a la luz, y era simplemente deslumbrante.