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En el pasillo del hospital

Sístoles, diástoles y el riesgo de la proximidad

El café "El Puerto" no era el tipo de lugar que Judy Hopps hubiera imaginado para un encuentro con Nick Wilde. Ella esperaba algo pretencioso, quizás un restaurante con manteles de lino y nombres de platos imposibles de pronunciar. En cambio, se encontró en un rincón acogedor de la zona portuaria, con olor a madera salada y una luz ámbar que hacía que el pelaje rojizo de Nick pareciera estar prendido fuego bajo el sol de la tarde.

Nick ya estaba allí, sentado en una mesa de rincón, observando el movimiento de los barcos con una expresión de serenidad que Judy nunca le había visto en el hospital. Al verla llegar, él dejó su taza y la recorrió con la mirada. Judy vestía un suéter color lavanda que acentuaba la suavidad de su pelaje y unos jeans sencillos. Estaba lejos de la rigidez de la bata blanca.

—Llegas tres minutos tarde, zanahorias —dijo Nick, aunque no había rastro de reproche en su voz—. Empezaba a pensar que te habías quedado atrapada ayudando a cruzar la calle a alguna anciana o rescatando a un gato de un árbol. Ya sabes, cosas de conejos optimistas.

—Hubo tráfico en la Avenida Savannah, sabelotodo —replicó Judy, sentándose frente a él con una sonrisa que no pudo reprimir—. Y para tu información, las conejas somos muy puntuales por naturaleza.

Pidieron el té de arándanos y el pastel de zanahoria que Nick había prometido. Mientras la conversación fluía, Nick se encontró haciendo algo que rara vez permitía: bajar la guardia. Observó cómo Judy hablaba con pasión sobre su infancia en las madrigueras, cómo sus orejas se agitaban cuando se emocionaba y cómo sus ojos amatista brillaban con una intensidad casi cegadora bajo la luz del sol.

Nick nunca se había detenido a notar lo realmente hermosa que era. Sus ojos no eran solo ojos; eran ventanas a una voluntad inquebrantable. Sus mejillas se sonrojaban ligeramente cuando se reía de sus propios errores, y sus labios rosas se curvaban de una manera que hacía que el pulso del cardiólogo, usualmente rítmico y controlado, diera un salto irregular.

"Peligroso", pensó Nick, tomando un sorbo de té para ocultar su distracción. "Esto es muy peligroso". En el hospital, las emociones eran variables que podían arruinar un procedimiento. Y Judy Hopps era una variable que no podía calcular.

Los meses transcurrieron entre pasillos esterilizados y el sonido constante de los buscapersonas. La dinámica entre ambos se convirtió en el tema de conversación favorito en la recepción de Garraza. Eran como dos imanes de polos opuestos que, por alguna razón física inexplicable, se negaban a separarse.

Judy empezó a ganar una reputación sólida. Ya no era "la novata de las madrigueras". Los cirujanos más experimentados pedían específicamente a la doctora Hopps para sus casos más delicados. Su capacidad para mantener a los pacientes en el plano exacto de la inconsciencia, incluso en las condiciones más adversas, era legendaria.

Pero, a pesar de su éxito profesional, Judy tenía su propia batalla interna. A menudo encontraba excusas para pasar por la oficina de Nick. Se quedaba en el umbral, observándolo mientras él leía informes médicos con las gafas puestas en la punta de la nariz. Le gustaba la forma en que su ceño se fruncía por la concentración y cómo su cola se movía levemente cuando encontraba algo interesante en las gráficas. Nick Wilde, con su sarcasmo defensivo y su intelecto afilado, se había convertido en el centro de gravedad de su mundo. Era algo que no podía admitir en voz alta, ni siquiera ante sí misma.

La prueba de fuego llegó un martes de lluvia torrencial. Un accidente masivo en la autopista trajo al hospital a un rinoceronte con un trauma torácico severo y una rotura de la aorta descendente. Era una cirugía de alto riesgo, el tipo de caso que Nick Wilde aceptaba con una mezcla de arrogancia y respeto por la muerte.

—Hopps, lo quiero dormido pero estable. No podemos permitirnos ni una fluctuación en la presión media o se nos desangrará en la mesa —ordenó Nick mientras se ponía los guantes estériles.

—Entendido, doctor —respondió Judy, ajustando los diales del vaporizador—. El paciente está listo. Proceda.

Fueron catorce horas de una tensión insoportable. En el quirófano, el tiempo dejó de existir. Solo estaban ellos, la luz del techo y el corazón expuesto que Nick intentaba remendar con una precisión milimétrica. Hubo momentos en los que el monitor de Judy emitía pitidos de advertencia que helaban la sangre, pero cada vez que ella sentía el pánico rozar sus dedos, miraba a Nick. Su calma gélida era su ancla.

—Lo tengo —susurró Nick finalmente, después de lo que pareció una eternidad—. Sutura terminada. Retirando el bypass.

Cuando el corazón del rinoceronte comenzó a latir por sí solo, un suspiro colectivo recorrió la sala. Habían ganado.

Sin embargo, al salir del quirófano y quitarse el equipo de protección, el cansancio acumulado golpeó a Judy como una maza. Catorce horas de concentración absoluta, sumadas a las guardias previas, le pasaron factura. Sus piernas, que siempre parecían tener resortes, de repente se sintieron como plomo.

Al llegar al área de lavado, Judy sintió que el mundo se inclinaba. Sus ojos se cerraron y sus rodillas cedieron.

—¡Judy! —El grito de Nick fue rápido, despojado de toda su usual parsimonia.

Antes de que ella tocara el suelo frío, los brazos de Nick la rodearon. La sostuvo con una firmeza que la sorprendió, pegándola a su pecho. El olor a jabón quirúrgico y el calor de su cuerpo fueron lo primero que Judy percibió mientras recuperaba la conciencia.

—Tranquila, zanahorias... Te tengo —murmuró Nick. Su voz estaba cargada de una preocupación genuina que nunca permitía que nadie escuchara.

Judy abrió los ojos lentamente, encontrándose a escasos centímetros del rostro de Nick. Él la había sentado en un banco de madera, pero no la había soltado. Sus manos seguían en sus hombros, y la mirada de él recorría su rostro con una urgencia casi desesperada.

—Estoy bien... solo... solo me mareé un poco —logró decir Judy, aunque su voz sonaba débil.

—Has pasado catorce horas sin comer y apenas respirando, Hopps. Eres una coneja, no una máquina —la reprendió él, pero sus ojos decían algo muy distinto.

En ese momento, el silencio del pasillo vacío se volvió denso. La cercanía era abrumadora. Judy podía ver cada detalle del pelaje de Nick, la pequeña cicatriz en su oreja y la profundidad insondable de sus ojos verdes. Un fuego interno, una chispa que había estado gestándose durante meses, empezó a expandirse por su pecho. No era la adrenalina de la cirugía; era algo mucho más antiguo y poderoso.

Nick sintió lo mismo. El impulso de acortar la distancia, de probar si sus labios eran tan suaves como imaginaba, fue casi irresistible. Sus dedos se cerraron un poco más sobre los hombros de ella. Por un segundo, el mundo del hospital, los pacientes, las jerarquías y el cinismo desaparecieron. Solo existían ellos dos, dos seres rotos y reconstruidos por la medicina que habían encontrado un ritmo común.

Sin embargo, justo cuando Nick empezó a inclinarse, un miedo gélido se instaló entre ambos.

Nick pensó en su reputación, en lo que significaría involucrarse con la anestesióloga estrella, en la posibilidad de perder la única conexión real que tenía si las cosas salían mal. Judy pensó en su carrera, en su necesidad de ser tomada en serio y en el miedo a que Nick solo estuviera reaccionando por la intensidad del momento.

Nick se aclaró la garganta y se alejó unos centímetros, rompiendo el hechizo. El fuego no se apagó, pero quedó confinado tras una pared de profesionalismo forzado.

—Necesitas azúcar y dormir diez horas —dijo él, recuperando su tono sarcástico, aunque sus manos aún temblaban ligeramente—. No puedo permitir que mi mejor anestesióloga muera de inanición en el pasillo. Arruinaría mis estadísticas de supervivencia.

Judy soltó una risa nerviosa, acomodándose el gorro quirúrgico que se le había ladeado.

—Claro... las estadísticas. No querríamos eso.

—Exacto —asintió Nick, ayudándola a levantarse con cuidado—. Ve a la sala de descanso. Te llevaré algo de la máquina de cardiología. Y esta vez, no es una sugerencia, es una orden médica.

—Sí, doctor Wilde —respondió Judy, tratando de que su corazón volviera a su ritmo normal.

Mientras caminaba hacia la sala de descanso, Judy sintió el peso de lo que acababa de ocurrir. Habían estado a un suspiro de cambiarlo todo. El fuego seguía allí, ardiendo bajo la superficie, esperando el momento en que el miedo fuera menos poderoso que el deseo.

Nick se quedó en el pasillo, mirando sus manos vacías. Sabía que el muro que había construido durante años para protegerse del mundo estaba empezando a desmoronarse. Y lo peor —o quizás lo mejor— era que la pequeña coneja de las madrigueras no había necesitado un bisturí para abrirse paso hasta su corazón. Solo había necesitado ser ella misma.

—Esto va a ser un desastre —susurró Nick para sí mismo, con una sonrisa triste—. Un desastre absoluto.

Y aun así, mientras caminaba hacia la máquina de café, Nick Wilde supo que no cambiaría ese desastre por toda la perfección del mundo. En el Hospital General de Zootopia, los corazones seguían latiendo, pero por primera vez en mucho tiempo, el suyo propio era el que más ruido hacía.