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En la puerta de al lado

Frecuencias de Colisión

La tregua, aunque dulce y sorprendentemente productiva, resultó ser tan frágil como un cristal soplado en medio de un huracán. Lo que comenzó con fideos tailandeses y risas compartidas bajo la luz de la luna se desmoronó en menos de setenta y dos horas. El detonante no fue una fiesta ruidosa ni un comentario sarcástico sobre las zanahorias, sino algo mucho más profundo y arraigado en sus propias naturalezas: sus ideales.

Para el jueves, la mesa de la biblioteca que antes era un espacio de colaboración se había convertido en una zona de guerra desmarcada por una línea invisible de libros y cables.

—Es que no lo entiendes, Nick —siseó Judy, con las orejas tiesas y las mejillas encendidas de frustración—. No puedes proponer en un ensayo académico que la vigilancia predictiva sea "opcional" dependiendo del criterio del programador. ¡Eso es darle el poder de un juez a un algoritmo!

—Y tú no entiendes que la ley es un caracol tratando de alcanzar a un jet supersónico —respondió Nick, recostándose en su silla con una frialdad que Judy encontró exasperante—. Mientras tú redactas una enmienda, el código ya ha evolucionado tres veces. Mi propuesta es pragmática. La tuya es... bueno, es un cuento de hadas legal.

—¿Un cuento de hadas? —Judy cerró su laptop de un golpe seco—. ¡Se llama Estado de Derecho, Wilde! Algo que claramente no enseñan en tus clases de "Cómo hackear el mundo por diversión y beneficio".

—Oh, vamos, Zanahorias. No seas tan dramática. Solo digo que tu rigidez moral está asfixiando la innovación del proyecto.

—Y tu falta de ética está convirtiendo mi promedio en un campo de minas.

Ese fue el fin de la paz. Los días siguientes fueron un despliegue de hostilidad pasiva-agresiva. En el pasillo del edificio, Judy pasaba por su lado como un pequeño proyectil de furia, ignorando sus saludos. Nick, por su parte, retomó las fiestas, aunque esta vez no parecía disfrutarlas; solo subía el volumen para llenar un silencio que, extrañamente, empezaba a pesarle en el pecho.

A veces, mientras Judy estudiaba con los tapones para los oídos puestos, se sorprendía a sí misma mirando fijamente la puerta. Recordaba la forma en que el pelaje de Nick brillaba bajo las luces de la biblioteca y cómo, por un breve segundo, había sentido que él era la única persona en toda la universidad que realmente la veía. Pero luego recordaba su cinismo, su arrogancia, y la rabia volvía a encenderse.

"Es un zorro irresponsable", se repetía. "Nada más".

Nick, en su departamento, miraba las líneas de código en su pantalla sin verlas realmente. Su mente traicionera proyectaba la imagen de Judy concentrada, con esa pequeña arruga que se le formaba entre las cejas cuando leía algo complicado. Se veía... linda. No, linda era una palabra débil. Se veía poderosa, vibrante, llena de una vida que él a veces sentía que había perdido entre líneas de comandos y pizzas frías.

—Es una coneja insoportable —se decía Nick a sí mismo, dándole un trago a su refresco—. Solo una enemiga con la que tengo que terminar un trabajo.

La tensión alcanzó su punto de ebullición el martes siguiente, durante la clase compartida de Ética y Tecnología. El Dr. Trunk estaba dando una conferencia sobre la responsabilidad penal de los creadores de software cuando Nick, incapaz de morderse la lengua, lanzó un comentario mordaz desde el fondo del aula.

—Con todo respeto, doctor, el concepto de "intención" en el código es irrelevante cuando el usuario final es el que decide cómo romper el sistema. Es como culpar al fabricante de martillos porque alguien decidió usar uno para abrir una caja fuerte.

Judy, sentada tres filas más abajo, se giró tan rápido que sus orejas azotaron el aire.

—Esa es la analogía más perezosa que he escuchado en mi vida, Wilde —dijo ella, con una voz que cortó el aire del auditorio—. Un martillo es una herramienta inerte. Un software con inteligencia artificial es una entidad diseñada con sesgos. Si el programador es un cínico que no cree en las consecuencias, el software será un arma.

Nick se incorporó, entornando los ojos verdes.

—Y si el abogado es un idealista que cree que el mundo se arregla con párrafos bonitos, lo único que logra es que los verdaderos criminales se rían en su cara mientras usan los vacíos legales que tú ni siquiera sabías que existían.

—¡Yo sé perfectamente dónde están los vacíos! —exclamó Judy, poniéndose de pie—. ¡Y se cierran con ética, no con más caos!

—¡El caos es la realidad, Hopps! ¡Tú solo quieres vivir en una burbuja de cristal donde todo tiene una etiqueta de "prohibido"!

—¡Al menos yo tengo una brújula moral, no un contador de clics!

El resto de los alumnos guardaba un silencio sepulcral, mirando de uno a otro como si estuvieran en un partido de tenis de alta intensidad. El Dr. Trunk, harto de la interrupción, golpeó su escritorio con la trompa, produciendo un sonido sordo que hizo vibrar el suelo.

—¡Basta! —rugió el elefante—. Señorita Hopps, señor Wilde. Si tienen tantas ganas de debatir, pueden hacerlo en el área de castigo de la facultad. Ahora mismo.

Judy sintió que la sangre se le drenaba del rostro. ¿Castigo? ¿Ella? ¿La estudiante de honor?

—Pero profesor... —intentó decir.

—Fuera. Los dos. Y no vuelvan hasta que hayan redactado una disculpa formal por interrumpir mi clase.

Caminaron por los pasillos de la facultad en un silencio gélido. Judy caminaba tan rápido que sus pies golpeaban el linóleo con fuerza rítmica. Nick la seguía a unos pasos de distancia, con las manos en los bolsillos y una expresión de fastidio absoluto, aunque por dentro se sentía extrañamente agitado.

El área de castigo era una sala pequeña y austera en el sótano, con una mesa de metal, dos sillas y una ventana alta que daba a los pies de los transeúntes en el campus. La puerta se cerró tras ellos con un clic metálico que resonó como una sentencia.

Durante los primeros diez minutos, ninguno dijo nada. Judy se sentó en una silla, cruzada de brazos, mirando a la pared con una intensidad que podría haber derretido el metal. Nick se apoyó contra la pared opuesta, observando el techo.

—Felicidades, Zanahorias —dijo Nick finalmente, rompiendo el silencio—. Lograste que nos echaran. Un nuevo récord para tu impecable expediente.

—¿¡Yo!? —Judy saltó de la silla, girándose hacia él—. ¡Tú fuiste el que empezó con tus comentarios sarcásticos! ¡No puedes evitar ser el centro de atención ni por una hora!

—Solo estaba expresando una opinión técnica —replicó Nick, dando un paso hacia ella—. Pero claro, si no se ajusta a tu visión perfecta del mundo, entonces es un ataque personal, ¿verdad?

—¡Es que nada te importa, Nick! —Judy dio un paso al frente, quedando a escasos centímetros de su pecho—. Te burlas de todo. De las leyes, de los profesores, de mí... Crees que la vida es un juego de ingenio donde el que más se ríe gana. ¡Pero esto es serio! ¡Mi carrera es seria!

—¡Sé que es seria! —gritó Nick, perdiendo por fin su compostura habitual—. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no me doy cuenta de cuánto te esfuerzas? ¡Te veo, Judy! Te veo estudiar hasta que te tiemblan las patas, te veo pelear por cada coma de ese ensayo...

—Entonces, ¿por qué lo haces? —preguntó ella, con la voz quebrada por la rabia y algo más—. ¿Por qué tienes que hacerme todo tan difícil?

—¡Porque me vuelves loco! —soltó Nick, dando otro paso hacia adelante, invadiendo su espacio de una manera que hizo que el aire entre ellos se volviera denso y eléctrico—. Me vuelves loco con tu optimismo implacable y tu forma de creer que puedes salvar el mundo. Me haces sentir que... que tal vez yo debería intentarlo también, y eso me aterra.

Judy se quedó sin aliento. El silencio que siguió fue diferente. Ya no era el silencio del odio, sino uno cargado de una tensión tan antigua como el tiempo. Estaban tan cerca que ella podía oler el aroma a sándalo y café que siempre desprendía el pelaje de Nick. Podía ver el brillo dorado en sus ojos, una mezcla de desafío y vulnerabilidad que nunca antes le había permitido ver.

Nick bajó la vista hacia los labios de la coneja. Ella, por su parte, sintió un impulso irracional de acortar la distancia, de agarrarlo por la camisa y...

El tiempo pareció detenerse. El mundo exterior, las leyes, la programación, el proyecto... todo se desvaneció, dejando solo a un zorro y una coneja en un sótano húmedo, atrapados en una gravedad que no sabían cómo romper. La atracción era física, casi tangible, una fuerza magnética que tiraba de ellos con una violencia incontrolable.

Nick inclinó la cabeza ligeramente, su nariz rozando casi la de Judy. Ella cerró los ojos, esperando, temiendo, deseando...

—¡Oye, Nick! ¡El viejo Trunk me dijo que estabas aquí encerrado con la "Dama de Hierro"!

La puerta se abrió de par en par con un estruendo. Finnick, un zorro fennec pequeño con una sudadera demasiado grande, entró en la sala con una sonrisa burlona.

Judy y Nick saltaron hacia atrás como si hubieran recibido una descarga eléctrica. Judy se alisó la falda con manos temblorosas, su rostro de un rojo tan intenso que casi brillaba. Nick se pasó una mano por la nuca, recuperando su máscara de indiferencia a una velocidad asombrosa, aunque sus ojos todavía estaban dilatados.

—Finnick —dijo Nick, con la voz un poco más aguda de lo normal—. ¿Qué haces aquí?

—Vengo a decirte que el profesor se apiadó de ustedes. Dijo que con media hora de "reflexión" era suficiente, o tal vez solo no quería corregir la disculpa que nunca iban a escribir —Finnick miró de uno a otro, entrecerrando sus grandes ojos—. ¿Pasa algo? Parece que acaban de ver un fantasma. O que estaban a punto de matarse.

—Estábamos... discutiendo el capítulo cuatro —soltó Judy rápidamente, sin mirar a Nick—. Sí. Eso. Metodología.

—Claro —murmuró Finnick, sin creerse una palabra—. Como sea, vámonos. Tenemos que ir al campus norte por esas piezas que encargaste, Nick.

Nick asintió, todavía sin mirar a Judy.

—Sí. Vamos.

Caminó hacia la puerta, deteniéndose un segundo al pasar junto a ella. No dijo nada, pero el roce momentáneo de su brazo contra el de ella fue suficiente para que Judy sintiera un escalofrío que le recorrió toda la columna.

—Nos vemos... en la biblioteca, Hopps —dijo Nick en voz baja, antes de salir tras Finnick.

Judy se quedó sola en la sala de castigo. Se dejó caer en la silla de metal, sintiendo que sus piernas eran de gelatina. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmar el ritmo frenético de su corazón.

"¿Qué acaba de pasar?", pensó, aterrorizada. "Casi... yo casi..."

A partir de ese día, algo cambió de manera definitiva. No volvieron a pelear con la misma ferocidad, pero tampoco volvieron a compartir fideos tailandeses. Se instaló entre ellos una distancia cautelosa, un acuerdo tácito de no acercarse demasiado, de no dejar que sus ojos se encontraran por más de un segundo.

Se concentraron en el proyecto con una intensidad casi maníaca. Trabajaban en silencio, pasándose documentos y códigos con una eficiencia robótica. Nick dejó de hacer bromas. Judy dejó de dar sermones. Era como si ambos tuvieran miedo de que una sola chispa volviera a encender el incendio que casi los consume en el sótano.

Sin embargo, el alejamiento físico no hacía nada para calmar lo que ocurría en sus mentes. Judy se encontraba a sí misma releyendo las partes del ensayo de Nick, admirando la elegancia de su lógica. Nick pasaba horas revisando los argumentos legales de Judy, dándose cuenta de que ella no era solo una idealista, sino una guerrera que usaba las palabras como espadas.

El odio, ese sentimiento tan sencillo y cómodo que habían cultivado durante meses, se estaba transformando en algo mucho más complejo y aterrador.

Una noche, mientras Judy intentaba dormir, escuchó el silencio proveniente del departamento de enfrente. No había música. No había risas. Solo el zumbido del aire acondicionado. Se levantó y caminó hacia la puerta, mirando por la mirilla. No vio nada, pero sintió la presencia de Nick al otro lado, como si él también estuviera allí, de pie, separado de ella solo por unos centímetros de madera y un océano de miedo.

Judy regresó a su cama y se cubrió con las mantas. Sabía que el proyecto terminaría pronto. Entregarían el ensayo, harían la presentación y luego, teóricamente, podrían volver a sus vidas separadas. Pero en el fondo de su corazón, una verdad dolorosa empezaba a brillar con la fuerza de una estrella: ya no había vuelta atrás.

En Zootopia, decían que cualquiera podía ser lo que quisiera. Judy quería ser una gran abogada. Nick quería ser un programador exitoso. Pero en ese momento, lo único que ambos sentían que eran, era dos animales asustados por una atracción que amenazaba con destruir todo lo que creían saber sobre sí mismos y sobre el otro.

El fin del mundo no había sido el proyecto escolar. El fin del mundo era darse cuenta de que, después de todo, se necesitaban el uno al otro para que su mundo tuviera sentido. Y eso, para una coneja dedicada y un zorro perspicaz, era la ley más difícil de acatar y el código más imposible de descifrar.