En el pasillo del hospital
Ritmos cardíacos y cafeína de medianoche
La luz fluorescente del pasillo de cardiología parpadeaba con una insistencia irritante, marcando el compás de los pasos cansados de Judy Hopps. Eran las tres de la mañana. Su turno de guardia de veinticuatro horas estaba entrando en esa fase crítica donde la realidad empezaba a desdibujarse y el cuerpo funcionaba por pura inercia y terquedad.
Recordó el consejo de Nick. "La máquina de cardiología es la única que no sabe a cartón quemado". Judy no quería darle la razón, especialmente después de que él pasara toda la tarde criticando la velocidad de su respuesta en la intubación de un paciente con trauma torácico, pero la desesperación era una fuerza poderosa.
Al llegar a la pequeña sala de descanso, se detuvo en seco. Allí, frente a la famosa máquina de café, estaba Nick Wilde. No llevaba la bata blanca; solo vestía la pijama quirúrgica verde, con las mangas arremangadas revelando unos antebrazos tensos. Parecía estar manteniendo una batalla personal contra el dispensador de granos.
—Si vas a quedarte ahí parada juzgando mi técnica de extracción de cafeína, al menos podrías traer azúcar —dijo Nick sin girarse. Sus orejas, sin embargo, se habían movido ligeramente hacia atrás al detectar su presencia.
Judy soltó un suspiro y se acercó, apoyándose contra la mesa de metal.
—No te juzgo, Wilde. Solo me sorprende que el gran jefe de cardiología todavía esté aquí. Pensé que tendrías un chofer esperándote para llevarte a tu lujoso apartamento en Sahara Square.
Nick finalmente se giró, sosteniendo un vaso de papel del que emanaba un aroma sorprendentemente decente. Sus ojos verdes estaban inyectados en sangre y tenía ojeras profundas que le daban un aspecto inusualmente vulnerable.
—El lujo está sobrevalorado, zanahorias. Y el paciente del bypass de las seis de la tarde decidió que su presión arterial debía jugar a la montaña rusa. No me voy hasta que esté estable.
Judy sintió una punzada de respeto que intentó ocultar tras una mueca de cansancio. Se sirvió su propio café, notando que, efectivamente, el aroma era mil veces superior al de la cafetería general.
—¿Cómo está el paciente ahora? —preguntó ella, soplando el humo de su bebida.
—Estable. Por ahora —Nick se recostó contra la pared, observándola con esa mirada analítica que siempre la hacía sentir como si estuviera bajo un microscopio—. ¿Y tú? Se supone que tu turno terminó hace dos horas. No me digas que el optimismo te da energía infinita.
—Hubo un choque múltiple en la autopista —respondió Judy, cerrando los ojos por un segundo para disfrutar del primer sorbo de café—. El equipo de anestesia estaba desbordado. Me quedé para ayudar con las sedaciones en urgencias.
Nick guardó silencio durante un momento, un silencio que no era tenso, sino extrañamente pesado.
—Eres demasiado dedicada para tu propio bien, Hopps. Este hospital se traga a los animales como tú. Los mastica con su burocracia y los escupe cuando ya no tienen nada más que dar.
—No todos somos tan cínicos como tú, Nick —replicó ella, usando su nombre de pila por primera vez sin darse cuenta.
Él arqueó una ceja ante la confianza, pero no la corrigió.
—No es cinismo. Es realismo. Si pones el corazón en cada paciente, terminarás necesitando un trasplante antes de los treinta. Y créeme, la lista de espera es larga.
—Prefiero vivir así que ser una máquina que solo ve válvulas y arterias —Judy se enderezó, desafiante a pesar de su estatura—. Cada uno de esos pacientes tiene una familia, una historia. Si no me importa eso, ¿para qué estoy haciendo esto?
Nick dio un paso hacia ella. El espacio en la pequeña sala de descanso pareció encogerse de repente. El olor a antiséptico que siempre los rodeaba fue reemplazado por el aroma del café y algo más... algo que recordaba al sándalo y al pelaje húmedo por la lluvia.
—Esa es una filosofía muy noble, doctora —murmuró Nick, su voz bajando una octava—. Pero la nobleza no detiene una hemorragia ventricular. La precisión sí.
—Yo tengo ambas —dijo Judy con firmeza, sosteniéndole la mirada.
Por un instante, ninguno de los dos se movió. Había una chispa en el aire, una tensión que no tenía nada que ver con el trabajo o con sus diferencias profesionales. Era el reconocimiento de dos fuerzas de la naturaleza chocando en el mismo espacio. Nick bajó la vista hacia los labios de la coneja y luego, tan rápido como había aparecido el momento, recuperó su máscara de indiferencia sarcástica.
—Bueno, si sobrevives a la noche sin colapsar sobre un monitor, mañana tenemos un reemplazo de válvula mitral a primera hora. Intenta no quedarte dormida sobre el vaporizador de isoflurano.
—Estaré allí antes que tú, Wilde —respondió ella, forzando una sonrisa mientras él caminaba hacia la puerta.
—Lo dudo —dijo él sin mirar atrás, aunque Judy pudo jurar que había un rastro de diversión en su tono.
Los días siguientes se convirtieron en una rutina de adrenalina y agotamiento. Trabajaban juntos con una frecuencia que empezó a llamar la atención del resto del personal. En el quirófano, eran como una orquesta bien afinada. Él apenas necesitaba pedir un instrumento; ella ya lo tenía listo. Ella no necesitaba informar de un cambio en la saturación de oxígeno; él ya estaba ajustando su ritmo antes de que ella terminara de hablar.
Sin embargo, fuera del quirófano, su relación seguía siendo un campo de minas de sarcasmo y pullas constantes.
—Doctora Hopps, ¿podría explicarme por qué hay un peluche de una zanahoria en mi escritorio? —preguntó Nick una tarde, entrando en la oficina compartida de cirugía.
Judy levantó la vista de sus expedientes, tratando de contener la risa.
—Es un antiestrés, Nick. Te vi gritándole a un interno de primer año esta mañana y pensé que necesitabas algo que apretar que no fuera el cuello de un colega.
Nick tomó el objeto con dos dedos, mirándolo con fingido asco.
—Es naranja chillón. Atenta contra la estética de mi oficina.
—Es tu oficina y la mía, recuerda. Y le da color al lugar. Está muy gris aquí dentro.
Nick suspiró y, para sorpresa de Judy, no tiró el peluche a la basura. Lo dejó sobre una pila de libros de cardiología.
—Eres exasperante, ¿lo sabías?
—Me lo dices al menos tres veces al día. Empiezo a pensar que es tu forma de decir "buenos días".
Nick se sentó en su silla, girándola para quedar frente a ella. El sol del atardecer entraba por la ventana, bañando su pelaje rojizo con un brillo dorado. Se veía cansado, pero por una vez, no parecía tener prisa por irse.
—¿Por qué anestesiología, Judy? —preguntó de repente, con una curiosidad genuina que la desarmó—. Con tus notas, podrías haber sido neurocirujana, jefa de trauma... cualquier cosa.
Judy dejó el bolígrafo y se recostó en su silla, sorprendida por la falta de sarcasmo en su voz.
—Me gusta el control —admitió ella en voz baja—. En el quirófano, el cirujano es el héroe, el que hace la magia. Pero el anestesiólogo es el que mantiene el puente entre la vida y la muerte. Somos los guardianes del sueño. Si nosotros fallamos, no importa qué tan bueno sea el cirujano, el paciente no regresa. Me gusta ser la red de seguridad.
Nick la observó en silencio durante un largo rato. Sus ojos verdes, usualmente tan afilados, se suavizaron.
—Eres la red de seguridad más ruidosa y optimista que he conocido —dijo él. No era un insulto. Era, a su manera, el mayor cumplido que Nick Wilde podía ofrecer.
—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Por qué el corazón?
Nick se encogió de hombros, mirando hacia la ventana.
—Es el único órgano que no miente. El cerebro puede engañarte, los pulmones pueden rendirse por debilidad, pero el corazón... el corazón siempre intenta seguir latiendo. Es una máquina perfecta y terca. Me identifico con la terquedad, supongo.
—Y con la perfección —añadió Judy.
—Eso viene incluido en el paquete —respondió él con una sonrisa de medio lado, recuperando su aire arrogante—. No querrías que un cardiólogo mediocre te abriera el pecho, ¿verdad?
—Supongo que no.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez era cómodo. Judy se dio cuenta de que ya no se sentía intimidada por él. Nick Wilde era una cebolla con demasiadas capas de cinismo, pero en el fondo, debajo de toda esa armadura de "mejor doctor del hospital", había alguien que se preocupaba profundamente por su trabajo.
—Mañana es sábado —dijo Nick de repente, rompiendo el silencio—. No tenemos cirugías programadas.
—Tengo turno en la clínica comunitaria por la mañana —respondió Judy, lamentándolo un poco—. Pero salgo a las dos.
Nick tamborileó los dedos sobre su escritorio.
—Hay un lugar cerca del puerto. Hacen un té de arándanos que no te haría querer denunciar al establecimiento por intento de homicidio. Y tienen pasteles de zanahoria aceptables.
Judy sintió que sus orejas se erguían con entusiasmo antes de poder controlarlas.
—¿Me estás invitando a salir, doctor Wilde?
Nick se levantó, recogiendo su bata con una elegancia perezosa.
—Estoy sugiriendo una reunión de consulta interdisciplinaria fuera del entorno hospitalario para discutir... protocolos de seguridad. Nada más.
—Por supuesto —dijo Judy, sonriendo abiertamente—. Protocolos de seguridad. Me parece muy profesional de su parte.
—A las tres, Hopps. No llegues tarde —dijo él, caminando hacia la puerta.
—¡Estaré allí a las dos cincuenta y cinco! —gritó ella.
Nick se detuvo en el umbral, giró la cabeza y le dedicó una sonrisa que, por primera vez, llegó hasta sus ojos. No era sarcástica, no era burlona. Era... cálida.
—Lo sé, zanahorias. Lo sé.
Cuando se fue, Judy se quedó mirando la puerta durante un largo rato. Su corazón, ese órgano que Nick decía que nunca mentía, estaba latiendo con una frecuencia que no tenía nada que ver con el café o el cansancio. Era un ritmo nuevo, uno que no podía monitorizar en ninguna pantalla de quirófano, pero que se sentía más real que cualquier otra cosa en ese hospital de cristal y acero.
En la oficina de al lado, Nick Wilde se apoyó contra la pared del pasillo, exhalando un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Se miró las manos, las mismas manos que habían reparado cientos de corazones, y notó que, por primera vez en su carrera, le temblaban ligeramente.
—Maldita sea, Hopps —susurró para sí mismo, con una mezcla de frustración y algo que se parecía peligrosamente a la esperanza—. ¿Qué me estás haciendo?
El hospital seguía vibrando a su alrededor, una ciudad dentro de la ciudad que nunca dormía. Pero para Nick y Judy, el ritmo de la medicina había empezado a sincronizarse con algo mucho más complejo y delicado que una cirugía de emergencia. El "slow burn", como un proceso de anestesia lenta, estaba empezando a surtir efecto, y ninguno de los dos estaba realmente seguro de querer despertar.