El vínculo accidental
Marcas de propiedad y el rugido del Jeep
La escuela secundaria de Beacon Hills nunca había sido un lugar especialmente tranquilo, pero para Stiles Stilinski, se había convertido en una zona de guerra sensorial. Desde que el vínculo con Derek se había asentado tras su "encuentro" en la habitación, Stiles caminaba por los pasillos sintiéndose como una estación de radio mal sintonizada. Podía sentir el aburrimiento de Derek mientras leía en su loft, la punzada de hambre a las once de la mañana y, lo más molesto de todo, esa constante corriente de protección posesiva que le recorría la columna cada vez que alguien se acercaba demasiado a él.
Pero hoy, el problema no era Derek. El problema era Stiles.
—¿Me estás escuchando, Stiles? —preguntó Scott, agitando una mano frente a su cara.
—Sí, claro, el examen de química, Harris es un psicópata, lo de siempre —respondió Stiles, aunque sus ojos estaban clavados en el otro extremo del pasillo.
Allí, cerca de las taquillas, un nuevo estudiante de intercambio llamado Theo (no el Theo que todos conocían, sino un chico rubio y demasiado sonriente de cuarto año) estaba hablando con Derek. ¿Qué hacía Derek en la escuela? Supuestamente, había venido a traerle a Isaac unos libros, pero el hecho de que estuviera apoyado contra la pared, con su chaqueta de cuero y esa expresión de "soy peligrosamente atractivo", mientras el chico rubio le tocaba el brazo al reírse, estaba haciendo que la sangre de Stiles hirviera.
A través del vínculo, Stiles sintió una oleada de confusión proveniente de Derek, seguida de una chispa de diversión. *Oh, no. Él sabe que lo estoy mirando*, pensó Stiles, apretando los dientes.
—Stiles, te están saliendo chispas de los ojos —comentó Lydia, pasando por su lado sin detenerse—. Y tu frecuencia cardíaca es tan alta que hasta yo puedo oírla. Controla tus celos, es patético.
—¡No son celos! —exclamó Stiles, aunque el vínculo vibró con una carcajada mental de Derek que casi lo hace tropezar—. Es... vigilancia comunitaria. Ese chico parece sospechoso. Tiene manos muy inquietas.
Derek se giró en ese momento, cruzando su mirada con la de Stiles desde la distancia. Le dedicó una sonrisa de medio lado, una de esas que decía: "Sé exactamente lo que estás sintiendo y me encanta". Luego, volvió a prestar atención al rubio, inclinándose un poco más hacia él.
Stiles no aguantó más. Ignoró a Scott y caminó a zancadas hacia el loft de Derek esa misma tarde, sin siquiera esperar a que terminaran las clases. No necesitaba invitación; el vínculo lo guiaba como un GPS emocional que gritaba "propiedad privada".
Cuando Stiles entró en el loft, ni siquiera llamó a la puerta. La abrió de golpe, encontrando a Derek sin camiseta, entrenando con una barra de dominadas. Los músculos de su espalda se contraían y relajaban con una precisión insultante.
—Vete de aquí, Stiles —dijo Derek sin soltarse de la barra, aunque su voz carecía de autoridad real. Estaba disfrutando de la tormenta de indignación que emanaba del humano.
—¿Ah, sí? ¿Quieres que me vaya para que pueda volver el rubito de las manos largas? —Stiles lanzó su mochila al sofá con fuerza—. "Oh, Derek, qué chaqueta tan bonita, ¿es de cuero real?". ¡Por favor! ¡Era tan obvio que quería lamerte la cara que me dio náuseas!
Derek se soltó de la barra y aterrizó con la gracia de un depredador. Se dio la vuelta, limpiándose el sudor de la frente con una toalla, sus ojos brillando con esa luz dorada que siempre ponía a Stiles al límite.
—Estás celoso —sentenció Derek, acercándose lentamente—. Puedo sentirlo. Es como un sabor amargo en la parte de atrás de mi garganta. Es... intenso.
—No estoy celoso, estoy marcando mi territorio —espetó Stiles, dando un paso al frente en lugar de retroceder—. Porque resulta que este vínculo funciona en ambos sentidos, lobito. Y si yo tengo que aguantar tus ganas de gruñirle a cada chico que me mira en la cafetería, tú vas a tener que aprender quién manda aquí.
Derek soltó una risa ronca, deteniéndose a centímetros de él.
—¿Quién manda aquí? Stiles, apenas puedes mantenerte en pie cuando te toco.
Ese fue el detonante. Stiles estiró la mano, agarró a Derek por el cuello y lo empujó con una fuerza que sorprendió incluso al hombre lobo. No fue la fuerza física, fue la pura audacia y la oleada de dominación que Stiles envió a través del vínculo. El humano lo empujó hasta el gran sillón de cuero y, con un movimiento ágil, lo obligó a sentarse.
—Hoy —dijo Stiles, horquillando las piernas de Derek y sentándose a horcajadas sobre su regazo—, tú te vas a quedar muy quietecito.
Derek arqueó una ceja, pero sus manos subieron instintivamente a las caderas de Stiles. El contacto hizo que el vínculo soltara una descarga eléctrica. El deseo de Stiles era una masa sólida, caliente y exigente. Quería borrar cualquier rastro de ese chico rubio, quería que Derek solo pudiera sentirlo a él.
—¿Vas a tomar el control, Stiles? —desafió Derek, aunque su respiración ya se estaba agitando. Sus dedos se hundieron en la carne de los muslos del chico.
—Cállate y mira —ordenó Stiles.
Sin preámbulos, Stiles se quitó la camiseta y la tiró a algún lugar del loft. Se inclinó y atacó la boca de Derek con una ferocidad que no tenía nada de dulce. Era un beso de posesión, de dientes chocando y lenguas luchando por el espacio. A través de la conexión, Stiles sintió cómo la sorpresa de Derek se transformaba en una sumisión excitada. Al lobo le encantaba esto; le encantaba que su humano, su chispa, sacara las garras.
Stiles bajó sus manos al cinturón de Derek, deshaciéndolo con dedos torpes pero urgentes. No dejó de besarlo, descendiendo por su cuello, mordiendo la piel justo encima de la clavícula, dejando una marca roja que gritaría a cualquiera que Derek Hale ya tenía dueño.
—Eres mío —gruñó Stiles contra su piel, imitando el tono del lobo—. Y el vínculo va a recordártelo cada segundo de esta noche.
Derek soltó un gruñido profundo, sus manos bajando para apretar el trasero de Stiles, levantándolo ligeramente para que sus sexos chocaran a través de la tela de los pantalones. El gemido que escapó de Stiles fue pura música para los oídos del Alpha.
Con una urgencia caótica, Stiles se deshizo de los pantalones de ambos. El aire frío del loft chocó contra su piel caliente, pero no le importó. Se posicionó de nuevo sobre Derek, que ahora estaba recostado contra el respaldo del sillón, observándolo con ojos que habían pasado del verde al dorado y finalmente a un negro profundo, consumidos por la lujuria.
Stiles tomó a Derek en su mano, guiándolo hacia su entrada. Estaba temblando, no de miedo, sino de una sobrecarga sensorial. Podía sentir la anticipación de Derek, su necesidad de ser llenado y, al mismo tiempo, el hambre del lobo por reclamarlo.
—Despacio, Stiles —advirtió Derek, con la voz rota.
—Dije que te callaras.
Stiles se bajó de golpe, empalándose en la longitud de Derek de una sola vez. El aire abandonó sus pulmones y su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo su garganta. El vínculo estalló en un caleidoscopio de sensaciones. Era como si el alma de Derek estuviera tratando de fusionarse con la suya. El dolor inicial fue barrido instantáneamente por una ola de placer tan densa que Stiles sintió que podría desmayarse.
Derek agarró los hombros de Stiles, sus garras asomando apenas, marcando la piel del chico.
—Dios, Stiles... —rugió el lobo, arqueando la espalda cuando Stiles comenzó a moverse.
Stiles no fue gentil. Estaba impulsado por una mezcla de celos residuales y un deseo que rozaba lo violento. Se elevaba y caía sobre Derek con un ritmo frenético, sus manos apoyadas en el pecho musculoso del lobo para mantener el equilibrio. Cada vez que bajaba, se aseguraba de que sus cuerpos chocaran con fuerza, buscando la mayor profundidad posible.
A través del vínculo, Stiles podía sentir cómo Derek estaba luchando por no tomar el control, por no girarlo y embestirlo contra el sofá hasta que no pudiera recordar su propio nombre. Esa lucha interna, esa sumisión voluntaria del Alpha ante él, era la droga más potente que Stiles había probado jamás.
—Mírame, Derek —jadeó Stiles, abriendo los ojos.
Derek lo miró, y la conexión fue total. No había secretos. Stiles pudo sentir la devoción absoluta de Derek, el hecho de que para el lobo no existía nadie más, ni chicos de intercambio, ni manada, ni pasado. Solo Stiles.
—Solo tú —logró decir Derek a través del vínculo, su voz resonando directamente en la mente de Stiles—. Siempre has sido tú.
Esa confesión emocional, mezclada con el roce incesante de sus cuerpos, rompió la última barrera de Stiles. Aumentó el ritmo, sus movimientos volviéndose erráticos y desesperados. Sus uñas se clavaron en los hombros de Derek, dejando surcos sangrientos que sanarían en segundos, pero cuya marca emocional quedaría grabada en el vínculo.
Derek no pudo aguantar más. Sus manos bajaron a la cintura de Stiles, ayudándolo a mantener el ritmo, sus dedos enterrándose en su piel. Sus embestidas ascendentes se volvieron más potentes, encontrándose con las de Stiles a mitad de camino en un choque de carne y deseo puro.
—¡Derek! —gritó Stiles, su voz rompiéndose mientras el clímax comenzaba a subir por sus piernas como lava.
El vínculo se convirtió en un grito blanco y ensordecedor. Stiles sintió el orgasmo de Derek antes de sentir el suyo; fue una explosión de calor dentro de él, una descarga de energía sobrenatural que hizo que sus ojos brillaran por un instante con un reflejo del poder del lobo. Segundos después, Stiles se derrumbó, su propia liberación salpicando entre sus cuerpos mientras se hundía sobre el pecho de Derek, sollozando por aire.
El silencio que siguió en el loft solo estaba roto por sus respiraciones entrecortadas y el latido rítmico de dos corazones que, gracias al vínculo, ahora latían exactamente al mismo tiempo.
Derek rodeó a Stiles con sus brazos, envolviéndolo en un abrazo protector que no permitía ni un milímetro de espacio entre ellos. Besó la coronilla de Stiles, aspirando su aroma: sudor, excitación y esa chispa única que era solo suya.
—¿Satisfecho, pequeño dictador? —susurró Derek, su voz vibrando contra el pecho de Stiles.
Stiles soltó una risita débil, frotando su mejilla contra la piel sudorosa de Derek. A través del vínculo, la amargura de los celos había desaparecido, reemplazada por una calidez dorada y pegajosa, como la miel.
—Por ahora —murmuró Stiles—. Pero si vuelves a sonreírle a alguien así, te juro que la próxima vez usaré las esposas de mi padre.
Derek soltó una carcajada auténtica, una que llenó el loft y que Stiles sintió como una caricia en su propia alma.
—Me gustaría ver cómo lo intentas.
Stiles se acomodó mejor, cerrando los ojos. El vínculo estaba en paz, irradiando una sensación de pertenencia tan fuerte que cualquier duda se sentía absurda. Sabía que, en algún lugar de la ciudad, Scott o Lydia podrían estar sintiendo un eco de su agotamiento feliz, pero no le importaba. En ese momento, en ese sillón de cuero, el mundo se reducía a un lobo y su humano, unidos por algo mucho más fuerte que un ritual fallido.
—Te quiero, amargado —susurró Stiles, casi dormido.
Derek no respondió con palabras, pero a través del vínculo, Stiles sintió una oleada de amor tan pura y abrumadora que fue mejor que cualquier respuesta. El lobo lo apretó un poco más, marcando su propiedad no con garras, sino con el corazón.